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Tolkien: primero fueron las palabras

Recordando al filólogo que imaginó lenguas antes que héroes y terminó creando con ellas una de las mitologías más extensas de la literatura moderna.

Antes de que hubiera hobbits caminando hacia Mordor, antes de que alguien dibujara un mapa de la Comarca o supiera qué clase de criatura era Gollum, J. R. R. Tolkien ya estaba inventando palabras. Le interesaba cómo sonaban, qué parentescos podían establecer entre sí, de qué lengua anterior parecían proceder y qué historia habría tenido que ocurrir para que una palabra adquiriera exactamente aquella forma. El mundo llegó después, casi como una consecuencia.

Esa inversión permite comprender mejor una obra que con frecuencia se contempla desde el extremo contrario. El Señor de los Anillos puede parecer el producto de una imaginación geográfica desbordada: montañas con nombres propios, bosques antiguos, genealogías que retroceden durante siglos y pueblos cuya memoria se extiende mucho más allá de los personajes que encontramos en la página. Para Tolkien, sin embargo, el lenguaje nunca fue decoración añadida a ese universo. Había empezado a crear idiomas cuando todavía era estudiante y dedicaría buena parte de su vida a desarrollar el quenya y el sindarin, dotándolos de fonética, gramática, vocabulario y una historia interna. El primero recibió una influencia decisiva del finés; el segundo, del galés. 

J.R.R. Tolkien en su biblioteca: el Profesor en su mundo 

Para que aquellas lenguas pudieran existir necesitaban hablantes; los hablantes necesitaban antepasados, migraciones, guerras, poemas y pérdidas. Poco a poco apareció una geografía capaz de contenerlos, esa fue una de las peculiaridades del método de Tolkien: inventar palabras hasta descubrir que detrás de ellas había un mundo esperando ser contado.

El 2 de septiembre de 1973 murió a los 81 años. Medio siglo después, la Tierra Media ocupa un territorio gigantesco de la cultura popular, pero quizá la escala de ese éxito haya terminado por ocultar al hombre que estaba debajo: un profesor de Oxford fascinado por textos medievales, etimologías y lenguas que habían dejado de hablarse siglos antes de su nacimiento. 

El sonido antes del mapa

John Ronald Reuel Tolkien nació en 1892 en Bloemfontein, en el actual territorio de Sudáfrica. Tenía 3 años cuando viajó a Inglaterra con su madre y su hermano; la muerte inesperada de su padre convirtió aquella visita en una mudanza permanente. Durante parte de su infancia vivió en Sarehole, cerca de Birmingham, un paisaje rural que posteriormente se asociaría con algunos elementos de la Comarca. La pérdida llegó temprano: su madre murió cuando Tolkien tenía 12 años y él y su hermano quedaron bajo la tutela del sacerdote católico Francis Morgan. 

Para entonces había comenzado otra relación que duraría toda su vida. En la escuela estudió francés, alemán, latín y griego, y pronto empezó a interesarse por el inglés antiguo, el inglés medio y el gótico. Más tarde recordaría incluso el efecto que habían tenido sobre él los nombres galeses que veía escritos en los vagones de carbón. Le importaba el significado, por supuesto, pero también algo mucho menos racionalizable: el placer físico de determinados sonidos. 

El primer folio de Beowulf, escrito en inglés antiguo hacia el año 1000. Tolkien pasó buena parte de su vida profesional leyendo lenguas de este mundo; de aquella intimidad con palabras antiguas surgirían también los sonidos de las lenguas que inventó.

La filología que estudió después en Oxford era una disciplina acostumbrada a mirar las palabras como restos arqueológicos. Comparando sonidos, formas y documentos, los especialistas reconstruían relaciones entre lenguas y podían proponer incluso características de idiomas de los que no había sobrevivido ningún texto. En ese ambiente intelectual, inventar una lengua no estaba tan lejos de reconstruir una perdida: ambos ejercicios obligaban a preguntarse cómo cambia una palabra con el paso de las generaciones.

Tolkien llevó ese procedimiento al territorio de la imaginación. Sus idiomas élficos no permanecieron inmóviles; desarrolló parentescos entre ellos, transformaciones fonéticas, escrituras distintas y etapas históricas. La diferencia entre una palabra antigua y su descendiente podía implicar cientos de años imaginarios. Por eso los nombres de la Tierra Media poseen una sensación poco común de profundidad temporal: no parecen haber sido escogidos porque “suenan fantásticos”, sino porque pertenecen a familias lingüísticas que Tolkien conocía desde dentro.

