Lo que entra al museo
En una sala del Museo Fueguino de Arte Niní Bernardello, en Río Grande, Tierra del Fuego, conviven durante estas semanas objetos que comenzaron su vida lejos de la lógica habitual de una exposición: fibras trenzadas, tejidos, prendas, piezas artesanales y trabajos en resina. Algunos nacieron de técnicas aprendidas dentro de una familia; otros trasladan esas técnicas a materiales contemporáneos. Mujeres Originarias, Voz Ancestral, inaugurada el 11 de septiembre y abierta hasta el día 26, reúne producciones de mujeres pertenecientes a distintos pueblos originarios de Argentina y de la región andina. La entrada es gratuita.
La muestra fue impulsada por la artista visual fueguina Sajael Chaile, integrante de los pueblos Kilme, Hualfin y Atacama, junto con artesanas, tejedoras y educadoras ancestrales. Participan mujeres Selknam, Mapuche, Kolla, Yagán, Quechua, Atacama, Kilme, Hualfin y Likanantai. Entre ellas están Estela Maris Maldonado y María Salamanca, del pueblo Selknam; la artista Alba Chaile; la artesana Atacama Lucrecia Soriano; Patricia Lamas, transmisora de saberes culturales Kolla, y Susana Caimapo Leuquen, que trabaja la resina desde su pertenencia Mapuche. También forman parte de la exposición obras de Sabrina Cárcamo, Evelyn Besacho, Marta Chaile y Tahali Chaile.
Enumerar nombres y pueblos importa. En exposiciones dedicadas a culturas indígenas ha sido demasiado frecuente que el objeto llegue al museo mientras su autora desaparece detrás de una etiqueta genérica: “artesanía”, “cultura tradicional”, “anónimo”. Aquí las piezas conservan cerca a las mujeres que las hicieron y a los lugares culturales desde los que trabajan. El gesto modifica la mirada. Un tejido deja de funcionar únicamente como evidencia de una técnica antigua; también pertenece a una persona viva que eligió fibras, colores, formas, usos y maneras de continuar aquello que recibió.

Septiembre y las mujeres indígenas
La exposición ocurre durante el Mes de la Mujer Indígena, alrededor de una fecha que tiene una genealogía política precisa. Cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena, establecido en 1983 durante el Segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América celebrado en Tiahuanaco, Bolivia. La fecha recuerda a Bartolina Sisa, dirigente aymara que participó en la rebelión anticolonial junto con Túpac Katari y fue ejecutada en La Paz el 5 de septiembre de 1782.
La distancia entre aquel episodio del siglo XVIII y una cesta colocada hoy bajo las luces de un museo puede parecer enorme, pero ambas cosas se encuentran en una cuestión concreta: quién puede conservar, nombrar y transmitir una experiencia colectiva. La memoria de los pueblos originarios no vive únicamente en archivos escritos. También puede almacenarse en la manera de torcer una fibra, en un patrón que alguien aprende observando a otra mujer, en la preparación de un material o en palabras que acompañan el trabajo y que rara vez aparecen en el objeto terminado.
Por eso conviene mirar con cierta cautela una expresión como “saber ancestral”. Puede volverse cómoda si convierte cualquier práctica indígena en una reliquia inmóvil. Las obras reunidas en Río Grande desmienten esa quietud: junto a tejidos y cestería aparecen diseño de indumentaria y resina encapsulada. Hay técnicas heredadas, pero también decisiones presentes. Una tradición sigue viva precisamente porque puede ser utilizada, discutida y modificada por quienes la reciben.

Una conversación junto a los objetos
Antes de que la exposición abriera sus puertas, varias de las participantes se sentaron a conversar. La mesa realizada el 11 de septiembre giró alrededor de identidad, territorio, memoria y transmisión de conocimientos. Sajael Chaile moderó el encuentro. El programa colocó de ese modo la conversación junto a la obra, en vez de obligar a que los objetos hablaran por sí mismos sobre experiencias que un visitante difícilmente podría reconstruir mirando una vitrina.
Ese detalle dice bastante sobre la exposición. En un museo etnográfico tradicional, el visitante podía encontrarse con una pieza separada por décadas de la persona que la había producido. La institución clasificaba, describía y fechaba. Mujeres Originarias, Voz Ancestral parte de una situación distinta: algunas autoras están allí, explican su práctica y sitúan los objetos dentro de historias familiares o comunitarias que continúan desarrollándose fuera del museo.
Una cesta, por ejemplo, contiene horas de trabajo que la etiqueta rara vez puede medir. Antes hubo que reconocer una materia, recogerla, prepararla y saber cómo debe responder entre los dedos. Una prenda lleva decisiones semejantes sobre estructura y diseño. Esa acumulación de gestos suele quedar oculta cuando vemos el objeto terminado. De allí que el título propuesto para esta historia —lo que las manos todavía recuerdan— no dependa de pensar las manos como una metáfora romántica: aprender una técnica también implica memoria corporal. Hay cosas que se recuerdan ejecutándolas.
El sur no está vacío
La ubicación de la muestra añade otra capa. Tierra del Fuego suele aparecer en el imaginario turístico como paisaje extremo: viento, nieve, montañas, el último tramo del continente. Mucho antes de convertirse en ese destino fotografiado desde carreteras y embarcaciones, el archipiélago fue territorio de pueblos con lenguas, rutas y sistemas de conocimiento propios. Entre las mujeres presentes en la exposición hay integrantes del pueblo Selknam y del pueblo Yagán, dos nombres inseparables de esa historia austral, junto con participantes cuyas genealogías remiten a otros territorios y desplazamientos.

Esa coexistencia evita reducir la muestra a una imagen única de “la mujer indígena”. No existe una experiencia intercambiable entre una mujer Selknam, una artesana Mapuche, una transmisora Kolla o una artista vinculada a los pueblos Kilme, Hualfin y Atacama. Los materiales cambian; también las historias de los territorios, las lenguas y las formas en que cada comunidad atravesó colonización, desplazamiento o integración forzada. Reunirlas bajo un mismo techo adquiere sentido cuando esas diferencias permanecen visibles.
El 26 de septiembre, las piezas saldrán de la sala del Niní Bernardello. Los tejidos volverán a otros espacios; las cestas y las prendas dejarán de compartir la arquitectura provisional del museo. La transmisión que la exposición intenta mostrar seguirá ocurriendo donde ocurría antes de que se encendieran esas luces: alrededor de una mesa, durante una conversación, en el momento en que alguien observa unas manos trabajar y comienza a repetir el movimiento.
En septiembre se les ha reservado un mes y una fecha en el calendario. La memoria que muestran esas obras utiliza otra medida del tiempo.






























































