Una artista desde los bordes
Hay artistas cuya obra parece surgir del centro de una época. Otras, en cambio, trabajan desde los bordes: desde lo que no siempre se mira, desde aquello que incomoda, desde los materiales, cuerpos y presencias que la historia suele dejar en penumbra. Marysole Wörner Baz pertenece a esa segunda estirpe. Su obra no buscó embellecer el mundo para hacerlo más amable, sino rescatar del margen una potencia estética y humana que muchas veces había sido despreciada, acallada o considerada menor.
A noventa años de su nacimiento, el Museo de Arte Moderno presenta Marysole Wörner Baz. Redenciones marginales, una exposición que recupera seis décadas de trayectoria de una figura singular del arte mexicano de la segunda mitad del siglo XX. Integrada por 60 obras y documentos, la muestra propone una revisión amplia de su producción en pintura, grabado y escultura, pero también de una dimensión menos atendida en los relatos sobre su vida: su participación activa en la lucha por los derechos de la comunidad LGBTTTIQ+.
Una creadora fuera del relato dominante
Nacida en 1936 y fallecida en 2014, Wörner Baz fue considerada desde joven una “niña prodigio”. De formación autodidacta, creció dentro de una genealogía familiar vinculada al arte y muy pronto recibió el reconocimiento de voces críticas como Margarita Nelken y Jorge Juan Crespo de la Serna. También estuvo cerca de artistas del exilio español, entre ellos Remedios Varo, una presencia que permite situarla dentro de un ambiente creativo marcado por la imaginación, el desarraigo, la exploración interior y la búsqueda de lenguajes alternos frente a las formas oficiales del arte.
Fue contemporánea de la llamada Generación de la Ruptura, ese conjunto de artistas que, desde distintas búsquedas, cuestionó la hegemonía del muralismo y abrió paso a nuevas formas de abstracción, expresionismo, experimentación material y subjetividad. Sin embargo, como ha ocurrido con tantas creadoras, su nombre no siempre ocupó el lugar que correspondía dentro del panorama artístico mexicano. Su obra permaneció viva en acervos públicos y privados, pero su figura quedó, en cierta medida, desplazada del relato central.
Redimir lo marginal
Por eso el título de la exposición resulta tan elocuente. Redenciones marginales no sólo habla de los temas de su obra, sino también de su lugar en la historia. Marysole Wörner Baz miró hacia aquello que parecía quebrado, oscuro, pobre, residual o excluido, y lo transformó en lenguaje plástico. Lo marginal, en su caso, no fue un simple tema: fue una forma de mirar. Allí donde otros podían ver ruina, rareza o desecho, ella encontró intensidad, dignidad y posibilidad expresiva.
En sus primeros años, su pintura estuvo dominada por una paleta oscura, parca y casi tenebrosa. Sus figuras parecían habitar un territorio de desconsuelo: seres atormentados, cuerpos en tensión, presencias que no buscaban agradar sino existir desde una zona de dolor. Esa primera etapa dialoga con un expresionismo profundo, más emocional que decorativo, donde la materia pictórica parece cargar una memoria de angustia y aislamiento.
Del dolor al color
Después de una crisis personal, su obra transitó hacia imágenes más luminosas, coloridas y vibrantes. Aparecieron montañas, hierba, lluvia, neblina y paisajes de espesor casi táctil. Pero ese cambio no debe leerse como una simple salida de la oscuridad hacia la alegría. En Wörner Baz, el color no borra la herida: la transforma. Sus densos empastes, sus superficies cargadas y su relación con la naturaleza sugieren una forma de supervivencia, una manera de seguir creando después del quiebre.
La materia como memoria
La escultura fue otro eje fundamental de su producción. Desde temprano, la artista exploró la materia como presencia viva. Sus piezas pasaron de formas voluminosas a estructuras más lineales, y se expandieron hacia soportes diversos como la madera, la cartonería y el hierro. En esa diversidad de materiales se advierte una voluntad de experimentar, pero también una ética de recuperación: trabajar con lo disponible, con lo orgánico, con lo humilde, con aquello que conserva marcas del tiempo y del uso.
Arte, orgullo y resistencia
La exposición también permite leer su trayectoria desde una dimensión política y afectiva. Al inscribirse en las actividades del mes del Orgullo, el Museo de Arte Moderno destaca el arte y el activismo de Wörner Baz como integrante de la comunidad LGBTTTIQ+. Su presencia en la Semana Lésbico-Gay, antecedente del Festival Internacional por la Diversidad Sexual, recuerda que la historia del arte no está separada de las luchas por el reconocimiento, la presencia y la libertad de existir.
Este punto resulta especialmente importante: no se trata de convertir su identidad o su activismo en una nota al pie de su obra, ni de reducir su producción a una etiqueta biográfica. Se trata, más bien, de reconocer que las formas de crear, mirar y resistir también están atravesadas por los cuerpos, los deseos, las exclusiones y las comunidades desde las que se vive. En Wörner Baz, la marginalidad no fue una abstracción estética: fue una experiencia transformada en lenguaje.
Una memoria que vuelve
Marysole Wörner Baz. Redenciones marginales invita, entonces, a revisar no sólo una trayectoria artística, sino también los mecanismos mediante los cuales ciertas figuras son recordadas, omitidas o recuperadas. La muestra se integra principalmente con piezas que la propia artista donó al INBAL, además de obras del Programa Pago en Especie de la SHCP y documentos provenientes del archivo de la crítica y curadora Graciela Kartofel. Esa procedencia refuerza la idea de una memoria que vuelve a reunirse para ser leída desde el presente.
En tiempos en que los museos también son espacios de revisión histórica, esta exposición abre una pregunta necesaria: ¿qué ocurre con las artistas que trabajaron fuera del relato dominante, con las obras que no encajaron del todo, con las vidas que no fueron narradas con la misma insistencia que otras? En el caso de Marysole Wörner Baz, la respuesta parece estar en la materia misma de su obra: nada desaparece del todo si encuentra una forma de volver a hablar.
La redención de lo visible
Su legado, hecho de sombras, color, volumen, naturaleza, activismo y resistencia, recuerda que el arte puede ser una forma de redención. No porque borre la herida, sino porque le da presencia. No porque suavice lo marginal, sino porque lo vuelve visible. Y en esa visibilidad, aquello que fue despreciado o acallado encuentra finalmente un lugar desde donde mirar de regreso.
Mesa editorial | BrúxulaNews💫




























































