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Mary Oliver: prestar atención al mundo

Mary Oliver convirtió bosques, animales y caminatas en una disciplina de la mirada. Su poesía todavía enseña a detenerse frente a lo vivo.

El bosque antes del poema

Antes de Cape Cod, antes del Pulitzer, antes de que sus versos terminaran subrayados en libros, pronunciados en funerales o circulando entre desconocidos, hubo una niña que se iba al bosque.

Mary Oliver nació el 10 de septiembre de 1935 en Ohio. Creció en una casa que más tarde describiría como difícil y encontró afuera un territorio propio. Se internaba entre los árboles, leía, escribía poemas y construía pequeñas chozas con ramas y hierba. La imagen podría parecer construida retrospectivamente para explicar a la futura poeta de la naturaleza, pero está documentada en su biografía: el bosque fue uno de los primeros lugares donde pudo estar a salvo y a solas. 

Steepletop, la casa de Edna St. Vincent Millay en Austerlitz, Nueva York. Mary Oliver llegó allí siendo muy joven y colaboró durante años en la organización de los papeles de la poeta. Foto: Daniel Case

Allí comenzó también una educación que ocurría al margen de las aulas. Oliver pasó por Ohio State University y Vassar College sin obtener un título. Leía a Walt Whitman —años después recordaría haberlo llevado en la mochila durante aquellas escapadas— y se acercó muy joven a la obra de Edna St. Vincent Millay. Llegó a la casa de Millay, en el estado de Nueva York, conoció a su hermana Norma y colaboró durante años en la organización de los papeles de la poeta. Durante ese periodo conoció a la fotógrafa Molly Malone Cook. 

Oliver y Cook acabarían instalándose en Provincetown, en la punta de Cape Cod. Permanecieron juntas durante más de cuarenta años. A partir de entonces, el mapa de una vida y el mapa de una obra comenzaron a superponerse: playas, marismas, estanques, pinos, aves migratorias, caminos que podían recorrerse a primera hora de la mañana. No necesitaba encontrar un acontecimiento extraordinario al final del sendero; le bastaba con mirar lo que estaba allí.

Mary Oliver hacia 1965, fotografiada por Molly Malone Cook. Mary Oliver Papers, Manuscript Division, Library of Congress. 

Una vida hecha de caminatas

En Provincetown circulaba una pequeña historia sobre Mary Oliver. Si alguien la veía caminando y comenzaba a avanzar cada vez más despacio hasta detenerse para escribir, podía suponerse que la caminata había salido bien.

Ella misma confirmó que así trabajaba. Llevaba pequeños cuadernos, anotaba frases mientras andaba y luego regresaba a ellas para convertirlas en poemas. Le gustaba el movimiento; desconfiaba de permanecer demasiado tiempo encerrada. En una conversación tardía recordó que podía salir acompañada por Whitman en la mochila y que muchas veces escribía de pie, en medio del recorrido. 

Ese procedimiento deja una huella reconocible en sus poemas. Las cosas aparecen primero con su tamaño y comportamiento propios: el saltamontes mueve las mandíbulas; un cisne cruza el agua; un búho entra y sale de un campo; los gansos atraviesan el cielo; un perro envejece. Oliver observa antes de pedirle a la escena que cargue con una idea.

Dunas y costa de Provincetown, en Cape Cod. Mary Oliver vivió durante décadas en esta región de Massachusetts y convirtió sus caminatas por playas, bosques y marismas en parte de su método de escritura. Foto: Leonardo DaSilva 

Incluso cuando sus poemas llegan a preguntas enormes —Dios, la muerte, el amor, qué hacer con el tiempo disponible— suelen comenzar cerca del suelo.

Su quinto libro, American Primitive, publicado en 1983, ganó el Pulitzer de poesía al año siguiente. En 1992, New and Selected Poems recibió el National Book Award. Con el tiempo ocurrió algo relativamente infrecuente en la poesía estadounidense contemporánea: Oliver consiguió una cantidad enorme de lectores. Sus libros permanecían en las librerías, sus lecturas llenaban salas y personas que quizá no seguían revistas literarias conocían versos suyos de memoria. 

Esa popularidad también despertó sospechas. Parte de la crítica consideró su poesía demasiado accesible, demasiado dispuesta al consuelo; la naturaleza y la claridad podían confundirse con simplicidad. El desencuentro acompañó buena parte de su carrera. Mientras ciertos círculos literarios discutían cuánto peso concederle, los lectores seguían comprándola. Quizá convenga regresar al saltamontes.

