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Thelonious Monk — el pianista que también componía con silencios

A 109 años de su nacimiento, recordamos al músico que cambió el lenguaje del jazz con acordes inesperados, pausas deliberadas y una forma distinta de escuchar.

Había algo desconcertante en la manera en que Thelonious Monk se sentaba frente al piano. Sus dedos parecían buscar caminos que otros músicos habrían descartado; golpeaba las teclas con una precisión casi percusiva, interrumpía una frase donde se esperaba su continuación y, de pronto, dejaba de tocar. Durante unos segundos, el contrabajo y la batería seguían adelante mientras él permanecía inmóvil o se levantaba del banco. A veces caminaba alrededor del escenario, daba unos pasos de baile y regresaba para introducir un acorde que cambiaba la dirección de toda la pieza. Aquellos movimientos desconcertaban tanto como su música, aunque respondían a una misma libertad: Monk sabía perfectamente cuándo intervenir y cuándo dejar que los demás ocuparan el espacio.

Su sonido era reconocible incluso para quienes desconocían su nombre. Bastaban unos compases para advertir esos intervalos ásperos, las notas que parecían caer fuera de lugar y una manera de administrar el tiempo que hacía imposible anticipar del todo su siguiente movimiento. En una época en la que buena parte de los pianistas de jazz exhibían su destreza mediante largas sucesiones de notas, Monk encontraba posibilidades expresivas en la interrupción. El silencio tenía duración, peso y consecuencias sobre lo que venía después.

Thelonious Sphere Monk nació el 10 de octubre de 1917 en Rocky Mount, Carolina del Norte. Murió en 1982, a los 64 años, cuando sus composiciones ya formaban parte del repertorio habitual del jazz moderno. Este sábado habría cumplido 109 años. Su influencia atraviesa generaciones de pianistas que siguen estudiando aquellas frases extrañas, aparentemente sencillas, cuyo equilibrio resulta mucho más difícil de reproducir de lo que sugiere una primera escucha.

Nueva York, antes de que el jazz cambiara de idioma

En 1922, la familia Monk se trasladó a Nueva York y se estableció en San Juan Hill, un barrio de Manhattan con una comunidad afroamericana activa, situado en una zona que décadas después sería transformada por la construcción del Lincoln Center. Allí, el futuro pianista creció rodeado de iglesias, fiestas vecinales y músicos que tocaban para un público acostumbrado a distinguir el swing de una buena improvisación. El piano llegó temprano a su vida. Aprendió observando a su hermana, recibió algunas lecciones formales y absorbió la influencia de intérpretes como James P. Johnson y Fats Waller, cuyas manos podían mantener un ritmo vigoroso mientras desarrollaban melodías elaboradas.

Thelonious Monk frente al piano de Minton’s Playhouse, uno de los clubes de Harlem donde se gestó el bebop. Nueva York, 1947. Fotografía: William P. Gottlieb

El stride piano, estilo popularizado en Harlem durante las primeras décadas del siglo XX, dejó una huella reconocible en su trabajo. La mano izquierda alternaba bajos y acordes con una energía casi orquestal; la derecha podía desplazarse con una libertad que recordaba la improvisación de los instrumentos de viento. Monk conservaría esos recursos, aunque terminaría reorganizándolos de una manera difícil de clasificar. Su formación incluía también música religiosa y una familiaridad temprana con el repertorio clásico. Antes de cumplir veinte años había acompañado a un predicador itinerante y tocado en distintos espacios de Nueva York.

A comienzos de los años cuarenta encontró un lugar decisivo en Minton’s Playhouse, un club de Harlem donde músicos como Kenny Clarke, Dizzy Gillespie y Charlie Parker participaron en las sesiones que ayudarían a desarrollar el bebop. Después de sus compromisos habituales, los instrumentistas se reunían para probar armonías complejas y velocidades que exigían una concentración extraordinaria. Era un laboratorio musical alimentado por la competencia, el conocimiento de los estándares y el deseo de escapar de algunas convenciones de las grandes orquestas de swing.

Monk participó en ese ambiente desde el piano, aunque su búsqueda siguió un rumbo particular. Mientras Parker podía desarrollar líneas vertiginosas con el saxofón, Monk prefería construir frases más cortas, introducir tensiones y dejar que los acordes respiraran. Ambos contribuyeron a transformar el jazz desde dentro. En el caso de Monk, aquella transformación acabaría ofreciendo un lenguaje que todavía conserva algo de indescifrable.

