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Nick Cave: contar desde la herida

Sus canciones pasan por el crimen, la religión, el amor y el duelo hasta volverse una forma de hablar con quienes ya no están.

Una mujer llamada Elisa Day recuerda al hombre que llegó a su puerta. Él recuerda haberla visto y saber que sería suya. Durante tres días, las dos voces avanzan hacia el mismo lugar: un río, unas rosas rojas, una piedra. Cuando termina Where the Wild Roses Grow, sabemos quién murió y quién la mató; también hemos escuchado el crimen desde ambos lados.

Nick Cave publicó la canción junto a Kylie Minogue en 1995; un año después apareció en Murder Ballads, el disco donde Cave y los Bad Seeds llevaron hasta el exceso una tradición mucho más antigua. Las baladas populares han servido durante siglos para contar historias de amantes, forajidos, desastres y asesinatos. La Biblioteca del Congreso estadounidense las define, de la manera más sencilla posible, como canciones que cuentan historias. Cave entendió muy pronto cuánto podía hacerse dentro de ese espacio. 

Nacido el 22 de septiembre de 1957 en Warracknabeal, Australia, hoy cumple 69 años. Casi medio siglo de canciones permite seguir una transformación extraña: el hombre que alguna vez hizo hablar a asesinos y condenados terminó escribiendo para muertos concretos, para personas cuya ausencia pertenecía a su propia casa. La herida ya estaba allí mucho antes de que supiera su nombre.

Antes del duelo, ya estaban los muertos

En The Mercy Seat, de 1988, un condenado espera la silla eléctrica. Dice ser inocente, observa los objetos de la prisión, encuentra a Cristo en lugares absurdos y repite que no teme morir. A medida que la canción avanza, su certeza empieza a resquebrajarse; Cave instala al oyente dentro de una conciencia que quizá miente incluso cuando se habla a sí misma. Ahí aparece una de sus herramientas favoritas: la primera persona como habitación cerrada. Entramos porque alguien habla, una vez dentro, tenemos que decidir cuánto creerle.

Nick Cave durante una presentación en Deinze, Bélgica, en 1986, dos años antes de la publicación de “The Mercy Seat”. Foto: Yves Lorson 

Murder Ballads convirtió ese procedimiento en concepto. Publicado en febrero de 1996, reunió asesinatos tradicionales reelaborados por Cave —Stagger LeeHenry Lee— y composiciones propias como Where the Wild Roses GrowThe Curse of Millhaven y O’Malley’s Bar. Fue, hasta entonces, el mayor éxito comercial de los Bad Seeds. Treinta años después, el disco sigue ocupando un lugar peculiar en su obra: grotesco, teatral, a veces casi cómico en su acumulación de cadáveres. 

El asesinato puede parecer una obsesión, pero importa tanto quién sostiene el micrófono como quién termina muerto. Cave deja hablar al culpable, al condenado, a la víctima. Cambiar la voz cambia el relato. En Where the Wild Roses Grow, Elisa Day no queda reducida al cuerpo encontrado junto al agua: vuelve para contar cómo llegó allí. 

Es un mecanismo propio del cuento y también de la balada popular. Una canción dispone de pocos minutos. Un nombre, una habitación o una frase bien colocada tienen que hacer el trabajo que una novela puede repartir entre páginas. Cave aprendió a vivir dentro de esa restricción.

Dios entra por la puerta

Con los años, sus personajes siguieron muriendo, pecando y deseando, pero otra presencia empezó a ocupar cada vez más espacio: Dios. En Cave, la religión rara vez llega como respuesta estable. Aparece como vocabulario. Ángeles, demonios, resurrecciones, plegarias, iglesias y pasajes bíblicos circulan por canciones cuyos narradores todavía pueden estar borrachos, enamorados o aterrados.

Nick Cave con los Bad Seeds durante Coachella, en abril de 2013, el año en que apareció Push the Sky Away. Foto: Ian T. McFarland 

Into My Arms, publicada en The Boatman’s Call en 1997, comienza precisamente desde una tensión entre incredulidad y plegaria. Cave puede dudar de un Dios intervencionista y, unos versos después, dirigirse a él. 

Ese desplazamiento cambia también sus historias. La violencia exterior de Murder Ballads empieza a convivir con catástrofes menos fáciles de señalar: una relación que termina, alguien que desaparece, la culpa que sigue ocupando una habitación después de que la otra persona se haya ido.

