Antes de que millones de lectores supieran dónde quedaba Mordor, hubo un mapa plegado dentro de un libro infantil. Tenía montañas dibujadas como dientes, bosques reducidos a grupos de árboles y un camino que avanzaba hacia el este. Otro mapa, atribuido dentro de la historia al enano Thrór, conducía hasta una montaña solitaria y escondía unas runas que Tolkien hubiera querido hacer aparecer únicamente al sostener la página contra la luz. La imprenta volvió aquella ocurrencia demasiado complicada y costosa, de modo que las runas terminaron visibles sobre el papel. Aun así, el gesto dice bastante sobre el hombre que preparaba El Hobbit para su publicación: J. R. R. Tolkien no pensaba únicamente en qué había ocurrido en aquel mundo. Necesitaba saber cómo se veía, por dónde se caminaba y qué clase de objeto encontraría el lector entre las manos.
El 21 de septiembre de 1937, George Allen & Unwin publicó en Londres The Hobbit, or There and Back Again. Bilbo Bolsón podía salir por fin de Bolsón Cerrado, atravesar las Montañas Nubladas y acercarse a la guarida de Smaug. El libro tuvo éxito casi inmediatamente; la primera tirada se agotó en unos tres meses. Su editor no tardaría en pedirle a Tolkien otra historia sobre hobbits.
Aquel encargo acabaría creciendo durante más de una década hasta convertirse en El Señor de los Anillos. Pero en septiembre de 1937 nadie tenía todavía esa perspectiva. Lo que había era un volumen relativamente pequeño y una aventura que había pasado años circulando por un territorio mucho más íntimo: la casa de Tolkien.
Un libro que estuvo a punto de quedarse en casa
Tolkien había terminado una versión de El Hobbit hacia enero de 1933 y, durante más de tres años, prácticamente no hizo nada para publicarla. Leía la historia a sus hijos y prestaba el manuscrito a conocidos. Entre quienes lo recibieron estuvo Elaine Griffiths, antigua alumna suya, que en 1936 habló de aquel texto a Susan Dagnall, vinculada con George Allen & Unwin. Dagnall pidió verlo, le gustó lo suficiente para solicitar una versión completa.

El manuscrito llegó entonces a Stanley Unwin, fundador de la editorial. Unwin recurrió a un lector poco habitual: su hijo Rayner, de diez años. Le pagaba pequeñas cantidades por redactar informes sobre libros infantiles y quería saber si aquel profesor de Oxford había escrito algo que pudiera interesar a niños de su edad.
Rayner pensó que sí. En su informe señaló que la historia era buena y que podía gustar a lectores jóvenes. También añadió que, con los mapas, el libro no necesitaba más ilustraciones. La primera parte de su dictamen resultó decisiva para la publicación. Tolkien discrepó de la segunda.
Ya había dibujado escenas mientras escribía la historia y comenzó a preparar otras para el libro. Allen & Unwin, que inicialmente había imaginado una edición bastante más austera, terminó aceptándolas. El primer tiraje británico incluyó once dibujos y mapas monocromos, además de una imagen a media tinta del Bosque Negro. En impresiones posteriores llegarían las acuarelas en color. Así, antes de ser conocido mundialmente como novelista, Tolkien apareció ante sus primeros lectores también como cartógrafo, calígrafo y dibujante.
Dibujar para poder escribir
La imagen popular de Tolkien suele situarlo entre diccionarios, manuscritos medievales y lenguas inventadas; el lápiz pertenece igualmente a esa mesa. Dibujaba desde mucho antes de publicar El Hobbit. Hacía paisajes, árboles, patrones decorativos, alfabetos y mapas. Algunas imágenes nacían después de una descripción; otras aparecían mientras intentaba descubrir cómo debía ser un lugar que todavía no conseguía resolver con palabras. El Tolkien Estate conserva, por ejemplo, varios estudios de Rivendel realizados a comienzos de los años treinta. Una versión temprana muestra el valle de cierta manera; en la acuarela posterior, las paredes montañosas están más próximas y el refugio parece todavía más escondido.

