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William Golding & lo que queda cuando nadie pone las reglas

Antes de imaginar una isla sin adultos, Golding había visto de cerca la guerra y aprendido a desconfiar de la inocencia.

Cuando William Golding imaginó a un grupo de escolares británicos caminando entre palmeras, no estaba inventando exactamente una isla. Las islas ya llevaban décadas llenando las habitaciones infantiles: náufragos ingeniosos, tesoros, fogatas, muchachos capaces de reproducir lejos de casa el orden que habían aprendido en ella. Golding conocía bien esas historias. Se las leía a sus hijos.

Una noche, después de acostarlos, le propuso a su esposa, Ann, escribir otra clase de aventura: niños abandonados en una isla que se comportaran como él creía que realmente podrían hacerlo. Ella le dijo que escribiera. Años después, aquella intuición se convertiría en El señor de las moscas.

Golding tenía entonces más de cuarenta años. Había enseñado a adolescentes, atravesado una guerra y regresado a las aulas. Sabía cómo sonaba un grupo de muchachos cuando una autoridad entraba en la habitación; también había visto lo que los adultos podían hacer cuando llevaban uniforme.

Antes de la isla

Nació el 19 de septiembre de 1911 en Cornualles, en una familia donde la educación ocupaba un lugar central: su padre era maestro; su madre había participado en el movimiento sufragista. Llegó a Oxford destinado, en principio, a las ciencias naturales, pero abandonó ese camino para estudiar literatura inglesa. Publicó poesía, trabajó como actor y terminó frente a un salón de clases en Bishop Wordsworth’s School, una escuela para varones en Salisbury. Luego llegó la guerra.

William Golding en octubre de 1983, el año en que recibió el Premio Nobel de Literatura. Antes de convertirse en novelista había sido maestro y oficial de la Royal Navy.

En 1940 ingresó en la Royal Navy. Participó en operaciones relacionadas con el hundimiento del Bismarck, estuvo frente a las costas francesas durante el desembarco de Normandía y terminó la contienda como teniente al mando de una embarcación equipada con cohetes. Cuando regresó a la escuela después de 1945, el hombre frente al pizarrón había visto una versión bastante distinta del progreso europeo que había heredado de su educación.

Es tentador convertir esa experiencia en una explicación cómoda de todo lo que escribiría después: la guerra produjo al pesimista, el pesimista produjo El señor de las moscas. Golding resulta menos sencillo. Sus libros desconfían de las respuestas que absuelven demasiado rápido al individuo atribuyendo la violencia a una sola institución, una época o una clase de persona.

La pregunta que llevó consigo de regreso a las aulas era bastante peor: qué sucede cuando aquello que mantiene contenidas ciertas conductas deja de funcionar.

Una aventura escrita al revés

Había un libro detrás de su isla: The Coral Island, novela de R. M. Ballantyne publicada en 1858. Allí, tres jóvenes británicos sobreviven a un naufragio en el Pacífico y llevan consigo las virtudes que la Inglaterra victoriana quería reconocer en sus muchachos. Cooperan, resuelven problemas y encuentran las amenazas principalmente fuera de su grupo. Los protagonistas se llaman Ralph, Jack y Peterkin.

Portada de una edición de 1894 de The Coral Island, de R. M. Ballantyne. Golding tomó aquella tradición de muchachos británicos varados en una isla y alteró casi todas sus certezas.

Golding conservó dos de aquellos nombres y dio vuelta al mecanismo. En su isla, Ralph y Jack ya no permanecen unidos por una confianza espontánea. Hay votaciones, tareas que cumplir, refugios que construir, una señal de humo que mantener encendida. Una caracola concede el turno de hablar. Durante un tiempo, los niños hacen algo bastante razonable: inventan instituciones. La catástrofe no comienza porque carezcan de reglas, comienza cuando descubren que pueden ignorarlas.

