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Arte & Cultura

Por qué los artistas nunca han dejado de pintar gatos

De criatura sagrada a compañero doméstico, símbolo de deseo y alter ego, el gato ha recorrido el arte revelando algo distinto de cada época.

Pocos animales han soportado tantas interpretaciones sin desaparecer debajo de ellas. Hemos convertido al gato en divinidad, cazador, criatura sospechosa, compañero de habitación, emblema de la vida bohemia, presencia erótica, depredador, alter ego y, finalmente, una de las imágenes más reproducidas del mundo digital. Después de miles de años de representarlo, sin embargo, sigue conservando una cualidad difícil de domesticar.

Tal vez por eso los artistas nunca han dejado de volver a él. Recorrer la historia del gato en el arte no consiste únicamente en reunir pinturas donde aparezcan bigotes, colas y ojos luminosos, sino en observar cómo una misma criatura ha ido cambiando de significado mientras nosotros cambiábamos con ella. El gato de una estatuilla egipcia no es el de un manuscrito medieval; tampoco el pequeño animal negro al pie de Olympia significa lo mismo que el depredador de Picasso o los gatos que Leonor Fini dibujó durante buena parte de su vida. El animal permanece. Lo que cada época ve en él es lo que cambia.

En Manuel Osorio Manrique de Zúñiga, Goya convierte a tres gatos inmóviles en una presencia inquietante. Parecen esperar, observar y recordar que incluso dentro de una escena doméstica el felino conserva algo que no termina de obedecer. Imagen: Francisco de Goya, Manuel Osorio Manrique de Zúñiga, 1787–88 — The Metropolitan Museum of Art.

Antes de ser mascota, fue sagrado

En el antiguo Egipto ya estaban presentes varias de las cualidades contradictorias que acompañarían al gato durante siglos: domesticidad y ferocidad, protección y autonomía, familiaridad y misterio. Durante el Imperio Medio aparece representado en escenas de caza y ambientes naturales; más tarde, en el Imperio Nuevo, empieza a ocupar un lugar cada vez más visible dentro de la vida doméstica.

Con el tiempo, especialmente durante los periodos tardío y ptolemaico, su asociación con Bastet convirtió su imagen en una de las más reconocibles del mundo religioso egipcio. La diosa podía adoptar forma felina o aparecer como mujer con cabeza de gata y estaba vinculada, entre otros aspectos, con la protección y el hogar. Miles de pequeñas esculturas de gatos terminaron depositadas como ofrendas en templos y santuarios.

Antes de convertirse en compañero doméstico, el gato fue también una presencia sagrada. En el Egipto ptolemaico, figuras como ésta podían albergar una momia felina y funcionar como ofrendas vinculadas al culto de Bastet. Imagen: Cat Statuette intended to contain a mummified cat, periodo ptolemaico, 332–30 a. C. — The Metropolitan Museum of Art. 

Algunas conservan todavía perforaciones donde alguna vez hubo pendientes, collares grabados o pequeños amuletos. No son simples retratos zoológicos. El cuerpo del animal se vuelve recipiente de una idea: vigilancia, prosperidad, protección frente a fuerzas externas. Desde muy temprano, entonces, mirar al gato significó mirar algo que excedía al propio animal.

El gato se coló en los márgenes

Siglos después, en los manuscritos medievales europeos, el gato ocupa un sitio completamente distinto. Puede aparecer cazando ratones, jugando, peleando con otros animales o simplemente habitando los bordes de páginas dedicadas a cuestiones mucho más solemnes.

Entre textos solemnes, los manuscritos medievales dejaron espacio para gatos que cazan, juegan y se comportan como gatos. En los márgenes de la página, lo cotidiano podía convivir con lo sagrado. Imagen: Cats; A Mouse, Inglaterra, ca. 1250–1260 — J. Paul Getty Museum. 

Las fuentes de la época reconocían su utilidad como cazador y su capacidad de ver en la oscuridad, pero también podían atribuirle comportamientos lujuriosos, ruidosos, combativos o impredecibles. Al mismo tiempo, sabemos que hubo gatos apreciados como animales de compañía entre miembros de la aristocracia y comunidades religiosas. La contradicción resulta curiosamente moderna: el gato pertenece a la casa y sigue pareciendo extraño.

Las marginalia medievales parecen hechas para él. Mientras el centro de la página conserva la autoridad del texto religioso o académico, alrededor sobreviven monstruos, bromas, escenas cotidianas y animales que parecen ignorar por completo la gravedad del relato principal. Allí el gato empieza a ocupar un lugar que repetirá una y otra vez en la historia del arte: está dentro de nuestro mundo, pero nunca completamente sometido a él.

