Todo aquello que normalmente quedaba fuera
En la literatura también existen puertas de entrada. Durante mucho tiempo, atravesarlas parecía exigir determinadas credenciales: una vida excepcional, una tragedia considerable, una aventura, una posición desde la cual contemplar el mundo con cierta grandeza. Charles Bukowski hizo algo más incómodo. Se quedó junto a quienes estaban fuera de la puerta y comenzó a escribir desde allí. Empleos mal pagados, pensiones baratas, turnos interminables, resacas, carreras de caballos, relaciones deterioradas y hombres que envejecían sin haber conseguido convertirse en aquello que alguna vez imaginaron podían ser. No necesitaba transformar esas vidas antes de escribirlas. Le bastaba con reconocer que estaban ocurriendo.
Bukowski nació el 16 de agosto de 1920 en Andernach, Alemania, y llegó siendo niño a Estados Unidos, donde crecería en Los Ángeles, la ciudad que terminaría proporcionando buena parte de la geografía física y emocional de su obra. Antes de convertirse en uno de los escritores estadounidenses de culto más reconocibles del siglo XX pasó por trabajos precarios, largos periodos de escasa publicación y años dentro del servicio postal. La Academy of American Poets recuerda que abandonó Los Angeles City College a comienzos de los años cuarenta con la intención de convertirse en escritor y que, después de no conseguir el éxito que esperaba, pasó años alejado de la escritura.
Es tentador mirar esa biografía desde el final y convertir cada empleo miserable, cada habitación y cada fracaso en etapas necesarias para producir al futuro escritor. Pero eso sería precisamente lo contrario de lo que su literatura consigue en sus mejores momentos. Para Bukowski, aquellas horas no necesitaban ser justificadas por lo que vendría después. El trabajo tedioso era ya una experiencia humana. La derrota era ya un acontecimiento. Una tarde desperdiciada seguía siendo una parte de la vida.

El tiempo que nadie quería contar
En Post Office, su primera novela, publicada en 1971, el alter ego de Bukowski, Henry Chinaski, atraviesa el tedio, el absurdo y las pequeñas humillaciones del trabajo postal. No hay allí una gran vocación truncada que ennoblezca automáticamente al personaje. Hay cansancio. Supervisores. Horarios. Alcohol. Días que parecen intercambiables. Bukowski había conocido ese mundo desde dentro: trabajó en el correo de Los Ángeles durante distintos periodos y, cuando finalmente recibió el apoyo de John Martin, fundador de Black Sparrow Press, dejó su empleo para dedicarse a escribir. Poco después terminó Post Office.
Que semejante material pudiera sostener una novela contiene algo más radical de lo que parece. Buena parte de nuestra vida está formada por experiencias que, mientras ocurren, no reconocemos como narrativas. Esperar el autobús. Aguantar un turno. Contar las horas que faltan para salir. Comer algo de pie. Llegar a una habitación sin energía suficiente para hacer aquello que habíamos prometido hacer. Son momentos demasiado ordinarios para convertirse en recuerdos importantes y, sin embargo, pueden ocupar años enteros de una existencia.

Bukowski entendió intuitivamente esa desproporción. Sus personajes pasan una cantidad enorme de tiempo haciendo cosas que la literatura tradicional habría resumido en una frase para llegar cuanto antes al verdadero acontecimiento. Él se queda allí. En la espera, en el bar, en la oficina, en la derrota de una carrera de caballos. No porque detrás de cada instante exista necesariamente una revelación, sino porque a veces no existe ninguna. También eso merecía ser escrito.
De ahí proviene una parte importante de la cercanía que muchos lectores han sentido hacia su obra. La Poetry Foundation describe una escritura concentrada en la vida urbana y en personajes situados en los márgenes sociales, construida con lenguaje directo y a menudo deliberadamente incómodo. Su enorme popularidad convivió siempre con una relación difícil con el canon y con críticos que vieron en aquella sencillez una pobreza estética mientras otros reconocieron precisamente allí una voz capaz de alcanzar a lectores que rara vez se sentían interpelados por la poesía.
Una habitación también puede contener el mundo
Hay habitaciones que aparecen una y otra vez en Bukowski: espacios pequeños, poco elegantes, habitados provisionalmente por personas que parecen estar también de paso por sus propias vidas. Desde allí el mundo exterior llega reducido a unos cuantos elementos: una ventana, una botella, una máquina de escribir, el ruido de alguien al otro lado de una pared.
La pobreza material de esos escenarios corresponde a la economía de su prosa. Bukowski desconfiaba de la solemnidad y construyó una voz que buscaba parecer inmediata, oral, casi indiferente a la posibilidad de ser considerada literaria. Esa aparente facilidad también construyó el mito. El hombre que bebe, apuesta, pelea y escribe como si todo hubiera ocurrido directamente sobre la página terminó por hacerse casi inseparable de Henry Chinaski, su personaje recurrente. The New Yorker ha señalado precisamente cómo esa mezcla entre confesión autobiográfica y personaje de ficción ayudó a convertirlo en una figura mucho más grande que sus propios libros.

