Connect with us

Hi, what are you looking for?

Brúxula News

Opinión

Momo, la niña que escucha en un mundo que ya no tiene tiempo

La obra de Michael Ende parece cuento infantil, pero es una crítica luminosa a la prisa moderna: escucha, imaginación y tiempo perdido intentando ganarlo.

Llegué tarde a Momo. Demasiado tarde, quizá, para alguien que ha amado los libros desde muy temprano y que durante años creyó conocer, al menos de nombre, los territorios esenciales de la literatura fantástica. Tendría unos 33 años cuando me encontré por primera vez con esta historia, no en una búsqueda solemne ni por recomendación académica, sino mientras pensaba en regalos navideños para mi familia. Un libro para cada quien parecía una buena idea. El problema era elegir uno para la persona más difícil: mi madre.

Mi madre no suele leer. Dice que se distrae, que no retiene la información, que tanta letra la cansa. Así que pensé en un libro “para niños”, de preferencia con ilustraciones, algo que le permitiera descansar la vista y entrar a la historia sin sentir que estaba frente a una obligación. Entonces apareció Momo, de Michael Ende, y mi reacción fue casi de reproche personal: ¿el mismo Michael Ende de mi amada La historia interminable? ¿Cómo era posible que no supiera de este libro? Pude fustigarme un poco. Se lo regalé, sí, pero confieso que después fui yo quien terminó devorándolo.

A veces uno llega a ciertos libros por caminos raros, como si no los encontrara sino que ellos lo esperaran. Con Momotuve esa sensación: la de haber llegado tarde, pero en el momento exacto. No estoy segura de que me hubiera conmovido igual de niña. Quizá sí, quizá no. Lo que sé es que leerlo de adulta vuelve transparentes sus metáforas: la ansiedad por producir, la culpa de descansar, la obsesión por ahorrar tiempo, la irritabilidad que aparece cuando la vida deja de pertenecernos.

Momo es una fantasía alemana, y conviene recordar eso antes de entrar en ella: no se trata de una historia infantil domesticada, sino de una fábula extraña, filosófica, luminosa y un poco sombría. Momo es una niña huérfana que vive en las ruinas de un antiguo anfiteatro. No tiene posesiones, no tiene una casa convencional, no tiene una familia en el sentido tradicional. Sin embargo, todos en el pueblo la quieren y la cuidan. ¿Su gran don? Escuchar.

No escucha para responder. No escucha para corregir. No escucha para ganar una discusión. Momo escucha de una manera tan profunda que quienes hablan con ella terminan encontrando, dentro de sí mismos, lo que no sabían decir. Hace sentir bien a los demás no porque resuelva sus problemas, sino porque les devuelve la posibilidad de escucharse. En un mundo donde todos hablamos demasiado y atendemos muy poco, esa cualidad parece casi milagrosa.

Pero un día llegan los hombres grises: figuras inquietantes que se presentan como administradores del tiempo. Su promesa es simple y peligrosa: ahorrar tiempo para el futuro. Convencen a las personas de renunciar a lo aparentemente inútil —la conversación, el juego, la amistad, la contemplación, el cuidado— para volverse más eficientes. Bajo esa lógica, la vida empieza a reducirse a cálculo. Todo lo que no produce parece pérdida. Todo lo que no avanza parece desperdicio.

Uno de los episodios más memorables es el del señor Fusi, el barbero. Un hombre común, de mediana edad, vulnerable a la duda sobre su propia vida. Justo cuando empieza a preguntarse si ha usado bien su tiempo, aparece un hombre gris. Le hace cuentas, le enumera las horas gastadas en conversaciones, en pequeños gestos, en actividades sin rentabilidad aparente. Le demuestra, con una lógica impecable y monstruosa, que debe ahorrar tiempo dejando de hacer todo aquello que lo vuelve humano. Fusi acepta. Y entonces empieza a volverse más frío, más seco, más egoísta.

Esa es una de las grandes intuiciones de Ende: el robo del tiempo no ocurre como un asalto espectacular, sino como una reorganización silenciosa de la vida. Nadie llega a quitarnos las horas con violencia. Más bien aprendemos a entregarlas: a la prisa, al rendimiento, a la productividad, al miedo de no estar haciendo suficiente. Los hombres grises no necesitan gritar. Les basta sembrar una duda: ¿y si estás perdiendo tu vida?

