Hay libros que uno recuerda por su historia y otros que recuerda también por el objeto: el tamaño entre las manos, una portada, cierta tipografía, el dibujo que ocupaba apenas una esquina. Con Ediciones Era ocurre algo parecido. Durante décadas, sus libros aparecieron en librerías, bibliotecas universitarias, mesas de noche y estantes familiares con una naturalidad que podía hacernos creer que siempre estarían ahí. José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Revueltas, Juan Rulfo, Carlos Fuentes: nombres distintos, incluso mundos distintos, reunidos bajo las mismas tres letras.
Esta semana esas letras adquirieron otro peso. Después de 66 años, la editorial mexicana anunció una reducción drástica de sus operaciones. Un primer comunicado dirigido a librerías y clientes habló de suspender actividades y comenzar a cerrar cuentas con sus puntos de venta; el 18 de agosto, Era precisó públicamente que “reduce al mínimo sus operaciones” y que su catálogo seguirá existiendo. Durante los próximos meses habrá ventas de fondo, presencia en ferias y ejemplares de archivo que volverán a circular. Los libros, insiste la casa, se quedan.
La precisión importa. Pero no alcanza para disipar la sensación de pérdida. Porque una editorial puede conservar sus libros y, al mismo tiempo, dejar de hacer buena parte de aquello que la convirtió en editorial: buscar una voz nueva, leer un manuscrito, discutir una frase, arriesgar dinero en un autor desconocido, decidir qué merece permanecer disponible cuando el mercado ya está mirando hacia otra parte. Eso es lo que está en juego.
El día en que una editorial se queda en silencio
Era cumplió 66 años apenas el 5 de agosto. Trece días después publicó una carta dirigida a sus lectores. Hay algo particularmente triste en esa proximidad: primero el aniversario, después la necesidad de explicar por qué ya no era posible continuar de la misma manera.
La razón inmediata está en los números. La editorial ha explicado que la pandemia alteró de manera profunda la red de librerías de la que dependía y que sus ventas terminaron siendo apenas una cuarta parte de las que tenía antes de la emergencia sanitaria. Durante seis años buscó sostenerse, acumuló deudas y llegó a vender su antigua casa de la colonia Roma para enfrentar algunos de esos compromisos.
Dicho así parece el balance de cualquier empresa que deja de funcionar. Ingresos, deudas, distribución, puntos de venta. El problema es que los libros siempre han tenido una economía incómoda: cuestan dinero, necesitan venderse y pagan salarios, imprentas, bodegas, derechos y transporte; pero su valor casi nunca termina de caber en una hoja de cálculo.
Un ejemplar de Las batallas en el desierto vendido en una librería es una unidad comercial. El mismo libro leído a los dieciséis años, prestado a un amigo, subrayado, releído veinte años después y puesto luego en manos de un hijo pertenece a otra contabilidad. Las editoriales viven entre ambas.
Una casa donde cabía una parte de México
Ediciones Era nació en 1960 alrededor de un pequeño grupo relacionado con la Imprenta Madero y con figuras como Neus Espresate, Jordi y Quico Espresate, José Azorín y Vicente Rojo. Incluso su nombre surgió de los apellidos Espresate, Rojo y Azorín. Desde el principio hubo allí algo que acabaría definiendo a la casa: literatura, pensamiento político y diseño entendidos como partes de una misma conversación.
Vista desde hoy, la lista de autores puede parecer inevitable. No lo era. Era publicó a José Emilio Pacheco cuando todavía era un escritor joven. Publicó a José Revueltas y a Carlos Monsiváis, a Elena Poniatowska y a Inés Arredondo. En sus primeros años aparecieron bajo su sello Aura, de Carlos Fuentes; El apando, de Revueltas, y la primera edición mexicana de El coronel no tiene quien le escriba, de un Gabriel García Márquez que aún no era el escritor mundial que conoceríamos después. Con los años, el catálogo reunió narrativa y poesía, pero también crónica, arte, historia, ciencias sociales y libros para niños.

