La lluvia cayó sobre los Estudios Churubusco durante buena parte de la tarde del 3 de octubre. Adentro, la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas celebraba su 80 aniversario y entregaba por 68.ª ocasión los Premios Ariel. En el camino, de David Pablos, había llegado como la película con más nominaciones, trece en total, y las primeras estatuillas de la ceremonia comenzaron pronto a indicar hacia dónde avanzaría la noche: Víctor Miguel Prieto recibió el premio a revelación actoral y Mariano López Sosa el de coactuación masculina.
Al terminar la ceremonia eran seis. En el camino ganó mejor película; David Pablos obtuvo dirección, reconocimiento que compartió con Pablo Pérez Lombardini por La reserva; Osvaldo Sánchez fue elegido mejor actor; Prieto y López Sosa conservaron aquellos dos primeros premios, y Ximena Amann recibió el Ariel por fotografía. Ninguna otra producción acumuló tantos reconocimientos en el palmarés oficial de la edición.
La película lleva más de un año recorriendo festivales y salas. Estrenada internacionalmente en 2025 dentro de Orizzonti, la sección del Festival de Venecia dedicada a nuevas tendencias estéticas y expresivas del cine, obtuvo allí el premio a mejor película y el Queer Lion. Su historia se interna en las carreteras del norte de México junto a Veneno, un joven que frecuenta restaurantes de camino y mantiene encuentros sexuales con traileros, hasta que conoce a Muñeco, un conductor reservado que acepta llevarlo consigo. Dentro de ese territorio regido por códigos masculinos rígidos aparece una intimidad que altera a ambos personajes.
Seis Arieles para una película de carretera
El reparto tuvo un peso considerable en el resultado. Osvaldo Sánchez recibió el Ariel a mejor actor por Muñeco; Víctor Miguel Prieto fue reconocido como revelación actoral por Veneno y Mariano López Sosa obtuvo el de coactuación masculina. La fotografía de Ximena Amann añadió otro premio a una película donde el paisaje carretero, las cabinas de los camiones y los lugares de paso sostienen buena parte de la tensión entre los personajes.

Pablos, director también de Las elegidas y El baile de los 41, encontró esta vez su historia entre cachimbas, estacionamientos y largas extensiones de asfalto. El propio cineasta ha descrito ese ambiente como un espacio atravesado por la hipermasculinidad y la homofobia, condiciones que determinan la manera en que sus personajes pueden relacionarse y aquello que necesitan ocultar. El Queer Lion de Venecia había reconocido precisamente esa decisión: situar el vínculo entre dos hombres dentro de un mundo donde mostrarlo supone un riesgo.
El Ariel de dirección produjo uno de los resultados particulares de la noche. La Academia declaró un empate entre Pablos y Pablo Pérez Lombardini, responsable de La reserva. La coincidencia terminó vinculando a las dos películas también en el balance final: mientras En el camino encabezó los premios, la ópera prima de Pérez Lombardini obtuvo tres, incluidos mejor ópera prima y música original para YOM.
Autos, mota y rocanrol encuentra cinco premios en los oficios del cine
La segunda película con mayor número de Arieles fue Autos, mota y rocanrol. Sus cinco premios aparecieron en categorías que suelen quedar lejos de los titulares posteriores a una ceremonia: sonido para Alex de Icaza y David Montero; vestuario para Gilda Navarro y Joanna Nogueiras Yankelevich; maquillaje para Karina E. Monroy; diseño de arte para Christian Alfredo Galindo García y Consuelo Ileana Martínez Ruiz, y efectos visuales para Gaston Alvárez, categoría que compartió con Amet Ramos por Un cuento de pescadores.

