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Wim Wenders: la extraordinaria belleza de un día cualquiera

De «Paris, Texas» a «Perfect Days», ha dedicado parte de su cine a una pregunta aparentemente sencilla: qué descubrimos cuando volvemos a prestar atención.

Conocí el cine de Wim Wenders alrededor de los 18 años, cuando podía pasar por la Cineteca Nuevo León hasta tres veces por semana: para ver una película, repetir otra o simplemente recorrer de nuevo alguna exposición de fotografía. Una de esas tardes entré a ver Buena Vista Social Club sin saber demasiado de ella. Salí habiendo descubierto no sólo la música cubana a través de una mirada extraordinariamente sensible, sino otra manera de entender el documental: como una forma de acercarse a una cultura, escucharla y dejar que se revele por sí misma.

Después llegaron Las alas del deseo, con su Berlín melancólico y profundamente poético; Pina, donde el cuerpo parece capaz de decir aquello para lo que no alcanzan las palabras; y, muchos años después, Perfect Days. Esta última llegó a mí en otro momento de la vida, después de atravesar experiencias que me hicieron ponderar de otra manera lo que antes podía parecer pequeño: dormir tranquilo, tener una rutina, un trabajo, unos cuantos amigos, un árbol al que mirar.

Quizá por eso el cine de Wenders me acompaña desde entonces. Porque, película tras película, parece recordarnos algo que fácilmente olvidamos: que una vida rica no siempre es la que tiene más, sino la que aprende a mirar con atención y valor, aquello que ya tiene.

Wim Wenders y recorren La Habana durante Buena Vista Social Club. La película convirtió la ciudad, sus músicos y su memoria en una puerta de entrada a otra manera de mirar y escuchar.

Aprender a mirar de nuevo

Wim Wenders cumple hoy 81 años. Nació el 14 de agosto de 1945 en Düsseldorf y, después de más de cinco décadas haciendo películas y fotografías, buena parte de su obra todavía parece girar alrededor de una acción elemental: mirar.

No mirar para reconocer rápidamente aquello que tenemos enfrente, sino para descubrir qué ocurre cuando permanecemos un poco más. Una carretera vacía. Alguien sentado frente a una ventana. Una ciudad al amanecer. Las hojas de un árbol agitándose sobre nuestra cabeza.

Wim Wenders fotografiando en Lisboa en 1992. Para el cineasta alemán, mirar nunca ha sido un acto pasivo: es una manera de entrar en contacto con aquello que tenemos enfrente.

La exposición que la Bundeskunsthalle le dedicó por sus 80 años tuvo un título revelador: W.I.M. The Art of Seeing. Más que una retrospectiva cinematográfica, reunió películas, fotografías, collages y otros materiales alrededor de una preocupación que ha atravesado su trayectoria: nuestra relación con las imágenes y con aquello que decidimos ver.

Quizá sea esa una de las razones por las que el cine de Wenders resulta particularmente pertinente en una época saturada de imágenes. Nunca habíamos visto tantas. Eso no significa que prestemos más atención. Sus películas parecen invitarnos a recuperar esa diferencia.

Las carreteras también pueden recordar

Al comienzo de Paris, Texas, un hombre atraviesa el desierto. No sabemos todavía casi nada de él. Se llama Travis, lleva una gorra roja y camina entre extensiones inmensas de tierra, cielo y silencio.

Harry Dean Stanton como Travis en Paris, Texas (1984). En el cine de Wenders, una carretera nunca conduce únicamente hacia otro lugar: también puede llevarnos hacia aquello que creíamos haber dejado atrás.

La película, estrenada en 1984 y ganadora de la Palma de Oro de Cannes, terminará convirtiéndose en una historia sobre pérdida, familia y la posibilidad incierta de reparar aquello que hemos roto. Pero antes de explicarnos quién es Travis, Wenders nos obliga a caminar con él.

Las carreteras son fundamentales en su cine porque permiten mirar mientras algo cambia. Moteles, gasolineras, automóviles, estaciones, habitaciones temporales: lugares construidos para pasar por ellos adquieren una extraña permanencia cuando Wenders los filma.

El paisaje nunca es simplemente decoración. Conserva huellas. Puede contener la distancia entre dos personas, una ausencia o un recuerdo que todavía no sabemos nombrar. En Paris, Texas, el desierto parece vacío hasta que entendemos que alguien ha llegado allí cargando toda una vida. Entonces también el paisaje empieza a recordar.

Una ciudad vista desde arriba

Tres años después, Wenders dirigió Las alas del deseo. Esta vez no hizo falta una carretera para convertir el acto de observar en el centro de una película. Bastó con imaginar ángeles capaces de recorrer Berlín sin ser vistos, escuchar los pensamientos de sus habitantes y acompañarlos silenciosamente.

Damiel y Cassiel observan desde edificios, bibliotecas y calles. Escuchan preocupaciones diminutas y dolores enormes. No pueden resolverlos. Apenas pueden estar ahí.

Las alas del deseo (1987). Desde las alturas de Berlín, los ángeles de Wenders observan aquello que normalmente permanece invisible: los pensamientos, las soledades y las pequeñas historias que cada desconocido lleva consigo.

Las alas del deseo fue la primera película alemana de Wenders después de varios años trabajando en Estados Unidos y le valió el premio a mejor director en Cannes en 1987. Pero su fuerza sigue estando menos en lo fantástico que en aquello que la fantasía permite mirar: la intimidad de desconocidos.

