Reírse era una cosa seria
René Goscinny nació en París el 14 de agosto de 1926. Un siglo después, sus personajes siguen discutiendo, tropezando, exagerando, desconfiando de la autoridad y tomándose muy en serio asuntos que, vistos desde afuera, resultan deliciosamente absurdos. En 2026, el centenario de su nacimiento forma parte incluso de las conmemoraciones nacionales de France Mémoire, reconocimiento a una obra que desbordó hace tiempo los márgenes de la historieta para instalarse en la cultura popular.
Pero quizá la pregunta más interesante no sea por qué seguimos leyendo a Goscinny, sino por qué todavía nos hace reír. Porque el mundo que produjo muchos de sus chistes ha cambiado. Las escuelas ya no son exactamente las de El pequeño Nicolás, el western dejó de ocupar el lugar que alguna vez tuvo en la imaginación popular y, salvo algunas excepciones, nadie pasa sus días preocupado por la expansión del Imperio romano. Sin embargo, seguimos reconociendo al presumido, al cobarde, al burócrata, al jefe incompetente, al amigo que exagera sus habilidades y al adulto convencido de comprender a los niños.
Goscinny entendía algo elemental: las épocas cambian con más rapidez que nuestras pequeñas vanidades. Su humor parecía ligero porque estaba escrito con enorme precisión.
Un francés que aprendió a mirar desde lejos
Aunque había nacido en Francia, Goscinny prácticamente creció al otro lado del Atlántico. Su familia se trasladó a Argentina cuando él era pequeño y estudió en el Liceo Francés de Buenos Aires. La biografía oficial de Astérix recuerda que ya entonces tenía fama de bromista entre sus compañeros. Después de la muerte de su padre, trabajó brevemente en publicidad y terminó marchándose a Nueva York, donde atravesó años difíciles antes de entrar en contacto con dibujantes y humoristas estadounidenses. Allí conoció, entre otros, a Morris, futuro colaborador en Lucky Luke.
Hay algo tentador en relacionar esa geografía con su manera de escribir. Goscinny fue francés desde lejos antes de volver a serlo desde cerca. Había visto Europa desde Buenos Aires y luego desde Nueva York; conocía el extrañamiento de quien pertenece a un lugar pero también puede contemplarlo desde afuera.
La sátira necesita precisamente esa pequeña distancia. Quizá por eso, cuando más tarde imaginó junto con Albert Uderzo una aldea gala que se resistía obstinadamente a Roma, pudo convertir lo francés en caricatura sin dejar de sentir afecto por ello. No escribía desde el desprecio. Se reía de aquello que conocía lo suficiente como para reconocer sus gestos.
Astérix y el arte de burlarse de todos
En 1959, mientras preparaban la nueva revista Pilote, Goscinny y Uderzo buscaban un héroe inequívocamente francés. Después de recorrer distintas épocas históricas, terminaron en la Galia. El 29 de octubre de ese año apareció en el primer número de la revista la primera página de Astérix el Galo.
La idea podría haberse agotado rápidamente: un pequeño pueblo que resiste al mayor imperio de su tiempo gracias a una poción mágica. Pero Goscinny descubrió que aquella aldea podía funcionar como un laboratorio infinitamente extensible de las debilidades humanas.
Los romanos son ridículos, pero los galos también. El jefe quiere conservar su dignidad; el bardo está convencido de poseer un talento que nadie más percibe; Obélix insiste en que nunca está gordo; los soldados obedecen órdenes absurdas y los funcionarios hacen de la burocracia un arte. Cuando Astérix y Obélix viajan, cada pueblo extranjero ofrece nuevas oportunidades para jugar con estereotipos, idiomas, costumbres y la divertida certeza de que cada sociedad considera completamente razonables sus propias manías.
El secreto está en que nadie queda realmente fuera del chiste. Eso permite que los álbumes funcionen en varios niveles simultáneos. Un niño puede reírse de una pelea o de un romano lanzado por los aires. Un adulto encuentra juegos lingüísticos, historia, política, publicidad, turismo, nacionalismos o simples comportamientos sociales. Goscinny no escondía mensajes serios debajo de chistes infantiles. Hacía algo más difícil: conseguía que el mismo chiste tuviera distintas profundidades.
