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Mirar el mundo a través de sus ojos

El Día Mundial de los Animales propone cambiar el punto de vista: pensar ciudades, hogares y paisajes desde los animales que también los habitan.

Un gato se queda inmóvil frente a la ventana. Del otro lado hay ramas agitadas por el viento, un pájaro que cruza de un árbol a otro, insectos, olores que entran por alguna rendija. Para quien vive en la casa, el vidrio es una superficie transparente que deja pasar la luz y mantiene el interior a salvo; para el gato, marca una frontera. Un poco más lejos, ese mismo cristal puede devolver al pájaro el reflejo de un cielo abierto donde en realidad hay una pared. En una banqueta calentada durante horas por el sol, un perro levanta las patas con incomodidad mientras su dueño sigue caminando. La calle, la ventana y el calor están ahí para todos, pero cada cuerpo los recibe de una manera distinta.

El Día Mundial de los Animales, que se conmemora cada 4 de octubre, eligió en 2026 una frase que parte precisamente de esa diferencia: “See the World Through Their Eyes”, “Mira el mundo a través de sus ojos”. El lema fue propuesto por Zoe Bizicki, de Reino Unido, y seleccionado entre cientos de ideas recibidas por la organización. Su planteamiento cuestiona la facilidad con la que proyectamos el futuro desde una mirada exclusivamente humana, aun cuando muchas decisiones sobre territorio, clima, producción o vida urbana modifican también las condiciones en las que viven otras especies.

La invitación parece sencilla hasta que se intenta poner en práctica. Mirar desde los ojos de otro animal exige abandonar, aunque sea por un momento, nuestra medida habitual del espacio.

Un día que comenzó en Berlín

La historia de esta conmemoración empezó en 1925, cuando el periodista, editor y activista Heinrich Zimmermannorganizó en el Palacio de Deportes de Berlín una jornada dedicada a la protección animal. Zimmermann había querido celebrarla el 4 de octubre, fecha vinculada a san Francisco de Asís, pero dificultades logísticas lo obligaron a trasladarla al 24 de marzo. Más de 5,000 personas asistieron a aquel primer encuentro, una cifra considerable para una causa que todavía carecía de la estructura internacional que adquiriría durante las décadas siguientes.

Interior del Berliner Sportpalast, sede de la primera celebración del Día Mundial de los Animales en 1925. La imagen muestra el recinto antes de 1920. 

En 1929, Zimmermann consiguió realizar la celebración el 4 de octubre. Dos años después, durante un congreso internacional de organizaciones de protección animal celebrado en Florencia, su propuesta para establecer esa fecha fue aprobada. La asociación con san Francisco de Asís ayudó a fijar el día en el calendario, aunque la conmemoración terminó extendiéndose mucho más allá de su origen religioso. Hoy participan refugios, escuelas, veterinarios, colectivos ciudadanos y organizaciones que trabajan con fauna silvestre o animales de granja en decenas de países.

Un siglo después de aquella reunión en Berlín, la conversación es considerablemente más difícil de acotar. El bienestar animal ya no puede pensarse únicamente en términos del trato que una persona da al animal que tiene frente a sí. Una carretera puede fragmentar un corredor utilizado por fauna silvestre; una cadena de producción puede afectar animales que el consumidor nunca verá; la transformación de un bosque cambia las posibilidades de alimentación y reproducción de especies situadas a miles de kilómetros de quienes toman la decisión económica que contribuyó a esa pérdida.

La distancia suele volver esas relaciones menos visibles. El lema de 2026 intenta reducirla mediante un cambio de perspectiva.

Lo que una ciudad significa desde abajo

Las ciudades están diseñadas para cuerpos humanos. La altura de una banqueta, el tiempo de un semáforo, la intensidad de una lámpara, el ruido tolerable de una avenida o la superficie de un edificio responden principalmente a nuestras necesidades y a nuestra escala. Los animales que viven dentro de esas mismas ciudades aprenden a moverse entre reglas que nunca fueron pensadas para ellos.

Para un ave, una fachada espejada puede continuar visualmente el paisaje que tiene delante. Para un insecto nocturno, una fuente de luz artificial puede alterar el trayecto que habría seguido en la oscuridad. Un terreno baldío que desde la ventana de un automóvil parece vacío puede contener escondites, alimento o lugares de paso. Los parques tampoco son espacios verdes equivalentes para todas las especies: la vegetación que elegimos, la frecuencia con que podamos, la presencia de agua o el uso de pesticidas determinan qué animales encuentran allí posibilidades de permanecer.

Puntos instalados sobre superficies de cristal en la sede de WWF Polonia buscan hacerlas visibles para las aves y reducir el riesgo de colisiones. Foto: Panek

Ese cambio de escala aparece también dentro de las casas. Quien vive con un gato aprende a reconocer una ventana abierta como posibilidad de caída, un hilo como algo que puede ser tragado, una planta decorativa como riesgo potencial. Con un perro, el pavimento en verano deja de ser una superficie neutra cuando se piensa en unas almohadillas que estarán en contacto directo con él. Cuidar a otro animal introduce pequeños ejercicios de traducción: observar una habitación y preguntarse qué hará con ella alguien que no la recorre como nosotros.

La campaña de World Animal Day lleva esa lógica fuera del ámbito doméstico. Su tema de 2026 surgió de una reflexión sobre el cambio climático y las consecuencias de la actividad humana, y la propia organización insiste en considerar cómo esas decisiones son experimentadas por los animales afectados.

