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Pintar una tierra que todavía se mueve

En los volcanes de Dr. Atl, el paisaje mexicano dejó de parecer eterno para mostrarse como algo vivo, inestable y en transformación.

El día en que apareció una montaña

El 20 de febrero de 1943, en un campo de cultivo de Michoacán, la tierra comenzó a abrirse. Hubo humo, piedras, sonidos bajo el suelo y después una elevación donde antes había una parcela. Durante los días siguientes, aquello que había comenzado como una grieta siguió creciendo hasta adquirir la forma reconocible de un volcán. El Paricutín ofreció a quienes pudieron observarlo algo excepcional: no una montaña heredada de un pasado remoto, sino una montaña naciendo frente a ellos.

Gerardo Murillo llegó muy pronto. Seis días después del comienzo de la erupción se trasladó a la zona de Parangaricutiro y pasó buena parte de 1943 observando el fenómeno; regresaría en 1945, 1947 y 1948. Llevaba décadas pintando volcanes y recorriendo montañas, pero esta vez tenía delante algo diferente. El paisaje no estaba esperando ser contemplado: estaba ocurriendo. El artista podía regresar al mismo sitio y descubrir que aquello que había dibujado unas horas o unos días antes ya no existía exactamente de la misma manera.

Tal vez por eso el Paricutín permite comprender mejor a Dr. Atl. No porque explique toda su obra —ningún volcán podría hacerlo—, sino porque concentra una idea que había perseguido durante años: la naturaleza no es un escenario inmóvil detrás de nosotros. Es una fuerza que continúa trabajando mientras la miramos.

Dr. Atl, Paricutín, ca. 1943. Frente al volcán recién nacido, el paisaje dejó de ser una forma inmóvil: podía crecer, destruir y transformarse mientras alguien intentaba pintarlo. Colección Museo Blaisten.

El paisaje como acontecimiento

Hay una manera cómoda de mirar una montaña: pensar que siempre ha estado allí. Su escala y su aparente quietud producen una ilusión de permanencia. Las generaciones pasan, las ciudades crecen, los caminos cambian, pero la silueta continúa en el horizonte. En esa comparación, somos nosotros quienes parecemos fugaces.

Los paisajes de Dr. Atl alteran esa relación. Sus volcanes pocas veces transmiten serenidad absoluta. Las pendientes se precipitan, las nubes ocupan una parte enorme de la composición, los cráteres interrumpen la superficie y los horizontes parecen extenderse más allá del cuadro. Incluso cuando nada está en erupción existe una tensión interna, como si el territorio conservara memoria de la fuerza que lo produjo.

Eso distingue su mirada dentro de la larga tradición del paisaje mexicano. Atl había pasado por la Academia de San Carlos y por Europa, donde entró en contacto con las vanguardias; cuando regresó a México defendió también una enseñanza artística más libre frente a ciertas formas de academicismo. El INBAL ha señalado que ese contacto con las vanguardias internacionales fue decisivo para su concepción del paisaje y para la influencia que ejercería sobre artistas modernos posteriores. Lo interesante es que su modernidad no necesitó buscar máquinas, fábricas o avenidas. La encontró en algo muchísimo más antiguo: una montaña.

Dr. Atl, El cráter y las nubes, 1935. En sus paisajes, las montañas rara vez son un simple fondo: tierra, atmósfera y nubes parecen participar de un mismo movimiento. Colección Museo Blaisten.

Mirar demasiado cerca

Dr. Atl no quería conocer los volcanes únicamente desde la distancia desde la que suelen convertirse en panorama. Los caminaba, ascendía por sus laderas, observaba sus materiales y estudiaba su comportamiento. Pintor y escritor, pero también interesado profundamente en la geología y la vulcanología, borró con frecuencia la frontera entre observación estética y curiosidad científica.

En el Paricutín llevó esa proximidad a extremos que contribuyeron a construir su propia leyenda. El archivo del INAH conserva fotografías de su estancia en la zona y registra que estuvo varias veces en peligro al acercarse a las bocas de la erupción. El INBAL recuerda también su exposición a los gases y su persistencia por observar de cerca la actividad volcánica. Aquella experiencia terminaría convertida no solo en imágenes, sino en un registro escrito: Cómo nace y crece un volcán. El Paricutín. En 1950 donó al entonces Museo Nacional de Artes Plásticas 130 dibujos y 11 pinturas realizados frente al volcán.

Hay algo profundamente moderno en ese impulso de registrar un proceso mientras sucede. Atl no se conformaba con la montaña terminada. Quería entender el movimiento que la producía: seguir la aparición del cono, la expulsión de materiales, el avance de la lava, la modificación del territorio. Pintar dejaba así de ser solamente representar una forma y se acercaba a otra tarea: registrar una transformación. El paisaje ya no era una cosa. Era un verbo.

