Una persona camina lentamente por un sendero. Siente el contacto de los pies con la tierra, escucha los sonidos que la rodean y presta atención a su respiración. No intenta llegar a ninguna parte con especial rapidez. En las enseñanzas de Thích Nhất Hạnh, una escena tan sencilla podía convertirse en una forma de meditación. El maestro budista vietnamita dedicó buena parte de su vida a explicar que los actos cotidianos —lavar los platos, beber una taza de té, abrir una puerta— ofrecían oportunidades para recuperar una atención que solemos entregar al recuerdo de lo ocurrido o a la anticipación de lo que todavía no sucede.
Su propuesta adquirió una difusión extraordinaria. Las personas que acudían a escucharlo llegaban con historias distintas: algunos buscaban una práctica espiritual, otros intentaban encontrar alivio frente al duelo o el agotamiento. Había también quienes conocían su trabajo como defensor de la paz durante la guerra de Vietnam. A todos les hablaba de la respiración, de la necesidad de reconocer el sufrimiento y de una forma de vivir en la que cada acción merecía ser experimentada mientras ocurría.
Thích Nhất Hạnh nació el 11 de octubre de 1926 en Huế, Vietnam, cuando el territorio formaba parte de la Indochina francesa. Murió en enero de 2022, a los 95 años, después de haber escrito más de un centenar de libros y establecido comunidades de práctica budista en distintos países. El centenario de su nacimiento, este 11 de octubre de 2026, permite regresar a una trayectoria atravesada por la colonización, las guerras del siglo XX y un exilio de casi cuatro décadas. Su enseñanza sobre la quietud nació en un país donde permanecer al margen de los acontecimientos había dejado de ser una opción para muchos de sus habitantes.
Un monasterio en tiempos de guerra
Tenía dieciséis años cuando ingresó al templo Từ Hiếu, en Huế, para comenzar su formación monástica. La ciudad, antigua capital imperial, conservaba tradiciones religiosas que convivían con las tensiones de la dominación colonial francesa. Durante los años siguientes, Vietnam atravesaría la ocupación japonesa, la lucha por la independencia y la división política que desembocó en una nueva guerra. La juventud de Nhất Hạnh transcurrió entre esos acontecimientos, mientras estudiaba textos budistas y comenzaba a preguntarse qué responsabilidad correspondía a los monjes frente al sufrimiento de la población.
Su formación no quedó limitada a las instituciones religiosas. Estudió materias seculares, escribió poesía y participó en un movimiento que buscaba renovar el budismo vietnamita. Le preocupaba especialmente la distancia entre la vida contemplativa de los monasterios y las necesidades de las comunidades que padecían las consecuencias de la violencia. Las enseñanzas sobre la compasión debían adquirir una expresión concreta allí donde había hambre, desplazamientos y familias que habían perdido sus viviendas.

Esa preocupación tomó forma en el llamado budismo comprometido, una corriente que vinculaba la práctica espiritual con la participación social. En lugar de considerar la meditación como una retirada permanente del mundo, Nhất Hạnh defendía la posibilidad de cultivar la atención y actuar desde ella. Durante la década de 1960 contribuyó a organizar la Escuela de la Juventud para el Servicio Social, una red de voluntarios que trabajó en la reconstrucción de aldeas, la educación y la asistencia a las poblaciones afectadas por la guerra.
En aquellas comunidades, la compasión adquiría la forma de una escuela improvisada o de una casa reconstruida. Los voluntarios debían aprender a trabajar en condiciones peligrosas, enfrentándose a la desconfianza de distintos actores políticos. La neutralidad que defendían frente a las fuerzas enfrentadas tampoco los protegía de la violencia. Algunos de sus compañeros fueron asesinados. Nhất Hạnh mantuvo su compromiso con la acción no violenta, convencido de que la reconciliación requería reconocer el sufrimiento de las personas a ambos lados del conflicto.
El precio de pedir la paz
En mayo de 1966, Thích Nhất Hạnh salió de Vietnam para emprender una gira internacional. Su objetivo era explicar las consecuencias humanas de la guerra y reclamar una solución negociada. Visitó universidades, habló ante organizaciones religiosas y buscó interlocutores capaces de influir en la opinión pública estadounidense, en un momento en que la intervención militar de Estados Unidos se intensificaba.
Durante ese viaje conoció a Martin Luther King Jr. Ambos compartían su defensa de la no violencia, aunque procedían de tradiciones religiosas y experiencias históricas diferentes. En 1967, King propuso al monje vietnamita para el Premio Nobel de la Paz, destacando su trabajo en favor de una salida pacífica al conflicto. Ese mismo año, el dirigente estadounidense pronunció su discurso contra la guerra de Vietnam en la iglesia Riverside de Nueva York, una intervención que provocó fuertes críticas incluso entre algunos de sus aliados.

