Cumplir cien años puede ser una hazaña del tiempo. En el caso de Geles Cabrera, también es la confirmación de una persistencia: la de una mujer que eligió la escultura cuando la piedra, el bronce, los talleres y las academias parecían territorios reservados para los hombres; que mantuvo su práctica durante más de siete décadas y que, cuando los museos no le ofrecieron suficiente espacio, decidió construir el suyo.
Nacida en la Ciudad de México el 2 de agosto de 1926 como Ángeles María Cabrera Alvarado, Geles Cabrera llega a su centenario después de una vida dedicada a explorar el cuerpo humano, sus movimientos, tensiones y afectos. Su trayectoria la sitúa entre las primeras mujeres que ejercieron profesionalmente la escultura en México y entre las figuras que ayudaron a transformar el lenguaje artístico de la segunda mitad del siglo XX.

Su historia no es únicamente la de una artista que consiguió abrirse paso. Es también la de alguien que tuvo que producir las condiciones necesarias para que su obra pudiera existir, conservarse y ser vista.
Esculpir donde casi no había mujeres
Cuando Cabrera comenzó su formación, la escultura estaba asociada con la fuerza física, el trabajo monumental y una tradición académica profundamente masculina. Las mujeres podían aparecer representadas en mármol o bronce, pero pocas veces eran quienes empuñaban las herramientas, decidían las formas o firmaban las obras.

Geles estudió en la Academia de San Carlos y en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. También pasó por la Academia de San Alejandro, en La Habana, una experiencia decisiva para ampliar su relación con el volumen, el movimiento y las tradiciones visuales del Caribe. Con poco más de veinte años presentó su primera exposición individual y comenzó a exhibir dentro y fuera de México. Asimismo, participó en la fundación del Salón de la Plástica Mexicana, uno de los espacios fundamentales para el arte moderno del país.
Sin embargo, decir que fue una pionera no basta. La palabra puede convertir las dificultades en una especie de aventura heroica y ocultar aquello contra lo que tuvo que trabajar: la falta de oportunidades, la indiferencia institucional y una historia del arte que durante décadas concedió mayor visibilidad a sus contemporáneos varones.
Cabrera no esperó a que aquel sistema cambiara. Continuó produciendo.
El cuerpo como territorio
Mientras buena parte de la escultura mexicana posterior a la Revolución seguía vinculada con la monumentalidad, los héroes nacionales y la representación solemne del poder, Cabrera eligió otra escala. Sus figuras no buscaban imponerse desde un pedestal: se doblaban, danzaban, se abrazaban, descansaban o permanecían solas.
El cuerpo fue el centro constante de su trabajo, pero no como una anatomía perfecta. Sus esculturas nacen de curvas, vacíos, torsiones y formas simplificadas que se encuentran a medio camino entre la figuración y la abstracción. Son cuerpos que poseen peso y, al mismo tiempo, parecen conservar el impulso de un movimiento apenas interrumpido.

En ellos aparecen la intimidad, el amor, la sexualidad, la maternidad y la soledad. No representan necesariamente una historia cerrada; sugieren un estado emocional. Una espalda inclinada, dos figuras entrelazadas o una cavidad abierta en la piedra pueden decir tanto como un rostro detallado. Su acercamiento al cuerpo fue lírico, personal y ajeno a la retórica grandilocuente que dominaba buena parte de la producción escultórica de su época.
Cabrera trabajó con piedra, mármol, bronce, terracota, alambre, madera, plexiglás y papel maché. Este último material tenía una relación directa con su historia familiar: su padre poseía una fábrica donde se producían elementos decorativos con papel moldeado. Décadas después, la artista recuperó esa técnica para ofrecer alternativas económicas a estudiantes que no podían adquirir materiales costosos. La experimentación, en su obra, no fue solamente formal; también tuvo una dimensión pedagógica y social.
Incluso colaboró con el arquitecto Luis Barragán y Alfonso Pallares en experiencias que reunían color, música, danza y movimiento. Aquella cercanía con lo coreográfico permite comprender por qué sus esculturas parecen conservar una memoria del cuerpo vivo: no son objetos inmóviles, sino presencias que ocupan y modifican el espacio.
Un museo construido contra la invisibilidad
En 1966, Geles Cabrera tomó una decisión extraordinaria: abrió en su propia casa de Coyoacán el Museo Escultórico Geles Cabrera.
El espacio le permitió exponer su obra, conservar su archivo y promover conversaciones alrededor de una disciplina que no encontraba suficiente representación en las instituciones culturales. Durante cerca de cuatro décadas lo sostuvo con sus propios recursos, recibió visitantes y mantuvo abierta una colección que, de otro modo, habría permanecido fuera de la mirada pública.