El arte de colocar una nota donde nadie la esperaba

Escuchar una grabación de Monk exige abandonar ciertas expectativas. En Straight, No Chaser, el blues avanza mediante una figura obstinada que parece encontrar placer en sus propios desplazamientos rítmicos. Blue Monk parte también de una estructura reconocible, aunque cada pequeña variación altera la manera de escucharla. En ‘Round Midnight, la melodía se vuelve más introspectiva: las tensiones armónicas parecen prolongar una conversación que todavía tiene algo pendiente.

Lo desconcertante es que estas composiciones conservan una lógica precisa. Monk trabajaba con formas tradicionales de doce y treinta y dos compases, pero las llenaba de acentos desplazados, intervalos inesperados y soluciones armónicas personales. Los acordes disonantes no aparecen como accidentes ni como provocaciones gratuitas. Forman parte de una escritura cuidadosamente construida, donde cada sonido modifica el sentido de los demás.

Thelonious Monk durante una presentación en Bruselas, en 1964. Su interpretación del piano se distinguía por las disonancias, los acentos desplazados y los silencios deliberados. Fotografía: Mallory1180

Su relación con el silencio merece una atención particular. Cuando un pianista deja de tocar, el oído suele interpretar esa ausencia como una pausa momentánea antes de que regrese la melodía. Monk conseguía que ese intervalo adquiriera autonomía. Podía retirar el acompañamiento durante un solo de saxofón, permitiendo que el contrabajo y la batería alteraran la textura de la interpretación, o suspender una frase con la suficiente intención para que su continuación resultara imprevisible.

También utilizaba el cuerpo de una manera poco convencional. Sus manos caían sobre el teclado con movimientos angulares; en ocasiones empleaba dedos extendidos y ataques que contrastaban con las recomendaciones académicas de una técnica pianística fluida. Quienes confundían aquella apariencia con torpeza pasaban por alto el control necesario para sostenerla. Monk sabía tocar dentro de las convenciones y había decidido desarrollar otras posibilidades. Su economía de notas era tan deliberada como sus acentos más abruptos.

El resultado puede provocar una sensación curiosa. Una melodía suya parece estar a punto de tropezar, pero nunca pierde el equilibrio. La música avanza mediante pequeñas desviaciones, recuperaciones repentinas y una tensión entre lo familiar y lo inesperado. Ese sentido del humor, a veces seco y difícil de identificar, forma parte de su singularidad. Monk podía introducir una frase casi infantil junto a un acorde áspero, hacer que una repetición sonara ligeramente distinta o conceder a una nota aislada una importancia que otros habrían reservado para una cascada de sonidos.

El músico al que tardaron años en aprender a escuchar

La originalidad de Monk tuvo un costo. Sus primeras grabaciones como líder, realizadas para Blue Note a partir de 1947, recibieron atención entre músicos y algunos críticos, pero encontraron dificultades para llegar a un público amplio. Su estilo resultaba demasiado irregular para quienes asociaban el virtuosismo con la velocidad o la continuidad melódica. Durante años fue descrito como un excéntrico, una etiqueta cómoda que permitía hablar de sus sombreros, sus movimientos sobre el escenario y sus silencios sin detenerse demasiado en la complejidad de sus composiciones.

A aquellas dificultades se sumaron problemas profesionales. En 1951 perdió su cabaret card, el permiso policial necesario para trabajar en numerosos clubes de Nueva York, después de una detención relacionada con narcóticos. La prohibición restringió sus posibilidades de presentarse en la ciudad durante varios años. Monk siguió componiendo, grabando para Prestige y actuando donde encontraba oportunidades. Su carrera avanzó entre limitaciones económicas y una fidelidad a sus propias ideas musicales que rara vez se tradujo en concesiones comerciales.

Thelonious Monk durante una entrevista realizada al inicio de su gira neozelandesa de 1965, cuando su música había alcanzado reconocimiento internacional. 

