El 2 de abril de 1936, Antonin Artaud escribió que abandonaría la Ciudad de México para internarse en el país. Había llegado unas semanas antes con una idea de México construida desde lejos, alimentada por lecturas, imágenes y una insatisfacción creciente con Europa. Su destino terminaría siendo la Sierra Tarahumara, donde buscó una experiencia que escapara a las categorías con las que había aprendido a mirar el mundo. Ochenta y nueve años después, aquella partida sirve como punto de entrada a En busca de lo imposible, una exposición que reúne 150 obras de 78 artistas en el Museo de Arte e Historia de Guanajuato, en León. La muestra, curada por Michel Blancsubé y Julien Cuisset, fue inaugurada el 1 de octubre y forma parte de las actividades por los doscientos años de relaciones entre México y Francia y de la programación del Festival Internacional Cervantino.
El título recupera las palabras de Artaud, pero la exposición no intenta convertir su viaje en una genealogía ordenada. La relación artística entre ambos países difícilmente admitiría una línea recta. A lo largo de dos siglos aparecen artistas que cruzaron el Atlántico por razones distintas, obras realizadas durante estancias breves, amistades que dejaron rastros duraderos y momentos en los que mirar al otro país significó también proyectar sobre él deseos propios. México fue para algunos europeos un territorio de imaginación antes que un lugar conocido; París, para generaciones de artistas mexicanos, funcionó como centro de formación y circulación, aunque también como espacio desde el cual negociar la manera en que Europa esperaba que México se representara.
Artaud y el país que había imaginado
Cuando Artaud llegó a México en febrero de 1936 tenía cuarenta años y atravesaba una etapa de ruptura con buena parte del ambiente cultural europeo. Había participado en el surrealismo y se había separado de André Breton años antes; también comenzaba a formular las ideas que acabarían reunidas en El teatro y su doble. México aparecía en sus escritos como la posibilidad de encontrar formas rituales y culturales que Occidente, según él, había perdido. Aquella expectativa dice tanto sobre Artaud como sobre el país que vino a buscar.
Durante su estancia ofreció conferencias en la Universidad Nacional y escribió para la prensa mexicana. Después emprendió el viaje hacia el norte que acabaría ocupando un lugar peculiar dentro de su biografía. Su encuentro con comunidades rarámuri y sus posteriores textos sobre el peyote fueron leídos durante décadas como registros de una experiencia extrema; hoy también permiten examinar las fantasías europeas que acompañaban ciertas aproximaciones a las culturas indígenas. Artaud observó México desde una necesidad personal, intelectual y casi física, y esa mirada estuvo atravesada por las limitaciones de su propio tiempo.

Los curadores de En busca de lo imposible toman ese desplazamiento como una primera coordenada, no como una explicación para todo lo que vino después. La muestra concentra buena parte de su atención en los últimos veinticinco años y reúne trabajos de artistas franceses o francófonos realizados en relación con México, junto con obras de mexicanos producidas durante estancias o vínculos con Francia. Entre los nombres aparecen Sophie Calle, Daniel Buren, Pierre Huyghe, Kader Attia, Francis Alÿs, Carlos Amorales y Abraham Cruzvillegas; también figuran autores de generaciones anteriores como Man Ray y Henri Cartier-Bresson.
Una historia hecha de viajes
Durante el siglo XIX, París ejerció una atracción difícil de separar de su papel como capital cultural europea. Artistas mexicanos viajaron allí para estudiar academias, visitar salones y entrar en contacto con movimientos que llegaban a México mediante reproducciones o relatos. Después de la Revolución mexicana el recorrido comenzó a adquirir otras formas; el interés europeo por el muralismo, las culturas prehispánicas y las vanguardias mexicanas produjo encuentros que podían ser productivos y también simplificadores.
La circulación nunca ocurrió en igualdad de condiciones. Francia ocupaba una posición central dentro de los circuitos artísticos internacionales; México era contemplado con frecuencia mediante categorías construidas desde Europa. Esa asimetría forma parte del intercambio. Los artistas podían aprovechar el interés extranjero al mismo tiempo que discutían la imagen que se esperaba de ellos.

