El 8 de octubre de 1963, Remedios Varo murió inesperadamente en Ciudad de México, a los 54 años. Había comenzado a recibir reconocimiento apenas unos años antes, cuando sus pinturas empezaron a atraer a un público fascinado por aquellas habitaciones estrechas, criaturas de rostros alargados y máquinas que parecían obedecer leyes desconocidas. Su muerte interrumpió una etapa de extraordinaria actividad. Quedaron sus cuadros, sus dibujos preparatorios y una colección de escritos donde continuaba ensayando las posibilidades de su imaginación.
La historia de Varo permite explorar una circunstancia singular: buena parte de las imágenes que hoy definen su obra aparecieron durante la última década de su vida. Había atravesado la Guerra Civil española, el París ocupado y el exilio antes de encontrar en México las condiciones para dedicarse de lleno a la pintura. Allí desarrolló un lenguaje reconocible, habitado por mujeres que bordan paisajes, criaturas que nacen del dibujo y personajes que buscan salir de edificios donde parecen haber permanecido durante siglos.

El largo camino hasta México
Remedios Varo nació el 16 de diciembre de 1908 en Anglès, Girona. Su padre, ingeniero hidráulico, la familiarizó desde pequeña con el dibujo técnico y los mecanismos de precisión. Años después ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde adquirió una formación rigurosa que acabaría aplicando a las escenas menos previsibles. En sus pinturas, incluso los instrumentos destinados a producir fenómenos imposibles están construidos con la exactitud de quien conoce el funcionamiento de una máquina.
Durante los años treinta frecuentó los círculos surrealistas de Barcelona y París. Compartió espacios con artistas como André Breton y Óscar Domínguez, mientras Europa se precipitaba hacia la guerra. En noviembre de 1941 llegó a México junto al poeta Benjamin Péret, después de escapar de la Francia ocupada. El país que inicialmente representaba un refugio terminó convirtiéndose en su residencia definitiva. Allí conoció a Leonora Carrington, con quien desarrolló una amistad alimentada por intereses literarios y artísticos compartidos.
Los primeros años mexicanos estuvieron ocupados por trabajos comerciales, encargos publicitarios y proyectos que le permitían sostenerse económicamente. La transformación llegó durante la década siguiente. Tras establecer su relación con Walter Gruen en 1952, pudo concentrarse en su pintura. En 1955 participó en una exposición colectiva de la Galería Diana y, al año siguiente, presentó su primera muestra individual. Tenía 47 años.

Las mujeres que fabricaban universos
En Bordando el manto terrestre (1961), varias mujeres trabajan frente a sus telares en el interior de una torre. Sus hilos descienden por las ventanas y se convierten en paisajes poblados de caminos, edificios y montañas. Una figura vigila la operación, mientras las bordadoras ejecutan una tarea de proporciones cósmicas. El cuadro pertenece a un tríptico que comienza con Hacia la torre y termina con La huida. Las tres pinturas permiten leer una historia de formación, encierro y emancipación, atravesada por referencias a la propia biografía de Varo.
Resulta tentador interpretar a esas mujeres como imágenes de la creación artística. Varo, que había pasado años trabajando para sobrevivir, conocía la distancia entre fabricar algo por obligación y hacerlo por deseo. En el cuadro, las protagonistas producen el mundo bajo la supervisión de una autoridad. En la última escena del tríptico, una de ellas consigue escapar.

También hay una peculiar forma de humor en sus pinturas. En La creación de las aves (1957), una criatura con cuerpo de lechuza utiliza un instrumento conectado a la luz de las estrellas para dibujar pájaros que inmediatamente cobran vida. La escena recuerda a un taller de artista y a un laboratorio científico. Sobre la mesa descansa una paleta; alrededor, los aparatos transforman el acto de pintar en una operación extraordinaria.
Papilla estelar (1958) ofrece una imagen distinta. Una mujer sentada en una pequeña torre alimenta a una luna encerrada en una jaula. Para preparar su alimento utiliza una máquina que parece recoger materia del cielo. La figura cuida a un astro cautivo mientras permanece aislada del universo que la rodea. El gesto resulta tierno e inquietante: alimentar también puede convertirse en una forma de mantener cautivo aquello que se ama.
Una pintora que encontraba preguntas en la ciencia
La astronomía, la alquimia y las teorías sobre la naturaleza de la conciencia aparecen constantemente en sus pinturas. Varo se interesaba por las posibilidades de las ciencias, aunque las trasladaba a territorios donde dejaban de funcionar sus reglas habituales. Sus máquinas podían navegar por bosques, destilar emociones o transformar una melodía en materia visible.
Esos artefactos poseen una cualidad que los distingue de las imágenes puramente fantásticas. Casi siempre parecen tener una utilidad. Sus personajes estudian, experimentan y trabajan; utilizan herramientas cuyo propósito reconocemos antes de advertir que el resultado pertenece a un universo inventado.

La precisión de sus trazos intensifica ese efecto. Los pasillos tienen profundidad, las telas parecen pesadas y los instrumentos se sostienen mediante poleas o soportes que guardan cierta coherencia mecánica. Lo extraordinario aparece dentro de habitaciones construidas con paciencia, como si bastara conocer correctamente sus instrucciones para reproducir el experimento.
Su imaginación también se alimentaba de la literatura. Entre los documentos conservados de Varo figuran cuentos fantásticos, cuadernos de notas y correspondencia con intelectuales y artistas. Su trabajo pictórico convivía con una escritura que todavía permite descubrir otras facetas de su pensamiento.
La muerte de una hechicera
Cuando Varo murió en 1963, su reconocimiento apenas había comenzado a consolidarse. Tenía 54 años y había desarrollado durante la década anterior algunas de sus pinturas más recordadas. André Breton, figura central del movimiento surrealista, reaccionó a su fallecimiento con una frase que desde entonces acompaña su biografía: «El surrealismo reclama toda la obra de una hechicera que se fue demasiado pronto».
Hoy, el Museo de Arte Moderno conserva 39 obras de la artista y un archivo formado por dibujos preparatorios, fotografías, libros, correspondencia y objetos personales. La colección Gruen-Varsoviano ha permitido reconstruir aspectos de su proceso creativo que las pinturas terminadas apenas sugieren: decisiones compositivas, ensayos visuales y pequeñas observaciones que encontraron distintas formas de sobrevivir al tiempo.

La muerte temprana invita a imaginar las pinturas que Remedios Varo habría realizado durante los años siguientes. Quizá sus personajes habrían encontrado nuevas formas de desplazarse, sus máquinas habrían desarrollado funciones todavía desconocidas o las mujeres de sus torres habrían descubierto otras maneras de abandonarlas.
Pero hay algo especialmente curioso en sus cuadros terminados. Ninguno parece mostrar un universo completamente resuelto. Los aparatos continúan funcionando, las figuras avanzan hacia destinos que desconocemos y los paisajes se prolongan detrás de las ventanas. Varo dejó sus mundos en marcha.































