Dr. Atl pinta un paisaje hacia 1960. Durante décadas buscó acercarse físicamente a las montañas que representaba, convirtiendo la observación del territorio en parte inseparable de su trabajo.

Desde arriba

Con los años, su cuerpo dejó de permitirle recorrer las montañas como antes. Perdió una pierna después de problemas de salud relacionados con sus expediciones, pero la limitación física produjo una modificación inesperada de su mirada. Atl comenzó a observar el territorio desde aviones y helicópteros y desarrolló lo que llamó aeropaisaje: composiciones construidas desde puntos de vista elevados que permitían contemplar montañas, valles y extensiones de tierra de una manera imposible desde el suelo.

El cambio parece técnico, pero también transforma filosóficamente el paisaje. Desde abajo, una montaña domina nuestra mirada. Desde arriba, esa misma montaña forma parte de un sistema: aparecen sus pliegues, las conexiones entre elevaciones, las depresiones, los caminos y la geometría inesperada del territorio.

La modernidad entra entonces en la obra de Atl de una forma paradójica. Una tecnología nueva —el vuelo— sirve para contemplar estructuras geológicas formadas millones de años antes de que existiera el ser humano. Lo antiguo y lo moderno dejan de oponerse. Un avión permite volver a mirar una montaña.

Algo parecido ocurrió con los materiales. Atl desarrolló los llamados Atl-color, pigmentos secos elaborados con resinas y ceras que podían emplearse sobre distintas superficies. La experimentación técnica acompañaba así una búsqueda visual que nunca consideró al paisaje un género agotado. Si la tierra podía cambiar, también podían hacerlo las herramientas utilizadas para representarla.

Dr. Atl, Valle de México desde la carretera de Cuernavaca, 1955. Las perspectivas elevadas ampliaron su manera de mirar: la montaña dejó de ocupar todo el horizonte y comenzó a formar parte de una geografía mucho mayor. Colección Museo Blaisten.

Una modernidad hecha de piedra y fuego

En el México posrevolucionario, el paisaje cargaba inevitablemente con significados que iban más allá de la geografía. Volcanes como el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y después el Paricutín se convirtieron en imágenes capaces de condensar determinadas ideas sobre el país. Un curador del Museo de Arte Moderno ha señalado que, durante el periodo desarrollista, esas montañas podían leerse como metáforas de un México agreste y poderoso que se encontraba también en proceso de transformación.

Pero quizá lo más interesante de Dr. Atl aparece cuando dejamos de buscar una alegoría nacional demasiado precisa. Sus volcanes son mexicanos, desde luego, pero antes que símbolos son materia: roca, humo, pendientes, fuego, atmósfera. No necesitan que el ser humano aparezca en el centro para adquirir significado.

Ese desplazamiento resulta particularmente sugerente hoy. Hemos aprendido a pensar los paisajes como cosas que pueden desaparecer, erosionarse, incendiarse o modificarse a una velocidad que nuestra memoria alcanza a percibir. La idea de una naturaleza eterna, disponible siempre como telón de fondo, resulta cada vez más difícil de sostener. Atl había comprendido, por otros caminos, algo elemental: mirar un territorio es mirar también el tiempo.

Dr. Atl, Erupción en apogeo, ca. 1960. La modernidad de sus volcanes no dependía de máquinas ni ciudades: podía encontrarse también en la energía de una tierra que todavía estaba construyéndose. Colección Museo Blaisten.

Lo que todavía se mueve

Dr. Atl murió el 15 de agosto de 1964, hace 62 años. Había dedicado buena parte de su vida a subir montañas, observar cráteres, inventar materiales y buscar perspectivas desde las cuales el paisaje pudiera volver a sorprenderlo. Su figura, compleja y contradictoria más allá de la pintura, pertenece a una época que intentó imaginar simultáneamente un arte moderno y una nueva imagen de México.

Quizá por eso sus volcanes siguen resultando extraños. No nos ofrecen una naturaleza dócil ni completamente contemplativa. Frente a ellos es difícil olvidar que debajo de cualquier superficie aparentemente estable existe una historia de movimientos que empezó mucho antes de nosotros y continuará cuando ya no estemos.

El Paricutín hizo visible esa verdad de la manera más espectacular posible. Donde un día había una parcela apareció una montaña. Dr. Atl tuvo la fortuna —y la temeridad— de estar allí para observar cómo sucedía.

Tal vez esa sea una de las tareas más difíciles del paisaje en el arte: no enseñarnos simplemente cómo es un lugar, sino recordarnos que ningún lugar permanece idéntico a sí mismo. La tierra que pintó Dr. Atl parecía sólida. Pero nunca estuvo quieta.

El Paricutín en 1948, cinco años después de comenzar a surgir en Michoacán. Lo que Dr. Atl había observado como un acontecimiento empezaba ya a adquirir la apariencia permanente de una montaña. Foto: Janice Waltzer
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