Algunos escritores construyen personajes, otros levantan mundos. Jorge Luis Borges hizo algo todavía más extraño: convirtió unas cuantas imágenes —una biblioteca, un espejo, un laberinto, un libro— en instrumentos para preguntarse qué es el universo y qué lugar ocupamos dentro de él. Sus cuentos suelen ser breves. A veces apenas necesitan unas páginas. Sin embargo, detrás de ellas aparecen civilizaciones completas, libros que nunca existieron, hombres que recuerdan absolutamente todo, senderos que contienen futuros simultáneos y bibliotecas cuya extensión es indistinguible de la del cosmos.
Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. Hoy se cumplen 127 años de su nacimiento, pero quizá pocas maneras de recordarlo sean tan apropiadas como volver a una imagen que lo acompañó desde la infancia hasta la vejez: la biblioteca. No sólo porque pasó buena parte de su vida entre libros, sino porque terminó haciendo de ella una de las metáforas más poderosas de la literatura del siglo XX. Para Borges, una biblioteca podía ser una habitación familiar, un lugar de trabajo, un paraíso perdido o la aterradora posibilidad de que todo lo que ha sido escrito —y todo lo que alguna vez podría escribirse— ya exista en algún anaquel.

El niño que creció entre libros
Antes de los grandes salones de la Biblioteca Nacional hubo una biblioteca doméstica. Borges pasó buena parte de su infancia entre los libros de su padre, Jorge Guillermo Borges, en una casa donde convivían el español y el inglés. Su abuela paterna era inglesa y el futuro escritor aprendió a leer en esa lengua antes que en español. Décadas después recordaría la biblioteca paterna como uno de los acontecimientos decisivos de su vida.
No es difícil imaginar al niño recorriendo aquellos estantes sin sospechar que nunca terminaría de salir de ellos. Stevenson, Poe, Wells, Las mil y una noches, los relatos de aventuras, la filosofía, las mitologías y el Quijote fueron formando una educación menos ordenada que voraz. Leer significaba descubrir que el mundo conocido era apenas uno entre muchos posibles.

Esa experiencia terminó por modificar también su idea de la nacionalidad literaria. Borges podía escribir sobre Buenos Aires y sus arrabales, sobre cuchilleros, patios y compadritos, y al mismo tiempo desplazarse con naturalidad hacia Islandia, Babilonia, la antigua China, la Cábala, Schopenhauer o las sagas anglosajonas. La literatura no tenía para él fronteras demasiado firmes. Cada libro conducía a otro y cada autor parecía formar parte de una conversación comenzada siglos antes de nuestro nacimiento.
La Biblioteca Nacional argentina ha recuperado una observación que Borges repitió en diferentes momentos: si tuviera que elegir el hecho capital de su vida, señalaría la biblioteca de su padre; en cierto sentido, decía, nunca había salido de ella. Tal vez ahí comenzó todo.
La biblioteca como forma del universo
Muchos años después, la biblioteca familiar se había transformado en algo mucho más inquietante. En “La biblioteca de Babel”, Borges imagina un universo constituido por galerías hexagonales llenas de libros. No una biblioteca dentro del mundo: la biblioteca es el mundo. En sus anaqueles existen innumerables volúmenes formados por combinaciones de signos. Entre ellos deben encontrarse libros comprensibles y otros completamente absurdos; la historia exacta de cada persona y su versión falsa; revelaciones, refutaciones, profecías y tratados sin sentido. Todo puede estar escrito en alguna parte.
La imagen tenía raíces muy concretas. Borges ingresó en 1937 a trabajar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, en el barrio porteño de Boedo. La propia Biblioteca Nacional señala que los anaqueles del sótano de aquella institución fueron parte de la inspiración para “La biblioteca de Babel”, y que durante esos años escribió también algunos de los relatos que terminarían formando Ficciones.

Lo extraordinario es que Borges convirtió una experiencia cotidiana —estantes, catálogos, volúmenes acumulados— en un problema metafísico. Porque una biblioteca que contiene todos los libros posibles debería contener también la respuesta a todas las preguntas. El problema sería encontrarla. Y aun encontrándola, reconocerla. Ahí aparece una de las paradojas más profundamente borgianas: poseer toda la información no equivale a comprenderla.
Los habitantes de aquella biblioteca infinita buscan durante generaciones algún volumen capaz de explicar el sentido del universo. Algunos creen haber encontrado claves; otros construyen religiones alrededor de ciertos libros; otros destruyen páginas que consideran inútiles. La acumulación absoluta de conocimiento termina pareciéndose peligrosamente al caos.
Leído hoy, el cuento resulta extrañamente familiar. Nunca habíamos tenido acceso a tantos textos, archivos, imágenes y datos como ahora, y pocas veces había resultado tan difícil decidir qué merece nuestra atención. Borges imaginó esa angustia antes de internet: no la falta de información, sino su exceso.
Laberintos, espejos y tiempos que se bifurcan
La biblioteca no estaba sola. A su alrededor fue creciendo una pequeña constelación de objetos que terminarían siendo reconocibles como borgianos incluso fuera de sus libros. El laberinto es quizá el más evidente, pero Borges comprendió que un laberinto no necesita paredes, puede estar hecho de calles, decisiones, palabras, recuerdos o tiempo.
En El jardín de senderos que se bifurcan, cada decisión abre posibilidades que no necesariamente desaparecen cuando elegimos otra. Los futuros pueden multiplicarse. En El Aleph, un punto aparentemente insignificante permite contemplar simultáneamente lugares innumerables. En Funes el memorioso, un hombre incapaz de olvidar descubre que una memoria perfecta puede convertirse en una forma de condena.
Los espejos producen otra inquietud, multiplican aquello que suponíamos único, introducen la posibilidad del doble y cuestionan la estabilidad de la identidad: si existe otro rostro idéntico al nuestro, ¿qué nos vuelve nosotros?