Hay algo útil en la elección de la palabra “ojos”, aunque muchas especies construyan su entorno mediante sentidos que para nosotros tienen otro peso. El mundo animal está lleno de formas de orientación y percepción que recuerdan hasta qué punto nuestra experiencia sensorial es limitada. Para algunas especies, el olfato organiza buena parte de la información del entorno; otras dependen intensamente del sonido, de las vibraciones o de señales que los seres humanos apenas podemos percibir. Una conversación organizada este año a partir del lema del Día Mundial de los Animales, por ejemplo, propone examinar visión, olor, espacio y movimiento antes de discutir las condiciones de bienestar en distintos sistemas ganaderos africanos.

Mirar desde sus ojos puede ser, entonces, una forma imperfecta de nombrar algo más amplio: aceptar que un mismo lugar contiene experiencias radicalmente distintas.

Los animales que quedan fuera de nuestro campo de visión

Una de las particularidades del Día Mundial de los Animales es que agrupa especies que rara vez aparecen juntas en nuestra vida cotidiana. Un perro de compañía, una vaca criada para producción, un orangután cuya selva pierde superficie y una tortuga marina suelen pertenecer a conversaciones separadas; cada una tiene vocabularios, instituciones y formas de protección distintas.

Un orangután silvestre entre la vegetación del Parque Nacional Kutai, en Borneo, Indonesia. Foto: NeilsPhotography

También despiertan grados diferentes de cercanía: conocemos el nombre del gato que duerme en nuestra cama, podemos reconocer inmediatamente el sufrimiento de un perro abandonado en la calle. Resulta mucho más difícil establecer la misma relación con un animal criado dentro de una cadena industrial o con una especie cuya disminución ocurre en un ecosistema que nunca hemos visitado. La distancia física se mezcla con otra forma de distancia: aquella que producen los procesos económicos cuando fragmentan una consecuencia en tantas etapas que termina siendo difícil ver quién recibió finalmente su efecto.

Un incendio, una sequía prolongada, el comercio de fauna o la pérdida de hábitat forman parte de los problemas que aparecen de manera recurrente en las campañas asociadas con World Animal Day. También se habla de animales domésticos abandonados y de prácticas vinculadas con sistemas de producción. La amplitud puede parecer incómoda porque obliga a colocar bajo una misma fecha relaciones muy distintas entre humanos y animales. Ahí está parte de su utilidad.

Es más fácil reaccionar ante una escena concreta que ante una cadena de decisiones. El perro atado bajo el sol produce una respuesta inmediata porque el daño ocurre ante nuestros ojos. La desaparición gradual de un hábitat puede extenderse durante años, repartida entre permisos, carreteras, cultivos, incendios o cambios de temperatura. Cuando finalmente advertimos la ausencia de una especie, buena parte de aquello que la provocó ocurrió lejos de ella.

“Mirar el mundo a través de sus ojos” no resuelve esos conflictos ni convierte en sencilla una discusión que involucra alimentación, trabajo, territorio y economía. Introduce una pregunta que normalmente aparece demasiado tarde: qué cambia para los animales cuando nosotros modificamos un lugar.

Un jardín, una playa, una ventana

Las consecuencias se vuelven más fáciles de percibir cuando la escala regresa a espacios conocidos. Un jardín puede parecernos impecable después de retirar hojas secas, podar hasta dejar pocos refugios y eliminar cada insecto visible; para otros habitantes, el resultado puede ser un lugar con menos alimento. Una playa cambia varias veces a lo largo del día: durante unas horas contiene sombrillas, hieleras, música y personas caminando sobre la arena; por la noche puede convertirse en una ruta utilizada por animales que llegan allí siguiendo ciclos mucho más antiguos que el turismo.

La ciudad ofrece escenas parecidas. Hay árboles que funcionan como descanso en una migración, charcos que se convierten temporalmente en fuentes de agua, tejados donde algunas especies encuentran temperatura o protección. Nada de esto obliga a imaginar una convivencia ideal entre humanos y fauna. Hay conflictos, riesgos sanitarios y situaciones que requieren manejo especializado. La perspectiva animal resulta útil precisamente porque añade información a decisiones que, de otra manera, considerarían únicamente nuestra comodidad.

Una tortuga golfina descansa durante la anidación en Playa Escobilla, Oaxaca, uno de los grandes sitios de reproducción de la especie en México. Foto: Claudio Giovenzana

World Animal Day alcanza cada año a millones de personas mediante campañas y actividades en numerosos países; en 2025, su centenario superó los 59 millones de personas en redes sociales, según la propia organización. Para 2026, el sitio oficial reúne nuevamente iniciativas organizadas alrededor del 4 de octubre y otras que continúan durante las semanas siguientes.

Eso permite leer la fecha como algo distinto a una felicitación anual acompañada por fotografías de perros y gatos. El 4 de octubre funciona mejor cuando deja una manera de observar que puede seguir utilizándose el día siguiente.

Volvamos entonces a la ventana. Para una persona, el cristal delimita la casa y deja entrar el sol. El gato permanece junto a él siguiendo con la cabeza el vuelo de un pájaro. Afuera, durante unos segundos, el ave puede encontrar en esa misma superficie el reflejo de las ramas que acaba de abandonar.

El objeto no cambió. Cambió el animal que lo estaba mirando.

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