La mañana después
Quienes recuperaron la conciencia tardaron en comprender lo que había sucedido. Algunos despertaron seis horas después; otros permanecieron inconscientes durante más de un día. Estaban débiles, desorientados. En algunas casas, las lámparas de aceite se habían apagado aunque todavía tenían combustible. Afuera, el ganado yacía muerto. Adentro, también los familiares. Había personas que se habían acostado la noche anterior y sencillamente no habían vuelto a despertar.
Era el 22 de agosto de 1986 y alrededor del lago Nyos, en una región montañosa del noroeste de Camerún, algo parecía haber retirado la vida del paisaje. La noche anterior, una nube rica en dióxido de carbono había salido del lago y avanzado siguiendo las depresiones del terreno. Pasó por Nyos y continuó por los valles, alcanzando otros asentamientos. Más de 1700 personas murieron, además de miles de animales. En los terrenos bajos hubo casas donde no sobrevivió nadie; a mayor altura, algunas personas se salvaron. Esa irregularidad sería una de las primeras pistas para entender lo ocurrido.

No había ruinas que explicaran la magnitud de la catástrofe. Ningún pueblo había quedado sepultado bajo lava. No existía un frente de incendio ni las marcas habituales de una inundación. Las casas seguían allí. Los campos también. La violencia había pasado sin necesidad de destruirlos. Había sido, sobre todo, una catástrofe del aire.
Una amenaza sin forma
El lago Nyos ocupa un antiguo cráter volcánico y tiene alrededor de doscientos metros de profundidad. A simple vista no contiene nada que permita imaginar lo que ocurrió aquella noche. Pero durante años, posiblemente mucho más, dióxido de carbono procedente de las profundidades de la Tierra había ido entrando en sus aguas.
En un lago ordinario, los cambios de temperatura y las estaciones ayudan a mezclar periódicamente las distintas capas de agua. Nyos pertenece a una categoría mucho más extraña. Sus aguas profundas pueden permanecer aisladas de las superficiales durante largos periodos. Allí abajo, bajo una presión considerable, el CO₂ podía disolverse y acumularse sin escapar inmediatamente a la atmósfera. El lago funcionaba, en cierto sentido, como un recipiente cerrado que iba almacenando gas.

El dióxido de carbono añade una particularidad inquietante: no puede verse y, por sí mismo, tampoco tiene olor. Forma parte de nuestra vida cotidiana —lo exhalamos al respirar—, pero en concentraciones elevadas resulta mortal. Puede producir rápidamente hipercapnia, pérdida de conciencia y asfixia, al tiempo que desplaza el oxígeno disponible. Además, al ser más denso que el aire, tiende a acumularse en lugares bajos.
Eso explica el mapa de la muerte alrededor de Nyos. La nube no avanzó como el humo que asciende y se dispersa. Se comportó en buena medida como un fluido que buscaba los puntos más bajos: atravesó pasos en el borde del cráter, siguió cauces y descendió por los valles. Las investigaciones posteriores encontraron que el patrón de víctimas seguía la topografía. El relieve había indicado a la nube por dónde continuar.
Cuando el lago dejó de contenerse
La pregunta más difícil era otra: ¿por qué aquella noche? La explicación general de la catástrofe está bien establecida; el detonante preciso, no del todo. Se ha propuesto un deslizamiento de tierra, un cambio en la circulación del agua u otra perturbación capaz de llevar hacia arriba parte del agua profunda cargada de CO₂. También existen modelos según los cuales un lago suficientemente cercano a la saturación podría comenzar a desgasificarse sin necesitar un gran desencadenante externo. Cuarenta años después, ese detalle sigue siendo objeto de discusión científica.
Lo que sucedió después puede entenderse pensando en una botella de bebida carbonatada, aunque la comparación resulta insignificante frente a la escala de Nyos. Cuando el agua saturada comenzó a ascender, la presión sobre ella disminuyó. El CO₂ disuelto formó burbujas; las burbujas hicieron que el agua fuera más ligera y ascendiera todavía con mayor rapidez; al subir, liberaba aún más gas. El proceso se alimentó a sí mismo.
La liberación fue tan violenta que removió las aguas profundas y produjo una gran agitación en el lago. Se ha estimado que alrededor de un kilómetro cúbico de CO₂ pudo escapar durante el episodio. Al principio, algunos investigadores consideraron la posibilidad de una erupción volcánica directa. Estudios posteriores de los sedimentos y de la dinámica del lago favorecieron otra explicación: no había hecho falta una nueva gran erupción bajo Nyos. La energía podía proceder de la propia desgasificación del agua.
El término que terminaría asociado con fenómenos de esta clase es erupción límnica. Su rareza explica en parte por qué Nyos resultaba tan desconcertante: muy pocos lagos del planeta reúnen las condiciones necesarias para almacenar semejantes cantidades de gas en sus profundidades.
La catástrofe que ya había sucedido
Nyos, sin embargo, había tenido un aviso. Dos años antes, el 15 de agosto de 1984, 37 personas habían muerto junto al lago Monoun, también en Camerún. Allí tampoco parecía existir una causa convencional capaz de explicar las muertes. Las investigaciones comenzaron a señalar hacia un fenómeno entonces apenas conocido: CO₂ acumulado en las profundidades podía liberarse súbitamente y cubrir las zonas próximas al lago.