El problema comienza cuando confundimos esa máscara con toda la obra. Reducir a Bukowski al alcohol equivale un poco a reducir a Hemingway a los toros: el símbolo termina devorando aquello que pretendía explicar. En sus mejores textos, el bar importa menos como lugar de excesos que como espacio donde terminan quienes no saben exactamente adónde más ir. Las carreras importan porque permiten imaginar durante unos minutos que el azar todavía puede modificar una existencia. Las habitaciones importan porque allí alguien continúa pensando después de que el mundo laboral ha decidido que su tiempo apenas vale unos cuantos dólares por hora.
Lo extraordinario nunca está demasiado lejos, pero tampoco llega necesariamente. Y quizá ahí esté una de sus intuiciones más persistentes: la mayoría de las personas vive sin que su vida alcance una forma narrativa perfecta.
Leerlo sin convertirlo en santo
Nada de eso obliga a idealizar a Bukowski. Hacerlo sería especialmente extraño tratándose de un escritor cuya obra contiene violencia, misoginia, relaciones atravesadas por el desprecio y una masculinidad deliberadamente agresiva. Su tratamiento de las mujeres resulta difícil de separar de algunos de los aspectos más desagradables de la persona literaria que construyó, y décadas de admiración han contribuido también a romantizar una imagen del escritor autodestructivo que merece ser revisada.
Incluso la crítica alrededor de su obra ha permanecido dividida. La Poetry Foundation recoge esa tensión: mientras algunos lectores han interpretado la presencia reiterada del sexo, el alcohol y la violencia como una sátira del machismo, otros han visto simplemente una reproducción de aquello que supuestamente estaría exponiendo. La incomodidad no necesita resolverse para seguir leyendo. De hecho, probablemente resulte más interesante no hacerlo.

Podemos reconocer una innovación sin exigir santidad a quien la produjo. Bukowski amplió el territorio de aquello que muchos lectores podían reconocer como literatura y, al mismo tiempo, escribió páginas que hoy podemos cuestionar. Las dos cosas pueden coexistir. Leer críticamente no significa absolver ni cancelar una obra, sino permitir que conserve sus contradicciones.
Eso también nos protege de una forma particularmente persistente del mito Bukowski: la idea de que para escribir con autenticidad hay que vivir destruyéndose. En realidad, quizá su legado más interesante esté mucho menos relacionado con cuánto bebió que con dónde decidió mirar.
Las horas que desaparecen
Bukowski murió en 1994, pero sus libros continúan encontrando lectores que rara vez llegan a ellos buscando virtuosismo formal. Muchos llegan porque reconocen algo. Un empleo que detestan. Una habitación demasiado silenciosa. La sensación de haber perdido varios años. El miedo a descubrir que ninguna transformación extraordinaria está esperando a la vuelta de la esquina. El alivio extraño de saber que alguien escribió sobre esas cosas antes.
La literatura suele ayudarnos a conservar lo excepcional. Sabemos cómo se sintieron guerras, revoluciones, viajes y grandes amores porque alguien los escribió. Pero también puede preservar aquello que de otro modo desaparecería sin dejar registro: una persona volviendo cansada del trabajo, el fracaso de una apuesta, una tarde mirando el techo, las conversaciones de quienes nunca aparecerán en una biografía.

Quizá allí esté la dimensión más generosa de una literatura que, en apariencia, puede parecer brutal. No en convertir a sus personajes en héroes ni en convencerlos de que su sufrimiento contiene algún significado oculto, sino en concederles algo mucho más elemental: espacio.
Hace 106 años nació un escritor que terminó haciendo literatura con vidas que parecían no poseer la clase de acontecimientos que merecían convertirse en libros. Bukowski comprendió que esa jerarquía era artificial. Que una vida no adquiere valor cuando finalmente ocurre algo extraordinario y que la literatura no tiene por qué esperar hasta entonces para empezar a mirar.
Porque las horas perdidas también fueron nuestras horas. Los trabajos que quisimos olvidar también ocuparon una parte de nuestra existencia. Las habitaciones donde aparentemente no ocurrió nada también fueron lugares donde estuvimos vivos. Y quizá escribir consista, algunas veces, precisamente en impedir que todo eso desaparezca.































































