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Kavinsky & la llamada nocturna que nunca dejó de sonar

“Nightcall” convirtió la transformación, la soledad y la carretera nocturna en un refugio para quienes alguna vez buscamos nuestro lugar en una ciudad desconocida.

La primera vez que Nightcall se volvió mía yo acababa de llegar de Nuevo León a CDMX. Trabajaba como trainee en una agencia de publicidad que en ese entonces estaba sobre Jaime Balmes en Polanco; y ganaba tres mil pesos al mes, cantidad que casi desaparecía por completo entre los traslados de una ciudad que todavía no sabía recorrer. Era uno de esos trabajos que se sostienen menos por el sueldo que por la esperanza de que, detrás del cansancio y las horas adicionales, estuviera comenzando algo.

Una noche (como muchas) nos tocó quedarnos hasta tarde. Viri, mi dupla, nacida en la ciudad, y yo, ya estábamos resignadas viendo cómo todos se iban a las 7pm. Alguien que en ese entonces se retrasó un poco fue Nacho, oriundo de Jalisco. Fue él quien reprodujo la canción. Su computadora mantuvo Nightcall sonando mientras Viri y yo hacíamos entrar y salir la música desde las nuestras, encendiéndola y silenciándola para que apareciera en distintos puntos de la oficina. Buscábamos una especie de efecto estéreo improvisado: por momentos, el sonido parecía desplazarse de un escritorio a otro.

No era realmente un concierto, pero así lo recuerdo, así se sentía. Una función privada construida con tres computadoras, en una agencia casi vacía, mientras la noche de trabajo se hacía un poco más llevadera. Cada cambio de la canción nos daba una indicación secreta: silencio, volumen, silencio, estallido. Afuera seguía la ciudad: enorme y todavía ajena. Adentro, por unos minutos, habíamos construido un lugar propio.

Años después entendí que ese era uno de los dones de Kavinsky: hacer que una noche ordinaria pareciera pertenecer a una película y que quienes la atravesábamos pudiéramos sentirnos dentro de una historia más grande.

Paseo de la Reforma durante la noche, en CDMX. Para quienes llegan desde otro lugar, una canción puede convertirse en el primer espacio reconocible dentro de una ciudad que todavía parece inmensa y desconocida.

El hombre que construyó una ciudad nocturna

Kavinsky no era únicamente el nombre artístico de Vincent Belorgey. Era un personaje, una silueta surgida de la cultura popular de los años ochenta, los automóviles deportivos, los videojuegos, el cine de acción y las carreteras iluminadas por neón. Dentro de la mitología que acompañaba su música, Kavinsky era un joven conductor que sufría un accidente en 1986 al volante de un Ferrari Testarossa y regresaba años después transformado en una criatura distinta, casi un fantasma electrónico.

Belorgey describió al personaje como una mezcla de las miles de películas que había visto durante su infancia y adolescencia. Con esa acumulación de referencias creó un universo que podía reconocerse antes incluso de escuchar una nota: gafas oscuras, ojos rojos, chamarra universitaria, máquinas veloces y ciudades vacías donde siempre parecía estar ocurriendo algo después de la medianoche. 

Su música provenía de esa misma imaginación. Los sintetizadores parecían motores; los ritmos, líneas discontinuas sobre el asfalto. Había en ella velocidad, pero también una nostalgia extraña: el recuerdo de un futuro que nunca ocurrió, reconstruido con películas, consolas y sonidos heredados de una década convertida en mito.

Antes de alcanzar una audiencia internacional, Belorgey había publicado los EP Teddy Boy1986 y Blazer y había compartido escenarios con artistas como Justice, SebastiAn y Daft Punk. Su primer álbum, OutRun, aparecería en 2013 como la expansión narrativa de aquel conductor renacido: trece piezas que componían una persecución, una transformación y un regreso. 

Pero fue una canción la que abrió definitivamente las puertas de ese mundo.

Portada de OutRun, primer álbum de Kavinsky, publicado en 2013. El automóvil, la noche y la ciudad iluminada condensan la mitología del conductor que regresa transformado después de un accidente.

La llamada que salió de la pantalla

Nightcall apareció originalmente en septiembre de 2010. Kavinsky la produjo junto con Guy-Manuel de Homem-Christo, integrante de Daft Punk, y la construyó como un diálogo: la voz procesada y casi inhumana del personaje encuentra respuesta en la de Lovefoxxx, cantante de CSS. En ella, alguien llama durante la noche para decir que regresará, que mostrará algo difícil de comprender y que ya no es la persona que se conocía antes. 

La canción ya contenía el universo completo de Kavinsky, pero su aparición en la secuencia inicial de Drive, estrenada en 2011, la transformó en una imagen colectiva. Mientras el automóvil recorre Los Ángeles durante la noche, la música no acompaña únicamente la escena: parece construirla. Las calles, los reflejos sobre el parabrisas y la distancia emocional del protagonista quedan unidos a una melodía que es, al mismo tiempo, amenaza y confesión. 