La situación comenzó a cambiar durante la segunda mitad de los años cincuenta. Su contrato con Riverside permitió grabaciones como Brilliant Corners (1956), un disco que exponía la complejidad de su escritura y que hoy ocupa un lugar destacado dentro del jazz moderno. La pieza que le da título planteó tales dificultades durante las sesiones que la versión publicada tuvo que ensamblarse a partir de distintas tomas. Aquella música requería una atención considerable incluso de intérpretes experimentados.

En 1957, Monk recuperó su permiso para actuar en clubes y comenzó una residencia en el Five Spot Café junto al saxofonista John Coltrane. La colaboración resultó decisiva para ambos. Coltrane encontró en aquellas estructuras armónicas un terreno exigente para desarrollar sus improvisaciones; Monk dispuso de un músico dispuesto a estudiar sus composiciones con paciencia y explorarlas desde el saxofón. Las grabaciones conservadas de esa etapa permiten escuchar cómo ambos construían un diálogo en el que las frases se respondían, se interrumpían y volvían a encontrarse.

Una actuación de noviembre de 1957 en el Carnegie Hall quedó registrada en cintas que permanecieron prácticamente olvidadas durante décadas. Fueron localizadas en 2005 durante trabajos de preservación en la Biblioteca del Congreso estadounidense. La recuperación permitió escuchar nuevamente al cuarteto en uno de sus momentos más celebrados, con Ahmed Abdul-Malik al contrabajo y Shadow Wilson en la batería.

Para comienzos de los años sesenta, Monk había alcanzado una posición que pocos habrían imaginado durante sus primeros años en Blue Note. Firmó con Columbia Records, realizó giras internacionales y consolidó un cuarteto con el saxofonista Charlie Rouse. En febrero de 1964 apareció en la portada de Time, un reconocimiento excepcional para un músico de jazz. Su lenguaje seguía siendo reconociblemente el mismo. Lo que había cambiado era la disposición del público para escucharlo.

La última habitación de Thelonious Monk

A partir de los años setenta, sus presentaciones se hicieron cada vez menos frecuentes. Después de una serie de actuaciones y grabaciones, terminó retirándose de la vida pública. Pasó sus últimos años en la casa de Pannonica de Koenigswarter, una amiga y protectora de numerosos músicos de jazz, situada en Weehawken, Nueva Jersey. Allí tenía un piano que, según distintos testimonios, rara vez utilizaba. Su estado de salud se había deteriorado y su relación con el mundo exterior se volvió cada vez más limitada. Murió el 17 de febrero de 1982, después de sufrir un derrame cerebral.

Resultaría tentador relacionar aquel retiro con los silencios de sus composiciones, aunque hacerlo convertiría una circunstancia dolorosa en una metáfora demasiado conveniente. Las pausas musicales de Monk eran decisiones artísticas, construidas durante décadas de trabajo; su alejamiento de los escenarios pertenecía a otra historia, atravesada por problemas de salud y circunstancias personales que no pueden reducirse a una explicación estética.

Thelonious Monk en el Village Gate de Nueva York, el 1 de octubre de 1968. A comienzos de la década siguiente, sus actuaciones públicas se volverían cada vez menos frecuentes. Fotografía: Bernard Gotfryd 

Su obra permaneció en circulación. Pianistas y compositores siguieron regresando a Misterioso, Epistrophy, Well, You Needn’t y Ruby, My Dear, atraídos por unas melodías que conservan su extrañeza incluso después de numerosas interpretaciones. En las escuelas de música, sus piezas obligan a estudiar el ritmo con una atención especial y a preguntarse por qué una nota aparentemente sencilla puede cambiar por completo el carácter de un compás.

Quizá una buena manera de escucharlo hoy sea comenzar por ‘Round Midnight, dejar que termine la primera frase y prestar atención a lo que ocurre antes de que aparezca la siguiente. Después puede escucharse Monk’s Dream, donde su sentido del humor y sus desplazamientos rítmicos adquieren otra energía. Hay pequeños gestos que conviene seguir: una nota repetida, una pausa que parece prolongarse demasiado, un acorde que llega ligeramente desplazado del lugar donde se esperaba.

En esas fracciones de segundo todavía se reconoce a Thelonious Monk. Casi cualquier pianista puede tocar las notas escritas en una partitura suya. Conseguir que respiren de la misma manera sigue siendo otro asunto.

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