Una noticia breve en el periódico
El 16 de noviembre de 1959, The New York Times publicó una nota sobre cuatro asesinatos ocurridos en una granja de Kansas. Herbert Clutter, su esposa Bonnie y sus hijos adolescentes Nancy y Kenyon habían sido encontrados muertos en su casa de Holcomb, una pequeña comunidad rodeada de trigo y carreteras largas. Apenas había pistas; el crimen parecía haber llegado desde ninguna parte. Truman Capote leyó aquella noticia en Nueva York y vio algo que todavía no podía nombrar del todo: la posibilidad de contar cómo un asesinato alteraba la vida de un lugar entero. Poco después propuso el tema a The New Yorker y viajó a Kansas acompañado por Harper Lee, amiga desde la infancia y futura autora de Matar a un ruiseñor.
Capote tenía treinta y cinco años. Ya era un escritor reconocido: había publicado Other Voices, Other Rooms, cuentos, reportajes y Breakfast at Tiffany’s. También cultivaba una presencia pública difícil de separar de sus libros, con una voz aguda inmediatamente reconocible, una conversación capaz de seducir salones enteros y un gusto por observar a quienes aceptaban tenerlo cerca. Kansas ofrecía otro escenario. En Holcomb debía conseguir que agricultores, agentes de policía, vecinos y familiares hablaran con un extraño llegado de Manhattan que parecía pertenecer a otro planeta.

Harper Lee fue decisiva. Quienes los conocieron durante aquella investigación recordaron su facilidad para establecer contacto con personas que inicialmente desconfiaban de Capote; Bobby Rupp, novio de Nancy Clutter y una de las últimas personas que vio viva a la familia, diría años después que fue Lee quien hizo buena parte de las preguntas durante su entrevista. Capote quedó como la figura central del libro, pero A sangre fría lleva una dedicatoria que reconoce su ayuda.
El crimen y la espera
Los asesinos, Richard Hickock y Perry Smith, fueron detenidos unas semanas después. Habían llegado a la casa creyendo que Herbert Clutter guardaba una caja fuerte con dinero; la información era falsa. Se marcharon después de matar a los cuatro miembros de la familia y llevarse una cantidad mínima de efectivo. El caso avanzó hacia el juicio, las apelaciones y finalmente la ejecución de ambos hombres en 1965. Capote siguió ese proceso durante años, regresó a Kansas, habló con investigadores y desarrolló una relación especialmente intensa con Smith.

La duración importó. Un reportaje concebido inicialmente para una revista terminó ocupando casi seis años de la vida de su autor. Capote esperaba documentos, entrevistas, sentencias y, de una manera que después resultaría incómoda, también esperaba un final. Mientras Hickock y Smith permanecieran vivos y sus recursos judiciales continuaran, su libro no podía cerrarse.
Esa espera quedó fuera de la narración. Capote eliminó su propia presencia de A sangre fría: no aparece viajando a Kansas, haciendo preguntas ni visitando a los condenados. La operación produce uno de los efectos más particulares del libro. El lector siente que se encuentra dentro de las habitaciones, al lado de los investigadores, en el automóvil de los fugitivos; rara vez percibe al escritor que obtuvo, seleccionó y ordenó aquella información.
Una novela sin ficción
Capote quería algo específico. Había trabajado antes en perfiles y piezas periodísticas para The New Yorker y llegó a convencerse de que el reportaje podía utilizar los recursos narrativos que normalmente asociamos con la novela. A A sangre fría terminaría llamándola una “nonfiction novel”, una novela de no ficción: escenas desarrolladas, cambios de perspectiva, diálogos extensos, suspenso y una estructura cuidadosamente construida, pero basada —según insistía— en hechos comprobables.

La pretensión de haber inventado una forma nueva era discutible incluso entonces. Lillian Ross había publicado Pictureen 1952, después de seguir la producción cinematográfica de The Red Badge of Courage; John Hersey había dedicado una edición completa de The New Yorker en 1946 a Hiroshima, reconstruyendo la experiencia de seis supervivientes mediante una narración que hoy reconocemos inmediatamente como periodismo literario. Capote llegó a un territorio que otros ya habían recorrido, aunque pocas obras anteriores alcanzaron la difusión de A sangre fría.
La publicación comenzó en The New Yorker en septiembre de 1965 y ocupó cuatro entregas. El libro apareció al año siguiente. Capote había construido su relato alternando, desde las primeras páginas, los últimos movimientos de los Clutter con el avance de Hickock y Smith hacia Holcomb. El lector sabe que ambos caminos terminarán encontrándose; los personajes que viven aquella mañana todavía no. Ahí reside buena parte de su eficacia. Capote demora lo que ya conocemos.
La memoria de Capote
El problema apareció casi inmediatamente. Capote afirmaba que A sangre fría era rigurosamente factual, pero su manera de trabajar hacía difícil demostrarlo. Evitaba utilizar grabadoras y muchas veces tampoco tomaba notas durante las entrevistas; decía poseer una capacidad extraordinaria para recordar conversaciones. George Plimpton terminaría burlándose de aquella afirmación: Capote variaba incluso el porcentaje exacto de memoria que aseguraba tener.

