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Grandma Moses: empezar a pintar cuando todos creen que es tarde

Anna Mary Robertson Moses empezó a pintar en sus 70 y convirtió décadas de vida rural en imágenes emblemáticas del arte popular estadounidense.

En Grandma Moses Goes to the Big City, de 1946, una granja ocupa casi todo el cuadro. Hay caballos, árboles, una casa blanca, personas diminutas entregadas a sus tareas y, al fondo, montañas que parecen cerrar el mundo. Cerca del centro aparece un automóvil. Dentro viaja una anciana de ochenta y tantos años rumbo a Nueva York para ver sus pinturas expuestas. La anciana se pintó a sí misma.

Anna Mary Robertson Moses llevaba apenas unos años siendo aquello que el público reconocería como artista profesional. Hasta entonces había trabajado en casas ajenas, cultivado tierras con su marido, criado hijos, hecho mantequilla, conservas y bordados. Había nacido el 7 de septiembre de 1860, cuando Abraham Lincoln todavía no era presidente, y moriría en 1961, durante la administración de John F. Kennedy. En medio de ese siglo ocurrió algo que tendemos a contar al revés: una mujer comenzó a pintar seriamente cuando buena parte de su vida ya había sucedido. La tentación es convertirla en una moraleja sobre la edad. Sus pinturas cuentan una historia bastante más interesante.

Los años antes de la pintura

Anna Mary Robertson creció entre nueve hermanos en una granja del estado de Nueva York. Su padre le permitía dibujar sobre papel de periódico viejo; cuando quería color, la niña utilizaba jugos de frutas y materiales disponibles en casa. A los doce años comenzó a trabajar como empleada doméstica para otras familias de la zona. Cocinaba, limpiaba y cosía. La escuela aparecía de manera intermitente entre esas obligaciones. 

A los veintisiete años se casó con Thomas Salmon Moses y se trasladó con él al valle de Shenandoah, en Virginia. Trabajaron como granjeros durante dieciocho años y desarrollaron un negocio de productos lácteos; tuvieron diez hijos, cinco de los cuales sobrevivieron a la infancia. En 1905 la familia regresó al norte y terminó instalándose en Eagle Bridge, Nueva York. 

Visto desde el futuro, resulta fácil colocar aquellos años bajo el título de “antes de ser artista”. En sus cuadros, sin embargo, aquella vida ocupa el primer plano. Moses pintó la producción de jarabe de maple, excursiones para cortar árboles de Navidad, cosechas, trineos, ganado, bodas, casas dispersas entre colinas. Sus personas rara vez dominan la composición: trabajan dentro de ella. Una figura carga algo; otra camina hacia un establo; unos niños juegan mientras, unos metros más allá, alguien continúa con una tarea doméstica. Smithsonian ha señalado cómo sus pinturas mezclan observación, recuerdos y relatos familiares, hasta hacer difícil separar un lugar visto de uno recordado. 

Antes de utilizar pinceles con regularidad, Moses bordaba. La artritis terminó volviendo doloroso el trabajo con hilo y aguja; la pintura requería movimientos distintos y le permitió continuar haciendo imágenes. Tenía alrededor de setenta y siete años cuando empezó a dedicarse a ello con constancia. Explicaría después que buscaba algo que la mantuviera ocupada y lejos de problemas. Comenzó sobre una mesa de granja.

Cuadros junto a los pepinillos

Las primeras pinturas circularon de una manera acorde con la vida que representaban. Moses las llevaba a ferias rurales y las colocaba cerca de sus conservas, que también competían por premios. Algunas terminaron expuestas en el escaparate de una farmacia en Hoosick Falls. En 1938, Louis J. Caldor pasó por allí.

Caldor era ingeniero y coleccionista aficionado. Vio las pinturas, entró y compró todas las que encontró. Después recorrió galerías de Nueva York tratando de convencer a alguien de que prestara atención a aquella mujer del norte del estado. La edad de Moses operaba en su contra de una forma casi cómica: algunos marchantes dudaban de que una artista cercana a los ochenta pudiera vivir el tiempo suficiente para justificar una inversión comercial. 

Mientras Caldor insistía, cuatro de sus obras llegaron en 1939 a una exposición del Museum of Modern Art titulada Contemporary Unknown American Painters. El nombre de Anna Maria Robertson Moses aparece todavía en los registros del MoMA entre aquellos artistas “desconocidos”. 

