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Francisco Toledo: el artista que convirtió Oaxaca en una obra colectiva

Pintor, grabador, escultor, editor y activista, entendió que el arte debía ir más allá del objeto y proteger memoria, naturaleza & lo compartido.

Crear también significa devolver

Francisco Toledo produjo un universo poblado por iguanas, murciélagos, chapulines, sapos, conejos, coyotes y criaturas en las que lo humano parecía recordar su parentesco con el resto de la naturaleza. Sin embargo, su legado no cabe únicamente en sus pinturas, grabados, esculturas o libros de artista. También permanece en bibliotecas, archivos, talleres, centros fotográficos, espacios de formación y proyectos comunitarios que transformaron la vida cultural de Oaxaca.

Francisco Toledo entendió el arte no sólo como creación individual, sino como una forma de responsabilidad pública.

Nacido el 17 de julio de 1940 en Juchitán, Oaxaca, Toledo hizo algo poco frecuente entre los artistas de su generación: convirtió el reconocimiento internacional en infraestructura pública. En lugar de reservar su prestigio para construir un monumento alrededor de sí mismo, lo empleó para abrir lugares donde otras personas pudieran leer, crear, investigar, mirar fotografías, aprender técnicas gráficas y encontrarse con el arte. 

Su trayectoria obliga, por ello, a ampliar la idea tradicional del artista. Toledo no fue solamente quien produjo una obra, sino quien comprendió que una comunidad también necesita las condiciones materiales para imaginar.

El niño que miraba a los animales

Su infancia transcurrió entre Juchitán, Minatitlán y la ciudad de Oaxaca. Desde pequeño sintió fascinación por el dibujo y por los animales, mientras escuchaba relatos, mitos y leyendas familiares que más tarde reaparecerían transformados en su obra. Aquellas narraciones no se convirtieron en ilustraciones literales, sino en una reserva imaginativa desde la cual elaboró bestiarios llenos de sensualidad, humor, violencia y metamorfosis. 

Mujer Toro. Animales, cuerpos y metamorfosis recorren la obra de Toledo, donde lo humano y lo natural rara vez aparecen separados.

Reducir esa obra a la etiqueta de “arte indígena” o a una representación pintoresca de Oaxaca sería ignorar su complejidad. Toledo partía de un territorio concreto, de la cultura zapoteca y de las tradiciones del Istmo, pero dialogaba también con la literatura, la gráfica europea, la fotografía, el arte antiguo y las vanguardias del siglo XX. Sus animales no funcionan como ornamento regional: miran, desean, combaten, se aparean, mueren y cambian de forma. En ellos, la frontera entre humanidad y naturaleza deja de ser segura.

De la serie Toledo-Guchachi. 

El cuerpo humano tampoco aparece como una entidad separada o superior. En las imágenes de Toledo puede prolongarse en cola, caparazón, pico, ala o pata; puede acercarse al insecto o confundirse con la tierra. Esa convivencia entre especies produce escenas inquietantes y, al mismo tiempo, profundamente vitales. Su mundo no idealiza la naturaleza: la muestra atravesada por el hambre, el erotismo, la fragilidad y la muerte.

Aprender a mirar lejos para regresar

Durante su juventud continuó su formación artística en Oaxaca y posteriormente en la Ciudad de México, donde trabajó en el ambiente de la gráfica y comenzó a mostrar una voz propia. En 1959, con apenas 19 años, realizó una de sus primeras exposiciones y adoptó el nombre con el que sería conocido públicamente: Francisco Toledo. La recepción de su trabajo le abrió la posibilidad de viajar a Europa, donde vivió varios años, visitó museos y entró en contacto con artistas e intelectuales como Rufino Tamayo y Octavio Paz. 

La estancia europea amplió sus referencias, pero no debilitó su vínculo con Oaxaca. Al contrario: mirar otras tradiciones le permitió comprender que una obra podía ser local sin permanecer encerrada en el localismo. Su imaginación se alimentó tanto de los relatos del Istmo como de los museos parisinos; de las criaturas escuchadas durante la infancia y de las formas encontradas en vitrinas, grabados, códices y libros.

De la serie «Nuevo catecismo para indios remisos».

Cuando regresó a México en 1967, ya poseía un lenguaje reconocible, pero nunca dejó de experimentar. Trabajó con pintura, acuarela, dibujo, litografía, aguafuerte, xilografía, escultura, cerámica, textiles, fotografía, papel, cuero, objetos cotidianos y materiales orgánicos. La técnica no era para él una firma inmóvil, sino una posibilidad de pensar con las manos.

El grabado como multiplicación del mundo

Toledo encontró en la gráfica uno de sus territorios más fértiles. El grabado le permitía arañar, manchar, superponer, imprimir y repetir una imagen sin volverla idéntica. Allí pudo construir superficies densas, cuerpos rugosos y animales que parecían emerger de la materia misma.

Tortugas Estado III. Toledo convirtió la gráfica en uno de sus lenguajes más fértiles: un territorio para imprimir, repetir y transformar el mundo.

Pero la gráfica también contenía una idea política: una imagen impresa puede multiplicarse, circular y salir del espacio exclusivo de la pieza única. Esa vocación explica su interés por los libros de artista y por el diálogo entre literatura e imagen. Colaboró con escritores como Jorge Luis Borges y José Emilio Pacheco, y creó series en las que los textos se convertían en puntos de partida para nuevas zoologías. Su trabajo editorial no subordinaba la imagen a la palabra; las hacía convivir como dos formas distintas de imaginación. 

