El 7 de diciembre de 1958, José Emilio Pacheco llegó a casa de Juan José Arreola con papel, pluma y una urgencia: había que entregar un libro. Arreola había recibido un adelanto, el plazo se acababa y seguía sin escribir los textos. Pacheco lo hizo recostarse en un catre, se sentó frente a la mesa y le planteó una alternativa que en realidad no lo era: “Me dicta o me dicta”. Cuando Arreola preguntó por dónde comenzar, Pacheco eligió al azar: la cebra.
Entonces ocurrió algo que parece inventado para explicar retrospectivamente toda una vida literaria. Arreola comenzó a hablar. Las frases que formarían Bestiario fueron apareciendo una detrás de otra mientras Pacheco las pasaba al papel; años después recordaría la impresión de escuchar a alguien que parecía estar leyendo un texto que ya existía en alguna parte, aunque delante de él no hubiera manuscrito alguno.
La escena contiene una clave de Arreola. Para él, la literatura también sucedía antes de tocar la página: en la memoria, en el ritmo de una frase pronunciada, en el placer de contar algo frente a otra persona. Juan Villoro lo describiría décadas después como un hombre capaz de “escribir con la voz”. En su caso, la expresión puede tomarse casi literalmente.

Antes del escritor estuvo el recitador
Juan José Arreola Zúñiga nació el 21 de septiembre de 1918 en Zapotlán el Grande, Jalisco, la población que durante buena parte de su vida llevó oficialmente el nombre de Ciudad Guzmán. Su educación formal fue breve: no concluyó la primaria. A cambio, construyó una formación desordenada y voraz, hecha de libros encontrados, conversaciones y una memoria que quienes lo conocieron describían como extraordinaria. De niño ya destacaba por declamar; llegaron a llamarlo “Juanito el recitador”.
También trabajó pronto. Fue aprendiz de encuadernador, vendedor, panadero, tipógrafo, corrector y empleado de diversos comercios. La lista suele aparecer en las biografías como una curiosidad pintoresca, aunque dice algo bastante concreto sobre su relación posterior con los libros: Arreola conoció la literatura desde el lado material. Antes de ser autor había cosido páginas, corregido pruebas y visto cómo un texto terminaba convertido en objeto.

A los dieciocho años se marchó a la Ciudad de México para estudiar teatro. Pasó por la Escuela Teatral de Bellas Artes y trabajó con figuras como Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia. Más tarde, su encuentro con el director francés Louis Jouvet abrió la posibilidad de viajar a París y continuar allí su formación escénica.
El teatro nunca desapareció del escritor. Puede sentirse incluso en sus textos más pequeños: una entrada rápida, una voz que adopta cierto personaje, una pausa colocada donde una frase necesita respirar. Arreola sabía lo que una oración hacía en silencio sobre la página, pero también lo que ocurría cuando alguien tenía que pronunciarla frente a otros.
Una literatura que cabía en pocas páginas
En 1948 entró al Fondo de Cultura Económica como corrector y autor de solapas; Alfonso Reyes intervino para que recibiera una beca de El Colegio de México. Al año siguiente apareció Varia invención. En 1952 publicó Confabulario, el libro que terminaría por colocarlo entre las voces centrales del cuento mexicano del siglo XX. Después vendrían Bestiario, La feria y otras piezas de una bibliografía llamativamente pequeña para un escritor cuya presencia cultural fue enorme.
Sus cuentos podían ocupar unas cuantas páginas o apenas un puñado de párrafos. En ellos cabían trenes que nunca llegan donde prometen, pactos diabólicos, anuncios absurdos, animales observados hasta volverse espejos humanos. La concisión de Arreola no procede de quitar palabras al final; parece venir de haberlas pesado antes. El chiste puede convertirse en amenaza y una frase de apariencia burocrática terminar rozando lo fantástico.
El guardagujas quizá sea el ejemplo más conocido. Un viajero espera un tren; un viejo trabajador ferroviario comienza a explicarle un sistema en el que los horarios, destinos y vías han dejado de obedecer las reglas que deberían organizarlos. El relato avanza mediante la conversación y, poco a poco, la lógica administrativa se vuelve delirio. Resulta difícil no imaginarlo contado en voz alta.
Algo semejante ocurre en La feria, publicada en 1963. Allí Arreola regresó literariamente a Zapotlán y construyó la novela mediante fragmentos y voces que entran y salen: habitantes, recuerdos, rumores, rezos, discusiones. La unidad proviene menos de un narrador que domina la escena que del oído capaz de escuchar a un pueblo hablando al mismo tiempo.
El escritor que necesitaba interlocutores
Arreola tampoco se encerró demasiado bien en la figura tradicional del autor sentado frente a un escritorio. Editó revistas y colecciones, participó en Poesía en Voz Alta, dirigió la Casa del Lago de la UNAM entre 1959 y 1961 y desde 1964 impartió talleres universitarios. La radio y la televisión terminaron por convertir aquel talento oral en algo que podían conocer personas que jamás habían abierto Confabulario.

Por sus talleres y proyectos editoriales pasaron escritores jóvenes que después ocuparían lugares centrales en la literatura mexicana. José Emilio Pacheco estuvo cerca de él como alumno, colaborador y ocasional amanuense; también aparecen en esa órbita nombres como Sergio Pitol y José Agustín. Arreola leía manuscritos, corregía, conversaba durante horas. Margo Glantz recordaba que él mismo se definía como “artesano del lenguaje”.
Quizá por eso Bestiario resulta algo más que una anécdota feliz sobre un escritor que dejó la tarea para el último momento. Aquella semana, con Pacheco tomando dictado, el mecanismo quedó expuesto. La página llegó después. Primero estuvieron los animales vistos en Chapultepec, una memoria llena de lecturas y un hombre acostado en un catre descubriendo las frases a medida que las decía.
Arreola murió en Guadalajara el 3 de diciembre de 2001. Quedaron sus libros y también algo menos fácil de fijar en una bibliografía: grabaciones, clases recordadas por antiguos alumnos, apariciones televisivas, testimonios de quienes lo escucharon convertir una conversación corriente en literatura. La Fonoteca Nacional conserva parte de esa voz. Hay escritores a los que uno vuelve buscando una frase subrayada, con Arreola ocurre a veces otra cosa: al leerlo, dan ganas de pronunciarla.































