Se ha dicho que Momo puede leerse como una alegoría espiritual: los hombres grises como figuras de la tentación, como una especie de diablo moderno que no ofrece placer, sino eficiencia; que no promete pecado, sino administración. No sé si esa lectura agota la novela, pero sí ilumina algo importante. Los hombres grises se alimentan de la inseguridad, del miedo al futuro, de la culpa por vivir sin justificar cada minuto. Por eso no tienen poder sobre los niños de la misma manera. Los niños juegan, inventan, pierden el tiempo sin sentir que lo pierden. Para ellos, el tiempo todavía no es capital: es mundo.

Momo, en ese sentido, es su enemiga natural. No porque sea fuerte en términos heroicos, sino porque no acepta la lógica de los hombres grises. No entiende el tiempo como acumulación. No quiere poseerlo. Lo habita. Y con la ayuda de la tortuga Casiopea y del Maestro Hora, emprende una aventura fantástica para salvar a sus amigos de esos ladrones invisibles.

Casiopea merece una mención aparte. Una tortuga que avanza despacio, pero sabe más de lo que parece; una criatura que introduce en la novela otra relación con el tiempo. Frente a la velocidad ansiosa de los hombres grises, Casiopea representa una sabiduría lenta: la confianza en el ritmo propio, en el paso mínimo, en el avance que no necesita parecer espectacular para ser verdadero.

Quizá por eso Momo sigue siendo tan actual. Fue escrita hace décadas, pero parece hablarle con precisión quirúrgica a nuestra época: pantallas, multitarea, cansancio, ansiedad, optimización, agendas saturadas, culpa por descansar. Vivimos rodeados de promesas para ahorrar tiempo y, sin embargo, cada vez tenemos menos. O creemos tener menos. O dejamos que nos convenzan de que nunca alcanza.

La edición ilustrada por Ayesha L. Rubio suma otra capa de encanto. Sus imágenes no sólo acompañan la historia: la vuelven visible desde una sensibilidad delicada, melancólica, casi de cuento antiguo. Hay algo en sus colores, en sus personajes y en la presencia de Casiopea que dialoga muy bien con el espíritu de Ende: una mezcla de ternura, rareza y advertencia.

No vuelvo a Momo con la frecuencia con la que regreso a otros libros, pero se quedó en mí como una de esas lecturas que trabajan en silencio. Pensé de nuevo en ella después de leer Qué haría si no tuviera miedo, de Maïna Chirokoff, quizá porque ambas historias entienden algo parecido: que la fantasía no sirve para escapar del mundo, sino para volver más visible aquello que la realidad ha normalizado demasiado. El miedo. La prisa. La invisibilidad. La pérdida de contacto con uno mismo.

Momo es, al final, una de las mejores alegorías sobre el paso del tiempo que se pueden leer. Pero también es una novela sobre la escucha, la comunidad y la resistencia íntima frente a todo aquello que quiere volvernos funcionales, apurados, irritables y solos. Una historia para niños, sí. Pero quizá, sobre todo, para adultos cansados.

Nunca es tarde para leer Momo. Tal vez ésa sea una de sus pequeñas leyendas: pocos llegan a este libro de manera directa. A veces alguien lo presta, alguien lo regala, alguien lo encuentra en una librería mientras busca otra cosa. A veces aparece cuando uno cree estar eligiendo un regalo para alguien más y termina recibiéndolo también.

Indispensable lectura. Indispensable regalo.

Janice BG | @velvet_horses

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TAMBIÉN TE PODRÍA INTERESAR...

Opinión

Maïna Chirokoff construye una narración breve, poética y surrealista donde sanar no significa escapar del miedo, sino aprender a mirarlo de frente.

Arte & Cultura

Mucho antes de las redes sociales, las pandemias y la ansiedad contemporánea, Thomas Mann escribió una novela sobre personas atrapadas en un tiempo suspendido.

Copyright © 2025 Brúxula News