Hace poco, mientras leía a Saki, llegué a “Tobermory”, uno de esos cuentos que parecen ligeros hasta que, sin avisar, empiezan a decir algo incómodo sobre nosotros. Saki fue uno de los grandes maestros del relato breve precisamente por eso: sabía esconder crueldad, ironía y lucidez detrás de situaciones casi absurdas. En este caso, la premisa es irresistible. Un científico ha dedicado años a enseñar a hablar a un gato.
Lo extraordinario, sin embargo, no es que Tobermory consiga pronunciar palabras humanas. Al terminar el cuento queda rondando otra pregunta: ¿por qué suponemos que un gato necesita hablar como nosotros para poder comunicarse?
Los gatos ya poseen un lenguaje de miradas, sonidos, distancias, movimientos y silencios. Quizá lo que Cornelius Appin intenta conseguir no sea comprender a Tobermory, sino obligarlo a entrar en una categoría humana de comprensión. Hay algo reconocible en esa ambición. Domesticamos, nombramos, clasificamos; queremos traducir lo distinto hasta volverlo familiar. A veces parece incluso una forma discreta de jugar a ser Dios.
Saki imagina qué ocurriría si finalmente lo lográramos. El resultado es el caos. No porque el gato se vuelva monstruoso, sino porque justamente, permanece siendo gato, sin filtros, máscaras ni egos, como nosotros los «articulados».

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El problema no era que Tobermory hablara
En una reunión en casa de Lady Blemley, Cornelius Appin anuncia que después de años de experimentos ha conseguido enseñar lenguaje humano a un animal. El elegido es Tobermory, el gato de la casa, que poco después demuestra no sólo que puede hablar, sino que lleva bastante tiempo escuchando.
La alegría científica dura poco. Tobermory conoce los comentarios que sus dueños hacen sobre sus invitados cuando éstos no están presentes, las conversaciones privadas de quienes circulan por la casa, sus pretensiones y pequeñas crueldades. De pronto, aquella criatura a la que nadie prestaba demasiada atención se convierte en la persona —si se permite la palabra— mejor informada de la habitación.
Ahí está la verdadera genialidad del cuento. El gato no produce la hipocresía: sólo la hace visible. Tampoco necesita inventar nada. No parece interesado en quedar bien, proteger reputaciones o conservar las convenciones que permiten que ese pequeño mundo social continúe funcionando. Ha adquirido las palabras de los humanos sin adquirir sus máscaras. Eso es lo que vuelve intolerable su voz.

La fantasía de Saki contiene así una paradoja extraordinaria. Appin había dedicado años a demostrar hasta dónde podía llegar la inteligencia de un animal y termina exponiendo, en cambio, las debilidades de quienes se consideran superiores a él. La criatura que debía ser objeto del experimento termina observando a los experimentadores.
Aparece entonces la pregunta inquietante que sigue intacta más de un siglo después: si nuestros animales pudieran hablar, ¿qué preferiríamos que no contaran?
El testigo que no puede declarar
Edgar Allan Poe había descubierto décadas antes otra posibilidad del gato como personaje literario. En “El gato negro”, publicado en 1843, el animal no necesita pronunciar una palabra para convertirse en presencia acusatoria. Acompaña la degradación moral del narrador, su violencia y su crimen hasta que, finalmente, un maullido conduce al descubrimiento de aquello que el hombre creía haber ocultado.

Poe trabaja con culpa, superstición y horror, pero debajo de todo ello existe una intuición mucho más cotidiana: los animales que viven con nosotros son testigos de una zona de nuestra existencia que casi nadie más conoce.
Están allí cuando dejamos de actuar para los demás. Durante las discusiones, las enfermedades, las noches de insomnio, el miedo, el cansancio, las pequeñas bondades y también las crueldades. No sabemos cómo interpretan esos acontecimientos, pero los presencian.
La literatura encontró en el gato un testigo extraordinario precisamente porque permanece al margen de nuestros códigos. Ve, pero no explica. Está cerca, pero nunca sabemos exactamente qué piensa de aquello que ha visto. Saki sólo tuvo que darle voz.
Borges y aquello que nunca podremos saber
En “A un gato”, Jorge Luis Borges elimina la amenaza y conserva la distancia. El animal puede recibir nuestras caricias, compartir nuestra habitación y acostumbrarse a nuestros hábitos, pero sigue perteneciendo a una experiencia que no podemos penetrar. Una idea menos espectacular que el gato parlante de Saki, pero más profunda.

Convivir muchos años con un gato produce una extraña combinación de conocimiento y desconocimiento. Aprendemos la hora a la que quiere comer, el sitio donde prefiere dormir, el sonido que lo inquieta, el gesto que anuncia que desea estar solo. Podemos llegar a identificar pequeñas variaciones de un maullido que para otra persona serían indistinguibles. Pero conocer sus rutinas no equivale a habitar su conciencia.
Borges encuentra precisamente esa frontera: el animal está al alcance de la mano y, al mismo tiempo, conserva un secreto que no nos pertenece. No porque esté ocultándonos deliberadamente algo, sino porque ser otro significa poseer una experiencia del mundo que nunca podrá traducirse por completo. Tal vez parte de nuestra fascinación por los gatos provenga de ahí. Cuanto más cerca llegan a estar, más evidente resulta que no terminan de ser nuestros.
Cortázar y la mirada hacia otro lugar
Julio Cortázar lleva esa distancia a un territorio todavía más extraño en “Orientación de los gatos”, incluido en Queremos tanto a Glenda. El narrador observa a Alana y a Osiris, su gato negro, convencido de que entre ambos existe una forma de entendimiento de la que él queda excluido.

