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Montreal & el acuerdo ambiental que sí funcionó

El mundo quitó casi todas las sustancias que agotaban la capa de ozono. ¿Qué hizo posible un acuerdo que hoy parece difícil de repetir?

En la estación Halley, sobre una plataforma de hielo de la Antártida, los científicos llevaban décadas apuntando mediciones del ozono con una regularidad que difícilmente parecía destinada a cambiar la política mundial. Año tras año observaban cómo variaba aquella porción invisible de la atmósfera. A comienzos de los ochenta ocurrió algo extraño. Cuando Jonathan Shanklin reunió los datos de cada primavera, algunos puntos empezaron a salirse de la gráfica: la cantidad de ozono sobre la estación estaba descendiendo mucho más de lo esperado.

En mayo de 1985, Joe Farman, Brian Gardiner y Shanklin publicaron en Nature los resultados de esas observaciones. Sobre la Antártida se estaba abriendo lo que pronto sería conocido en todo el mundo como el agujero de la capa de ozono. Las mediciones de Halley habían comenzado en 1956; aquello permitía saber que el fenómeno no había estado siempre ahí. Algo en la atmósfera había cambiado.

Dos años después, el 16 de septiembre de 1987, representantes de distintos países se reunieron en Montreal y adoptaron un tratado cuyo nombre burocrático apenas dejaba adivinar la escala de lo que intentaba hacer: Protocolo de Montreal relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono.

Hoy tiene 198 partes. Ha eliminado alrededor del 98 % de las sustancias controladas responsables del deterioro del ozono respecto de los niveles de 1990 y, si las políticas actuales continúan, la capa podría regresar aproximadamente a los valores de 1980 hacia 2040 en gran parte del planeta. En la Antártida habrá que esperar bastante más: alrededor de 2066. La recuperación todavía está ocurriendo sobre nuestras cabezas.

Mapa del ozono sobre la Antártida elaborado con datos del satélite NOAA-9, el 15 de octubre de 1987, apenas unas semanas después de la adopción del Protocolo de Montreal. Las concentraciones más bajas aparecen alrededor del polo sur.

Antes del agujero había un refrigerador

La historia había comenzado mucho antes de que las gráficas de Halley se volvieran alarmantes. Durante buena parte del siglo XX, los clorofluorocarbonos parecieron sustancias extraordinariamente útiles. Los CFC —también conocidos como freones— servían como refrigerantes para neveras y sistemas de aire acondicionado, como propelentes en aerosoles y para fabricar espumas. Eran estables, poco reactivos cerca de la superficie y tenían múltiples aplicaciones industriales. Precisamente esa estabilidad escondía el problema.

En 1974, Mario Molina, un químico nacido en Ciudad de México, y el estadounidense F. Sherwood Rowlandpublicaron un trabajo que explicaba qué sucedía después de que los CFC escapaban a la atmósfera. Podían permanecer allí durante años hasta alcanzar la estratosfera; la radiación ultravioleta rompía entonces sus moléculas y liberaba átomos de cloro capaces de desencadenar reacciones que destruían ozono. Molina y Rowland habían descrito el mecanismo once años antes de que el agujero antártico fuera anunciado.

Mario Molina en Estocolmo, en 2011. En 1974, junto con F. Sherwood Rowland, describió cómo los CFC podían alcanzar la estratosfera y desencadenar la destrucción del ozono; ambos recibirían el Nobel de Química en 1995. 

El asunto podía sonar remoto. La mayor parte del ozono atmosférico se encuentra a decenas de kilómetros sobre el suelo y, comprimido a la presión de la superficie terrestre, formaría una capa de apenas unos milímetros. Esa pequeña cantidad absorbe buena parte de la radiación ultravioleta que de otro modo llegaría hasta plantas, animales y seres humanos.

Molina y Rowland pasaron de los laboratorios a una discusión pública en la que estaban en juego productos presentes en millones de hogares. Dos décadas después, en 1995, compartirían con Paul Crutzen el Premio Nobel de Química por sus trabajos sobre la formación y descomposición del ozono. Para entonces la política ya había comenzado a alcanzar a la ciencia.

El hallazgo antártico de 1985 cambió la escala del problema. Ya no se trataba únicamente de modelos que anticipaban un deterioro futuro. Había instrumentos instalados sobre el hielo registrándolo.

Montreal no nació terminado

Hay una tentación retrospectiva al mirar el Protocolo de Montreal: imaginar que el mundo comprendió la amenaza, firmó un tratado y solucionó el problema. La secuencia fue bastante menos limpia.

El acuerdo adoptado en septiembre de 1987 entró en vigor el 1 de enero de 1989. Después fue corregido y endurecido repetidamente. En 1990, la Enmienda de Londres avanzó hacia la eliminación total de CFC y halones; llegaron después nuevos ajustes, calendarios y sustancias controladas. Montreal pudo cambiar conforme cambiaban el conocimiento científico y las posibilidades tecnológicas. Ese detalle resulta decisivo. Los negociadores no necesitaron conocer en 1987 cada respuesta que sería necesaria durante los siguientes cuarenta años. Construyeron un mecanismo capaz de revisarse. También hubo dinero.

