El 18 de septiembre de 1946 comenzaron a llegar las estrellas. Algunas descendieron de un tren especial; otras, estadounidenses, aterrizaron en hidroaviones sobre la bahía de Cannes. Al día siguiente hubo una batalla de flores en la Croisette, soldados marroquíes y senegaleses desfilaron por las calles y, cuando cayó la noche, Grace Moore cantó La Marsellesa en los jardines del Grand Hôtel. Quienes estuvieron allí habían pasado buena parte de la década oyendo otro tipo de estruendos; ahora había fuegos artificiales sobre el Mediterráneo.
El cine empezó el 20 de septiembre. Las proyecciones se instalaron en el Casino Municipal, un edificio que todavía mostraba las marcas de la guerra y que había sido acondicionado con prisa. Aquella primera competencia reunió 44 largometrajes de 19 países; entre ellos estaban Roma, città aperta, de Roberto Rossellini, Notorious, de Alfred Hitchcock, The Lost Weekend, de Billy Wilder, y Make Mine Music, de Disney. Cannes todavía no tenía Palais, Palma de Oro ni escalinata convertida en escenario mundial. Tenía rollos de película, delegaciones que acababan de cruzar una Europa dañada y la voluntad bastante improbable de organizar una fiesta internacional apenas un año después del final de la guerra. Su origen había empezado, en realidad, siete años antes.
El festival que debía ocurrir en 1939
En 1939, Europa ya tenía un gran festival cinematográfico: Venecia. También tenía un problema. La Mostra se había vuelto cada vez más susceptible a las presiones de los gobiernos fascistas de Italia y Alemania; las decisiones de su jurado habían despertado malestar entre otras delegaciones y, en Francia, Philippe Erlanger impulsó la creación de un certamen internacional que ofreciera una alternativa. Louis Lumière aceptó presidir aquella primera edición prevista para septiembre en Cannes. Películas y representantes comenzaron a llegar a la Riviera; los organizadores habían preparado salas, recepciones y un programa que pretendía colocar a Francia en el mapa del cine internacional.

El calendario decidió otra cosa. Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre; Francia y Gran Bretaña declararon la guerra dos días después. El festival quedó suspendido antes de comenzar.
Durante un tiempo se intentó conservar el proyecto. Hubo propuestas para celebrarlo en Navidad, después en febrero y más tarde en la primavera de 1940; la guerra fue cerrando cada posibilidad. Faltaban recursos, transportar estrellas y equipos resultaba cada vez más difícil y el Casino Municipal terminó requisado por el ejército. Cuando Italia entró en la guerra en junio de 1940, aquella primera versión de Cannes quedó archivada junto con buena parte de la vida cultural europea.
Hubo que esperar hasta 1945 para volver a hablar seriamente del festival y aun entonces la idea parecía un lujo. Francia tenía ciudades dañadas, escasez y enormes gastos de reconstrucción; Cannes también había sufrido bombardeos, varios hoteles estaban ocupados por estadounidenses y el casino que debía recibir a los espectadores conservaba señales del conflicto. El Estado y el ayuntamiento no podían financiar por sí solos el proyecto, de modo que se abrió una suscripción pública. Comerciantes, constructores, panaderos, agentes inmobiliarios y taxistas aportaron dinero; vecinos trabajaron para arreglar jardines, playas y explanadas antes de que llegaran los invitados. El glamour de Cannes empezó, en parte, con una colecta.
Flores sobre una Europa rota
Las fotografías de septiembre de 1946 pueden resultar engañosas si se miran demasiado rápido. Hay vestidos, uniformes impecables, hoteles, automóviles y mesas dispuestas para recepciones; el Mediterráneo ofrece esa luz que haría de Cannes una maquinaria visual perfecta durante las décadas siguientes. Fuera del encuadre quedaba un continente donde millones de personas seguían desplazadas y numerosas ciudades continuaban cubiertas de escombros.
Esa proximidad entre catástrofe y celebración explica parte del tono de la primera edición. El propio Philippe Erlanger la recordaría como la primera fiesta que el mundo se permitía después de años de guerra, celebrada, según escribió, en una especie de embriaguez colectiva. Los organizadores llenaron los días con fuegos artificiales, desfiles, exhibiciones aéreas, concursos de moda, liberaciones de palomas y batallas de flores; hubo incluso una primera Miss Festival. No cuesta imaginar el exceso. Después de la ocupación, los racionamientos y los toques de queda, lanzar flores desde carrozas podía adquirir un peso inesperado.

