Cuando Dante Alighieri supo que Florencia lo había condenado, probablemente ya estaba fuera de la ciudad. A comienzos de 1302, un tribunal florentino lo acusó de corrupción y abuso de autoridad durante los meses en que había participado en el gobierno de la república; debía pagar una multa, devolver ciertas cantidades y permanecer desterrado. Dante no compareció. Una segunda sentencia endureció el castigo: si regresaba y era detenido, podía ser ejecutado en la hoguera.
Tenía alrededor de treinta y seis años. Dejaba atrás una esposa, hijos, propiedades, amistades y una ciudad en la que había intervenido con una intensidad difícil de separar de su literatura. Había servido como prior, participado en consejos políticos, combatido años antes en Campaldino y visto cómo las viejas rivalidades florentinas se reorganizaban bajo nombres nuevos. Aquella Florencia de comerciantes, campanarios, familias enfrentadas y calles que todavía podían recorrerse de una puerta a otra en pocos minutos ocupaba un territorio pequeño. En la imaginación de Dante crecería hasta contener el mundo entero. Nunca volvió.
La Comedia, escrita durante los años del destierro, acabaría llevando a su autor mucho más lejos que cualquier viaje medieval concebible: al centro del Infierno, por la montaña del Purgatorio y finalmente hacia las esferas del Paraíso. Y aun allí, entre demonios, emperadores romanos y santos, Dante seguía encontrándose con florentinos.
La ciudad antes de perderla
Florencia a finales del siglo XIII podía resultar agotadora incluso para quienes habían nacido dentro de sus murallas. Las torres de las grandes familias todavía marcaban el perfil urbano; las iglesias competían en prestigio, los gremios acumulaban influencia y el dinero circulaba por Europa gracias a banqueros y comerciantes florentinos. La prosperidad convivía con una vida política capaz de cambiar violentamente en cuestión de semanas.
Dante pertenecía a una familia de pequeña nobleza y creció en ese ambiente. Nació hacia 1265 y quedó pronto ligado a la cultura urbana de Florencia: allí conoció la tradición poética toscana, estudió retórica y filosofía, encontró a los escritores con quienes desarrollaría el dolce stil novo y construyó, alrededor de Beatrice Portinari, una de las figuras más persistentes de su obra.
También aprendió política. La antigua división entre güelfos, partidarios en términos generales del papado, y gibelinos, vinculados al poder imperial, había dejado cicatrices en la ciudad mucho antes de que Dante alcanzara la vida pública. Después, los propios güelfos se dividieron entre Blancos y Negros. Dante quedó asociado a los primeros, recelosos de la creciente intervención del papa Bonifacio VIII en los asuntos florentinos.
En 1301, Carlos de Valois entró en Florencia con el respaldo papal. Los Negros recuperaron el control y comenzaron las represalias. Casas saqueadas, propiedades confiscadas, procesos políticos. Dante estaba ausente cuando la maquinaria judicial se volvió contra él.
Su destierro nació de aquella pelea local; sus consecuencias acabarían atravesando la literatura europea durante siglos.
Aprender a vivir en casa ajena
Después de 1302 empieza una etapa de la vida de Dante que conocemos de manera incompleta. Aparece en distintos lugares del norte y centro de Italia, asociado por temporadas a cortes y protectores: los Malaspina en Lunigiana, los Scaligeri en Verona, finalmente Guido Novello da Polenta en Rávena. Entre una estancia y otra hay lagunas. Para un hombre acostumbrado a intervenir en los asuntos de su propia ciudad, depender de la hospitalidad de otros debió de producir una forma particular de humillación. Dante terminaría escribiéndola.
En el canto XVII del Paraíso, su antepasado Cacciaguida le anuncia aquello que el personaje Dante todavía ignora pero que el poeta conoce desde hace años: deberá abandonar cuanto ama. Después llegará una de las imágenes más domésticas del poema. El exiliado descubrirá “come sa di sale lo pane altrui”: qué salado sabe el pan ajeno; aprenderá también lo difícil que resulta subir y bajar por las escaleras de otros.
La escena tiene algo extraordinariamente pequeño dentro de una obra que pretende recorrer el universo. El destierro aparece en una mesa y una escalera. Comer el pan de un anfitrión. Entrar a una casa que pertenece a alguien más. Recordar, quizá, dónde estaba cada cosa en la propia.
Durante esos años Dante escribió o desarrolló buena parte de las obras que definirían su pensamiento: el Convivio, De vulgari eloquentia, la Monarchia y, sobre todo, la Comedia. La pérdida de Florencia coincidió con una expansión enorme de su ambición intelectual. El político florentino desplazado comenzó a escribir como alguien que observaba ciudades, papas y emperadores desde una escala cada vez mayor. La distancia tampoco volvió más indulgente su mirada.
Florencia entra en el Infierno
Muy pronto en el Infierno, Dante pregunta por su ciudad. En el canto VI encuentra a Ciacco, un florentino condenado entre los glotones, y la conversación se aparta durante unos momentos del paisaje infernal para regresar a las disputas políticas de Florencia. Dante quiere saber qué ocurrirá allí. Quién vencerá. Qué será de sus habitantes. Incluso bajo una lluvia sucia y eterna, las noticias de casa importan.