No hace falta haber comprado esos libros nuevos para haber crecido cerca de ellos. Estaban en bibliotecas escolares y universitarias. Se heredaban. Se encontraban usados. Aparecían en bibliografías y talleres de literatura. Algunos terminaron formando parte de esa biblioteca mexicana casi invisible que se arma de casa en casa.
También había en ellos una cierta manera de presentarse. Vicente Rojo entendía que editar era asimismo dar una forma visual al pensamiento. Las portadas de Era nunca fueron un simple envoltorio. Había austeridad, color, geometría, espacio. Uno podía reconocer muchas veces un libro de la editorial antes de leer el nombre del sello.
Un catálogo, después de suficientes años, empieza a parecerse a una autobiografía colectiva. Y el de Era cuenta una parte considerable de lo que México leyó para discutir consigo mismo durante la segunda mitad del siglo XX: el 68 y sus consecuencias, la izquierda y sus fracturas, la ciudad que cambiaba demasiado rápido, el poder, la memoria, la desigualdad, los terremotos, las vidas privadas que terminaban hablando de la vida pública. No todos esos libros estaban de acuerdo entre sí, por fortuna. Una cultura no se construye reuniendo voces que dicen lo mismo.
Cómo un catálogo termina convirtiéndose en memoria
Quizá la palabra más importante de esta historia sea catálogo. En internet estamos acostumbrados a pensar en un catálogo como una suma de cosas disponibles. En una editorial independiente significa algo bastante más extraño: décadas de decisiones tomadas por personas concretas. Este sí. Este todavía no. Este autor merece otra oportunidad. Este libro debe seguir disponible aunque venda despacio. Aquel texto necesita seis meses más de trabajo. Este otro vale el riesgo.
En 2025, cuando celebraba 65 años, Era calculaba que había publicado cerca de 1,200 títulos a lo largo de su historia y mantenía alrededor de 400 vivos y en circulación. La expresión mantener vivo un libro merece atención.
La industria contemporánea tiene una enorme capacidad para producir novedades y una capacidad mucho menor para concederles tiempo. Los libros llegan a una mesa, pasan unas semanas allí y ceden su sitio a los siguientes. Lo extraordinario de un fondo editorial es exactamente lo contrario: aceptar que un libro no tiene por qué justificar su existencia durante la temporada en que apareció.
David Toscana, uno de los autores de Era, señaló estos días algo revelador sobre la casa: seguía impulsando títulos publicados quince años atrás; no acostumbraba “matar” sus libros cuando dejaban de ser novedad.
Ese trabajo rara vez produce titulares. Pero gracias a él un lector puede descubrir a un escritor cuando el escritor lleva muerto treinta años. Gracias a él una novela pequeña encuentra su generación mucho después de publicada. Gracias a él la literatura conserva algo que nuestro tiempo parece dispuesto a conceder cada vez menos: duración.
Los libros pueden importar y aun así no ser suficientes
Sería reconfortante pensar que una editorial que publicó tantos libros importantes debía estar protegida por su propia importancia. No funciona así. En 2024 se vendieron en México 79.2 millones de ejemplares, 2.6 por ciento menos que el año anterior, y se produjeron poco más de 20 mil títulos, una caída de 15 por ciento respecto de 2023. La facturación creció nominalmente, pero prácticamente se estancó una vez descontada la inflación.
Detrás de esos números hay librerías que desaparecieron, otras que compran de manera distinta, lectores que modificaron sus hábitos y grandes grupos editoriales capaces de soportar condiciones que para un sello independiente pueden resultar asfixiantes. Hay también una contradicción difícil de resolver: queremos que existan editoriales que publiquen poesía, ensayo, autores nuevos y libros que quizá necesiten años para encontrar lectores, pero el mercado les exige sobrevivir con la velocidad de cualquier otro producto.

Era formuló su propia respuesta en la despedida: había intentado conservar una manera de editar basada en el rigor, la belleza y la libertad. Cuando el equilibrio económico necesario para hacerlo dejó de existir, prefirió reducir sus operaciones antes que modificar aquello que entendía como su identidad.
Uno puede discutir modelos de negocio, políticas de lectura, responsabilidad del Estado, concentración editorial o nuevas formas de distribución. Habrá que hacerlo. La reacción de escritores y editores mexicanos durante estos días muestra que la noticia ya abrió esa conversación.
Pero conviene no apresurarse a convertir el cierre de Era en una moraleja. Las culturas no pierden sus instituciones por una sola causa y tampoco las recuperan con nostalgia.
¿Qué perdemos cuando cierra una editorial?
Los libros publicados no desaparecen. Las batallas en el desierto seguirá empezando en aquel México que ya no existe y que, de alguna manera, todavía existe. La noche de Tlatelolco continuará reuniendo voces que durante décadas se quiso callar. Revueltas seguirá incomodando. Monsiváis seguirá mirando a México con esa mezcla irrepetible de inteligencia, ironía y afecto. Muchos ejemplares llevarán todavía el pequeño nombre de Era impreso en el lomo.

Lo que puede desaparecer es algo menos visible: la próxima decisión, el manuscrito que todavía no existe, la autora que habría llegado dentro de cinco años, el editor que habría defendido un libro improbable en una reunión, la portada que Vicente Rojo ya no podría diseñar pero que alguien habría hecho bajo una tradición aprendida de él, la conversación entre un catálogo antiguo y una generación que todavía no ha escrito sus libros.
Una editorial sirve, en parte, para conectar a los muertos con quienes aún no han llegado. Por eso resulta insuficiente medir la pérdida contando títulos. Una casa editorial construye afinidades, establece discusiones, contradice modas, se equivoca, insiste. Decide durante años qué vale la pena poner frente a los ojos de alguien. Cuando lo hace bien durante sesenta y seis años, sus decisiones empiezan a confundirse con nuestra propia historia de lectores.
Era ha dicho que sus libros seguirán en bibliotecas, en manos de quienes los leyeron y de quienes los descubrirán mañana. Y seguramente será así.
Tal vez dentro de muchos años alguien saque de un estante un viejo ejemplar de Era, con la portada gastada. Quizá halle un nombre escrito en la primera página, una fecha, una frase subrayada por alguien a quien nunca conoció… lo abrirá sin saber demasiado sobre la editorial que lo hizo posible; y comenzará a leer. Eso también será Era. Pero entre ese libro que permanece y el libro que ya no llegará a publicarse, hay un espacio que duele. Quizás es ahí donde podamos empezar a responder qué pierde un país cuando una editorial se va.































































