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Fidel Castro, 100 años después: la larga sombra de una revolución

A un siglo de su nacimiento, el legado de Castro sigue siendo un territorio en disputa dentro y fuera de Cuba.

Hay figuras históricas que, con el paso del tiempo, parecen acomodarse lentamente en los libros. Fidel Castro no es una de ellas. Cien años después de su nacimiento, el 13 de agosto de 1926, sigue siendo menos un personaje del pasado que una discusión abierta. Para algunos, encarna la soberanía de una pequeña isla que desafió durante décadas a Estados Unidos y convirtió la educación y la salud en pilares del Estado. Para otros, representa un sistema que concentró el poder, persiguió la disidencia y empujó a generaciones de cubanos al exilio.

Fidel Castro en sus años de juventud, antes de convertirse en el rostro de la Revolución cubana. A cien años de su nacimiento, volver a ese hombre anterior al mito permite observar una figura cuya historia todavía divide memorias dentro y fuera de Cuba. Imagen: The New York Times.

La contradicción no desapareció con su muerte en 2016. Tampoco con la salida de su hermano Raúl de la primera línea del poder. Este 13 de agosto, mientras Cuba conmemora oficialmente el centenario con actos, exposiciones y encuentros dedicados a su figura, el país atraviesa una de las crisis económicas y energéticas más profundas de su historia reciente: escasez, apagones prolongados, deterioro de servicios públicos y una emigración que ha reducido notablemente la población de la isla.

La coincidencia vuelve extraño el aniversario. El hombre que prometió transformar Cuba cumpliría cien años precisamente cuando el país que construyó alrededor de aquella promesa busca una forma de transformarse otra vez.

De Birán a la Revolución

Fidel Alejandro Castro Ruz nació en Birán, en el oriente cubano, hijo de Ángel Castro, un inmigrante gallego convertido en propietario de tierras, y Lina Ruz. Estudió en colegios católicos y más tarde Derecho en la Universidad de La Habana, donde comenzó a involucrarse intensamente en la política.

Nada hacía inevitable que aquel joven abogado terminara convertido en una de las figuras más reconocibles del siglo XX. Su trayectoria cambió con el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952. Un año después, el 26 de julio de 1953, Castro encabezó el fallido asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba. Fue detenido, juzgado y encarcelado; tras una amnistía en 1955 partió hacia México, donde reorganizó el movimiento revolucionario que tomaría el nombre de aquella fecha.

Fidel Castro durante su entrada en La Habana, el 8 de enero de 1959, pocos días después de la caída de Fulgencio Batista. La victoria revolucionaria abría entonces un futuro político cuyo rumbo todavía no estaba completamente definido.

En México conoció, entre otros, a Ernesto “Che” Guevara. En diciembre de 1956, Castro regresó a Cuba a bordo del Granma con un pequeño grupo de combatientes. Después del desembarco y de las primeras derrotas, los sobrevivientes se refugiaron en la Sierra Maestra. Desde allí, una guerrilla inicialmente minoritaria fue acumulando fuerza política y militar mientras el régimen de Batista perdía apoyo y legitimidad. El 1 de enero de 1959, Batista abandonó Cuba. La revolución había triunfado.

Pero aquel triunfo todavía contenía múltiples futuros posibles. La Cuba que surgió después no apareció de una sola vez: se construyó mediante nacionalizaciones, reformas agrarias, confrontaciones con sectores opositores, el acercamiento a la Unión Soviética y un deterioro acelerado de las relaciones con Washington. En pocos años, la revolución contra Batista se había convertido en una revolución socialista.

El hombre que convirtió a Cuba en símbolo

La dimensión de Fidel Castro resulta difícil de comprender si se observa únicamente el tamaño de Cuba. Una isla caribeña de poco más de once millones de habitantes terminó ocupando durante décadas un espacio extraordinario en la política mundial.

Parte de esa relevancia nació de la geografía. Cuba está a menos de 200 kilómetros de Florida. Pero otra parte fue construida deliberadamente por Castro, que convirtió la supervivencia de su gobierno frente a Estados Unidos en uno de los grandes relatos políticos del siglo XX.

En abril de 1961, una fuerza de exiliados cubanos entrenada y financiada por la CIA desembarcó en Bahía de Cochinos con la intención de derribar al nuevo gobierno. La invasión fracasó en apenas unos días y reforzó políticamente a Castro, que profundizó entonces su relación con Moscú.

Fidel Castro durante una sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre de 1960. En apenas dos años, la Revolución cubana había pasado de ser una insurrección nacional a ocupar un lugar central en la política internacional. Fotografía de Warren K. Leffler, Library of Congress.