Ese reparto de reconocimientos dejó una fotografía bastante amplia de la edición. O último azul obtuvo dos Arieles, por el guion original de Gabriel Mascaro y Tibério Azul y la edición de Omar Guzmán y Sebastián Sepúlveda. En actuación, Diana Sedano ganó como mejor actriz por Juana y Ángeles Cruz recibió el premio de coactuación femenina por Las locuras. Jimena Montemayor fue reconocida por el guion adaptado de Mujeres del alba.
Entre los largometrajes, La libertad de Fierro, de Santiago Esteinou, ganó en documental y Soy Frankelda, de Arturo y Roy Ambriz, obtuvo el Ariel de animación. La producción colombiana Un poeta, dirigida por Simón Mesa Soto, fue elegida mejor película iberoamericana. En cortometraje hubo otro empate: Desdoblándome, de Natalia Pájaro, y Teatro secreto, de Diego Martínez Gutiérrez, compartieron el premio de animación; Azul, de David Karlak, ganó en ficción y Las voces del despeñadero, de Víctor Rejón e Irving Serrano, en documental.
Los Ariel miran hacia atrás
La edición coincidió con los 80 años de la Academia y reservó parte de la ceremonia para quienes han trabajado durante décadas alrededor de la cámara. El documentalista Óscar Menéndez recibió la Medalla Salvador Toscano 2026, reconocimiento destinado a la trayectoria y la preservación de la memoria cinematográfica mexicana. Los Arieles de Oro fueron entregados al documentalista Demetrio Bilbatúa y a la actriz Rosita Arenas.

Bilbatúa ha filmado durante décadas acontecimientos y transformaciones de la vida mexicana; Arenas pertenece a una generación que atravesó los últimos años de la llamada Época de Oro y continuó trabajando durante los cambios que experimentó la industria en las décadas siguientes. Su aparición provocó que el público se pusiera de pie. La actriz recibió la estatuilla visiblemente emocionada y agradeció un reconocimiento llegado después de una carrera que comenzó cuando el sistema de estudios todavía organizaba buena parte del cine producido en México.
La ceremonia había regresado a Ciudad de México después de tres ediciones celebradas en Jalisco. Volver a Estudios Churubusco añadió una coincidencia difícil de ignorar: muchos de los títulos que forman la historia material del cine mexicano fueron rodados, revelados o construidos dentro de esos mismos estudios. Esta vez las instalaciones sirvieron para colocar frente a frente dos momentos de la industria, las trayectorias de quienes trabajaron durante buena parte del siglo XX y las películas que ahora intentan encontrar su lugar en salas, festivales y plataformas.
El problema empieza después del premio
Daniel Hidalgo, presidente de la Academia, aprovechó la ceremonia para señalar una cifra menos celebratoria. De acuerdo con los datos que presentó, en 2025 apenas 5% de la asistencia a las salas mexicanas correspondió al cine nacional. Su intervención se concentró en la formación de públicos y en la necesidad de acercar el cine a universidades, escuelas e instituciones educativas. La Academia, anunció, buscará ampliar esas relaciones durante los próximos años.

La distancia entre producir películas y conseguir que alguien las vea apareció varias veces durante la noche. También ayuda a leer un dato del palmarés: diez de las producciones premiadas habían recibido algún tipo de apoyo público mediante IMCINE o Ibermedia y, en conjunto, reunieron 22 galardones. EFICINE, FOCINE y FOPROCINE aparecen detrás de varias de las películas reconocidas en las principales categorías.
Los Ariel terminaron alrededor de una película nacida precisamente en ese circuito. En el camino pasó por Venecia, recorrió festivales y llegó a la ceremonia mexicana con trece nominaciones. Salió de Estudios Churubusco con seis estatuillas y una secuencia poco frecuente de premios para sus intérpretes: actor, coactuación masculina y revelación actoral. Inna Payán, su productora, recibió el Ariel a mejor película con un grito breve: «Viva el cine mexicano».
Afuera seguía quedando el asunto que Hidalgo había puesto sobre la mesa unas horas antes. Las estatuillas pueden acompañar a una película durante años; el espectador todavía tiene que encontrarla.






























