Cuando un pequeño gato negro alteró un desnudo

En 1865, Olympia de Édouard Manet provocó un escándalo en el Salón de París. Pintada dos años antes, retomaba una tradición centenaria —el desnudo femenino reclinado— para quitarle gran parte de su idealización. La mujer no aparece como una Venus distante. Es contemporánea, concreta y devuelve la mirada al espectador sin la menor intención de fingir pudor. Y en el extremo derecho de la cama hay un gato negro.

En Olympia, el diminuto gato negro al pie de la cama no es un detalle inocente: su cuerpo arqueado y su mirada intensifican la provocación de una pintura que transformó el desnudo moderno. Imagen: Édouard Manet, Olympia, 1863.

Es diminuto frente al cuerpo que domina el lienzo, pero resulta difícil olvidarlo: cola levantada, espalda arqueada, ojos encendidos. Lejos de suavizar la escena, parece aumentar su tensión. Durante siglos, los animales habían funcionado dentro de la pintura como atributos capaces de añadir significados —fidelidad, riqueza, deseo—; en Olympia, el gato parece resistirse incluso a convertirse en mero accesorio.

Puede asociarse con sensualidad, independencia o provocación, pero quizá lo más importante sea algo más sencillo: su presencia cambia nuestra manera de leer la pintura. Manet demuestra que el gato ni siquiera necesita ocupar el centro de una obra para modificarla.

De símbolo a compañero

Apenas una década después, Pierre-Auguste Renoir ofrece casi la escena opuesta. En Woman with a Cat, hacia 1875, una mujer joven sostiene un gato atigrado junto a su rostro. Los brazos rodean el cuerpo del animal y éste descansa contra ella con una intimidad física que sigue resultando reconocible siglo y medio después.

Aquí no hace falta que el gato represente una divinidad ni anuncie peligro. Basta con que esté cerca.

En Renoir, el gato abandona momentáneamente el símbolo para convertirse en cuerpo cercano: sostenido contra el rostro, entra en ese territorio íntimo donde la convivencia también puede convertirse en tema artístico. Imagen: Pierre-Auguste Renoir, Woman with a Cat, ca. 1875 — National Gallery of Art. 

La modernidad hizo cada vez más visible algo que hoy nos parece cotidiano: el animal como integrante de la vida privada. Habitaciones, estudios, sillones y camas se volvieron escenarios donde también podía representarse la relación entre humanos y animales.

Pero el gato conserva una peculiaridad. Incluso en escenas domésticas puede dormir, ignorar a las personas, mirar hacia otro lado u ocupar simplemente su propio espacio. No siempre parece existir para completar sentimentalmente a su dueño. El arte consiguió convertirlo en compañero sin convertirlo del todo en subordinado.

El gato tomó París

Con Théophile-Alexandre Steinlen, el felino salió de los interiores y se apropió de la cultura visual de la ciudad. En 1896 apareció el célebre cartel de Le Chat Noir, el cabaret de Montmartre: una enorme silueta negra, rojos intensos y tipografía ornamental que terminarían por convertirse en una de las imágenes más reconocibles del París finisecular.

Con Steinlen, el gato salió del interior doméstico y tomó las calles. La silueta de Le Chat Noir convirtió al felino en uno de los grandes emblemas gráficos del París de fin de siglo. Imagen: Théophile-Alexandre Steinlen, Tournée du Chat Noir, 1896. 

El gato había dejado de ser únicamente un animal representado. Ahora podía funcionar como imagen de marca, emblema de bohemia, vida nocturna y modernidad.

Steinlen, sin embargo, conocía bien a los gatos reales. Los dibujó una y otra vez, observando sus movimientos y posturas con una atención que difícilmente puede confundirse con simple fascinación decorativa. En The Cats: Tsching, Batzar and Blanc-Blanc, tres de sus propios animales aparecen acurrucados hasta formar casi una sola masa de cuerpos.

Entre esa escena privada y la monumental silueta de Le Chat Noir hay un salto enorme y, a la vez, ninguno. El mismo animal podía ser individuo y símbolo, compañero doméstico e icono de una ciudad.

Picasso: cuando el gato dejó de ser inocente

El 22 de abril de 1939, Pablo Picasso pintó Chat saisissant un oiseau: un gato atrapa un pájaro entre las garras y los dientes. No queda rastro de la placidez de Renoir ni de la elegancia gráfica de Steinlen.

En abril de 1939, Picasso transformó al gato en agresor. Entre sus garras, el ave convierte una escena animal en una imagen de violencia, poder y vulnerabilidad en una Europa al borde de la guerra. Imagen: Pablo Picasso, Chat saisissant un oiseau, 1939 — Musée national Picasso-Paris. 

