Connect with us

Hi, what are you looking for?

Brúxula News

Mundo

La ausencia que convirtió a la Mona Lisa en celebridad

El robo de 1911 no sólo vació una pared del Louvre: volvió un retrato renacentista en una de las imágenes más célebres del mundo.

La pared vacía

La mañana del martes 22 de agosto de 1911, la Mona Lisa no estaba en su sitio. Al principio, aquello no pareció necesariamente alarmante. En el Louvre era habitual retirar obras para fotografiarlas o realizar algún trabajo de conservación. Pero pasaron las horas y nadie sabía quién se había llevado el pequeño retrato de Leonardo da Vinci. Cuando quedó claro que no estaba en ningún taller ni había sido trasladado por el museo, la posibilidad absurda se convirtió en certeza: alguien había robado la Gioconda.

La noticia adquirió enseguida dimensiones nacionales. Hubo recompensas, investigaciones, rumores y periódicos que seguían cada detalle de una pesquisa incapaz de encontrar el cuadro. El Louvre cerró durante varios días y, cuando volvió a abrir, ocurrió algo que dice mucho sobre la naturaleza de la fama: la gente acudió a contemplar el espacio vacío. Miles de visitantes pasaron por el Salon Carré para detenerse ante los cuatro ganchos que habían quedado en la pared. La ausencia se había convertido en una atracción.

El espacio que ocupaba la Mona Lisa en el Salon Carré del Louvre después de su desaparición, en agosto de 1911. Durante los días siguientes, el vacío donde había estado el cuadro se convirtió por sí mismo en una atracción. 

La Mona Lisa estaba lejos de ser una desconocida antes del robo. Vasari había escrito sobre ella desde el siglo XVI y, durante el XIX, escritores y críticos habían contribuido a construir alrededor de su sonrisa una reputación de misterio. Era una obra admirada y prestigiosa. Lo que ocurrió en 1911 fue diferente: el robo amplió aquella fama más allá de los círculos artísticos y literarios. El propio Louvre señala que la desaparición y posterior recuperación dieron a la pintura una celebridad mundial y, sobre todo, popular. Durante algún tiempo, entonces, la obra más comentada del museo fue precisamente la que nadie podía ver.

El hombre que conocía el Louvre

Vincenzo Peruggia no se parecía demasiado al ladrón sofisticado que podría imaginarse detrás del robo artístico más célebre del siglo. Había nacido en 1881 en Dumenza, un pequeño pueblo del norte de Italia, y había emigrado a Francia en busca de trabajo. Era pintor de brocha, decorador y vidriero. Una empresa contratada por el Louvre lo había empleado para instalar cristales protectores en algunas obras del museo. Entre ellas estaba la Mona Lisa. Conocía, por tanto, el edificio y sabía cómo estaban montadas sus protecciones.

Vincenzo Peruggia en una fotografía policial de 1909, dos años antes de robar la Mona Lisa. El inmigrante italiano había trabajado como vidriero en el Louvre y conocía las protecciones de algunas de sus obras. 

El lunes 21 de agosto, día en que el Louvre permanecía cerrado al público, Peruggia consiguió retirar la pintura. Los detalles exactos del robo han acumulado versiones con el paso de los años —incluso el Louvre ha difundido reconstrucciones que contemplan la participación de cómplices—, pero lo esencial parece casi insultantemente sencillo: el hombre que sabía cómo estaba protegida la obra logró separarla de su marco y salir del museo con ella. El retrato mide apenas 77 por 53 centímetros y está pintado sobre una tabla de álamo; sin su pesado marco, podía transportarse con una facilidad que hoy resulta difícil conciliar con su importancia.

Después la escondió en París. Durante más de dos años, mientras policías, periodistas, coleccionistas y curiosos especulaban sobre su paradero, la mujer más buscada del mundo del arte permaneció cerca del museo del que había desaparecido. La policía incluso interrogó a Peruggia meses después del robo, como parte de las pesquisas entre antiguos empleados, pero aceptó su explicación y siguió buscando.

La distancia entre el tamaño del delito y la modestia de sus medios forma parte del encanto incómodo de la historia. No hubo bóvedas perforadas ni una compleja operación internacional. Bastó, en buena medida, alguien que conociera las rutinas de una institución convencida de que ciertas cosas eran demasiado importantes para poder desaparecer.

Dos años sin Mona Lisa

La investigación produjo sospechosos mucho más interesantes que Peruggia. Guillaume Apollinaire llegó a ser arrestado y Pablo Picasso fue interrogado debido a su relación con Géry Pieret, un hombre que había robado pequeñas antigüedades del Louvre. Ambos quedaron desvinculados del robo de la Mona Lisa, pero sus nombres añadieron otro capítulo a una historia que la prensa ya trataba como un espectáculo.

Mientras tanto, la imagen del cuadro circulaba sin descanso. Para buscar una pintura desaparecida había que reproducirla; para contar el caso había que mostrarla. Diarios y revistas llevaron aquel rostro a lectores que quizá nunca habían pisado el Louvre. La paradoja era perfecta: cuanto menos accesible estaba la obra original, más ubicua se volvía su imagen.

