Una mano abierta puede convertirse en una paloma. Una mancha roja, colocada en el lugar preciso, puede bastar para hablar de una guerra. A veces, dos letras ligeramente desplazadas producen una inquietud que ninguna fotografía conseguiría explicar. El cartel trabaja con esas posibilidades: toma elementos reconocibles, altera su significado y confía en que alguien, incluso durante los pocos segundos que tarda en atravesar una calle, se detenga a mirar.
Durante buena parte de su historia, ese encuentro ocurrió entre paredes cubiertas de anuncios, estaciones de transporte y fachadas de edificios. Los carteles anunciaban películas, convocaban manifestaciones, promovían espectáculos o advertían sobre peligros colectivos. Algunos desaparecieron bajo nuevas capas de papel; otros terminaron en museos, donde su composición y sus recursos visuales comenzaron a estudiarse como parte de la historia del arte. Su capacidad para circular entre ambos espacios explica buena parte de su permanencia.
Del 22 al 25 de octubre de 2026, la Ciudad de México recibirá las jornadas centrales de la 19.ª Bienal Internacional del Cartel en México (BICM), con participación de diseñadores de 80 países y un programa dedicado a la cultura de paz. La Biblioteca de México, la Biblioteca Vasconcelos y el Centro de Cultura Digital figuran entre sus sedes. Habrá exposiciones, conferencias, talleres y encuentros con creadores como Isidro Ferrer, Yuko Shimizu y Alejandro Magallanes. La edición plantea una cuestión que acompaña al cartel desde hace décadas: qué puede conseguir una imagen cuando intenta intervenir en los asuntos de su tiempo.
Una historia escrita en las paredes
Antes de convertirse en objeto de colección, el cartel encontró su lugar en una ciudad que comenzaba a multiplicar sus estímulos visuales. A finales del siglo XIX, las técnicas de impresión en color permitieron producir imágenes atractivas y reproducirlas en grandes cantidades. Henri de Toulouse-Lautrec aprovechó esa posibilidad para representar los espectáculos del París nocturno. Sus figuras de siluetas reconocibles, colores planos y encuadres inesperados convirtieron el anuncio comercial en una forma de experimentación artística.
El cartel tenía una condición particular: debía comunicar algo concreto y hacerlo con rapidez. El diseñador disponía de una superficie limitada, frecuentemente compartida con imágenes competidoras. Por eso desarrolló recursos que después aparecerían en muchas otras disciplinas visuales: contrastes pronunciados, simplificación de figuras, tipografías capaces de dirigir la mirada y asociaciones entre objetos aparentemente distantes.

En el siglo XX, esa economía expresiva adquirió una dimensión política. Los movimientos revolucionarios, las campañas de propaganda y las organizaciones sociales comprendieron que una imagen reproducida miles de veces podía instalar un mensaje en la vida cotidiana. El cartel acompañó procesos de movilización y también fue utilizado por gobiernos autoritarios. Su eficacia dependía de la claridad de la propuesta gráfica, pero las ideas que difundía podían ser radicalmente distintas.
Uno de los capítulos más interesantes de esa historia se desarrolló en Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. La llamada Escuela Polaca del Cartel reunió a artistas que recurrieron al humor, la ilustración y las metáforas visuales para reinterpretar encargos cinematográficos, teatrales y culturales. En lugar de representar literalmente el contenido de una película, sus autores podían elegir un rostro fragmentado, una figura imposible o una composición enigmática. El anuncio se convertía en una interpretación de la obra.
En 1966, Varsovia inauguró su primera Bienal Internacional del Cartel. La iniciativa consolidó un circuito de intercambio artístico y contribuyó a que estas piezas fueran estudiadas, conservadas y exhibidas. La relación entre el espacio público y el museo comenzó entonces a plantear una dificultad interesante: ¿qué ocurre con una imagen concebida para circular cuando se contempla detenidamente, protegida por las condiciones de una sala de exposición?
México y una tradición que encontró su propia voz
En México, las imágenes impresas habían participado desde mucho antes en la conversación pública. Las hojas populares ilustradas por José Guadalupe Posada, la gráfica surgida de los conflictos revolucionarios y, posteriormente, los talleres colectivos del siglo XX establecieron distintas maneras de combinar la creación visual con la crítica política.
El Taller de Gráfica Popular, fundado en 1937, resulta especialmente revelador. Sus integrantes emplearon técnicas de reproducción accesibles para elaborar imágenes relacionadas con las luchas obreras, el antifascismo y las demandas sociales. Entre quienes participaron en su historia estuvieron Leopoldo Méndez, Pablo O’Higgins y Luis Arenal. Aquella producción ayudó a consolidar una idea del trabajo gráfico que encontraba su público fuera de las galerías.