Un año después, Cuba quedó en el centro del momento quizá más peligroso de la Guerra Fría. En 1962, la instalación secreta de misiles nucleares soviéticos en la isla desencadenó la Crisis de los Misiles. Durante trece días, Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron peligrosamente cerca de una confrontación nuclear hasta que Nikita Jrushchov aceptó retirar los misiles soviéticos; Washington se comprometió públicamente a no invadir Cuba y, de manera secreta, retiró posteriormente misiles estadounidenses de Turquía.

Desde entonces, Castro ya no era solamente el dirigente de una revolución caribeña. Se había convertido en uno de los rostros de la Guerra Fría.

Su influencia tampoco quedó limitada al continente americano. Cuba apoyó movimientos revolucionarios y gobiernos aliados en distintas regiones y tuvo una participación particularmente importante en África. En 1975 envió fuerzas militares a Angola en apoyo del MPLA, dentro de un conflicto atravesado simultáneamente por la descolonización portuguesa, la Guerra Fría y la intervención sudafricana.

Para movimientos de izquierda en América Latina, África y otras regiones del llamado Tercer Mundo, Cuba podía representar algo improbable: un país pequeño capaz de desafiar a una superpotencia y conservar una política exterior propia.

Para Washington y buena parte del exilio cubano, en cambio, era una dictadura comunista aliada de Moscú a pocos kilómetros de territorio estadounidense. Ambas imágenes acompañarían a Castro durante el resto de su vida.

La promesa y el costo del poder

Quizá ninguna dimensión de su legado sea tan difícil de narrar como ésta, porque los extremos suelen borrar aquello que los contradice.

La Revolución cubana produjo transformaciones sociales profundas. La campaña nacional de alfabetización de 1961 movilizó a decenas de miles de jóvenes y alfabetizó a cientos de miles de personas en menos de un año. UNESCO ha reconocido aquella campaña como un acontecimiento decisivo de la historia educativa cubana y una referencia para posteriores movimientos de educación popular en América Latina.

Imagen conservada en el Museo Nacional de la Campaña de Alfabetización. La campaña de 1961 se convirtió en uno de los grandes símbolos de la transformación educativa impulsada por la Revolución y en una pieza central de su legitimidad social.

El nuevo Estado amplió también el acceso a la educación, la salud y otros servicios públicos. Esos logros se convertirían en una parte central de la legitimidad de la Revolución, dentro y fuera de Cuba. Incluso organizaciones que han denunciado sistemáticamente las violaciones de derechos humanos bajo el castrismo han reconocido la magnitud de los avances sociales producidos durante aquellos años. Pero la construcción de ese Estado estuvo acompañada por otra realidad.

El pluralismo político desapareció. El Partido Comunista quedó como fuerza política dominante y posteriormente como único partido legal; los medios quedaron bajo control estatal; opositores, periodistas, intelectuales, religiosos, artistas y ciudadanos críticos enfrentaron en distintos periodos vigilancia, prisión, censura o exilio. Tras la revolución también se realizaron juicios que terminaron en centenares de ejecuciones de integrantes y colaboradores del régimen anterior, procesos cuya ausencia de garantías fue denunciada internacionalmente.

Durante décadas, abandonar Cuba se convirtió asimismo en parte de la historia familiar de cientos de miles de personas. Miami sería, en cierto sentido, otra ciudad construida por la Revolución: no por quienes permanecieron en ella, sino por quienes se marcharon.

Ése es uno de los motivos por los que resulta tan difícil reducir el legado de Castro a una sola palabra. La educación y la censura, la salud pública y la prisión política, la soberanía nacional y el éxodo pertenecen a la misma historia.Escoger únicamente una parte produce una caricatura.

También lo hace olvidar el papel de Estados Unidos. El embargo económico impuesto y endurecido durante distintas administraciones afectó durante décadas las posibilidades comerciales y financieras de la isla y se convirtió en un elemento permanente de la vida cubana. Al mismo tiempo, atribuir únicamente al embargo los problemas del país dejaría fuera las decisiones económicas del propio sistema, sus rigideces, la concentración política y sus dificultades recurrentes para generar productividad y crecimiento.

La historia cubana terminó atrapada entre esas dos explicaciones, utilizadas con frecuencia como armas políticas: para unos, todo comenzó con Washington; para otros, todo comenzó con Castro. La realidad nunca fue tan cómoda.

Después de Fidel

En 2006, una enfermedad obligó a Fidel Castro a delegar temporalmente el poder en su hermano Raúl. Dos años después dejó formalmente la presidencia. Murió el 25 de noviembre de 2016, a los 90 años. Por primera vez desde 1959, Cuba tuvo que imaginarse sin Fidel.