Al año siguiente Caldor encontró a Otto Kallir, un galerista austríaco que había huido de Europa ante el ascenso nazi y acababa de abrir la Galerie St. Etienne en Manhattan. Kallir miró las pinturas y aceptó exponerlas.

La muestra inauguró en octubre de 1940 con un título que hoy resulta revelador: What a Farmwife Painted —Lo que pintó una esposa de granjero. Moses tenía ochenta años. A partir de ahí nació “Grandma Moses”.

El apodo familiar salió de Eagle Bridge y llegó a los periódicos; pronto empezó a funcionar también como personaje público. Una anciana de vestidos sencillos que hablaba de las cosechas y pintaba un país rural parecía hecha a la medida de una prensa encantada con su historia. Sus imágenes llegaron a tarjetas de felicitación y reproducciones domésticas. En 1953, Time la colocó en portada. Para entonces era una celebridad nacional.  La mujer que los galeristas habían considerado demasiado vieja para construir una carrera todavía tenía dos décadas de trabajo por delante.

Una América recordada

Mirar una pintura de Grandma Moses desde lejos puede producir una impresión engañosamente apacible.

En Out for Christmas Trees, de 1946, la nieve cubre el terreno mientras pequeñas figuras se desplazan entre casas y árboles. Bringing in the Maple Sugar recupera una actividad que Moses recordaba desde la infancia. Cambridge Valleyextiende caminos y parcelas sobre colinas que parecen cosidas unas con otras; el Smithsonian ha comparado esa organización del paisaje con un quilt. 

Moses reducía o alteraba elementos según lo que necesitaba la composición. Reunía recuerdos de épocas distintas dentro de una misma escena y podía eliminar señales contemporáneas para recuperar el paisaje tal como prefería recordarlo. Sus pueblos están llenos de actividad, aunque rara vez del tipo de conflicto que dominaba el siglo durante el cual fueron pintados. Esa elección ayudó a convertirla en símbolo.

Estados Unidos salía de la Gran Depresión, atravesaba una guerra mundial y entraba luego en una modernización acelerada. Las pinturas de Moses ofrecían granjas cubiertas de nieve, celebraciones comunitarias y trabajos estacionales mientras el país se urbanizaba, construía autopistas y consumía imágenes de la era atómica. Después de la Segunda Guerra Mundial llegó a presentársela como una expresión de valores estadounidenses y sus escenas alcanzaron una popularidad que pocos pintores de su generación podían imaginar. La recepción crítica fue bastante menos amable.

El éxito popular, su falta de educación artística y el personaje de “abuela pintora” hicieron que parte del mundo del arte la tratara como curiosidad. La reciente retrospectiva que el Smithsonian American Art Museum dedicó a su obra partió precisamente de esa tensión: una artista enormemente querida por el público y, a la vez, menospreciada por sectores de la crítica. 

Su edad, que inicialmente había parecido un obstáculo comercial, se convirtió después en una especie de marco alrededor de cada cuadro. Era difícil hablar de la pintura sin volver a contar la historia de la anciana que había empezado tarde. Eso todavía ocurre.

Lo que puede contener una vida

Grandma Moses siguió trabajando hasta el final. Pintó más de 1,500 obras y murió el 13 de diciembre de 1961, a los 101 años. Su último cuadro terminado fue The Rainbow, pintado ese mismo año. Cien años de vida producen una perspectiva extraña sobre la palabra “tarde”.

Cuando Moses comenzó su carrera, podía recordar un mundo anterior a la electricidad doméstica, al automóvil y al avión; había visto transformarse las granjas donde había trabajado de niña y desaparecer costumbres que después volvería a colocar, cuidadosamente, dentro de sus cuadros. Su larga experiencia no quedó esperando detrás del arte. Entró en él.

Quizá por eso sus pinturas contienen tantas figuras ocupadas. Casi nadie posa. Los hombres cortan madera, los caballos tiran de carros, las mujeres cruzan patios, alguien prepara una celebración que otros disfrutarán después. Incluso cuando nieva, hay trabajo que hacer.

En una de sus reflexiones sobre su propia existencia, Moses la comparó con “a good day’s work”, una buena jornada de trabajo. Esa frase terminó dando nombre a la gran exposición que el Smithsonian le dedicó entre 2025 y 2026. 

En Grandma Moses Goes to the Big City, el automóvil espera frente a la casa. Alrededor, la granja continúa funcionando como si aquella partida hacia Nueva York fuera apenas otra tarea del día. La mujer que sube al coche tiene ochenta y seis años. Todavía le quedan quince para pintar.

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