Durante once días, el Museo Nacional de Antropología dejará de ser solamente el recinto donde se resguardan algunas de las piezas más reconocibles del pasado mexicano. Sus auditorios, carpas y espacios educativos se convertirán también en librerías, salas de cine, foros académicos, talleres y lugares de conversación. Del 13 al 23 de agosto, la 37ª Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia reunirá publicaciones, investigaciones y expresiones culturales alrededor de una pregunta que parece sencilla, pero atraviesa todo intento de conservar la memoria: ¿quiénes participan en la construcción del patrimonio?
Organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la FILAH dedicará su edición de 2026 a “La inclusión en la preservación del patrimonio cultural”. Francia será el país invitado y Veracruz, el estado invitado. El programa reunirá presentaciones editoriales, conferencias, foros académicos, homenajes, talleres, exposiciones, actividades artísticas y un festival de cine antropológico.
La amplitud de la agenda podría hacerla parecer una feria especializada, dirigida principalmente a arqueólogos, historiadores, antropólogos o conservadores. Sin embargo, sus temas desbordan los límites de la academia. Hablan de comunidades que buscan recuperar la interpretación de su propio pasado, de lenguas amenazadas, ciudades transformadas por la gentrificación, cuerpos excluidos de las representaciones dominantes y objetos que no pueden comprenderse sin las personas que les otorgan significado.
En la FILAH, los libros no solo cuentan el pasado: discuten quién tiene derecho a conservarlo.
Más que una feria de libros
A diferencia de los grandes encuentros editoriales organizados alrededor de las novedades comerciales, los autores más vendidos o los lanzamientos de temporada, la FILAH construye su identidad en torno a publicaciones capaces de documentar procesos históricos, lenguas, comunidades, conocimientos y formas de vida.

Una investigación arqueológica, una guía sobre arquitectura, un estudio sobre prendas prehispánicas o una recopilación de relatos comunitarios no suelen ocupar los lugares más visibles de una librería. Sin embargo, pueden contener años de trabajo de campo, consulta de archivos, registro oral y colaboración con las personas cuya historia buscan contar.
El programa editorial de 2026 revela esa diversidad. Incluye títulos sobre la materialidad y ritualidad del Tlalpanhuéhuetlde Malinalco, el espacio sagrado de México-Tenochtitlan, el neogótico en Jalisco, los relatos del fogón en lenguas originarias, la memoria del exilio chileno y las problemáticas contemporáneas de distintas regiones del país.
Pero el libro es solo el comienzo. Alrededor de cada publicación se abre una conversación sobre los métodos utilizados para producir conocimiento, las voces que fueron escuchadas y aquellas que todavía faltan. Esa es una de las aportaciones más importantes de la feria: recordar que investigar el pasado no consiste únicamente en acumular datos, sino en decidir cómo se narran y para quiénes se vuelven accesibles.
¿Quién decide qué merece permanecer?
Conservar nunca ha sido una acción completamente neutral. Elegir una pieza para una exposición, restaurar un edificio, digitalizar un archivo, documentar una lengua o declarar una práctica como patrimonio implica establecer prioridades. Algunas historias adquieren visibilidad mientras otras quedan fuera del museo, del libro o de la memoria institucional.
Durante mucho tiempo, la conservación fue entendida principalmente como una tarea técnica: proteger los materiales frente al deterioro, estabilizar objetos y preservar su apariencia. Hoy, sin abandonar ese conocimiento especializado, el campo se pregunta también qué relaciones, experiencias y significados acompañan a cada objeto.
El Tercer Foro de Museos, titulado Espacios de reflexión patrimonial y vínculos para la participación comunitaria, discutirá precisamente la relación entre las instituciones y las personas a quienes representan. El IX Coloquio de Conservadores del Patrimonio Cultural pondrá el acento en la trama formada por objetos, personas y significados, mientras que una conferencia dedicada a la reapropiación del patrimonio arqueológico en Veracruz examinará cómo las comunidades pueden resignificar su vínculo con el pasado.
Estas actividades responden a una transformación profunda: el patrimonio ya no puede concebirse únicamente como algo que las instituciones protegen para las comunidades. También debe conservarse, interpretarse y activarse con ellas.
La inclusión, entonces, no consiste en añadir nuevas voces al final de un proceso ya decidido. Significa revisar quién formula las preguntas, quién posee el conocimiento, quién autoriza una interpretación y quién puede reconocerse en el resultado.
Por qué la antropología vuelve a ser urgente
La antropología todavía carga con la imagen de una disciplina dedicada a estudiar culturas remotas, sociedades antiguas o prácticas convertidas en curiosidad. No obstante, muchas de sus preguntas atraviesan los conflictos más visibles del presente.
¿Qué convierte a alguien en integrante de una comunidad? ¿Cómo transforma la migración las formas de pertenencia? ¿Qué se pierde cuando desaparece una lengua? ¿Quién decide cómo debe desarrollarse una ciudad? ¿Qué ocurre cuando el turismo convierte una práctica cultural en mercancía? ¿Cómo se investiga a otras personas sin hablar en su nombre?

