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Cinema Odyssey y las películas que nos miran

Toda obra cambia según los ojos que la contemplan: cada espectador completa la película con su propia vida.

“No vemos las cosas como son, sino como somos”. La frase suele atribuirse a Anaïs Nin, aunque su procedencia exacta permanece discutida. Tal vez no sea necesario resolver aquí quién la pronunció primero. Basta con reconocer la verdad que contiene: ninguna mirada es neutral. Todo aquello que observamos atraviesa antes nuestra memoria, nuestros deseos, las pérdidas acumuladas y la persona que somos en ese momento.

Quizá por eso nunca vemos dos veces la misma película. La obra permanece, pero nosotros cambiamos. Una escena que alguna vez pasó inadvertida puede conmovernos años después; un personaje que parecía incomprensible adquiere sentido cuando la vida nos acerca a su experiencia. Cada espectador completa la película desde un lugar irrepetible.

Esa idea constituye el corazón de Cinema Odyssey: un libro que reúne sesenta películas, seis autores y catorce ilustradores para construir no un canon cinematográfico, sino un mosaico de vidas contadas a través del cine.

Portada de Cinema Odyssey, por Editorial Gato Blanco

Un libro para leer entre películas

Compré Cinema Odyssey en abril, como autorregalo de cumpleaños y terminé de leerlo apenas hace poco. No porque fuera denso, pesado o aburrido. Todo lo contrario: es uno de esos libros que permiten entrar y salir de sus páginas sin romper el viaje.

Puede leerse entre otras lecturas, durante una pausa o cuando uno desea descansar del mundo y regresar a la memoria de una película ya conocida (o por descubrir). Cada texto funciona como una pequeña conversación: alguien se sienta a nuestro lado, menciona una escena conocida y, casi sin darnos cuenta, nos obliga a contemplarla desde otro ángulo.

Puede que hayamos visto muchas de las películas elegidas. Sin embargo, parte de la belleza del cine reside precisamente en ese diálogo. Otra persona descubre detalles que nosotros pasamos por alto, establece conexiones que nunca habíamos imaginado o encuentra refugio donde nosotros solo vimos entretenimiento.

La película parece la misma. La mirada que la ilumina es otra.

Sesenta películas, seis vidas

La premisa del libro es tan sencilla como difícil: elegir diez películas que hayan marcado tu vida.

No las diez mejores de la historia. Tampoco las más taquilleras, las más premiadas, las más reproducidas en plataformas ni aquellas que deberían aparecer en la lista correcta de un cinéfilo respetable. La pregunta no busca prestigio, sino intimidad: ¿qué diez películas marcaron tu vida?

La selección deja entonces de depender exclusivamente de la calidad técnica o la importancia histórica. Puede surgir de una tarde compartida con alguien que ya no está, de una etapa dolorosa, de una obsesión infantil o de la primera vez que una pantalla nos permitió reconocer algo que todavía no sabíamos nombrar.

En Cinema Odyssey, las sesenta películas no forman un catálogo definitivo. Componen seis autobiografías fragmentarias. Cada autor se desnuda un poco al revelar aquello que eligió mirar, conservar y compartir.

Gabriel Rodriguez Liceaga, Jennifer Romero, Karla Zárate, Ricardo López Si, José David Bernal.

Seis maneras de mirar

Karla Zárate escribe desde la experiencia y la vivencia. Su sensibilidad se percibe desde la presentación y acompaña cada una de sus elecciones. Su prosa es vívida, cercana, vibrante. Incluso al hablar de películas conocidas, consigue que las escenas regresen con colores más intensos, como si hubieran sido iluminadas con neón.

Leerla produce por momentos la sensación de escuchar a una amiga de la escuela contar lo ocurrido durante el fin de semana. No hay impostación ni distancia solemne: hay entusiasmo, memoria y la confianza de quien comparte algo porque todavía lo emociona.

Gabriel Rodríguez Liceaga observa el cine como un historiador del paso de la humanidad. A través de las películas reconstruye cómo hablábamos, qué comíamos, qué bebíamos, aquello que adorábamos y lo que aprendimos a temer. Su mirada convierte cada obra en una cápsula del tiempo y lanza una pregunta hermosa y perturbadora: ¿habrá alguna película que justifique lo que ahora somos?

Su escritura avanza mediante giros, desvíos y acotaciones que terminan conduciendo hacia lugares inesperados. Hay algo en ella que recuerda a esos episodios de Los Simpson que comienzan con una acción y terminan hablando de algo aparentemente distinto, aunque cada vuelta haya sido necesaria. Su prosa es contenida, intensa y deja bajo la superficie un amplio espacio para el ensimismamiento.