La creación de aquel museo suele describirse como un acto pionero de autogestión. También puede entenderse como una respuesta a la exclusión. Cabrera no fundó el espacio únicamente porque quisiera reunir sus esculturas bajo un mismo techo, sino porque sabía que las galerías y los museos existentes no estaban mostrando su producción con la continuidad que merecía.
Hizo algo más radical que esperar reconocimiento: creó un lugar para reconocerse a sí misma.
En las fotografías de archivo aparece rodeada por sus figuras en patios de ladrillo y jardines domésticos. Las esculturas conviven con plantas, muros y corredores; no están aisladas en la neutralidad de una sala blanca. Parecen habitantes de la casa, una comunidad de cuerpos silenciosos que acompañó a su creadora durante décadas.
Aquel museo fue una obra en sí mismo: una manera de afirmar que preservar, ordenar y compartir una trayectoria artística también es una forma de creación.
El reconocimiento que tardó décadas
El nombre de Geles Cabrera comenzó a reaparecer con mayor fuerza en los circuitos institucionales durante los últimos años. En 2018, el Museo Experimental El Eco presentó una revisión de su trabajo; en 2022, Americas Society organizó en Nueva York su primera exposición individual en Estados Unidos, centrada precisamente en la historia del Museo Escultórico. En 2024 recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes.

La consagración institucional llegó con Geles Cabrera. Partituras corporales, retrospectiva presentada en el Museo del Palacio de Bellas Artes entre noviembre de 2025 y abril de 2026. La exposición reunió alrededor de cien piezas procedentes de colecciones públicas y privadas y recorrió más de siete décadas de producción artística a partir de la relación entre cuerpo, espacio y movimiento.
Más de 190 mil personas la visitaron durante sus cinco meses de exhibición. La cifra revela el interés que podía despertar una artista cuya obra había permanecido demasiado tiempo al margen de los grandes relatos museísticos. No se trató del descubrimiento de una creadora desconocida, sino de la corrección —todavía incompleta— de una ausencia.
Su llegada a Bellas Artes resultó particularmente significativa. Cabrera había construido un museo doméstico porque las instituciones no le ofrecían lugar suficiente; casi sesenta años después, el principal recinto cultural del país desplegaba sus cuerpos de piedra, metal y papel en una exposición monumental.
Cien años de esculpir el espacio
El centenario de Geles Cabrera invita a mirar su obra, pero también las estructuras que determinaron su visibilidad. ¿Cuántas artistas trabajaron durante décadas sin recibir retrospectivas, estudios o espacios de conservación? ¿Cuántas tuvieron que guardar su producción en sus propias casas mientras los museos consolidaban una historia protagonizada mayoritariamente por hombres?

Geles abrió un camino en la escultura mexicana, aunque quizá la imagen más precisa sea otra: abrió espacio. Lo hizo dentro de las academias, entre materiales considerados masculinos, en el paisaje artístico nacional y, finalmente, en su propio hogar.
Sus figuras no necesitan levantar los brazos ni adoptar poses heroicas. Su fuerza está en permanecer. En doblarse sin romperse, ocupar el vacío y convertir la materia pesada en movimiento.
A los cien años de su nacimiento, Geles Cabrera representa algo más que una pionera finalmente reconocida. Es una artista que no pidió permiso para construir una obra, un museo y una memoria propia. Mientras la historia tardaba en mirarla, ella ya había comenzado a modelar el lugar que le correspondía.





























