La palabra importante está en el título: orientación. No se trata necesariamente de que el gato posea información secreta. Se trata de que parece dirigir su atención hacia una realidad que el protagonista no sabe reconocer. Cuando Alana contempla una pintura y el narrador percibe entre ella, la figura representada y Osiris una afinidad inaccesible para él, Cortázar invierte la mirada: quien creía estar observando descubre que quizá hay algo que no sabe ver.
Cualquiera que haya vivido con un gato conoce, en una escala mucho más doméstica, esa sensación. Un animal se queda inmóvil ante una ventana, gira las orejas hacia un sonido que nosotros no percibimos o sigue con los ojos algo cuya existencia desconocemos. No hace falta invocar lo sobrenatural. Su oído, su olfato y su atención operan de manera distinta a los nuestros.
La pregunta aparece de todos modos: ¿qué está viendo?
La literatura aprovecha precisamente ese vacío. Allí donde nuestra percepción termina, empieza la imaginación.
Un nombre que tampoco nos pertenece
T. S. Eliot convirtió el misterio en juego. En Old Possum’s Book of Practical Cats, publicado en 1939, los gatos poseen profesiones, manías y personalidades tan definidas que parecen constituir una sociedad paralela.

Pero en “The Naming of Cats” aparece una idea especialmente bella: un gato puede recibir los nombres que los humanos le dan y conservar, al mismo tiempo, otro nombre íntimo que ningún ser humano llegará a conocer.
La ocurrencia tiene algo de broma y algo de verdad. Nombrar produce una ilusión poderosa de pertenencia. El animal entra en nuestras fotografías, recuerdos y conversaciones; empezamos a decir “mi gato” y a construir alrededor de él una historia común.
Pero Eliot recuerda que una vida compartida no equivale a una vida poseída. El gato puede formar parte profundamente de nuestra existencia y seguir teniendo una identidad que no comienza ni termina en nosotros.
¿Por qué precisamente el gato?
La literatura está llena de animales, pero pocos reúnen tantas contradicciones narrativas. El gato puede ser compañero y extraño, vulnerable y depredador, afectuoso e independiente, solemne y absurdo. Vive dentro de nuestra intimidad sin parecer completamente definido por ella.
También hay algo particular en la manera en que construye confianza. Quien convive con gatos suele descubrir que la cercanía no siempre puede forzarse: requiere tiempo, respeto por la distancia y una cierta paciencia. Cuando finalmente un animal decide dormir junto a nosotros, seguirnos por una habitación o exponerse tranquilo a nuestra presencia, sentimos que algo ha sido concedido y no simplemente obtenido.

Quizá por eso proyectamos sobre los gatos una idea de autenticidad. No necesitan mantener una reputación social. No sonríen por cortesía ni participan de nuestras ceremonias para quedar bien. En Tobermory, esa cualidad imaginada se vuelve devastadora: el gato aprende nuestro idioma, pero no aprende a mentir como nosotros.
Poe lo convierte en testigo. Borges preserva su secreto. Cortázar sospecha que mira hacia un lugar que no alcanzamos. Eliot le concede incluso un nombre que jamás conoceremos.
La literatura parece volver una y otra vez a la misma incomodidad: observamos al gato creyendo que somos quienes poseen la mirada, hasta que recordamos que él también lleva años observándonos.
Quizá nunca necesitó hablar
Internet multiplicó esa fascinación. Filmamos gatos que duermen, saltan, protestan, interrumpen videollamadas o permanecen mirando fijamente algún punto fuera de cuadro. Nunca habíamos observado tanto a un animal que sigue sin explicarnos qué piensa.
Pero después de leer a Saki queda una pregunta más importante que la fantasía de escuchar finalmente su voz: si pudiéramos comprender todo lo que un animal intenta comunicarnos, ¿estaríamos realmente dispuestos a escuchar?

Nuestra dificultad no radica en que los animales carezcan de lenguaje. Muchas veces somos nosotros quienes no les concedemos el tiempo necesario para reconocerlo. Esperamos que se adapten a nuestras casas, horarios y expectativas; fuera de ellas, innumerables animales ni siquiera reciben la paciencia suficiente para descubrir que un ser humano puede ser seguro. Un gato que teme o desconfía no ha cometido ninguna falta; sólo responde al mundo que ha conocido.
Quizá ahí “Tobermory” deja de ser solo una sátira brillante. Appin cree que su gran hazaña es enseñar a un gato a hablar como un hombre. Tal vez la pregunta correcta sea la contraria: ¿cuánto estamos dispuestos nosotros a aprender para comprender a una criatura que nunca ha necesitado hablar como nosotros?
Podríamos aprender bastante de esa inversión. Menos empeño en dominar aquello que no entendemos; más paciencia para observar antes de interpretar. Menos máscaras, quizá. Menos necesidad de ocupar siempre el centro.
Los gatos llevan siglos mirando desde los márgenes de nuestras historias. Tal vez parte de su sabiduría consista precisamente en eso: ven mucho más de lo que cuentan.































































