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El tiempo de los gatos

Dos libros que comienzan hablando de felinos y terminan interrogando nuestra manera de amar.

Hay libros sobre gatos. Y luego están los libros que utilizan a los gatos para hablar de algo más profundo.

Durante siglos, escritores, artistas y pensadores han encontrado en los felinos una compañía peculiar. A diferencia de otros animales domésticos, los gatos parecen habitar una frontera extraña entre la cercanía y la independencia. Comparten nuestras casas, nuestras rutinas y, a veces, nuestras camas, pero conservan siempre una parte inaccesible. Quizá por eso han fascinado a figuras tan distintas como Borges, Cortázar, Colette, Patricia Highsmith o Hemingway. En ellos reconocemos algo que también existe en nosotros: una vida interior que no siempre puede traducirse en palabras.

Esa fascinación atraviesa dos pequeños libros publicados por Pitzilein Books: El arte de ser gato, de Isolda Sautto, y Los gatos no saben que envejecen, de Idalia Sautto. Aunque a primera vista parecen pertenecer a territorios distintos —uno es un manual de cuidados y el otro una colección de ensayos breves—, ambos terminan encontrándose en un mismo lugar: la reflexión sobre el cuidado, la compañía y el paso del tiempo.

Leerlos juntos permite descubrir una conversación inesperada. Uno enseña cómo cuidar a un gato. El otro explora lo que sucede cuando ese gato se convierte en parte inseparable de nuestra vida.

Aprender a cuidar

El arte de ser gato es un libro singular. Escrito por la médica veterinaria zootecnista Isolda Sautto e ilustrado por Liz Mevill, funciona como una guía accesible para quienes comparten su vida con un gato o están por hacerlo. Sin embargo, reducirlo a un manual sería injusto.

A través de una voz cercana, el libro aborda cuestiones prácticas relacionadas con la alimentación, el comportamiento, la salud y el bienestar felino. Habla de prevención, de observación cotidiana y de la importancia de comprender las necesidades específicas de estos animales. Pero lo hace sin adoptar el tono distante de un texto técnico. Por el contrario, transmite la sensación de estar conversando con alguien que conoce profundamente a los gatos y que desea compartir ese conocimiento desde el afecto.

En una época donde la información suele llegar fragmentada y dispersa a través de redes sociales, El arte de ser gatorecupera algo valioso: la idea de que cuidar también implica aprender.

Quienes hemos convivido con gatos enfermos sabemos hasta qué punto ese aprendizaje puede volverse crucial. Entender una enfermedad, identificar cambios de comportamiento, reconocer señales de alerta o simplemente aprender a observar mejor puede marcar una diferencia enorme en la calidad de vida de un animal.

En ese sentido, el libro de Isolda Sautto no sólo enseña a cuidar gatos. Enseña a prestar atención. Y quizá toda forma profunda de amor comienza precisamente ahí.

Los gatos no saben que envejecen

Si El arte de ser gato nos enseña a observar el cuerpo de los gatos, Los gatos no saben que envejecen nos invita a observar nuestra relación con ellos.

Desde las primeras páginas resulta evidente que Idalia Sautto no está interesada en escribir sobre gatos como tema. Los gatos son el punto de partida, no el destino. A través de pequeños ensayos, recuerdos y reflexiones, la autora construye una especie de cartografía emocional donde los felinos aparecen como compañeros de vida, testigos silenciosos y, en ocasiones, maestros involuntarios.

Uno de los mayores logros del libro consiste en mostrar que la convivencia con un gato genera un lenguaje propio. No necesariamente verbal, sino compuesto por gestos, rutinas, silencios, horarios compartidos y formas de presencia.

Hay una observación especialmente reveladora en la sinopsis del libro: el lenguaje que comparte con sus gatos no es el humano, sino aquel que se articula mediante cuidados mutuos, acompañamientos, juegos y afectos. A partir de esa idea, todo el libro puede leerse como un intento de traducción.

¿Cómo se traduce una vida compartida con un animal? ¿Cómo se convierte en palabras algo que sucede principalmente en la esfera de los afectos? La respuesta de Idalia Sautto es sencilla y luminosa: observando.

El tiempo de los gatos

El título del libro contiene una intuición devastadora: los gatos no saben que envejecen. No se preocupan por los años que han pasado ni por los que faltan. No elaboran narrativas sobre el futuro ni sienten nostalgia por una juventud perdida. Habitan el presente con una intensidad que los seres humanos rara vez alcanzamos.

Nosotros, en cambio, vivimos atrapados entre la memoria y la anticipación. Recordamos cómo eran antes. Imaginamos cómo serán después. Los gatos simplemente son.

Por eso el envejecimiento de nuestros animales suele resultar tan doloroso. No porque ellos experimenten el tiempo de la misma manera que nosotros, sino porque somos nosotros quienes observamos los cambios. Somos nosotros quienes notamos que duermen más, que saltan menos o que su hocico comienza a encanecer. Somos nosotros quienes sabemos, por eso la frase adquiere una dimensión que rebasa por completo el universo felino:

Los gatos no saben que envejecen… nosotros sí.

La compañía y la pérdida

Hay un momento particularmente conmovedor en Los gatos no saben que envejecen: el texto dedicado a La Negra.

Lo que comienza como un recuerdo íntimo termina convirtiéndose en una reflexión sobre la pérdida. Allí aparece una de las preguntas más difíciles que puede formular cualquier relación profunda:

¿qué hacemos cuando nuestra alma gemela muere?

La pregunta parece dirigida a una gata, pero en realidad pertenece a la experiencia humana universal. Todos los vínculos importantes nos enfrentan tarde o temprano a la misma paradoja: sabemos que son finitos y, aun así, los vivimos como si fueran eternos.

Los gatos ocupan un lugar privilegiado dentro de esa experiencia porque nos acompañan durante años de vida cotidiana. Están presentes en los momentos extraordinarios, pero también en los más comunes: una mañana cualquiera, una tarde de lectura, una noche de insomnio. Cuando se van, lo que desaparece no es solamente un animal. Desaparece una forma particular de habitar el mundo.

Más allá de los gatos

Quizá esa sea la razón por la que estos dos libros dialogan tan bien entre sí. El primero enseña a cuidar. El segundo explora lo que ocurre cuando el cuidado se transforma en amor, memoria y ausencia. Ambos parten de los gatos, pero terminan hablando de algo profundamente humano.

Nos recuerdan que cuidar a alguien implica prestar atención a su fragilidad. Que amar implica aceptar que no podremos acompañarlo para siempre. Y que la pérdida, aunque inevitable, no invalida la belleza de todo lo compartido.

Al final, los gatos siguen siendo gatos. Duermen al sol, persiguen sombras, se esconden en cajas de cartón y observan el mundo desde las ventanas. Somos nosotros quienes convertimos esas escenas cotidianas en recuerdos. Somos nosotros quienes escribimos libros para entenderlas. Y quizá por eso seguimos volviendo a ellos, porque los gatos no saben que envejecen, pero nosotros sí.

Janice BG | @velvet_horses

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