Después aparecen otros rostros conocidos. Farinata degli Uberti se levanta desde una tumba ardiente y habla de política con la arrogancia intacta de un aristócrata florentino. Brunetto Latini, maestro admirado por Dante, corre bajo una lluvia de fuego. Filippo Argenti emerge del pantano de la Estigia. Corso Donati, Vanni Fucci, miembros de familias reconocibles para cualquier lector florentino del siglo XIV: la geografía del más allá termina atravesada por apellidos de la Toscana.
Hay venganzas allí, desde luego, y algunas resultan imposibles de disimular. Dante podía imponer a sus adversarios una condena que ningún tribunal terrestre estaba en condiciones de revocar. Pero reducir esas apariciones a ajustes de cuentas perdería algo esencial de la obra. Florencia funciona también como laboratorio político. En sus calles, Dante había visto cómo los intereses privados se vestían de doctrina, cómo una facción sustituía a otra y cómo la fortuna podía transformar a un funcionario público en fugitivo.
Por eso la ciudad que surge en la Comedia cambia constantemente de aspecto. Puede ser corrupta, avara, violenta. En otros pasajes aparece una Florencia anterior, casi íntima, reconstruida mediante los recuerdos de Cacciaguida en el Paraíso: una ciudad más pequeña, encerrada todavía dentro de sus antiguas murallas, donde las familias vivían con menos ostentación y el ritmo cotidiano parecía reconocible. No tenemos que aceptar aquella nostalgia como descripción histórica precisa. Dante tampoco estaba haciendo un censo. Estaba midiendo la ciudad que recordaba contra la ciudad que lo había expulsado. Pocos escritores han discutido durante tanto tiempo con un lugar del que están ausentes.
Las condiciones del regreso
El exilio no significaba necesariamente una separación definitiva. En la Italia medieval las alianzas cambiaban y las amnistías podían devolver a casa a quienes habían perdido una lucha política. Dante mantuvo durante años alguna esperanza de regresar. Participó inicialmente en los movimientos de los güelfos Blancos desterrados, aunque terminaría alejándose de ellos.
En 1315 apareció una posibilidad concreta. Florencia ofrecía condiciones para el retorno de algunos exiliados: pago de una multa y participación en una ceremonia pública de penitencia. Dante se negó. En una carta dirigida a un amigo florentino, rechazó la idea de volver bajo términos que consideraba humillantes y preguntó, en esencia, si ése era el camino digno para regresar a su patria después de años de trabajo y estudio. La decisión tenía un precio. Florencia volvió a condenarlo y extendió la amenaza sobre sus hijos. Dante siguió escribiendo.
Resulta tentador imaginar que cada canto completado lo alejaba un poco más de la posibilidad de una reconciliación. La Comedia tampoco era precisamente una obra diplomática. Papas acababan en el Infierno; ciudadanos respetables recibían castigos grotescos; familias poderosas quedaban fijadas dentro de escenas que podían sobrevivirlas. Al mismo tiempo, Dante estaba haciendo algo que ninguno de sus jueces podía prever: escribía en lengua vulgar toscana una obra cuya circulación contribuiría, siglos después, a la formación del italiano literario.
La ciudad que había determinado que aquel hombre era indeseable empezaba a quedar inseparablemente ligada a su voz.
El hombre que Florencia quiso recuperar
Dante pasó sus últimos años en Rávena. En 1321 viajó a Venecia como parte de una misión diplomática; durante el regreso enfermó, probablemente de malaria, y murió en la noche del 13 al 14 de septiembre. Tenía unos cincuenta y seis años. Fue enterrado en Rávena, junto a la iglesia de San Francesco.
Florencia comenzó después una relación extraña con el muerto. Con el tiempo, el poeta desterrado se convirtió en uno de sus hijos más célebres. La ciudad reclamó sus restos. En 1519, con apoyo del papa León X —un Médici florentino—, se autorizó su traslado. Entre quienes respaldaron la petición estaba Miguel Ángel. Cuando llegó el momento de abrir la tumba, los huesos habían desaparecido: los frailes franciscanos de Rávena los habían retirado en secreto para impedir que fueran llevados a Florencia. Permanecieron ocultos durante siglos y fueron redescubiertos en 1865.
Dante continúa enterrado en Rávena. En la basílica de Santa Croce de Florencia existe, desde el siglo XIX, un gran cenotafio dedicado a él. La palabra importa: es una tumba sin cuerpo. Muy cerca, en la Piazza Santa Croce, una estatua monumental del poeta mira la ciudad que una vez decretó que, si volvía, podía morir en la hoguera. Quizá ninguna reconciliación habría podido ser tan extraña.
La Florencia de Dante ha desaparecido en gran parte bajo siglos de construcción, restauraciones, turismo y mitología. Todavía quedan piedras que él pudo haber visto, calles cuyo trazado reconocería, el baptisterio de San Giovanni al que llamó su bel San Giovanni. Su rostro aparece ahora en placas, monumentos y escaparates; cada año miles de personas buscan una supuesta casa de Dante cuya relación con el edificio histórico es bastante más complicada de lo que promete el nombre.
Sus huesos, mientras tanto, siguen a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia. Es difícil imaginar un desenlace más apropiado para alguien que pasó casi veinte años escribiendo sobre Florencia desde fuera. La ciudad terminó recuperando su nombre, su lengua y su silueta severa. El cuerpo permaneció en otra parte.






























