Las posiciones de Nhất Hạnh resultaban incómodas para los gobiernos enfrentados. Su oposición a la guerra y sus llamados a la reconciliación terminaron cerrándole la posibilidad de regresar a su país. El viaje que había comenzado como una misión de paz se convirtió en un exilio que se prolongaría durante 39 años.
Durante ese tiempo vivió principalmente en Francia, donde enseñó, escribió y participó en iniciativas relacionadas con la comunidad vietnamita desplazada. En 1969 encabezó la delegación budista vietnamita que buscaba promover la paz durante las negociaciones celebradas en París. También trabajó en labores de apoyo a refugiados que huían por mar. Su pensamiento sobre el sufrimiento se alimentaba de esas experiencias, de las personas que había conocido y de una patria que permanecía inaccesible.
La distancia de Vietnam dejó una huella en sus poemas y escritos. En ellos aparecen la nostalgia, el desarraigo y la preocupación por quienes continuaban viviendo bajo las consecuencias del conflicto. Su lenguaje espiritual adquiría entonces una dimensión política: aprender a reconocer el dolor de otro ser humano podía abrir una posibilidad de diálogo allí donde las identidades y las lealtades parecían irreconciliables.
La pequeña revolución de prestar atención
Uno de sus libros más conocidos, El milagro de mindfulness, surgió de las enseñanzas que dirigía a sus compañeros de trabajo social en Vietnam. Publicado originalmente en la década de 1970, presentaba la atención plena mediante acciones ordinarias. Un plato podía lavarse prestando atención al agua y al movimiento de las manos. Caminar dejaba de ser un trámite entre dos lugares. Respirar, un acto que suele ocurrir sin que reparemos en él, ofrecía una manera de regresar al momento presente.
Con los años, ese enfoque ayudó a popularizar el término mindfulness en Occidente. La práctica fue incorporada a programas educativos, espacios terapéuticos y propuestas de bienestar. Parte de su difusión se produjo fuera de los contextos religiosos que habían dado origen a las enseñanzas de Nhất Hạnh. La atención plena terminó asociándose también con aplicaciones móviles, cursos para mejorar la concentración y estrategias empresariales destinadas a manejar el estrés.

Esa expansión plantea una tensión interesante con el pensamiento del monje vietnamita. En su obra, la atención estaba estrechamente relacionada con la ética, la compasión y la comprensión de nuestra dependencia de otras personas y del entorno. Su concepto de interser proponía reconocer esas relaciones incluso en objetos aparentemente insignificantes. Una hoja de papel, por ejemplo, podía entenderse a través del árbol del que procedía, la lluvia que lo alimentó y las manos que participaron en su fabricación. La observación de lo cotidiano conducía hacia una conciencia de las condiciones materiales que hacen posible nuestra existencia.
Lejos de prometer una vida sin dificultades, Nhất Hạnh insistía en la necesidad de aprender a permanecer junto al sufrimiento sin negarlo. La meditación podía ayudar a reconocer una emoción dolorosa antes de reaccionar impulsivamente, pero no sustituía las condiciones sociales necesarias para una vida digna ni eliminaba las pérdidas inevitables. Su experiencia durante la guerra había mostrado que la serenidad individual y la responsabilidad colectiva necesitaban encontrarse.
En 1982 fundó Plum Village, una comunidad de práctica en el suroeste de Francia. Con el tiempo se convirtió en un centro internacional al que acudieron miles de visitantes. Allí, las campanas señalaban momentos para interrumpir una actividad y volver a la respiración. Las comidas podían realizarse en silencio. Los recorridos a pie adquirían la lentitud deliberada de una meditación compartida. Aquellas prácticas otorgaban una forma visible a las ideas que había desarrollado durante décadas.
Regresar al lugar donde todo comenzó
En 2005, después de 39 años de exilio, Thích Nhất Hạnh pudo visitar nuevamente Vietnam. Regresó al templo donde había iniciado su vida monástica y encabezó encuentros con comunidades budistas. Su retorno se produjo en un contexto político distinto, aunque las relaciones entre las autoridades vietnamitas y algunas comunidades religiosas seguían siendo complejas.
Continuó viajando y enseñando hasta noviembre de 2014, cuando sufrió una grave hemorragia cerebral que afectó su capacidad para hablar y caminar. Después de varios periodos de recuperación y de permanecer en comunidades de práctica en Francia y Tailandia, decidió volver definitivamente a Vietnam en 2018. Eligió el templo Từ Hiếu, en Huế, para pasar sus últimos años.
Las fotografías de aquella etapa lo muestran en silla de ruedas, acompañado por discípulos durante recorridos por los jardines del monasterio. Había perdido buena parte de su capacidad de comunicación verbal, aunque continuó participando en la vida de la comunidad. Murió el 22 de enero de 2022, rodeado de sus discípulos, en el mismo lugar donde había ingresado como novicio ocho décadas antes.

Su legado permanece en los libros, en las comunidades que fundó y en la circulación mundial de prácticas que contribuyó a dar a conocer. También persiste una pregunta que su trayectoria obliga a mantener abierta: qué significa detenerse cuando las circunstancias exigen actuar. Para Nhất Hạnh, la respuesta estuvo marcada por la guerra y por una convicción que sostuvo incluso durante el exilio: una persona necesita aprender a observar lo que ocurre antes de decidir cómo intervenir.
Cien años después de su nacimiento, esa invitación encuentra un escenario distinto. La atención se disputa entre pantallas, jornadas de trabajo y estímulos diseñados para ocupar cada instante disponible. Detenerse puede parecer un privilegio cuando las obligaciones apenas dejan tiempo para descansar. La enseñanza de Nhất Hạnh obliga entonces a considerar las condiciones que permiten hacerlo: quién dispone de unos minutos de silencio, quién puede caminar sin prisa y quién tiene que seguir trabajando mientras otros aprenden a respirar.
En los senderos de Plum Village, la meditación caminando continúa practicándose a un ritmo deliberadamente lento. Quien participa escucha el roce de sus pasos sobre la tierra y observa cómo se mueve el paisaje mientras avanza. Al terminar el recorrido, el camino sigue allí. Las tareas pendientes también. Lo que ha cambiado, quizá apenas durante unos minutos, es la atención con que una persona vuelve a encontrarse con ellas.






























































