Una casa puede abandonarse en unos minutos. Los documentos van primero, si hay tiempo para buscarlos; después alguna muda de ropa, medicamentos, agua, aquello que pueda cargarse sin retrasar la salida. Queda la vajilla en los estantes, una cama sin tender, fotografías que nadie pensó que necesitaría llevar consigo. A veces la familia conserva una llave. En muchas guerras, esa llave sobrevive más que la puerta.
El 7 de octubre contiene hoy dos fechas difíciles de separar de la historia reciente. El 7 de octubre de 2001, Estados Unidos y Reino Unido comenzaron los ataques sobre Afganistán, menos de un mes después de los atentados del 11 de septiembre. Veintidós años más tarde, el 7 de octubre de 2023, Hamás y otros grupos armados palestinos atacaron comunidades y una celebración musical en el sur de Israel; alrededor de 1,200 personas murieron y 251 fueron tomadas como rehenes. La ofensiva israelí que siguió sobre Gaza ha dejado, tres años después, decenas de miles de palestinos muertos y una población que continúa viviendo entre desplazamientos, destrucción y restricciones sobre bienes indispensables.
Poner ambas fechas en una misma página exige cuidado. Afganistán y Gaza tienen historias, responsabilidades y actores distintos; una coincidencia en el calendario no los vuelve intercambiables. Pero hay una pregunta que atraviesa cualquier frontera cuando empiezan los bombardeos: ¿qué ocurre con la gente que estaba intentando vivir allí antes de que comenzara la guerra?
La primera cosa que desaparece puede ser la casa
Afganistán ya era un país marcado por décadas de violencia cuando comenzaron los ataques de octubre de 2001. La invasión soviética de 1979 había dado paso a años de guerra, enfrentamientos entre facciones y el ascenso de los talibanes. Para muchas familias afganas, aquella nueva intervención llegó después de desplazamientos anteriores. UNHCR calculó que durante 2001 unas 511,000 personas fueron desplazadas dentro de Afganistán, llevando a 1.2 millones el número de desplazados internos bajo su mandato; cerca de 200,000 afganos huyeron además del país ese año, uniéndose a los más de 3.5 millones que ya se encontraban fuera.

Las cifras tienen una particular crueldad: cuanto mayores se vuelven, más difícil resulta imaginar aquello que cuentan. Quinientas once mil personas pueden entrar en una tabla; cuesta más pensar en quinientas once mil decisiones sobre qué llevar, hacia dónde caminar, a quién esperar antes de marcharse. Un informe de UNHCR de noviembre de 2001 hablaba de personas que comenzaban a regresar a Kabul mientras otras intentaban volver a las llanuras de Shomali, al norte de la capital, de donde unas 200,000 habían sido expulsadas durante años anteriores de guerra civil. En esas pocas líneas administrativas aparece uno de los movimientos más persistentes de cualquier conflicto: salir, esperar, regresar, descubrir qué queda.
Veinticinco años después del comienzo de aquella guerra, Gaza ofrece otra imagen del desplazamiento prolongado. En octubre de 2026, la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios calcula que 279,000 personas viven en sitios susceptibles de inundarse o en edificios inseguros; 235,000 se encuentran en zonas de desplazamiento con riesgo medio o alto de inundación y cerca de 44,000 permanecen dentro de construcciones que necesitan demolición total o parcial. La temporada de lluvia convierte entonces una estadística de guerra en algo tan doméstico como preguntarse por dónde entrará el agua cuando el techo ya está dañado.
La guerra también ocurre a la hora de comer
Los relatos militares suelen organizarse alrededor de ofensivas, territorios conquistados, operaciones y acuerdos. Para quien permanece dentro de una guerra, el tiempo puede medirse de formas mucho menos espectaculares: las horas de electricidad, el agua disponible para ese día, la distancia hasta una clínica, la posibilidad de encontrar harina.
OCHA informaba a comienzos de este mes que 74% de la población de Gaza dependía del agua potable transportada en camiones. Las plantas desalinizadoras del sur habían reducido su producción por falta de piezas y equipo, mientras la recolección de basura dependía en algunos lugares de carros tirados por burros y vehículos de Naciones Unidas. Desde octubre, la falta de fondos amenaza también con disminuir la producción de comidas calientes y la distribución mensual de paquetes de alimentos.