Borges regresa una y otra vez a preguntas semejantes. ¿Y si nuestra vida ya hubiera ocurrido? ¿Y si somos el sueño de alguien más? ¿Y si el libro que estamos leyendo contiene de algún modo al lector que lo sostiene? ¿Y si dos enemigos terminan siendo, desde una perspectiva incomprensible para ellos, el mismo hombre?
Su literatura parece cerebral porque está construida con ideas, pero esas ideas suelen conducir a miedos muy antiguos, perder la identidad, no comprender el mundo, descubrir que el tiempo no funciona como pensábamos, saber que somos infinitamente pequeños frente a algo que nunca terminaremos de conocer.
Por eso sus cuentos continúan produciendo esa extraña combinación de vértigo y placer. Borges no describe el infinito: nos acerca lo suficiente para sentirlo. Y casi siempre necesita muy poco espacio para hacerlo.
El bibliotecario que dejó de ver
La relación entre Borges y las bibliotecas contiene una de esas ironías que él mismo habría podido inventar. En 1955 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina. Permanecería al frente de la institución hasta 1973. Para entonces, sin embargo, la enfermedad hereditaria que había afectado progresivamente su visión estaba llevándolo hacia la ceguera. Borges llegó así a dirigir uno de los mayores depósitos de libros del país cuando ya no podía leerlos con sus propios ojos.
La paradoja terminó entrando en su poesía. En Poema de los dones habló de aquella coincidencia mediante una imagen inolvidable: los libros y la noche concedidos al mismo hombre.

Hay algo muy humano detrás del mito borgiano en esos años. El escritor que había organizado buena parte de su imaginación alrededor de la lectura tuvo que aprender otra manera de relacionarse con la literatura. Escuchaba. Dictaba. Memorizaba. Amigos, colaboradores y estudiantes leían para él. La página dejó de depender necesariamente de la vista y volvió, en cierto sentido, a uno de los orígenes de la literatura: la voz.
Las salas de la antigua sede de la Biblioteca Nacional, en la calle México de Buenos Aires, fueron su lugar de trabajo durante dieciocho años y hoy albergan el Centro de Estudios Borgeanos. Allí se conservan primeras ediciones, manuscritos, fotografías y parte de su biblioteca personal.
Resulta difícil imaginar una geografía más apropiada para su vida: primero un niño escondido entre los libros de su padre; después un empleado escribiendo ficciones entre los anaqueles de una biblioteca municipal; finalmente, un escritor ciego recorriendo mentalmente una biblioteca nacional que ya no podía contemplar. Como si toda su existencia hubiera seguido el trazado de uno de sus propios laberintos.
Una biblioteca que todavía no termina
Borges murió en Ginebra en 1986, pero varias de las preguntas que recorren su obra parecen haberse vuelto más urgentes con el tiempo. Hoy vivimos rodeados de archivos aparentemente interminables. Podemos consultar bibliotecas enteras desde una pantalla, reproducir imágenes de lugares que nunca hemos visitado, recorrer mapas de ciudades desconocidas y saltar en segundos de un texto escrito hace siglos a otro publicado hace apenas unos minutos.
Nuestra experiencia cotidiana comienza, por momentos, a parecerse a una ficción borgiana. También hemos creado máquinas capaces de recorrer cantidades de información imposibles para una sola memoria humana; realidades virtuales que duplican espacios; bases de datos que parecen no terminar nunca; redes de enlaces donde cada página conduce a otra y ésta a otra más. El antiguo sueño de almacenar el conocimiento del mundo se encuentra cada vez más cerca de su reverso: la imposibilidad de abarcarlo.

Quizá por eso Borges sigue pareciendo contemporáneo. No porque haya predicho nuestra tecnología, sino porque comprendió algo anterior a ella: que el deseo humano de conocerlo todo contiene inevitablemente una tragedia. Cada respuesta abre nuevas preguntas. Cada libro remite a otros libros. Cada pasillo desemboca en otro pasillo.
La biblioteca perfecta no tendría una última estantería; y tal vez por eso la imagen que acompañó a Borges desde la infancia sigue siendo una de las mejores formas de entrar en su obra. Una biblioteca es un lugar donde guardamos lo que sabemos, pero también una medida de todo aquello que todavía ignoramos. Frente a sus estantes, el lector ocupa una posición paradójica: está rodeado de conocimiento y, al mismo tiempo, recibe la evidencia física de que jamás podrá leerlo todo.
Borges hizo literatura precisamente en esa distancia. Entre el libro que tenemos entre las manos y todos los libros que nunca alcanzaremos a abrir, entre una vida y las vidas que pudimos haber vivido, entre el rostro y su reflejo, entre el tiempo que conocemos y los innumerables tiempos que podrían estar ocurriendo en alguna parte. Quizá el universo borgiano nunca necesitó ser infinito. Le bastaba una biblioteca para hacernos imaginarlo.































