La Guerra Civil española acababa de terminar y Europa estaba al borde de una nueva guerra. Picasso había utilizado repetidamente animales como vehículos para hablar de violencia, víctimas y verdugos, y aquí la naturaleza depredadora del gato adquiere una potencia inevitablemente política.

Sucede entonces algo esencial para la historia de las imágenes: el gato deja de significar solamente gato. Puede transformarse en brutalidad, instinto, poder o amenaza.

Y la elección funciona precisamente porque parte de una contradicción conocida. El mismo animal que puede dormir durante horas sobre un sillón conserva garras y dientes; la criatura doméstica nunca ha dejado de ser depredadora. Picasso no inventa esa dualidad. La lleva al límite.

Balthus y el gato como otro yo

Para Balthus, los gatos fueron una presencia casi biográfica. Cuando tenía once años dibujó la historia de Mitsou, un gato callejero cuya desaparición narró mediante cuarenta imágenes. Años después, en The King of Cats (1935), se retrató erguido y seguro mientras un gato se frota contra su pierna.

Mientras Thérèse permanece abstraída, un gato bebe a sus pies. En Balthus, el felino puede ser compañero, presencia sensual y hasta sustituto silencioso del propio artista. Imagen: Balthus, Thérèse Dreaming, 1938 — The Metropolitan Museum of Art.

La identificación felina terminó formando parte de su propia mitología. Los gatos reaparecen también en sus famosas —y hoy necesariamente incómodas— imágenes de adolescentes. En Thérèse Dreaming (1938), uno bebe de un plato mientras la joven permanece abstraída.

Las pinturas de Balthus siguen provocando discusiones sobre mirada, adolescencia y sexualización, pero dentro de esta historia hay otro elemento intrigante: en algunas composiciones, el gato parece funcionar como una suerte de sustituto del artista. No acompaña simplemente la escena. También observa. De pronto, el animal puede ocupar el lugar desde el cual miramos nosotros.

Leonor Fini: pintar gatos era también pintarse a sí misma

Con Leonor Fini la relación alcanza quizá su grado más íntimo. Los gatos no fueron un motivo ocasional de su producción, sino habitantes permanentes de su casa, de sus fotografías y de su universo visual. Aparecieron en pinturas, dibujos y libros como Carnet des ChatsLa Grande Parade des ChatsChats d’atelier y Miroir des chats.

En Chat Femme, Leonor Fini lleva la identificación con el felino más allá de la compañía. El gato entra en el territorio de la metamorfosis y del autorretrato imaginario: representar al animal podía ser también representarse a sí misma. Imagen: Leonor Fini, Chat Femme, 1943, tinta china sobre papel. 

Fini llegó a describir dibujarlos como algo tan natural como respirar, leer o escribir. La frase importa porque cambia nuevamente la pregunta. Ya no se trata sólo de descubrir qué simboliza un gato dentro de determinada pintura; se trata de entender qué sucede cuando la identificación entre artista y animal forma parte de la construcción de una identidad.

Independencia, sensualidad, nocturnidad, teatralidad, ambigüedad: muchas de las cualidades culturalmente atribuidas al felino convivían con naturalidad dentro del mundo de máscaras, esfinges, metamorfosis y personajes andróginos de Fini. En su caso, pintar un gato podía ser también una forma de pintarse a sí misma.

El animal que terminó mirándonos

Después llegaron la fotografía, el cine, la publicidad y, finalmente, las pantallas. Podría parecer que el gato de internet pertenece a una historia completamente distinta, pero basta mirar hacia atrás para reconocer muchas de las mismas identidades: el gato cómico de los manuscritos medievales, el íntimo de Renoir, la silueta gráfica de Steinlen, el depredador de Picasso, el alter ego de Balthus y Fini.

Cambió la tecnología de reproducción. No necesariamente nuestra necesidad de proyectarnos sobre él. Quizá por eso los artistas nunca han dejado de pintar gatos. Pocos animales permiten reunir tantas contradicciones sin perder su identidad: familiar y extraño, afectuoso e independiente, elegante y absurdo, quieto y depredador, perfectamente doméstico y nunca del todo domesticado.

Durante siglos creímos estar explicándolo mediante imágenes. Pero toda representación contiene algo de quien mira. Cada época creyó estar representando al gato. A menudo, lo que terminó dejando en la imagen fue un retrato de sí misma.

Antes de que internet convirtiera al gato en protagonista de millones de pantallas, Harry Pointer ya fotografiaba a sus felinos interpretando pequeñas escenas humanas. La fascinación cambió de medio; el impulso de mirarlos —y de imaginar que nos devuelven la mirada— permaneció.
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