En sentido contrario, quienes llegaban desde Francia encontraban un país que rara vez coincidía con la versión que habían llevado consigo. El viaje de Artaud es quizá uno de los ejemplos más visibles de ese desajuste. André Breton llegaría dos años después y declararía a México un lugar “surrealista por excelencia”, una frase que terminó repitiéndose hasta convertirse casi en eslogan. Detrás de ese entusiasmo quedaba una pregunta incómoda: cuánto de aquello que los visitantes creían descubrir pertenecía realmente a México y cuánto había viajado con ellos desde París.
La exposición permite observar estas relaciones sin resolverlas en una única narrativa. Las 150 piezas incluyen pintura, fotografía, instalación y otras prácticas contemporáneas; algunas registran lugares concretos, otras nacieron de residencias o colaboraciones. El resultado se parece menos a una conmemoración diplomática que a un archivo de desplazamientos.
De Cartier-Bresson a Sophie Calle
La fotografía ocupa un lugar inevitable en esta historia. Henri Cartier-Bresson viajó a México en 1934, dos años antes de Artaud, y realizó imágenes en Ciudad de México y otros lugares del país. Sus fotografías pertenecen a una época en la que la cámara comenzaba a convertirse en una herramienta privilegiada para narrar encuentros culturales, aunque también heredaba las tensiones de la mirada extranjera. Décadas después, otros artistas utilizarían el viaje de manera muy distinta, menos interesados en documentar un territorio que en observar las reglas mediante las cuales construimos una imagen de él.
Sophie Calle pertenece a ese segundo momento. Su trabajo ha hecho de la vigilancia, la ausencia y el seguimiento de otras personas materiales recurrentes; una habitación de hotel, una fotografía encontrada o una dirección pueden convertirse en el inicio de una investigación. Su presencia junto a artistas mexicanos como Carlos Amorales o Abraham Cruzvillegas muestra hasta qué punto la relación franco-mexicana dejó de poder describirse únicamente como influencia de una escuela sobre otra.

Francis Alÿs vuelve todavía más difícil cualquier clasificación sencilla. Nacido en Bélgica, formado en Europa y establecido en México desde finales de la década de 1980, desarrolló buena parte de su obra caminando por la Ciudad de México. En su caso, desplazarse dejó de ser el trayecto previo a la producción artística y pasó a convertirse en una práctica en sí misma. Esa transformación ayuda a entender por qué el viaje de Artaud sigue siendo útil como origen simbólico para la exposición, aunque el mundo artístico representado en ella sea radicalmente distinto al de 1936.
Lo imposible como método
El Museo de Arte e Historia de Guanajuato dedica la Sala Luis García Guerrero a la exposición, que podrá visitarse hasta el 4 de abril de 2027. El proyecto coincide con el bicentenario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre México y Francia y con una edición del Festival Internacional Cervantino que tiene a Francia como país invitado. Ese marco institucional explica la escala del proyecto; las obras, en cambio, permiten escapar por momentos de la cronología oficial de aniversarios y tratados.
Hay algo adecuado en que Artaud aparezca al comienzo de este recorrido sin convertirse en su héroe. Llegó buscando un México que había imaginado antes de conocerlo y encontró experiencias que después transformaría mediante la escritura. Otros llegaron con cámaras, proyectos o preguntas distintas; artistas mexicanos hicieron el trayecto inverso y regresaron con formas que tampoco permanecieron intactas.
Una exposición sobre doscientos años de relación entre dos países podría organizarse como una sucesión de influencias: quién llegó primero, quién aprendió de quién, qué estilo viajó en cada dirección. En busca de lo imposible propone una cartografía menos cómoda. Los movimientos dejan rastros, pero también malentendidos; una obra puede surgir de una residencia, de una fascinación equivocada o de años viviendo lejos del lugar de nacimiento.
Artaud salió de la Ciudad de México en abril de 1936 persiguiendo algo que él mismo describía como imposible. Quizá por eso su viaje continúa sirviendo para pensar estas relaciones. Lo que encontró en la Tarahumara nunca coincidió del todo con lo que había ido a buscar, y lo que escribió después tampoco puede separarse de esa distancia. Entre México y Francia, muchas de las obras reunidas en León nacieron precisamente allí: en el espacio que queda entre una imagen previa y aquello que aparece cuando finalmente se llega.






























