Es difícil encontrar una imagen más precisa de lo que hace una guerra prolongada: actividades que antes apenas merecían atención empiezan a requerir una infraestructura extraordinaria. Conseguir agua necesita camiones; preparar una comida depende de corredores humanitarios; dormir bajo techo exige comprobar si el edificio puede mantenerse en pie.
Afganistán dejó también una cuenta humana que supera ampliamente los combates entre soldados. El proyecto Costs of War, de la Universidad Brown, estima que unas 243,000 personas murieron directamente como consecuencia de la guerra en Afganistán y Pakistán; el cálculo incluye más de 47,000 civiles muertos en Afganistán hasta abril de 2021 y advierte que estas cifras no incorporan las muertes indirectas provocadas por enfermedad, falta de alimento, pérdida de acceso al agua o destrucción de infraestructura.
Esa última precisión importa. Una guerra continúa produciendo daño lejos del lugar donde cae una bomba. Puede hacerlo en una sala de urgencias sin medicamentos, en un embarazo atendido demasiado tarde, en el cuerpo de un niño que deja de recibir suficiente alimento.
Tres años caben dentro de una infancia
Este 7 de octubre, en Israel, familias y comunidades volvieron a reunirse para recordar a quienes murieron durante los ataques de 2023 y a las personas que fueron secuestradas. En Kfar Aza, uno de los kibutz atacados aquel día, muchos habitantes siguen desplazados tres años después. Entre quienes lograron regresar de la cautividad, las consecuencias aparecen en acciones pequeñas: reconstruir una familia, aprender un oficio, intentar dormir, acompañar a otras personas que también sobrevivieron.

Al otro lado de la frontera, Reuters encontró este aniversario a palestinos recordando cómo era su vida antes de la guerra entre edificios destruidos y campamentos improvisados. La cifra de muertos reportada por las autoridades sanitarias de Gaza supera los 74,000 desde el comienzo de la ofensiva israelí; buena parte de los aproximadamente dos millones de habitantes del territorio continúa viviendo en condiciones precarias.
Tres años parecen poco cuando se colocan junto a los veinte de Afganistán. Para un niño, ocupan otra escala. Pueden contener el paso de aprender a leer a empezar la primaria, la pérdida de una casa que apenas alcanzó a recordar, varios inviernos durmiendo en lugares distintos. OCHA registró en septiembre de 2026 que las enfermedades transmisibles representaban 19% de las más de 280,000 consultas médicas realizadas por socios humanitarios durante una semana en Gaza; las infecciones respiratorias eran las más frecuentes.
La palabra desplazado tampoco termina cuando alguien consigue un techo. Dentro caben escuelas interrumpidas, barrios que dejan de existir como se recordaban, trabajos perdidos y familias dispersas. El regreso, cuando ocurre, puede conducir a un lugar físicamente reconocible que ya no permite recuperar la vida anterior.
Después de que termina la noticia
La guerra de Afganistán duró casi veinte años. Para buena parte del mundo comenzó con imágenes nocturnas de explosiones sobre Kabul y terminó en agosto de 2021 con otras imágenes: personas corriendo junto a un avión en el aeropuerto, multitudes intentando abandonar el país, los talibanes de nuevo en la capital. Entre esas dos secuencias quedaron millones de vidas que difícilmente cabían en los momentos elegidos para resumir la guerra.
También ahí hay algo que conviene recordar este 7 de octubre. Los conflictos tienen fechas que los medios pueden imprimir en una cronología; las personas viven después dentro de un calendario diferente. La guerra continúa el día en que desaparece de la portada, el mes en que empieza otra crisis, el año en que el resto del mundo encuentra una nueva imagen hacia la cual dirigir la mirada.

Hoy, el 7 de octubre pertenece de una manera inmediata a las víctimas de los ataques perpetrados por Hamás en 2023, a quienes sobrevivieron al secuestro y a las familias que siguen reconstruyendo sus vidas; pertenece también a una población palestina que ha atravesado tres años de muerte, hambre, desplazamiento y destrucción. Veintidós años antes, esa misma fecha había abierto otro periodo de guerra cuyos efectos siguen presentes en Afganistán.
Quizá por eso resulte insuficiente recordar estas fechas únicamente preguntando quién atacó primero, qué gobierno tomó determinada decisión o cuánto territorio cambió de manos. Esas preguntas siguen siendo necesarias y sus respuestas importan. Junto a ellas queda otra, menos cómoda porque rara vez admite una conclusión: qué sucede con quienes no eligieron estar allí cuando comienza la guerra.
Una mochila preparada junto a una puerta. Un medicamento que debe conservarse frío en un lugar donde la electricidad falla. Una llave cuya casa quizá ya no existe. Hay vidas enteras escondidas detrás de palabras como desplazamiento, daños colaterales o crisis humanitaria.
Las guerras consiguen ocupar mapas enormes. Para quien queda en medio, a veces terminan reduciendo el mundo a aquello que todavía puede cargar entre las manos.






























