El señor de las moscas apareció en 1954, pero estuvo cerca de quedarse en un cajón. Golding había enviado el manuscrito —entonces titulado Strangers from Within— a varias editoriales. Faber & Faber también lo rechazó inicialmente: uno de sus lectores lo consideró absurdo, aburrido y carente de sentido. El joven editor Charles Monteith recuperó el texto de la pila de descartes, trabajó con Golding en varias modificaciones y ayudó a darle el título con el que terminaría recorriendo el mundo.

La ironía editorial parece escrita para una novela de Golding: una historia sobre lo poco que puede preverse del comportamiento humano sobrevivió porque alguien decidió volver a mirar aquello que otro ya había desechado.

La caracola, la hoguera y la bestia

La isla de Golding posee objetos muy sencillos: una caracola, unas gafas, una hoguera, una cabeza de cerdo clavada en una estaca.

Cada uno cambia de significado conforme cambia el grupo. Las gafas de Piggy permiten hacer fuego; después se convierten en algo que puede robarse. La hoguera comienza como señal para los barcos y acaba devorando aquello que debía permitirles sobrevivir. La caracola conserva autoridad únicamente mientras los demás aceptan que la tenga; y después está la bestia.

Una caracola reina sobre el fondo marino de las Bahamas. En El señor de las moscas, una concha semejante pasa de ser un objeto encontrado en la playa a sostener, durante un tiempo, el derecho a hablar y el frágil orden de la asamblea.

Los niños creen que algo los observa desde la espesura. Intentan darle cuerpo, localizarlo, perseguirlo. El miedo necesita una silueta. Golding termina llevándolos hacia una posibilidad menos tranquilizadora: quizá aquello que buscan entre los árboles llegó a la isla con ellos.

Ésa es una de las razones por las que reducir la novela a una demostración de que los niños son crueles empobrece el libro. Judy Golding Carver, hija del escritor, ha recordado que su padre desconfiaba de esas conclusiones tajantes. Según ella, veía en la historia una reflexión sobre la importancia del imperio de la ley y sobre criaturas humanas bastante más contradictorias de lo que permite la división entre buenos y malos. Incluso Jack —el muchacho que termina concentrando violencia y autoridad— conserva rasgos capaces de atraer a los demás.

Eso hace más incómoda la novela. La violencia no llega encarnada en un monstruo reconocible desde la primera página. Se organiza. Encuentra ceremonias, pintura para los rostros, recompensas, enemigos. Aprende a parecer pertenencia.

El adulto que llega del mar

Golding continuó escribiendo después de aquella isla. Publicó The Inheritors en 1955 —la novela que llegó a considerar su favorita—, The SpireDarkness Visible y Rites of Passage, con la que obtuvo el Booker Prize en 1980. Tres años después recibió el Nobel de Literatura. Fue nombrado caballero en 1988 y murió en 1993.

Pero El señor de las moscas nunca lo dejó ir del todo. Generaciones de estudiantes regresaron a la caracola, a Piggy, a Ralph corriendo por el bosque y a esos niños que empiezan organizando asambleas y terminan cazándose entre sí.

Hay un detalle final que impide leer la historia como un sencillo experimento sobre una infancia abandonada a sus impulsos: cuando por fin aparece un adulto, llega desde el mar vestido de oficial naval; contempla a los niños, sus cuerpos sucios, el bosque incendiado, los restos de la sociedad que intentaron construir. Ha venido a devolverlos al mundo civilizado, detrás de él espera un buque de guerra. Mientras los niños destruían su pequeña isla, los adultos hacían exactamente lo mismo a una escala que ellos todavía no podían imaginar… Golding había estado en uno de esos barcos.

Embarcaciones de desembarco de la Royal Navy avanzan hacia las playas de Normandía el 6 de junio de 1944. Golding conocía ese paisaje desde dentro: sirvió en la Marina británica durante la guerra y participó en las operaciones del desembarco.
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