F. Scott Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en Saint Paul, Minnesota, y recibió su nombre por un parentesco lejano con Francis Scott Key, autor de la letra que acabaría convirtiéndose en el himno de Estados Unidos. Casi treinta años después, otro símbolo norteamericano quedaría asociado para siempre a su obra: una luz verde al otro lado del agua, pequeña, remota, visible desde la casa de Jay Gatsby. Entre ambos puntos cabe buena parte de la obsesión de Fitzgerald por su país: la promesa de llegar, el dinero que parece acercarla, la facilidad con que esa promesa termina alejándose.
Su mundo literario está lleno de habitaciones de hotel, copas servidas demasiado tarde, automóviles, vestidos caros, casas donde la música continúa cuando ya nadie parece escucharla. Durante mucho tiempo se leyó esa superficie como el documento luminoso de los años veinte. Fitzgerald sabía describir el brillo porque había vivido cerca de él. También sabía reconocer sus grietas.
El muchacho que llegó justo a tiempo
En 1920, This Side of Paradise convirtió a Fitzgerald, con apenas 23 años, en una celebridad literaria casi de inmediato. La novela apareció a finales de marzo; una semana después se casó con Zelda Sayre. El calendario parece escrito retrospectivamente para alimentar el mito: libro, éxito, matrimonio, Nueva York. Princeton conserva hoy una enorme cantidad de papeles de ambos, incluidos manuscritos, cartas y borradores que permiten seguir cuánto de aquella vida terminó filtrándose hacia la ficción.
Fitzgerald tuvo además una habilidad que suele quedar opacada por sus novelas: sabía escribir para las revistas. Publicó más de 150 relatos en periódicos y magazines estadounidenses, entre ellos The Saturday Evening Post y Esquire. Esas historias pagaban cuentas y, durante años, le dieron acceso a un público mucho mayor que el de sus libros. Algunas —“Winter Dreams”, “The Rich Boy”, “Babylon Revisited”— contienen ya varios de los asuntos que después identificaríamos con él: riqueza, deseo, clase, encanto social y la forma en que una ilusión empieza a volverse costosa.
Fitzgerald llamó a su generación la Era del Jazz. El término quedó unido a él porque sabía registrar algo que iba más allá de la música: una sociedad que había salido de la Primera Guerra Mundial dispuesta a gastar, moverse y reinventarse con rapidez. Sus personajes entran a fiestas como quien cruza una frontera; del otro lado esperan dinero, belleza, prestigio, otra versión de sí mismos. Aunque rara vez permanecen allí mucho tiempo.
Una luz al otro lado de la bahía
Cuando The Great Gatsby apareció en 1925, Fitzgerald estaba convencido de haber escrito el libro que podía justificar todo lo anterior. Esperaba que vendiera decenas de miles de ejemplares; la recepción inicial quedó por debajo de sus expectativas. Su primera novela había vendido con enorme rapidez. Gatsby, el libro que después se convertiría en su título inseparable, tardó mucho más en encontrar la posición que ocupa hoy.
En poco más de doscientas páginas, Fitzgerald consiguió que una geografía muy concreta —Long Island, Manhattan, dos extensiones de tierra frente al agua— cargara con algunas de las preguntas más persistentes de la cultura estadounidense. Gatsby ha ganado dinero, ha construido una mansión y organiza fiestas capaces de reunir a personas que ni siquiera conoce. Lo que desea permanece enfrente.
La Biblioteca del Congreso describe la novela como un retrato de la Era del Jazz atravesado por cuestiones de clase, riqueza y estatus. Gatsby es un hombre que se ha inventado a sí mismo y que persigue a Daisy Buchanan con la misma intensidad con la que persigue una versión de su pasado. El dinero puede construir la casa; no consigue reconstruir el tiempo.
Ahí está una de las razones por las que Fitzgerald continúa resultando incómodo detrás de toda esa belleza visual. Sus fiestas son magníficas, pero rara vez constituyen un destino. Funcionan como salas de espera. Quien entra espera ser visto por alguien, pertenecer a algo, recuperar una persona o demostrar que por fin ha llegado.