También había una intención diplomática bastante explícita. Cada uno de los 19 países participantes nombraba a un representante en el jurado y elegía las películas que presentaría; el reglamento recuperaba buena parte de los principios diseñados en 1939 y buscaba evitar que el certamen reprodujera las tensiones políticas que habían desacreditado a Venecia antes de la guerra. Una cláusula permitía retirar una cinta si ofendía la “sensibilidad nacional” de algún Estado; otra establecía una distribución generosa de grandes premios. La competencia funcionaba todavía como una reunión entre cinematografías nacionales, con el cine utilizado como un idioma diplomático cuando la diplomacia europea acababa de fracasar de manera catastrófica. En el Casino Municipal, entretanto, la práctica era bastante menos solemne.
Un festival sostenido con cinta adhesiva
Las proyecciones sufrieron problemas técnicos desde el principio. El tiempo de preparación había sido escaso y el edificio no estaba concebido todavía como la sede permanente de un festival internacional; Cannes había acondicionado allí una sala para unas mil personas, pero las instalaciones seguirían siendo provisionales hasta la construcción posterior de un Palais dedicado al certamen.
La precariedad produjo episodios que con los años adquirieron la categoría de leyenda. Hay relatos de rollos proyectados en un orden incorrecto y películas que aparecieron invertidas sobre la pantalla. Resulta casi demasiado apropiado: el festival que acabaría asociándose con uno de los rituales más controlados de la cultura contemporánea comenzó entre errores de proyección, improvisaciones y una infraestructura levantada contra reloj.

Las películas, en cambio, permiten entender por qué aquella edición sobrevivió a sus tropiezos. Rossellini llegó con Roma, città aperta, rodada en una ciudad que apenas había salido de la ocupación alemana, con película obtenida en condiciones difíciles y una historia donde la resistencia, la tortura y la muerte todavía pertenecían al presente inmediato. Cannes le concedió uno de sus Grand Prix y ayudó a proyectar internacionalmente el neorrealismo italiano; el propio Rossellini recordaría después con cierta ironía que durante la proyección vespertina muchos espectadores dormitaban después de comer.
Billy Wilder presentó The Lost Weekend, una película sobre alcoholismo que había ganado el Oscar meses antes; obtuvo también un Grand Prix en Cannes y Ray Milland fue reconocido por su interpretación. David Lean llevó Brief Encounter; Chetan Anand, Neecha Nagar, desde India; Emilio Fernández presentó María Candelaria, con Dolores del Río y Pedro Armendáriz, que recibió otro de los máximos premios de aquella edición. La selección estadounidense incluía ocho largometrajes entre los 44 en competencia, desde el Hitchcock de Ingrid Bergman y Cary Grant hasta la animación musical de Disney.
Vista desde ahora, aquella lista parece menos un programa inaugural que una cápsula extraordinariamente compacta del cine de posguerra. Hollywood llegaba con estrellas y estudios que habían mantenido una enorme capacidad industrial durante el conflicto; Italia traía películas realizadas entre ruinas; otras cinematografías intentaban recuperar circulación internacional después de años de fronteras cerradas. Cannes reunió esas imágenes antes de saber exactamente en qué se convertiría.
Todavía no existía “Cannes”
La alfombra roja que hoy parece inseparable del festival pertenece a una iconografía posterior. También la Palma de Oro, creada en 1955; el Palais des Festivals actual llegaría mucho después, igual que las fotografías de actrices detenidas sobre las escaleras durante unos segundos perfectamente calculados para las agencias. En 1946, el nombre Cannes todavía designaba una ciudad de la Riviera que intentaba montar un festival con los edificios y recursos que tenía. Quizá por eso las primeras imágenes resultan tan atractivas, se ve el mecanismo antes de que se vuelva institución.
El cine todavía compartía espacio con carrozas cubiertas de flores y exhibiciones aéreas; las estrellas podían aparecer desde la puerta de un tren o bajar de un hidroavión, mientras técnicos corrían para conseguir que el siguiente rollo entrara correctamente en el proyector. El Casino Municipal servía de sala principal porque el palacio prometido antes de la guerra todavía no existía. Incluso el sistema de premios estaba lejos de la jerarquía que conocemos: en 1946 hubo once largometrajes distinguidos con el Grand Prix, entre ellos las películas de Rossellini, Wilder, Lean y Emilio Fernández. La competencia era importante, aunque aquel primer Cannes parecía interesado también en otra cosa: conseguir que las personas llegaran.

Durante seis años Europa había perfeccionado el movimiento contrario. Trenes cargados de soldados, refugiados, deportados; puertos cerrados y fronteras vigiladas; ciudades donde encontrarse con un extranjero podía significar ocupación, fuga o interrogatorio. En septiembre de 1946 volvieron a circular delegaciones con cajas de películas. Llegaron franceses, estadounidenses, italianos, británicos, mexicanos, indios y representantes de otras cinematografías; se sentaron juntos en una sala oscura para mirar historias producidas durante o inmediatamente después de aquello que acababan de sobrevivir.
Después vendrían los vestidos, los paparazzi, los yates y esa franja roja que convirtió unos cuantos metros de escalones en uno de los escenarios más fotografiados del planeta. El primer Cannes conserva otra textura. Un casino remendado, pétalos aplastados sobre la Croisette, una soprano cantando el himno francés y rollos de película que cruzaron fronteras todavía heridas. En algún momento de esa semana, frente a una pantalla que podía fallar en cualquier instante, el festival comenzó a parecer posible.






























