Poster británico original de Drive (Nicolas Winding Refn, 2011). La aparición de Nightcall en la secuencia inicial unió la música de Kavinsky con las carreteras nocturnas, el aislamiento urbano y la transformación silenciosa de su protagonista.

A partir de entonces resultó difícil escuchar Nightcall sin imaginar una carretera. Sin embargo, la canción nunca quedó encerrada en la película. Salió de la pantalla y comenzó a adherirse a otras ciudades, otros automóviles y otras noches. Cada persona podía colocar dentro de ella su propia transformación.

Para mí, esa transformación ocurría en CDMX. Recién llegaba y todavía no sabía qué parte de mí iba a sobrevivir al «nuevo comienzo» ni cuál comenzaría a construirse allí. La canción hablaba de alguien que regresaba convertido en otra cosa. Yo la escuchaba mientras intentaba comprender quién podía ser en una ciudad donde casi todo era nuevo: las rutas, los horarios, la agencia, el trabajo creativo y la precariedad de comenzar desde abajo. Antes de encontrar mi lugar en la ciudad, lo encontré durante unos minutos en una canción compartida.

Música para quienes todavía buscan su lugar

Algunas canciones que acompañan una etapa y después se alejan con ella. Otras hacen algo más extraño: la conservan completa. Basta escuchar sus primeras notas para que nos regresen al lugar, la hora, las personas y hasta la versión de nosotros mismos que habitó aquel instante.

La música de Kavinsky sabe crear esos espacios. Bajo su apariencia de velocidad y artificio hay una soledad reconocible. Sus canciones parecen hechas para conducir, pero también para permanecer inmóvil mirando una ciudad desde una ventana. Tenían la distancia de quien observa el mundo desde dentro de un automóvil y la intimidad de una voz que llama porque necesita decir algo que no se atrevería a pronunciar a plena luz.

Quizá por eso siguieron acompañando a tantas personas. Kavinsky convirtió una estética muy específica —el Testarossa, los sintetizadores, los años ochenta— en una emoción abierta: la de avanzar sin saber todavía hacia dónde, pero convencidos de que el movimiento mismo puede salvarnos por un momento.

Después de OutRun, se apartó durante varios años y regresó con Reborn en 2022. El título parecía prolongar la historia del personaje que siempre había vivido entre el accidente y el regreso. En 2024 interpretó Nightcall junto con Angèle durante la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de París, frente a una audiencia mundial. La canción que había nacido de una llamada solitaria ocupaba ahora un estadio completo. 

Kavinsky interpretó Nightcall junto con Angèle y Phoenix durante la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de París, el 11 de agosto de 2024. La canción nacida como una confesión nocturna terminó resonando ante un estadio entero.

La llamada que ahora también es despedida

Vincent Belorgey murió a los 50 años. Fue encontrado sin vida en su domicilio de París la noche del 28 de julio de 2026. La fiscalía abrió una investigación para determinar la causa del fallecimiento y señaló que, de acuerdo con las primeras observaciones, no había elementos que sugirieran la intervención de otra persona. 

La noticia llegó apenas unos días antes de que cumpliera 51 años y convirtió Nightcall en algo que hasta entonces no había sido para mí: una despedida. 

La canción conserva todo lo que ya tenía. La agencia, las computadoras, Viri, Nacho, el sueldo que se iba en transporte, la ciudad que apenas comenzaba a reconocer y aquella joven que todavía no sabía cuál sería su lugar. Nada de eso desaparece. Pero desde ahora, cada vez que vuelva a escucharla, habrá una ausencia nueva dentro de la música.

Tal vez esa sea la forma en que algunas obras sobreviven a quienes las crean. No permanecen inmóviles como monumentos. Continúan recogiendo ciudades, personas y versiones de nosotros mismos. Cambian con cada escucha porque nosotros también cambiamos.

Vincent Belorgey, conocido como Kavinsky, convirtió la nostalgia cinematográfica, la electrónica francesa y la soledad de la carretera en un lenguaje reconocible en todo el mundo. Murió en París a los 50 años.

Kavinsky construyó una carretera nocturna y permitió que muchos avanzáramos por ella. Algunos entraron desde una sala de cine; otros, desde un automóvil. En mi caso, desde una agencia casi vacía en CDMX, acompañada por dos personas queridas y tres computadoras que, por unos minutos, convirtieron el trabajo en un concierto privado.

Aquella noche terminó. La agencia quedó atrás. La ciudad dejó de ser desconocida. Pero la llamada nunca ha dejado de sonar. Ahora viene desde más lejos. Y aun así, cada vez que respondo, aún sonrío por hallar en ella un lugar al que alguna vez pertenecí.

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