Una mujer pedalea por la ciudad. Un anciano busca un lugar que recuerda. Alguien piensa en el amor, el cansancio o la soledad. Desde afuera parecen figuras anónimas atravesando Berlín; al acercarnos descubrimos vidas completas.

Ahí aparece una de las intuiciones más persistentes de Wenders: lo cotidiano sólo parece pequeño cuando lo contemplamos desde demasiado lejos.

La vida ocurre mientras hacemos otras cosas

El cine suele estar construido alrededor de la expectativa de que algo suceda. Una revelación, una decisión, una catástrofe. Wenders, en cambio, ha dedicado muchas imágenes a esos momentos que podrían eliminarse sin alterar demasiado una trama.

Personas conduciendo. Esperando. Escuchando música. Mirando por una ventana. En ellos ocurre algo difícil de resumir porque forma parte de la experiencia cotidiana del tiempo. No estamos constantemente protagonizando acontecimientos. La mayor parte de una vida está formada por intervalos.

Alice in the Cities (1974). Un trayecto, una espera, una conversación, una sonrisa inesperada: Wenders ha dedicado buena parte de su cine a esos momentos que podrían parecer secundarios hasta que comprendemos que también ahí transcurre la vida.

Quizá por eso sus películas pueden sentirse simultáneamente melancólicas y reconfortantes. Una ciudad puede producir soledad y, al mismo tiempo, ofrecer pequeños encuentros. Una habitación vacía puede hablar de quien ya no está. Una canción escuchada durante un trayecto puede convertir unos minutos aparentemente insignificantes en un recuerdo.

Wenders presta atención a aquello que normalmente queda entre las escenas importantes. Y al hacerlo propone una inversión sencilla: quizá esos momentos no sean el espacio entre las cosas. Quizá sean las cosas mismas.

Perfect Days y la dignidad de la rutina

En Perfect Days, esa idea encuentra una de sus expresiones más transparentes. Hirayama limpia baños públicos en Tokio. Se despierta, dobla cuidadosamente su cama, riega sus plantas, compra una bebida en una máquina expendedora y conduce al trabajo escuchando casetes. Durante sus descansos fotografía árboles. Lee antes de dormir. Al día siguiente comienza otra vez.

La película podría describirse como una sucesión de repeticiones. Sin embargo, lentamente empezamos a advertir las diferencias. La distribuidora de la cinta resume la vida de Hirayama a partir de esa rutina estructurada, sus casetes, sus libros y las fotografías que toma de los árboles. Wenders ha explicado la idea de otra manera: cuando alguien consigue vivir realmente en el presente, la rutina deja de ser repetición y se convierte en una sucesión de momentos únicos.

Kōji Yakusho como Hirayama en Perfect Days (2023). Wenders encuentra dignidad incluso en el gesto más repetido: trabajar con cuidado, regresar a casa, escuchar una canción y comenzar otra vez.

Ahí está la pequeña revolución de Perfect Days. Hirayama no necesita que ocurra algo extraordinario para que el día merezca ser observado. Una conversación inesperada, una canción conocida, un almuerzo en el parque o una sombra distinta sobre el suelo pueden bastar.

No todos sus días son felices. Tampoco Wenders convierte la sencillez en una fórmula ingenua para alcanzar la plenitud. Hay pérdidas, silencios y cosas que desconocemos de la vida de su personaje. Pero incluso entonces queda la posibilidad de mirar.

La luz sobre las hojas

Hay una imagen que regresa en Perfect Days: Hirayama levanta la vista hacia las copas de los árboles. La luz atraviesa las hojas y forma figuras que existen apenas durante un instante. En japonés existe una palabra para ese fenómeno: komorebi. La propia lógica de la película parece construida alrededor de algo semejante: instantes irrepetibles dentro de días que, vistos desde lejos, podrían parecer iguales. Tal vez ahí pueda resumirse también buena parte del cine de Wim Wenders.

En Perfect Days, Hirayama fotografía una y otra vez la luz que atraviesa las hojas. Quizá allí esté contenida buena parte del cine de Wim Wenders: la belleza no siempre necesita aparecer; a veces basta con detenerse el tiempo suficiente para verla.

Un hombre perdido en un desierto. Un ángel sobre Berlín. Una carretera observada desde un automóvil. Un trabajador descansando bajo un árbol. Nada de eso necesita transformarse en otra cosa para adquirir belleza.

Durante décadas, Wenders ha filmado personajes que viajan intentando encontrar algo y personajes que, como Hirayama, parecen haber aprendido a permanecer. En ambos casos existe la misma pregunta: cuánto del mundo somos capaces de percibir mientras estamos en él.

A los 81 años, quizá su cine conserve esa cualidad porque nunca dejó de tomarse en serio las cosas que podrían parecer demasiado pequeñas para hacerlo. Una calle. Una habitación. Una canción. La luz que cae sobre unas hojas durante unos segundos.

Wenders no nos dice que cada instante sea extraordinario. Sugiere algo más sencillo y, acaso, más difícil: que todavía podemos aprender a prestarle suficiente atención como para descubrirlo.

Wim Wenders, 2025. Tal vez mirar sea también esto: concederle al mundo el tiempo suficiente para que vuelva a sorprendernos.

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