Investigaciones posteriores encontraron discrepancias más serias. Registros del Kansas Bureau of Investigation contradicen algunas escenas del libro; episodios presentados como conversaciones precisas fueron reconstruidos o modificados, y el encuentro final entre el investigador Alvin Dewey y una amiga de Nancy Clutter en el cementerio —una escena que ofrece al libro una especie de reposo después de las ejecuciones— nunca ocurrió.
El problema no consiste simplemente en que un escritor seleccione. Todo trabajo periodístico lo hace. Se decide dónde empezar, qué descripción conservar, qué declaración merece espacio y qué hechos necesitan aparecer antes que otros. La dificultad comienza cuando una escena inventada recibe el mismo estatuto que una escena documentada. Capote era extraordinariamente consciente de la forma, quizá demasiado consciente para aceptar que esa frontera pudiera limitarla.
Perry Smith bajo la mirada del escritor
Entre todos los personajes de A sangre fría, Perry Smith recibió la atención más compleja. Capote reconstruyó su infancia, sus aspiraciones artísticas, las lesiones que deformaron sus piernas, su relación con Hickock y la mezcla desconcertante de sensibilidad y violencia que encontraba en él. Smith había participado en el asesinato de una familia; Capote se negó a reducirlo a esa única descripción.

Aquella decisión hizo posible algunas de las páginas más perturbadoras del libro. También alimentó sospechas de que el autor había suavizado determinados aspectos de Smith mientras convertía al agente Alvin Dewey en una figura más ordenada y heroica de lo que los documentos permitían asegurar. Las primeras críticas sobre la exactitud de A sangre fríaaparecieron poco después de su publicación; investigaciones posteriores ampliaron ese expediente.
Capote necesitaba comprender a Smith para escribirlo, pero esa cercanía produjo otro problema. El periodista depende de personas cuyas vidas terminará convirtiendo en material narrativo. Puede escucharlas durante meses, ganarse su confianza y luego regresar a casa para decidir qué conservará de ellas en la página. En el caso de Capote, esa tensión nunca terminó de resolverse.
Después de A sangre fría
El éxito fue enorme. A sangre fría convirtió un asesinato cometido en una comunidad de Kansas en una referencia de la literatura estadounidense del siglo XX y amplió las posibilidades comerciales y narrativas de la no ficción. Su influencia puede encontrarse en décadas de periodismo narrativo y en buena parte del actual true crime, aunque Capote probablemente habría detestado muchas de las formas en que esa etiqueta terminó utilizándose. The New Yorker reconoce todavía la influencia extraordinaria del libro al tiempo que señala que su afirmación de ser “inmaculadamente factual” no resiste el examen de las fuentes.
Su autor nunca volvería a completar una obra de dimensiones semejantes. Pasó años anunciando Answered Prayers, una novela que debía retratar los círculos de riqueza y celebridad a los que había conseguido entrar. Cuando publicó fragmentos que permitían reconocer a varias de las personas que le habían confiado secretos, muchas dejaron de hablarle. La intimidad, una vez más, terminaba convertida en literatura. Capote murió en 1984, a los cincuenta y nueve años.
Había nacido el 30 de septiembre de 1924 en Nueva Orleans. Un siglo después, quizá resulte menos interesante discutir si inventó o no un género que mirar con atención el libro que dejó detrás. A sangre fría permanece porque su prosa consigue algo que todavía inquieta: ordena un crimen hasta hacerlo legible, encuentra ritmos donde hubo caos, construye personajes a partir de personas que nunca imaginaron que acabarían dentro de una obra literaria.
Y precisamente por eso sigue incomodando. Cuando cerramos el libro sabemos más sobre Holcomb, los Clutter, Hickock y Smith. También sabemos —aunque Capote intentara desaparecer de sus páginas— que alguien eligió cada una de las escenas que acabamos de leer. La distancia entre encontrar una historia y darle forma puede ser apenas una frase. A veces, también es el lugar donde un hecho empieza a convertirse en otra cosa.






























