Años después resumiría su método de una manera extraordinariamente sencilla: empezar por un nombre podía producir una historia. 

Una mitología escrita cerca de la guerra

En 1915 terminó sus estudios en Oxford y se incorporó al ejército británico. Un año después fue enviado a Francia como oficial de señales durante la ofensiva del Somme, una de las batallas más devastadoras de la Primera Guerra Mundial. Pasó varios meses en el frente antes de contraer fiebre de las trincheras y ser enviado de regreso a Inglaterra. Dos de sus amigos más cercanos del grupo juvenil que llamaban T.C.B.S., Rob Gilson y Geoffrey Smith, murieron durante la guerra. 

J. R. R. Tolkien en 1916. La Primera Guerra Mundial le arrebató a varios de sus amigos más cercanos y acompañó los años en que comenzaba a poner por escrito las historias remotas de su mitología.

Sería tentador buscar en cada bosque quemado de Tolkien una trinchera, o convertir Mordor en una equivalencia de los campos de batalla europeos; él rechazaba ese tipo de correspondencias simples. La experiencia de la guerra pertenece a su obra de una manera más difícil de aislar: en la presencia persistente de la pérdida, en la destrucción de paisajes que parecían destinados a durar y en la conciencia de que incluso una victoria puede dejar detrás un mundo que ya no volverá a ser el mismo.

Durante aquellos años comenzó a poner por escrito los relatos que acabarían formando el núcleo remoto de El Silmarillion. Eran historias de edades anteriores, de elfos y hombres, ciudades destruidas y pueblos obligados a abandonar sus hogares. Trabajaría sobre ese conjunto durante el resto de su vida, revisando nombres, genealogías y episodios sin llegar a ofrecer una versión definitiva para publicación. 

Hay algo revelador en esa imposibilidad de terminar: Tolkien podía publicar una novela; una mitología, en cambio, siempre parecía admitir otra capa. Cada historia conducía hacia una anterior, cada nombre podía exigir una etimología y cada lengua llevaba consigo la memoria de quienes la habían hablado.

Un profesor escribiendo fuera de horario

Después de la guerra, Tolkien consiguió uno de los empleos que mejor podían corresponder a sus obsesiones: trabajó como lexicógrafo para el Oxford English Dictionary. En 1920 comenzó su carrera universitaria en Leeds y cinco años después regresó a Oxford como profesor de anglosajón. Durante décadas enseñó inglés antiguo, nórdico antiguo, gótico y filología germánica; su conferencia de 1936 sobre Beowulf, publicada al año siguiente, modificó de manera decisiva la manera en que muchos académicos abordaban el poema. 

Merton College, Oxford. Durante décadas, la Tierra Media creció alrededor de clases, conferencias, correcciones y obligaciones universitarias; Tolkien escribía en los espacios que conseguía rescatar de su vida académica.

La imagen del novelista dedicado por completo a construir la Tierra Media es, por tanto, engañosa. Gran parte de aquel universo fue escrito alrededor de obligaciones académicas, clases, correcciones y una familia de cuatro hijos. El propio Tolkien reconocía que robaba tiempo a jornadas que ya estaban comprometidas con otras cosas. 

De esa vida doméstica surgió El Hobbit. Tolkien inventaba historias para sus hijos y una de ellas terminó llegando casi accidentalmente a la editorial George Allen & Unwin. El manuscrito fue probado con Rayner Unwin, el hijo pequeño del editor Stanley Unwin, y terminó publicándose en 1937 con mapas e ilustraciones del propio Tolkien; la primera tirada se agotó en tres meses.  El éxito produjo una petición perfectamente razonable desde el punto de vista editorial: más hobbits; Tolkien respondió con algo que tardaría doce años en concluir.

El libro que creció mientras se escribía

Al comenzar El Señor de los Anillos, Tolkien pensaba todavía en una continuación de El Hobbit. Pronto el relato empezó a hundir raíces en aquella mitología mucho más antigua que llevaba décadas desarrollando. El anillo que Bilbo había encontrado casi por accidente adquirió una historia; el Nigromante apenas entrevisto en el primer libro se vinculó con Sauron; detrás de la aventura aparecieron edades enteras que el lector sólo alcanzaría a percibir mediante canciones, ruinas, nombres y recuerdos. 