Alberto Leduc comienza su presentación con una cita de Gattaca. Desde ese momento, al menos en mi caso, hizo imposible espaciar la lectura. Tuve que recorrer sus diez películas de una sola vez. Habla de ellas como refugios y espejos: espacios donde podemos escondernos del mundo, pero también encontrarnos de frente con nosotros mismos.

Jennifer Romero escribe desde una premisa que podría aplicarse al libro entero: “Es mejor mostrarte que decirte”. Sus elecciones confirman una curiosidad generosa, libre de las jerarquías que suelen endurecer ciertas conversaciones sobre cine. En su lista pueden convivir descubrimientos, afectos y una película como White Chicks, cuya presencia agradecí particularmente. Porque una vida cinéfila también está hecha de carcajadas, coreografias y películas que quizá nunca aparecerían en un canon, pero sí en nuestra memoria emocional.

Ricardo López Si abraza la dimensión sentimental del cine: la nostalgia, la melancolía y las preguntas morales que una película puede dejar detrás. Su sensibilidad atraviesa los géneros sin prejuicios. Puede aparecer en un western, en una historia filmada en blanco y negro o en una película sobre “buenos muchachos” dedicados a hacer cosas de gánsteres.

La emoción no depende del género ni de la época, sino de la mirada capaz de reconocerla.

José David Bernal abre contando que estaba cerca de calificar dos mil películas, (cifra que probablemente ya alcanzó, pues el texto fue escrito en 2024). Sin embargo, su relación con el cine no se reduce a la acumulación. Elige sus películas como espejos, entre ellos el de Tarkovski: el poeta del cine.

Su estructura resulta particularmente eficaz: contexto, escena y legado. Tres aristas que permiten aproximarse a cada obra sin sofocarla. El contexto ubica; la escena concentra; el legado abre nuevas rutas. Este último apartado funciona casi como un pequeño atajo que permite incorporar otras películas y ampliar el recorrido (bonito «cheat»). En el contexto, (sin tabúes, permisos ni perdones) deja al descubierto el alma. 

El cine también se dibuja

Mención aparte merecen los catorce ilustradores que acompañan los textos: Misael Méndez (Sr. Aderezo), Ox Echegoyen, Ana Ben, Daniel “Hobbit” Aviña, Wero 77, Lex Revolter, Jaime Gutiérrez, Antora, Alberto Leduc (parte de los autores), Natalia Rumbo, David Mauricio Flores, Óscar Carmona, Tareack Rivera, Daniela Castro, Ann Antillón, Mario Bernal, Paola Serna, Maldito Perrito, Nic Ochoa y Alex Rosas (Jal Reed). Sus obras no funcionan como adornos ni como simples reproducciones de imágenes conocidas. Son nuevas interpretaciones.

Cada ilustración vuelve a mirar la película desde otro lenguaje. Toma su atmósfera, un símbolo o una emoción y los transforma en algo distinto. El resultado convierte al libro en un diálogo entre cine, memoria, ensayo e imagen.

Las ilustraciones comprueban, además, la misma premisa de los textos: ninguna obra termina en sí misma. Una película puede convertirse en recuerdo, reflexión, dibujo o relato personal. Puede atravesar sensibilidades diferentes sin dejar de ser reconocible y, al mismo tiempo, transformarse con cada una.

Cinema Odyssey es, en ese sentido, un homenaje gráfico al amor por el séptimo arte, pero también a la capacidad de las películas para producir nuevas obras y nuevas formas de conversación.

Las diez películas de hoy

El libro inevitablemente propone un juego al lector: construir su propia lista. Elegir diez películas parece sencillo hasta que lo intentas. ¿Cómo reducir una vida a diez títulos? Cada elección convoca una versión anterior de nosotros mismos. Aparecen la película de la infancia, la que vimos durante una despedida, aquella que nos enseñó algo sobre el deseo o la que regresó en un momento en que necesitábamos refugiarnos.

Comencé a hacer mi lista y pronto tuve que deshacerla. Cada recuerdo destapaba otro; cada película desplazaba una certeza. El ejercicio se convirtió en un bucle temporal, una pequeña terapia cinematográfica.

Al final conseguí elegir diez, pero fue necesario añadir una precisión: son mis diez películas de hoy. Mañana quizá serían otras.

Y ahí se encuentra algo esencial. Las películas que nos marcan no tienen que definirnos para siempre. Pueden representar una temporada, una herida, una obsesión o la persona que fuimos durante algunos años. Después llegan otras obras y nuevas versiones de nosotros encuentran en ellas un espejo diferente.
El cine es el límite.

Elegir diez películas no significa reducir una existencia, sino detenerla por un instante. Construir una fotografía emocional del presente y aceptar que el carrete continuará avanzando…

Janice BG | @velvet_horses

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