El pequeño Nicolás: tomarse en serio la infancia
Con Jean-Jacques Sempé hizo prácticamente lo contrario. Abandonó imperios, batallas y viajes para entrar en un salón de clases.
El pequeño Nicolás observa el mundo desde una altura distinta. Sus grandes acontecimientos pueden ser una fotografía escolar, un partido, una visita, una pelea entre amigos o un problema con los padres. Sempé recordaría después que él y Goscinny provenían de infancias muy diferentes: Goscinny había sido buen estudiante en el Liceo Francés de Buenos Aires, mientras que la experiencia escolar del dibujante había sido mucho más difícil. En Nicolás encontraron un territorio común donde los niños podían pelear, equivocarse y reconciliarse sin que el mundo terminara por ello.
La genialidad está en que Goscinny nunca mira a esos niños desde arriba. Nicolás interpreta a los adultos con la información incompleta de quien todavía está descubriendo sus reglas. Y al hacerlo revela lo extrañas que esas reglas pueden ser. Los mayores dicen una cosa y hacen otra; exigen calma mientras pierden los nervios; hablan de educación mientras se comportan con una inmadurez formidable.
El resultado es tierno porque Goscinny entendió que la infancia no necesita ser idealizada para ser respetada. Para un niño, perder un juego puede ser una tragedia. Una discusión entre amigos puede ocupar todo el universo durante una tarde. El humor aparece precisamente porque el narrador concede a esas emociones toda su gravedad.
Lucky Luke y la precisión del mecanismo
Si El pequeño Nicolás demostraba su capacidad para escuchar una voz infantil, Lucky Luke revelaba hasta qué punto Goscinny entendía los géneros que parodiaba.
Morris había creado al vaquero en 1946 y comenzó a trabajar con Goscinny como guionista a mediados de los cincuenta. La colaboración se prolongó durante más de dos décadas y produjo 37 álbumes, una etapa considerada fundamental en la historia de la serie.
Goscinny podía tomar las convenciones del western —duelos, salones, forajidos, diligencias, jueces, sheriffs— y desmontarlas sin destruirlas. La parodia funcionaba porque conocía aquello que estaba parodiando.
También sabía esperar. Muchos de sus mejores chistes dependen de la repetición: los Dalton vuelven a fracasar, Averell vuelve a tener hambre, alguien vuelve a confundir una situación que el lector ya comprende. La expectativa se convierte en parte del mecanismo. Sabemos aproximadamente qué ocurrirá y, sin embargo, queremos verlo suceder otra vez.
Es una forma de humor muy cercana a la música: preparación, pausa, ritmo y remate. Cuando funciona bien, parece inevitable.
Hacer reír sin explicar el chiste
En los años sesenta, mientras Astérix crecía, Goscinny escribía simultáneamente Lucky Luke, El pequeño Nicolás, Iznogoud y otros proyectos, además de desempeñar un papel central en Pilote. Su carrera terminó abruptamente el 5 de noviembre de 1977, cuando murió a los 51 años. Para entonces, los personajes que había ayudado a crear ya pertenecían a millones de lectores.
Que continúen vivos un siglo después de su nacimiento dice algo sobre la permanencia de sus historias, pero quizá todavía más sobre su manera de observar. Goscinny confiaba en el lector. No necesitaba explicar que el poderoso podía ser ridículo, que los adultos podían comportarse como niños o que una sociedad entera podía organizarse alrededor de convenciones absurdas. Le bastaba con colocar a sus personajes en la situación adecuada y esperar.
Quizá por eso sus historias envejecen mejor que muchos chistes construidos exclusivamente sobre la actualidad. Debajo de romanos, cowboys y escolares aparecen comportamientos que conocemos demasiado bien.
Nos reímos del orgulloso porque alguna vez hemos sido orgullosos. Del ingenuo porque también hemos entendido algo demasiado tarde. Del burócrata porque hemos padecido sus reglas y quizá, en alguna ocasión, nos hemos refugiado detrás de las nuestras.
René Goscinny sabía hacer reír porque sabía mirar. Y quizá entendía el secreto fundamental de la sátira: casi siempre comenzamos riéndonos de los demás justo antes de descubrir que el chiste también hablaba de nosotros.






























