Pedir a un país que cerrara fábricas, sustituyera refrigerantes o modificara procesos industriales tenía un costo que no podía repartirse como si todas las economías hubieran contribuido por igual al problema o dispusieran de los mismos recursos. En 1991 comenzó a operar el Fondo Multilateral para la Implementación del Protocolo de Montreal, destinado a financiar costos de transición, transferencia tecnológica, capacitación y proyectos en países en desarrollo. Desde entonces ha respaldado miles de proyectos de reconversión industrial y asistencia técnica.

La cooperación dejó de depender únicamente de una promesa formulada en una conferencia. Había calendarios, mecanismos de cumplimiento, evaluaciones científicas periódicas y recursos para cambiar equipos y procesos.

Ese diseño ayuda a entender una cifra que de otro modo parece casi improbable: las partes del protocolo han eliminado prácticamente todas las sustancias reguladas que agotaban el ozono. La ONU identifica entre las razones de ese resultado la política basada en evidencia científica, la participación universal, mecanismos firmes de cumplimiento, financiamiento específico y cooperación con la industria. Funcionó también porque Montreal siguió moviéndose después de Montreal.

¿Por qué pudo hacerse?

Cuarenta años después, la pregunta resulta inevitable cuando se compara aquella historia con la dificultad de alcanzar acuerdos ambientales en otros frentes. Parte de la respuesta está en la naturaleza del problema. Era posible señalar determinadas familias de químicos, regular su producción y consumo, establecer calendarios para retirarlas y desarrollar sustitutos. El tratado convirtió una alteración atmosférica gigantesca en una serie de decisiones industriales concretas: qué gas podía utilizar un refrigerador, qué compuesto debía abandonar una fábrica, en qué año tendría que hacerlo.

El cambio climático presenta una arquitectura mucho más extensa. El dióxido de carbono procede de sistemas que atraviesan transporte, electricidad, construcción, producción de alimentos y buena parte de la economía contemporánea. Montreal ofrece mecanismos útiles; copiar su resultado exige reconocer que el problema al que se aplican hoy esos mecanismos es distinto.

También conviene desconfiar de la versión demasiado ordenada de su éxito. La recuperación del ozono avanza con variaciones de un año a otro y en algunas regiones la evidencia sigue siendo más limitada. La evaluación científica patrocinada por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente calcula que, si se mantienen las políticas actuales, los niveles de 1980 podrían recuperarse hacia 2040 para el promedio global fuera de las regiones polares, 2045 en el Ártico y 2066 sobre la Antártida.

Una decisión tomada en 1987 tendrá, en algunos lugares, su respuesta atmosférica completa casi ochenta años después. Eso también forma parte de Montreal: actuar cuando quienes firman el acuerdo probablemente no vivirán para ver terminado el proceso que ponen en marcha.

Diez años después de Kigali

El Protocolo volvió a cambiar en 2016. Al sustituir los CFC comenzaron a utilizarse ampliamente otros compuestos, entre ellos los hidrofluorocarbonos o HFC. No dañaban la capa de ozono como sus predecesores, pero algunos tenían un elevado potencial de calentamiento global. El problema había cambiado de nombre sin desaparecer del todo.

El 15 de octubre de 2016, reunidas en Kigali, Ruanda, las partes acordaron reducir progresivamente la producción y el consumo de HFC. Diez años después, aquella enmienda ocupa el centro del Día Mundial de la Capa de Ozono de 2026, cuyo lema es “Acción mundial para un planeta más fresco”.

Visualización del agujero de ozono sobre la Antártida realizada por el Scientific Visualization Studio de la NASA en 2024. La recuperación avanza, aunque las dimensiones del agujero varían cada año con las condiciones de la atmósfera. NASA Scientific Visualization Studio.

La estimación explica por qué: aplicada completamente, la Enmienda de Kigali podría evitar entre 0.3 y 0.5 °C de calentamiento global hacia finales de siglo. Naciones Unidas señala que el beneficio podría ser aún mayor si la transición hacia nuevos refrigerantes se acompaña de sistemas de enfriamiento con mejor eficiencia energética.

Hay algo casi doméstico en que una parte de esta historia termine otra vez dentro de un refrigerador o de un aparato de aire acondicionado. Objetos que durante décadas ayudaron a alterar la química de una zona remota de la atmósfera fueron también el lugar donde comenzaron muchas de las sustituciones que permitieron frenarla.

En Halley, los científicos siguen midiendo el ozono. El agujero antártico aparece cada primavera austral y su tamaño cambia con las condiciones atmosféricas; el registro necesita continuar durante décadas para distinguir una tendencia de las oscilaciones de un año particular. Los instrumentos que ayudaron a revelar el problema permanecen observando la lenta respuesta del cielo. Montreal deja una imagen menos espectacular que la de una cumbre internacional. Un gráfico que durante años cae y, mucho después, comienza trabajosamente a cambiar de dirección.

Entre una cosa y la otra hubo químicos que advirtieron sobre moléculas que nadie podía ver, técnicos que tuvieron que cambiar refrigerantes, fábricas que modificaron procesos, países que aceptaron plazos distintos y un fondo internacional creado para que firmar una obligación no fuera lo mismo que poder cumplirla. La atmósfera conserva la memoria de aquellas decisiones. También conserva la del daño. Sobre la Antártida, habrá que esperar todavía varias décadas.

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