La expansión fue tan grande que el autor terminó produciendo una obra difícil de clasificar y todavía más difícil de publicar. Quería que apareciera junto con El Silmarillion, porque consideraba ambos relatos partes de una misma arquitectura; sus editores no compartían el entusiasmo por semejante empresa. Finalmente, El Señor de los Anillosapareció en tres volúmenes entre 1954 y 1955 (las expectativas comerciales eran prudentes). La respuesta de la crítica fue dividida y las ventas superaron ampliamente lo que autor y editorial habían imaginado. 

Mapa de la Tierra Media trabajado por Tolkien en 1955. Cuadrículas, distancias, correcciones y nombres revelan una imaginación que necesitaba comprobar sobre el papel cuánto podía caminar un personaje y dónde debía encontrarse cada montaña.

Parte de su extrañeza provenía precisamente de aquello que hoy nos resulta familiar. La novela daba por supuesto que el mundo continuaba mucho más allá de sus páginas. Había poemas cuyos autores habían muerto hacía siglos, lenguas utilizadas solamente por determinados personajes, reinos desaparecidos y caminos construidos por civilizaciones que ya no existían. Tolkien comprendía que el pasado adquiere peso cuando quedan restos de él, y su experiencia como filólogo le había enseñado a tratar una palabra como uno de esos restos.

Por eso la Tierra Media puede producir la sensación de haber sido descubierta en lugar de inventada. Lo que vemos es sólo una época de una historia mucho más larga, y sus personajes tampoco conocen todo lo ocurrido antes de ellos.

Después de la última página

El éxito convirtió a Tolkien en una figura pública cuando estaba entrando en la vejez. Se jubiló de Oxford en 1959 y esperaba dedicar más tiempo a terminar El Silmarillion, pero la obra continuó resistiéndosele. Contestaba cartas, revisaba textos antiguos y seguía interviniendo en un universo cuya popularidad crecía más rápido de lo que él podía ordenarlo. Edith, su esposa durante cincuenta y cinco años, murió en 1971. Tolkien falleció menos de dos años después, durante una visita a Bournemouth. 

En la tumba de Edith y J. R. R. Tolkien aparecen también los nombres Lúthien y Beren. La mitología que comenzó como un territorio de lenguas inventadas terminó acompañándolo hasta la última inscripción de su propia historia.

En la tumba que comparten en Oxford aparecen, junto a sus nombres, otros dos: Beren y Lúthien. En la mitología de Tolkien son los amantes cuya historia atraviesa diferencias entre pueblos, muerte y separación; él había asociado durante mucho tiempo a Edith con Lúthien. El detalle convierte una lápida del siglo XX en una última intersección entre biografía y ficción. 

Tolkien murió sin terminar el libro que había acompañado casi toda su vida. Su hijo Christopher organizó después una parte de aquellos manuscritos y publicó El Silmarillion en 1977, seguido con los años por otros materiales que permitieron observar algo que El Hobbit y El Señor de los Anillos apenas dejaban entrever: la enorme cantidad de versiones, correcciones y caminos abandonados que existían detrás del mundo terminado que los lectores creían conocer.

Y ahí esté una de las razones de su permanencia: Tolkien entendía que las culturas se construyen acumulando lenguaje y memoria, y por eso su fantasía rara vez parece comenzar en la primera página. Cuando Bilbo abre la puerta de su casa, ya existen canciones que nadie recuerda completas; cuando Frodo inicia su viaje, otros han recorrido esos caminos durante siglos.

La Tierra Media nació de esa paciencia con el pasado. Primero estuvieron los sonidos, después los nombres; con los nombres llegaron quienes podían pronunciarlos y, alrededor de ellos, lentamente, aparecieron bosques, guerras, pérdidas, historias de amor y lugares a los que siempre era posible regresar. Al final, Tolkien necesitó un mundo entero para darle hogar a sus palabras.

Tolkien en un momento de quietud, al aire libre. Cuesta mirar esta imagen sin pensar que, para él, los árboles, los caminos y el tiempo nunca fueron simple paisaje, sino parte de una lengua más antigua con la que intentó nombrar el mundo.
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