Incluso la famosa luz verde es pobre como objeto: un punto diminuto al otro lado de una bahía. Fitzgerald convirtió esa distancia en una imagen del deseo precisamente porque casi no hay nada que mirar.
Vivir dentro del material
Sería sencillo convertir a Fitzgerald y Zelda en personajes de la misma mitología que ayudaron a construir: una pareja joven, atractiva, atravesando Nueva York y Europa entre escritores, hoteles y fiestas. La documentación que quedó detrás complica esa postal.
The Beautiful and Damned, publicada en 1922, ya observa a una pareja que consume dinero y tiempo mientras espera una herencia. En Tender Is the Night, de 1934, el glamour de la Riviera francesa se abre poco a poco hacia otro territorio: dependencia, enfermedad, infidelidad y pérdida. Fitzgerald trabajó durante aproximadamente una década en esa novela y dejó múltiples borradores. Princeton conserva incluso diagramas en los que organizaba las relaciones entre personajes y acontecimientos, algunos estrechamente vinculados con su propia vida junto a Zelda. Para entonces, la fiesta llevaba años cambiando de tono.
Zelda atravesó graves crisis de salud y varios periodos de hospitalización. Fitzgerald bebía en exceso y tenía dificultades económicas. La relación entre biografía y obra resulta tentadora, a veces demasiado: parece posible leer cada ficción como una página cifrada de la vida matrimonial. Sus novelas resisten mejor cuando no se reducen a esa equivalencia. Fitzgerald podía tomar una experiencia cercana y convertirla en una pregunta bastante más amplia: qué ocurre cuando aquello que parecía una forma de libertad termina convirtiéndose en una estructura de dependencia. En sus mejores páginas, nadie cae de golpe; el deterioro ocurre mientras todavía hay flores en la mesa.
Después del jazz
La década de 1930 dejó a Fitzgerald en una posición extraña. Seguía siendo el autor que había ayudado a fijar la imagen de los años veinte, pero el país que había escrito ya había cambiado. La Gran Depresión había sustituido buena parte de aquel vocabulario de abundancia; su propia reputación comenzó a disminuir.
En 1937 se trasladó a Hollywood para trabajar como guionista de MGM. Allí intentó entrar en otra maquinaria de sueños, esta vez industrial. Su experiencia cinematográfica tuvo resultados limitados, aunque alimentó el proyecto de su última novela, The Last Tycoon, inspirada en parte por el productor Irving Thalberg. Fitzgerald murió de un ataque al corazón en Hollywood el 21 de diciembre de 1940. Tenía 44 años. El libro quedó inconcluso y apareció de manera póstuma en 1941.
A esas alturas, su posición en la literatura estadounidense estaba lejos de parecer tan segura como hoy. La recuperación fue posterior. Amigos, críticos, editores y nuevas generaciones de lectores volvieron a sus libros; The Great Gatsby pasó de ser una decepción relativa para su autor a instalarse en escuelas, bibliotecas y en la imaginación cultural de Estados Unidos.
Hay algo casi demasiado apropiado en ese destino. Fitzgerald escribió personajes que desean llegar a un lugar cuando el momento preciso para llegar ya pasó. Él mismo murió antes de ver la permanencia que alcanzaría su obra.
Quizá por eso sus fiestas siguen sintiéndose distintas de tantas otras fiestas literarias. Uno puede oír la música, ver el cristal, imaginar el champán. Pero Fitzgerald suele colocar otra cosa en la misma habitación: una cuenta pendiente, un matrimonio debilitándose, alguien mirando hacia afuera, una luz a la que nunca se termina de llegar. La música todavía suena, él ya había empezado a escuchar lo que venía después.






























































