Cuando apareció la primera parte de Don Quijote de la Mancha, en 1605, Miguel de Cervantes rondaba los cincuenta y siete años. Para entonces había sido soldado, había recibido heridas en Lepanto, pasado cinco años cautivo en Argel y trabajado como comisario de abastos y recaudador de impuestos. Había escrito teatro, publicado una novela pastoril y conocido problemas económicos que apenas se parecen a la trayectoria ordenada que construyen después las biografías de los grandes escritores.
La posteridad suele empezar por el libro que sobrevivió. Cervantes tuvo que vivir todo lo anterior sin saber que terminaría reducido —para bien y para mal— al hombre que escribió Don Quijote. Incluso la fecha que hoy conmemoramos pertenece a una zona incierta: sabemos que fue bautizado en Alcalá de Henares el 9 de octubre de 1547; tradicionalmente se ha situado su nacimiento el 29 de septiembre, día de San Miguel, aunque no existe un documento que permita asegurarlo.
Esa pequeña incertidumbre resulta apropiada para un escritor que convirtió la dificultad de establecer una versión definitiva de las cosas en uno de los placeres de su obra.

Los años antes del caballero
A los veintidós años, Cervantes salió de España y poco después se incorporó a una compañía militar española en Italia. El 7 de octubre de 1571 combatió en Lepanto, donde recibió disparos en el pecho y en la mano izquierda. Conservó el brazo; perdió buena parte de su movilidad, origen del sobrenombre de “manco de Lepanto”. Él mismo recordaría aquella batalla con orgullo muchos años después.
En 1575, cuando regresaba hacia España, la embarcación en la que viajaba fue capturada por corsarios. Cervantes terminó prisionero en Argel. Permaneció allí cinco años y protagonizó varios intentos de fuga antes de que los trinitarios reunieran el rescate que permitió liberarlo en 1580. La experiencia reaparecería después, transformada, en distintos lugares de su literatura: cautivos, renegados, fronteras religiosas, personas obligadas a inventarse una identidad para sobrevivir.

Pero regresar a España tampoco significó entrar en una carrera literaria estable. Cervantes quería escribir teatro en un momento en que Lope de Vega estaba modificando las reglas del escenario español. Publicó La Galatea en 1585 y siguió escribiendo; el reconocimiento suficiente para vivir de ello no llegó.
Entonces aparecieron otros empleos. Recorrió Andalucía reuniendo trigo, cebada y aceite para abastecer a la Armada; después trabajó recaudando impuestos. Los documentos conservan algo que el monumento de bronce suele borrar: cuentas, desplazamientos, reclamaciones, dinero que faltaba, funcionarios que pedían explicaciones. Cervantes pasó incluso temporadas en prisión relacionadas con irregularidades financieras cuya responsabilidad exacta sigue siendo objeto de discusión entre los historiadores. En algún momento de aquellos años comenzó a tomar forma un hidalgo que había leído demasiados libros.
Dos hombres miran un molino
La escena ocupa pocas páginas y ha terminado representando una novela de cientos. Don Quijote ve en la llanura unos gigantes de brazos enormes; Sancho intenta corregirlo: son molinos de viento. El caballero carga contra ellos, una de las aspas levanta a Rocinante y a su jinete y los devuelve al suelo; la facilidad con que recordamos el episodio puede ocultar lo extraño que es. Dos personas observan exactamente el mismo objeto y no consiguen ponerse de acuerdo sobre aquello que tienen delante.
Don Quijote ha leído novelas de caballerías hasta reorganizar el mundo según sus reglas; una venta puede convertirse en castillo, una bacía de barbero en el yelmo de Mambrino. Sancho participa constantemente en esa negociación entre palabras y cosas, a veces corrigiendo a su amo, otras aprovechando sus fantasías, otras empezando a hablar desde dentro de ellas.

Cervantes encontró ahí un mecanismo que podía repetirse casi indefinidamente. La ficción altera la percepción y después la experiencia obliga a la ficción a defenderse. Cuando los molinos derriban al caballero, Don Quijote dispone inmediatamente de una explicación: el sabio Frestón ha convertido los gigantes en molinos para arrebatarle la gloria de vencerlos. Cada prueba en contra puede incorporarse al relato.
Leído cuatro siglos después, ese procedimiento resulta sorprendentemente familiar, aunque conviene resistirse a convertir a Cervantes en profeta de nuestras redes sociales. Su pregunta pertenece primero a la literatura: ¿qué ocurre cuando los relatos mediante los cuales interpretamos nuestra vida empiezan a imponerse sobre aquello que tenemos enfrente?
Un autor llamado Cide Hamete
Hay otra trampa menos célebre y quizá más moderna, Cervantes tampoco permite que sepamos con tranquilidad quién cuenta Don Quijote. En determinado momento de la primera parte, el narrador afirma que encontró en Toledo unos papeles escritos en árabe. Hace llamar a un morisco para que los traduzca y descubre que contienen la Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por un historiador árabe llamado Cide Hamete Benengeli. De pronto, Cervantes parece retirarse de su propia novela y presentarse como editor de un manuscrito encontrado.

El truco produce una cadena extraña: existe un supuesto historiador, un traductor anónimo y un narrador que comenta lo que ambos han hecho. Cide Hamete puede equivocarse, el traductor puede alterar lo escrito y el narrador puede desconfiar de ellos. La autoridad de quien cuenta queda deliberadamente dañada.
Ese juego adquiere una dimensión todavía más rara en la segunda parte, publicada en 1615. Los personajes han leído la primera. Don Quijote empieza a encontrarse con personas que conocen sus aventuras porque poseen el libro en el que esas aventuras fueron narradas. Incluso aparece la existencia de una continuación apócrifa publicada por Alonso Fernández de Avellaneda en 1614, a la que Cervantes responde desde dentro de su propia ficción.
Pocas experiencias de lectura son tan desconcertantes como ver a un personaje descubrir que alguien ha escrito mal su vida. Cervantes convierte entonces la autoría en parte de la aventura. ¿Quién posee a Don Quijote: quien lo inventó, quien escribe una continuación, quien lo lee, el historiador ficticio que asegura haber documentado sus hazañas? La novela se vuelve consciente de que circula por el mundo y de que, una vez publicada, ya no pertenece enteramente a su autor.
Llegar tarde
Cuando Cervantes publicó la segunda parte del Quijote, tenía sesenta y ocho años y le quedaban pocos meses de vida. En esa última etapa apareció una concentración extraordinaria de libros: las Novelas ejemplares en 1613, el Viaje del Parnasoal año siguiente, las Ocho comedias y ocho entremeses en 1615. Los trabajos de Persiles y Sigismunda se publicó de manera póstuma en 1617.

La cronología desarma nuestra idea habitual del escritor precoz, la obra que convirtió a Cervantes en Cervantes llegó después de décadas durante las cuales habría sido perfectamente razonable pensar que su vida literaria no alcanzaría aquello que esperaba de ella.
Eso vuelve particularmente conmovedor el prólogo del Persiles, Cervantes cuenta allí un encuentro ocurrido mientras viajaba hacia Madrid y reconoce que está enfermo; sabe que la muerte está cerca: “Puesto ya el pie en el estribo”, escribe en la dedicatoria al conde de Lemos, despidiéndose mientras todavía habla de libros. Murió en Madrid en abril de 1616. Quedaron un caballero que confundía molinos con gigantes, un escudero que trataba de devolverlo al camino y una novela incapaz de quedarse quieta dentro de sus propias páginas. Cervantes había tardado décadas en llegar hasta ellos; nosotros seguimos intentando averiguar exactamente qué vio cuando llegó.






























