El vulcanólogo Haraldur Sigurdsson fue uno de quienes defendieron esa explicación. Según reconstrucciones posteriores, meses antes de Nyos había enviado a Science un trabajo en el que describía aquel mecanismo como un nuevo tipo de amenaza natural. La revista rechazó el artículo por considerar poco convincente la hipótesis. Después ocurrió Nyos.
La historia resulta incómoda precisamente porque no necesita convertir a nadie en villano. La ciencia trabaja con acontecimientos anteriores, con evidencias incompletas y con hipótesis que deben competir entre sí. Algunas amenazas sólo parecen evidentes después de haber ocurrido dos veces.
Nyos transformó aquella anomalía en una categoría de desastre que ya no podía ignorarse. Monoun y Nyos se convirtieron en laboratorios naturales para estudiar cómo se acumulan los gases en lagos volcánicos y qué otros cuerpos de agua podrían presentar condiciones semejantes. El peligro dejó de pertenecer únicamente a la historia de Camerún: obligó a mirar de otra manera ciertos lagos profundos del mundo.
Enseñar al lago a respirar
Después de 1986 quedaba un problema que ninguna explicación podía resolver por sí sola. El dióxido de carbono seguía entrando en Nyos. Comprender la catástrofe no impedía que, lentamente, las profundidades volvieran a cargarse.
La solución tuvo una elegancia extraña. En 2001 comenzó la desgasificación controlada del lago mediante una tubería que descendía hasta las aguas profundas. Una vez iniciado el flujo, el agua rica en CO₂ ascendía; al disminuir la presión, el gas formaba burbujas y esas mismas burbujas impulsaban el agua hacia arriba. No hacía falta mantener funcionando una enorme bomba: la energía contenida en el propio lago ayudaba a expulsar el gas. Sobre la superficie apareció una fuente artificial, visible y controlada, que hacía lentamente lo que Nyos había hecho de manera catastrófica aquella noche. Más tuberías fueron añadidas posteriormente y los niveles de CO₂ disminuyeron de manera considerable.

Es difícil encontrar una imagen mejor para la relación entre conocimiento y peligro. Durante años, el gas había entrado al lago sin que nadie pudiera verlo. Después de la catástrofe, la tarea consistió precisamente en permitirle salir poco a poco.
Han pasado cuarenta años desde aquella noche. La superficie de Nyos sigue rodeada de montañas verdes y, contemplada desde lejos, difícilmente revela su historia. Quizá ahí permanezca la parte más perturbadora de lo ocurrido. Tendemos a reconocer una amenaza por las señales que ofrece: el estruendo de un volcán, el avance del agua, el humo de un incendio. Nyos enseñó otra posibilidad. Hay desastres que se forman sin espectáculo, durante años, fuera de nuestra vista.
Mientras los habitantes de los pueblos alrededor del lago cenaban, trabajaban o se preparaban para dormir el 21 de agosto de 1986, bajo ellos continuaba un proceso antiguo y silencioso. La montaña llevaba tiempo liberando gas. El agua llevaba tiempo guardándolo. Aquella noche, dejó de hacerlo.






























