Toledo fue reconocido como uno de los grandes renovadores de la gráfica mexicana porque no trató el grabado como una técnica secundaria frente a la pintura. Lo convirtió en laboratorio, lenguaje y método para interrogar el cuerpo, la memoria, el deseo y la relación entre las personas y los animales. 

El artista que comenzó a construir espacios

La dimensión más extraordinaria de su trayectoria apareció cuando decidió que producir cultura no bastaba: también había que crear lugares para conservarla y compartirla. En 1972 impulsó la Casa de la Cultura de Juchitán, concebida como un espacio abierto a las artes y a la creación comunitaria. Aquel proyecto anticipó una convicción que acompañaría el resto de su vida: las nuevas generaciones necesitaban algo más que admirar a los artistas consagrados; necesitaban talleres, libros, herramientas y lugares propios. 

En 1988 creó el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, el IAGO, articulado alrededor de colecciones de obra gráfica y una biblioteca especializada. Con el tiempo, el recinto se convirtió en uno de los centros culturales fundamentales de Oaxaca: un lugar de consulta, exposición, investigación y encuentro que Toledo continuó alimentando durante décadas. 

El Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca fue una de las instituciones fundamentales impulsadas por Toledo para acercar el arte, los libros y la formación al público.

A esta labor se sumaron el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, fundado por iniciativa suya en 1996, y el Centro de las Artes de San Agustín, abierto en 2006 en una antigua fábrica textil. La creación de estos espacios muestra la amplitud de su visión: Toledo no defendía una sola disciplina ni pretendía imponer su estética. Creaba plataformas para que la gráfica, la fotografía, el diseño, la producción editorial y otras prácticas pudieran desarrollarse. 

Su influencia en la fotografía mexicana, por ejemplo, no dependió únicamente de las imágenes que él mismo produjo. También se manifestó en la formación de colecciones, la difusión de otros fotógrafos y la creación de un centro dedicado a conservar, estudiar y exhibir ese lenguaje. 

El Centro de las Artes de San Agustín convirtió una antigua fábrica en un espacio de creación, aprendizaje y encuentro.

Defender aquello que no debe venderse

Para Toledo, la defensa de la cultura era inseparable de la protección del territorio. Participó en causas relacionadas con el patrimonio histórico, el medioambiente, los derechos humanos, las lenguas originarias y el espacio público. No actuaba como un artista que abandonaba temporalmente su taller para convertirse en activista: su práctica artística y su participación ciudadana nacían de una misma responsabilidad.

Durante la década de los noventa colaboró en la defensa del antiguo huerto del convento de Santo Domingo, amenazado por un proyecto de estacionamiento. La movilización contribuyó a su conservación y a la posterior creación del Jardín Etnobotánico de Oaxaca, donde se reúnen especies de distintas regiones del estado. 

También encabezó una protesta contra la instalación de una sucursal de McDonald’s en el centro histórico de Oaxaca. La oposición no consistía simplemente en rechazar una hamburguesa: cuestionaba la sustitución de la vida local por un modelo comercial capaz de volver intercambiables las ciudades. Toledo respondió con una “tamaliza”, utilizando el alimento, la convivencia y el humor como formas de resistencia cultural. 

Toledo con papalotes por Ayotzinapa

En 2014, tras la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, elaboró papalotes con los rostros de los jóvenes. Al elevarlos, convirtió una tradición popular en gesto de memoria y exigencia. La imagen era delicada y contundente: los desaparecidos permanecían visibles sobre el espacio público, elevados por el aire mientras el país continuaba preguntando dónde estaban. 

Una obra que no lleva solamente su nombre

Francisco Toledo murió el 5 de septiembre de 2019 en la ciudad de Oaxaca. Dejó una producción artística difícil de abarcar, pero también una red de instituciones cuyo valor no puede medirse únicamente por sus edificios o colecciones. Son lugares que continúan permitiendo que otras personas entren en contacto con libros, imágenes, talleres y procesos creativos. 

Esa quizá sea la dimensión más radical de su legado. Muchos artistas dejan objetos que llevan su firma; Toledo dejó además condiciones para que aparecieran obras que nunca llevarían su nombre. Transformó recursos privados en acervos públicos, prestigio en capacidad de convocatoria y reconocimiento internacional en herramientas compartidas.

Francisco Toledo no convirtió Oaxaca en un tema exótico de su obra: hizo de ella el lugar desde el cual imaginar el mundo. Después devolvió a ese territorio parte de lo que el arte le había dado, no como monumento personal, sino como biblioteca, taller, archivo, jardín, imprenta y espacio común.

 Jardín Etnobotánico de Oaxaca, diseñado e ideado por Toledo; un espacio que además de celebrar vegetación endémica, muestra de una forma especial la cultura local y la importancia de la conservación.

Su vida recuerda que crear no consiste solamente en producir algo nuevo. A veces, crear significa impedir que algo valioso desaparezca; abrir una puerta; conservar una lengua; proteger un árbol; prestar un libro; defender una plaza o construir el lugar donde otra persona comenzará a imaginar.

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