“Attention is the beginning of devotion”

En The Summer Day, uno de sus poemas más conocidos, Oliver dedica varios versos a describir precisamente uno: observa sus ojos, sus movimientos, la forma en que come y después abre las alas. Solo entonces aparece la pregunta que hizo famoso al poema: qué piensa hacer el lector con su vida, esa vida “wild and precious”. 

La pregunta funciona porque antes hubo tiempo desperdiciado —en el mejor sentido posible— mirando un insecto.

Esa relación entre atención y significado atraviesa su obra. En Upstream, su libro de ensayos de 2016, Oliver escribió una frase que parece contener buena parte de su método: “Attention is the beginning of devotion.” La atención es el comienzo de la devoción. 

Detalle de un saltamontes vivo. En “The Summer Day”, Mary Oliver observa minuciosamente a uno antes de formular una de las preguntas más recordadas de su poesía: qué hacer con esta vida “wild and precious”. Foto: Ben Young

“Devoción” puede sonar religiosa, y en Oliver a veces lo es, aunque rara vez queda encerrada en una doctrina. Su espiritualidad ocurre en contacto con cosas concretas. Un estanque puede conducir a una pregunta metafísica porque primero es agua; un pájaro conserva plumas, movimiento y hambre antes de adquirir cualquier posible dimensión simbólica.

Primera edición de American Primitive, publicada en 1983. El libro consolidó la mirada de Mary Oliver sobre el mundo natural y recibió el Premio Pulitzer de poesía en 1984. Imagen: Arundel Books.

Ahí se encuentra también una respuesta a quienes vieron ingenuidad en su insistencia sobre la belleza. Los bosques de Oliver nunca estuvieron separados de la muerte. Los animales devoran a otros animales. El invierno llega. Los cuerpos envejecen. Las criaturas que observa están vivas precisamente porque pueden dejar de estarlo.

La alegría que aparece en sus poemas conoce esa condición; tal vez por eso tantos lectores han acudido a ellos durante pérdidas, enfermedades y despedidas. Sus versos pueden consolar, pero el consuelo suele exigir algo del lector: salir de sí mismo durante unos minutos y mirar. No ofrece una naturaleza decorativa colocada frente a la ventana. Pide presencia. Y mirar, para Oliver, requería práctica. Año tras año. Camino tras camino.

Lo que queda después de mirar

Molly Malone Cook murió en 2005. Oliver había compartido con ella más de cuatro décadas en Provincetown; Cook fue fotógrafa, agente literaria y la persona alrededor de la cual se organizó buena parte de aquella vida discreta junto al Atlántico. Después de su muerte, Oliver terminó dejando Cape Cod y se instaló en Florida. Siguió escribiendo.

Molly Malone Cook y Mary Oliver compartiendo palomitas hacia 1968. Cook fue durante más de cuatro décadas su compañera, fotógrafa y una de sus lectoras más cercanas. Mary Oliver Papers, Library of Congress.

Los perros adquirieron una presencia especialmente entrañable en sus últimos libros. Percy, uno de ellos, entró en poemas con nombre propio. Quizá ahí se vea con particular claridad algo que Oliver había practicado desde niña: conceder a otra criatura suficiente atención para que deje de ser paisaje.

Mary Oliver murió el 17 de enero de 2019, a los 83 años. Para entonces, aquella mujer que había pasado tantas mañanas andando sola por Provincetown era una de las poetas más leídas de Estados Unidos. Su fama produjo un curioso destino para alguien tan interesada en el silencio: millones de personas comenzaron a llevar sus palabras consigo. 

Quedan las frases célebres, desde luego. Se imprimen en tarjetas, aparecen en discursos, viajan por redes sociales separadas de los poemas donde alguna vez estuvieron. Pero regresar a Oliver permite descubrir lo que había antes de cada una de ellas: una mujer detenida en un camino porque algo se movió entre la hierba… quizá un pájaro, quizá un insecto; el cuaderno todavía no dice nada, primero hay que mirar…

Mary Oliver junto a Percy, uno de los perros que terminaron entrando en sus poemas. La atención que dedicó durante décadas a pájaros, estanques y bosques también alcanzó a los animales con los que compartía la casa. Foto: Rachel Giese Brown.
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