En Jubilee Street, de 2013, hay una mujer llamada Bee, un narrador comprometido en algo que nunca termina de explicar y una calle que adquiere la consistencia de un escenario. Los hechos permanecen incompletos. Hacia el final, el personaje anuncia una transformación y la música empieza a elevarlo. La historia deja huecos que el oyente tiene que atravesar por su cuenta. 

Cave había pasado de contar lo ocurrido a interesarse cada vez más por aquello que un personaje no consigue contar del todo. Dos años después, esa dificultad dejó de ser un recurso narrativo.

Cuando una canción ya no puede ordenar lo ocurrido

En julio de 2015, Arthur Cave, uno de los hijos gemelos de Nick Cave y Susie Bick, murió a los 15 años tras caer de un acantilado cerca de Brighton. La cronología importa porque Skeleton Tree, publicado en 2016, suele escucharse como un disco escrito después de aquella muerte. No fue así. Cave ha explicado que la mayor parte de sus canciones ya existían. La tragedia ocurrió durante el proceso de grabación y cambió inevitablemente la manera de terminarlas y de escucharlas. Incluso Jesus Alone, con sus imágenes de una caída y un río, había sido escrita antes. 

Ese dato vuelve el álbum todavía más inquietante; letras concebidas antes de Arthur adquirieron después significados que su autor no podía haber previsto.

Nick Cave durante una presentación con Warren Ellis en Fairfield Halls, Croydon, en septiembre de 2021. Para entonces,Skeleton Tree y Ghosteen habían alterado también la manera en que su obra abordaba la pérdida. Foto: Raph_PH

Cave intentó escribir directamente tras la muerte de su hijo y descartó aquellas canciones. Años después explicó que entonces le parecían incapaces de alcanzar aquello que estaba viviendo. En lugar de ofrecer una traducción inmediata del dolor, su escritura quedó suspendida durante un tiempo. 

Ghosteen, publicado en 2019, fue el primer álbum de los Bad Seeds escrito enteramente después de la muerte de Arthur. Allí cambia la arquitectura de muchas canciones. Las escenas se vuelven flotantes; aparecen niños, padres, animales, figuras que atraviesan espacios casi soñados. Las fronteras entre recuerdo, presencia e imaginación dejan de importar demasiado.  El narrador que antes sabía dónde colocar el cadáver ahora enfrenta algo que se resiste a quedar colocado en ninguna parte.

Hablar con los ausentes

En 2018, Cave abrió The Red Hand Files, una página donde responde directamente las preguntas de sus lectores. El formato parece modesto: llega una carta; él contesta. Con el tiempo se convirtió en otra parte de su obra.

Le preguntan por canciones, matrimonios, fe, adicciones, hijos muertos. Cave responde desde su experiencia sin adoptar la voz distante de quien ya resolvió aquello sobre lo que escribe. En 2025, cuando un lector le preguntó qué había aprendido diez años después de la muerte de Arthur, escribió que el dolor permanece, aunque cambia con el tiempo, y que había terminado reconociéndose dentro de una experiencia humana compartida. 

Nick Cave and the Bad Seeds en la Accor Arena de París, noviembre de 2024, durante la etapa de Wild God. Foto: ManoSolo13241324

Algo de esa conversación se escucha también en Wild God, el álbum que Nick Cave & The Bad Seeds publicaron en 2024. Tras los paisajes suspendidos de Ghosteen, regresan coros, cuerpos y una energía expansiva. Cave describió el disco como complicado pero también alegre; al escucharlo, dijo, le parecía que quizá estaban felices. La alegría resulta extraña únicamente si se espera que una herida produzca siempre la misma voz.

Hoy, a los 69 años, Cave continúa escribiendo desde un territorio donde conviven el muerto junto al río de una balada antigua y el hijo cuya ausencia ninguna ficción puede resolver. Sus letras completas entre 1978 y 2022 ocupan ya un volumen propio; vistas juntas, parecen también el registro de cómo una voz aprende a cambiar de preguntas. 

Al principio, muchos de sus personajes hablaban porque necesitaban confesar algo antes de morir. Décadas después, algunas de sus canciones parecen existir porque todavía hay algo que decir después de la muerte.

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