Décadas después, en 1990, un grupo de diseñadores mexicanos impulsó la primera Bienal Internacional del Cartel en México. Entre sus promotores estuvieron Germán Montalvo, Felipe Covarrubias y Xavier Bermúdez. El proyecto surgió con una vocación educativa: construir un espacio donde los diseñadores pudieran intercambiar métodos de trabajo, presentar sus propuestas y contribuir a la formación de nuevas generaciones.
Su trayectoria ha acompañado algunos de los cambios más visibles de la profesión. La computadora modificó las herramientas de producción; internet amplió los circuitos de distribución y las redes sociales aceleraron el consumo de imágenes. Mientras tanto, la Bienal continuó reuniendo obras en las que el cartel funciona como una forma de pensamiento visual. La edición de 2026 recupera esa historia con un tema que atraviesa buena parte de las preocupaciones contemporáneas: la posibilidad de construir una cultura de paz.
Dibujar la paz desde lugares donde significa cosas distintas
La exposición Dibujando la Paz. 100 carteles latinoamericanos y del Caribe, que podrá visitarse del 24 de octubre al 9 de noviembre en el Centro de Cultura Digital, constituye uno de los núcleos de esta edición. La muestra reúne cien propuestas que examinan la convivencia, los derechos, la justicia y la solidaridad desde distintos territorios de la región.
La elección de América Latina y el Caribe introduce una dificultad que conviene conservar. Hablar de paz en sociedades atravesadas por la violencia criminal, las desapariciones, la desigualdad o los desplazamientos forzados exige reconocer experiencias que difícilmente caben en una representación uniforme. Una paloma blanca puede comunicar un deseo compartido, pero también convertirse en una imagen tan familiar que el espectador apenas repare en ella. El desafío de los diseñadores consiste en recuperar la capacidad de sorpresa y encontrar símbolos que permitan abordar situaciones concretas.

¿Cómo representar una ausencia sin recurrir a la fotografía de una persona desaparecida? ¿De qué manera puede un cartel hablar de justicia sin repetir los emblemas institucionales que suelen acompañarla? El trabajo gráfico ofrece posibilidades que van desde la denuncia explícita hasta la construcción de metáforas ambiguas, abiertas a diversas interpretaciones.
En esa tensión también aparece una de las limitaciones del medio. Una imagen puede despertar curiosidad, provocar indignación o permanecer en la memoria, pero resulta difícil establecer cuánto modifica las convicciones de quien la observa. La eficacia visual y la eficacia política responden a criterios diferentes. El cartel puede poner un problema frente a nuestros ojos; lo que ocurra después depende de circunstancias que exceden al diseñador.
Durante la presentación de la Bienal, Xavier Bermúdez insistió en que la cultura de paz forma parte de una reflexión sostenida por la institución desde su fundación, vinculada con la ecología, la justicia, la inclusión y el respeto. La exposición latinoamericana permitirá observar cómo estas preocupaciones encuentran formas visuales distintas, de acuerdo con las experiencias y tradiciones gráficas de quienes participan.
Las imágenes también tienen autores
Entre los invitados de la 19.ª Bienal se encuentra el español Isidro Ferrer, conocido por construir metáforas visuales mediante objetos cotidianos, materiales intervenidos y asociaciones inesperadas. Su trabajo suele comenzar con una transformación sencilla: un objeto cambia de función, una silueta adquiere otro significado y lo familiar aparece bajo una perspectiva distinta. Ferrer ofrecerá el 23 de octubre la conferencia Metáforas visuales en la Biblioteca Vasconcelos.

Ese mismo día participará el estadounidense Craig Frazier, cuyo trabajo explora la síntesis gráfica y las posibilidades narrativas de la ilustración. Su conferencia, Un faro de información, abordará la vigencia del cartel como medio de comunicación.
El 25 de octubre será el turno del diseñador mexicano Alejandro Magallanes, autor de una obra reconocible por sus dibujos de apariencia espontánea, sus juegos tipográficos y su sentido del humor. Bajo el título Me encanta hacer carteles, hablará de su experiencia y de su manera de aproximarse a este formato. Su trabajo permite recordar que una composición deliberadamente imperfecta puede comunicar con una precisión extraordinaria.