La programación de la FILAH demuestra que estas cuestiones no pertenecen únicamente al pasado. La Tercera Jornada de Género, Equidad e Inclusión abordará los mitos de la “corpo-normatividad”; el IV Foro del Decenio Internacional de Lenguas Indígenas se concentrará en el trabajo de campo lingüístico; el encuentro del Parlamento de Naciones Originarias abrirá un espacio para la representación de pueblos indígenas, y el foro Diálogos desde el territorio examinará el trabajo transdisciplinario y las etnografías colaborativas.
La antropología resulta urgente porque ayuda a mirar aquello que las explicaciones rápidas suelen borrar: las relaciones de poder detrás de una costumbre, la memoria escondida en un objeto cotidiano, las tensiones entre identidad y territorio o las consecuencias humanas de una transformación urbana.
En una época dominada por información fragmentaria, discursos polarizados y categorías que reducen a las personas a identidades rígidas, las humanidades ofrecen algo menos espectacular pero indispensable: contexto. Enseñan a observar antes de concluir, a escuchar antes de clasificar y a reconocer que ninguna sociedad puede comprenderse sin atender sus contradicciones.
Francia y Veracruz: dos formas de mirar el patrimonio
La presencia de Francia y Veracruz permite construir un diálogo entre tradiciones intelectuales, territorios y formas distintas de relacionarse con la memoria.
Francia llega como representante de una tradición decisiva para el desarrollo de la antropología, la arqueología, la historia y la lingüística. Su programa incluye encuentros sobre los intercambios culturales entre México y Francia, la solidaridad antifascista, la influencia francesa en Veracruz y las relaciones construidas mediante la cultura, la ciencia y la educación. También habrá un conversatorio dedicado a la vigencia de Henri Lefebvre y al derecho a la ciudad frente a la gentrificación, uno de los problemas urbanos más discutidos en México durante los últimos años.
Veracruz aporta una lectura del patrimonio arraigada en la convivencia de pueblos, lenguas y tradiciones. Su presencia recorrerá las culturas mesoamericanas, la herencia afrodescendiente, los textiles, la cocina, la música, la oralidad y las prácticas comunitarias que continúan transformándose.

Entre las actividades aparecen conversaciones sobre la comunidad nahua de Tatahuicapan de Juárez, los sabores afromestizos de la cocina tradicional, la creatividad y el género en el Centro de las Artes Indígenas del pueblo totonaca, así como un coloquio dedicado a las experiencias de esclavitud y libertad de las afrodescendencias en Veracruz y Francia.
Los invitados no funcionan solamente como escaparates culturales. Permiten entender que el patrimonio puede habitar al mismo tiempo en una teoría sobre la ciudad y en una receta transmitida entre generaciones; en un archivo diplomático y en una lengua hablada alrededor del fogón; en una institución que conserva objetos y en una comunidad que todavía les da sentido.
Leer para preservar
Hablar de patrimonio suele evocar edificios, zonas arqueológicas, vitrinas y ceremonias. Sin embargo, gran parte de aquello que una sociedad logra transmitir depende de prácticas menos visibles: registrar testimonios, describir técnicas, comparar fuentes, traducir lenguas, ordenar archivos y publicar los resultados.
El libro continúa siendo uno de los instrumentos más poderosos para realizar ese trabajo. No porque sea inmune al olvido, sino porque obliga a detenerse. Frente a la velocidad con la que circulan versiones simplificadas del pasado, ofrece espacio para documentar matices, conservar vocabularios y presentar investigaciones que difícilmente cabrían en una publicación fugaz.
La FILAH no resolverá por sí misma los conflictos que rodean al patrimonio. Ninguna feria puede devolver una lengua perdida, impedir la destrucción de un paisaje o garantizar que todas las comunidades sean escuchadas. Pero sí puede acercar esas discusiones a públicos distintos de los especialistas y mostrar que la preservación no consiste en inmovilizar una cultura hasta convertirla en reliquia.
Conservar es permitir que una memoria siga siendo interpretada, discutida y transmitida. Es aceptar que el patrimonio cambia porque también cambian las personas que lo heredan. Y es reconocer que la inclusión no debilita la historia: la vuelve más completa.
Quizá el patrimonio sobreviva no solo porque lo guardamos en vitrinas, sino porque todavía somos capaces de leerlo, cuestionarlo y reconocernos —con todas nuestras diferencias— dentro de él.





























