La transición fue mucho menos abrupta de lo que habría parecido décadas atrás. Raúl Castro había formado parte del núcleo revolucionario desde el comienzo y preservó la continuidad política mientras introducía aperturas económicas limitadas. Más tarde, Miguel Díaz-Canel asumió la presidencia en 2018 y, en 2021, la dirección del Partido Comunista, convirtiéndose en el primer dirigente nacido después de la Revolución que concentraba ambos cargos. Pero la desaparición de Fidel sí produjo otra ruptura: el relato revolucionario comenzó a convivir con generaciones que ya no conservaban memoria personal de 1959.

Manifestantes en La Habana durante las protestas de julio de 2021. Las movilizaciones hicieron visible el descontento de una generación nacida décadas después del triunfo revolucionario y marcaron uno de los mayores desafíos políticos de la Cuba posterior a Fidel.

Las protestas de julio de 2021 —las mayores manifestaciones antigubernamentales registradas en décadas— hicieron visible ese cambio. Cinco años después, organizaciones de derechos humanos aseguran que cientos de personas vinculadas con aquellas protestas continúan encarceladas, mientras las autoridades mantienen fuertes restricciones sobre la expresión política y la organización independiente.

Al mismo tiempo, Cuba ha vivido una enorme salida de población y un deterioro económico que toca prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana. Los apagones pueden prolongarse durante gran parte del día en algunas zonas; persisten la escasez de alimentos, medicinas y combustible; el transporte y la producción sufren la crisis energética. El contraste con la Cuba imaginada por la Revolución es imposible de ignorar.

Y, sin embargo, tampoco es exactamente la Cuba que dejó Fidel. El gobierno actual está introduciendo mecanismos que habrían resultado difíciles de imaginar durante buena parte de su mandato: expansión del sector privado, mayor apertura a capital extranjero y nuevas reformas destinadas a mantener funcionando una economía exhausta. En 2026, las autoridades anunciaron un paquete de 176 medidas de apertura y reorganización económica mientras insistían en preservar el carácter socialista del sistema. La paradoja es poderosa: Cuba celebra los cien años de Fidel mientras intenta modificar algunas de las estructuras económicas que él ayudó a construir.

La batalla por la memoria

Quizá por eso el verdadero territorio del centenario no sea la historia, sino la memoria. En la Cuba oficial, Fidel continúa presente en carteles, discursos, escuelas y ceremonias. Las conmemoraciones de este año han buscado presentarlo no como una reliquia del siglo XX, sino como una figura capaz de ofrecer respuestas al presente. El presidente Miguel Díaz-Canel ha insistido en esa lectura mientras más de 1,500 invitados extranjeros llegaron a La Habana para participar en las celebraciones del centenario.

Tumba de Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba. Después de su muerte en 2016, su figura dejó de pertenecer únicamente a la política para convertirse también en un territorio de memoria, conmemoración y disputa.

Pero fuera de las ceremonias existe otra memoria. Está la de quienes recuerdan una infancia con escuela y atención médica sin costo; la de quienes sintieron que la Revolución devolvió a Cuba una soberanía que durante mucho tiempo había parecido condicionada por Estados Unidos. Está también la de los exiliados que perdieron propiedades, familiares o país; la de los opositores encarcelados; la de los artistas censurados; la de quienes crecieron haciendo filas para conseguir alimentos y la de quienes hoy buscan abandonar la isla.

Y aparece, finalmente, una tercera memoria: la de quienes ya no sienten ninguna memoria. Para un cubano nacido en 2006, Fidel Castro puede ser menos una experiencia que una fotografía. La Sierra Maestra pertenece a un tiempo remoto; la Crisis de los Misiles, a los libros; la épica de 1959, a los relatos de abuelos y bisabuelos. Su vida política comenzó entre internet, escasez, protestas, apagones y emigración.

Ahí quizá se encuentre la pregunta más importante del centenario. No si Fidel Castro fue un héroe o un dictador, una alternativa demasiado pequeña para una vida política demasiado grande, sino qué ocurre con una revolución cuando desaparece la generación capaz de recordarla como revolución.

Fidel habría cumplido cien años hoy. Cuba, mientras tanto, continúa viviendo dentro de algunas de las instituciones que construyó y alejándose de otras. Su rostro sigue apareciendo en las paredes, pero el país que lo contempla ya no es aquel que lo vio entrar victorioso en La Habana en enero de 1959.

Tal vez ésa sea la verdadera dimensión de su larga sombra: no haber dejado una respuesta definitiva sobre Cuba, sino una disputa que todavía determina cómo el país recuerda su pasado y cómo imagina la posibilidad de otro futuro.

Una joven estudia bajo los símbolos de una revolución que ocurrió décadas antes de su nacimiento. A cien años de Fidel Castro, una nueva generación cubana vive entre la memoria de aquel proyecto y las preguntas sobre el país que vendrá.
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