No era una ilustración añadida al final para decorar una historia ya cerrada, el dibujo intervenía en la construcción del espacio. Lo mismo ocurre con la Montaña Solitaria. En The Front Gate, realizada en 1936, Tolkien dibujó un paisaje casi vacío frente a la entrada de Erebor. Un árbol quemado ocupa el primer plano y las líneas de la montaña convergen hacia una abertura negra. La imagen sabe algo que el texto también necesita transmitir: Smaug lleva tanto tiempo allí que su presencia ha modificado el paisaje.
En otros dibujos ocurre lo contrario. Bolsón Cerrado está lleno de las comodidades reconocibles de una casa inglesa acomodada de los años treinta, aunque sus pasillos sean curvos y su puerta redonda. La fantasía de Tolkien funciona muchas veces de esa manera: lo extraordinario aparece construido con suficiente precisión doméstica para que el lector pueda imaginar dónde dejaría el abrigo.
Los mapas cumplían una función todavía más rigurosa. Tolkien trazaba geografías para comprobar desplazamientos, distancias y relaciones entre lugares. Años después explicaría que había comenzado El Señor de los Anillos con un mapa y hecho que la historia se ajustara a él; durante la escritura de esa obra llegó a producir más de treinta.
La Tierra Media, antes de ser una franquicia audiovisual o una colección de paisajes reconocibles, fue durante mucho tiempo papel cubierto de nombres, líneas y correcciones.
La cubierta también contaba la historia
Tolkien diseñó además la sobrecubierta de El Hobbit; el resultado se reconoce inmediatamente incluso ochenta y nueve años después: montañas, árboles, un cielo geométrico, runas y una composición que parece pertenecer al mismo territorio que anuncia.
Hay algo particularmente interesante en esa cubierta porque evita representar al protagonista como centro absoluto: Bilbo no ocupa el frente del libro con una espada en la mano, el paisaje domina, la aventura se presenta como un lugar al que estamos a punto de entrar.

Esa decisión coincide con una de las características de la escritura de Tolkien. Sus personajes caminan por territorios que parecen existir antes de que ellos lleguen y que continuarán existiendo cuando se marchen. Hay ruinas cuya historia apenas conocemos, canciones sobre acontecimientos anteriores al relato, caminos que vienen de otra parte. Incluso El Hobbit, el más ligero de sus grandes libros, está lleno de indicios de un pasado que rebasa a Bilbo.
Parte de ello existía porque Tolkien llevaba años trabajando en relatos, lenguas y mitologías que todavía no habían encontrado editor. Tras el éxito de El Hobbit, presentó a Allen & Unwin materiales relacionados con El Silmarillion. La editorial no quiso publicarlos y pidió, esencialmente, más hobbits. Tolkien comenzó entonces una secuela. El pequeño libro de 1937 había abierto una puerta que su autor todavía no sabía cuánto tardaría en atravesar.
Allí y de vuelta otra vez
La segunda impresión de El Hobbit incorporó cuatro láminas en color realizadas por Tolkien: Hobbiton, Rivendel, Bilbo acercándose a las cabañas de los elfos de las balsas y la conversación con Smaug entre el tesoro de la Montaña Solitaria. La primera edición estadounidense utilizó también una acuarela de las águilas en las Montañas Nubladas.

Miradas hoy, esas imágenes producen una pequeña extrañeza. Vivimos después de décadas de calendarios, videojuegos, películas y reconstrucciones digitales de la Tierra Media. Resulta difícil devolver a esos lugares su indeterminación original. Los dibujos de Tolkien permiten hacerlo. Su Rivendel todavía tiene zonas vacías; Smaug parece salido de un manuscrito medieval y no de un estudio de efectos visuales; las montañas pueden reducirse a unas cuantas líneas de tinta. Son las primeras huellas visuales dejadas por alguien que todavía estaba averiguando cómo era el mundo que tenía delante.
El 21 de septiembre de 1937, un lector podía abrir El Hobbit sin saber quién era Gollum, sin conocer el destino del anillo que Bilbo encontraría bajo las montañas y sin sospechar que aquel objeto sería reescrito años después para encajar en una historia mucho mayor, ni siquiera Tolkien conocía todavía buena parte de lo que vendría. Sobre la mesa estaba aquel primer volumen, dentro había un hobbit que prefería quedarse en casa, dos mapas y un camino hacia una montaña dibujada a mano; la Tierra Media ya tenía una puerta, faltaba que alguien la abriera…






























