También participará la ilustradora japonesa Yuko Shimizu, cuya trayectoria combina técnicas tradicionales de dibujo con encargos editoriales contemporáneos. Su conferencia El poder de la ilustración, programada para el 25 de octubre, explorará las posibilidades narrativas de la imagen. Entre los demás invitados figuran la diseñadora suiza Annik Troxler, el surcoreano Byoung-Il Sun y el artista mexicano Eduardo Terrazas.
La presencia de estos creadores permite acercarse al cartel desde el oficio. Detrás de una imagen que parece resolverse en un gesto sencillo hay decisiones sobre escala, composición, materiales y legibilidad. Un diseñador debe considerar dónde aparecerá su obra, cuánto tiempo tendrá el público para observarla y qué referencias culturales necesita para comprenderla. La imagen puede viajar entre países, aunque su significado cambie durante el trayecto.
Del cartel polaco a las imágenes generadas por inteligencia artificial
La programación incluye Mazovia, Polonia–CDMX, México. Lazos de amistad, una exposición que recupera los vínculos entre las tradiciones gráficas de ambos países. Su inauguración está prevista para el 23 de octubre en CASA UC. También se presentará Carteles por la Paz y la Justicia, proyecto coordinado por Pouya Jahanshahi, y una muestra del colectivo internacional Posters Without Borders.
Estas exposiciones permiten observar cómo el cartel ha cambiado de soporte sin abandonar algunas de sus preocupaciones. Hoy, buena parte de la comunicación visual circula en pantallas, se adapta a distintos formatos y compite con una cantidad de imágenes difícil de dimensionar. Los programas de edición han facilitado operaciones que antes requerían procedimientos prolongados, mientras que la inteligencia artificial generativa introduce nuevas preguntas sobre autoría y procesos creativos.

La propia Bienal incorpora esta discusión. Byoung-Il Sun ofrecerá el 24 de octubre una conferencia dedicada a los procesos creativos y la inteligencia artificial. El tema resulta particularmente pertinente para una disciplina donde seleccionar, alterar o combinar imágenes forma parte del trabajo desde hace generaciones. Las nuevas herramientas obligan a examinar qué decisiones corresponden al diseñador, cómo se reconoce una aportación original y qué sucede cuando producir imágenes deja de representar una dificultad técnica considerable.
La velocidad de producción también modifica la relación con el espectador. En una pantalla podemos pasar frente a decenas de imágenes en pocos segundos; en una exposición, una sola composición puede mantenernos ocupados durante varios minutos. La diferencia afecta la forma de mirar. Una tipografía que parecía un detalle secundario revela su función dentro de la composición; una figura aparentemente abstracta comienza a adquirir contornos reconocibles.
Quizá por eso las bienales siguen encontrando público. Permiten reunir obras que habitualmente circularían por separado y compararlas sin la urgencia de una campaña publicitaria o de una publicación digital. También hacen visible algo que suele quedar oculto detrás de la imagen terminada: las decisiones de las personas que la concibieron.
Una bienal que se extiende por la ciudad
Las jornadas centrales comenzarán el 22 de octubre en la Biblioteca de México, con la premiación y apertura de la exposición de obras finalistas. La Biblioteca Vasconcelos recibirá nueve conferencias magistrales y diez talleres, para los cuales fueron seleccionados más de doscientos estudiantes de México mediante revisión de portafolios.
La programación incluye actividades en la Universidad del Claustro de Sor Juana, el Museo de la Cancillería y otros espacios culturales. En este último se presentará, del 16 de octubre al 27 de noviembre, México y Francia, 200 años de amistad. Cartas visuales enviadas de una orilla a otra, una muestra en la que diseñadores de ambos países reinterpretan referentes culturales de la otra nación.
Veracruz participará como estado invitado de honor. Su presencia ampliará el programa hacia el cine, los títeres y la música, con un concierto inaugural de son jarocho el 22 de octubre en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. La clausura, prevista para el 25 de octubre en el mismo recinto, contará con la Orquesta Sinfónica de Xalapa.

Al recorrer las exposiciones, algunas obras podrán reconocerse inmediatamente como carteles de protesta; otras parecerán ilustraciones, experimentos tipográficos o pequeños acertijos visuales. Esa diversidad impide reducir el diseño gráfico a una única manera de comunicar.
Un cartel puede sobrevivir muchos años al acontecimiento que motivó su creación. Pierde su ubicación original, queda separado del muro donde fue pegado y deja de cumplir la función para la que alguien lo encargó. Aun así, conserva detalles capaces de situarnos frente a las preocupaciones de otra época: las palabras que se eligieron, los símbolos que se consideraban reconocibles y aquello que un diseñador creyó necesario poner ante los ojos de los demás.
La Bienal permitirá observar también los carteles producidos para un presente saturado de fotografías, mensajes urgentes e imágenes que desaparecen con un movimiento del dedo. Algunos quedarán en archivos; otros circularán de pantalla en pantalla y quizá terminen impresos en una pared. Todavía está por verse cuáles conseguirán que alguien interrumpa su camino.






























