La Mona Lisa en la Galería de los Uffizi de Florencia en diciembre de 1913, pocos días después de su recuperación. A la derecha, el director Giovanni Poggi examina el cuadro antes de que regresara a Francia.

Ahí se encuentra una parte importante de la transformación de la Mona Lisa. El robo no creó su valor artístico, ni convirtió repentinamente una obra menor en una obra maestra. Esa versión simplifica demasiado la historia. Lo que hizo fue darle algo distinto: un acontecimiento. Durante veintiocho meses, el cuadro tuvo una trama. Había un misterio, una víctima, sospechosos, recompensas, policías, teorías extravagantes y una pregunta que podía entender cualquiera, conociera o no a Leonardo: ¿dónde está la mujer de la sonrisa?

La cultura moderna empezaba además a descubrir la extraordinaria capacidad de los medios para producir celebridades mediante la repetición. En ese sentido, la Mona Lisa tuvo una ventaja singular sobre una actriz, un político o un criminal: su rostro no envejecía y podía reproducirse infinitamente. El robo había sacado la pintura del Louvre al mismo tiempo que multiplicaba sus apariciones fuera de él.

Un patriota con una pintura en la maleta

En diciembre de 1913, Peruggia decidió que había llegado el momento de sacar la obra de su escondite. Viajó a Florencia y contactó al anticuario Alfredo Geri. Le dijo que poseía la Mona Lisa y quería que regresara a Italia. Geri y Giovanni Poggi, director de los Uffizi, comprobaron que aquel hombre aparentemente improbable tenía efectivamente en su poder el original de Leonardo. Después avisaron a las autoridades. Peruggia fue detenido.

En el juicio presentó la explicación que terminaría fundiéndose con su leyenda: había actuado por patriotismo. Creía que la pintura había sido saqueada de Italia por Napoleón y quería devolverla a su país. El argumento tenía un inconveniente considerable: Napoleón no había robado la Mona Lisa. Leonardo había llevado consigo la obra a Francia en el siglo XVI, donde acabó formando parte de las colecciones reales. De hecho, las tropas napoleónicas sí se apropiaron de numerosas obras italianas —entre ellas Las bodas de Caná de Veronés, que hoy cuelga frente a la Gioconda—, pero ésta no era una de ellas.

La Mona Lisa en la Galería de los Uffizi de Florencia en diciembre de 1913, pocos días después de su recuperación. A la derecha, el director Giovanni Poggi examina el cuadro antes de que regresara a Francia.

Tampoco conviene aceptar sin reservas la imagen de Peruggia como héroe desinteresado. Había solicitado dinero al intentar entregar la pintura y los historiadores siguen discutiendo hasta qué punto el patriotismo explica por sí solo sus motivos. Aun así, en Italia la defensa encontró un público dispuesto a simpatizar con él.

En junio de 1914 fue condenado a un año y quince días de prisión. La pena quedó reducida en apelación a siete meses y ocho días, tiempo que prácticamente había cumplido ya mientras esperaba el proceso. Su castigo fue breve. La fama del objeto que había robado, en cambio, apenas empezaba.

La celebridad y el hombre anónimo

Antes de regresar a París, la Mona Lisa fue exhibida en Italia. En enero de 1914 volvió al Louvre convertida en algo que excedía incluso su condición de obra maestra. Tenía ahora una biografía pública: había desaparecido, había sido buscada, había cruzado una frontera y había regresado. La aventura podía añadirse a su sonrisa, a Leonardo y al sfumato como una nueva capa de significado. El museo que la había perdido recuperaba una pintura mucho más famosa que la que le habían robado.

La vida de Peruggia tomó la dirección contraria. Poco después llegó la Primera Guerra Mundial. Sirvió en el ejército italiano y fue prisionero de guerra. Más tarde se casó, regresó a Francia y tuvo una hija, Celestina. Volvió a ganarse la vida como pintor y decorador, lejos del frenesí que había provocado en 1911. Murió de un infarto el 8 de octubre de 1925, justamente el día en que cumplía 44 años, en Saint-Maur-des-Fossés, en las afueras de París. Su muerte recibió muy poca atención.

Hay una simetría extraña en ese final. Durante más de dos años, Peruggia consiguió ocultar una de las grandes pinturas del Renacimiento dentro de una vida ordinaria. Después fue él quien desapareció dentro de una vida ordinaria, mientras el cuadro que había sustraído se volvía cada vez más imposible de ignorar.

Visitantes fotografían la Mona Lisa en el Louvre en 2014. Más de un siglo después del robo, el pequeño retrato de Leonardo se ha convertido en una obra ante la que mirar parece casi inseparable del acto de fotografiarla. Fotografía: Victor Grigas

Hoy resulta difícil entrar en el Louvre sin encontrar antes indicaciones hacia la Mona Lisa, filas de visitantes y teléfonos levantados frente al cristal que la protege. Su celebridad tiene muchas causas: Leonardo, la historia de la pintura, su técnica, el enigma construido alrededor de la modelo, las reproducciones, Duchamp, Warhol, la publicidad, el turismo. Sería absurdo atribuírsela toda a un ladrón.

Pero aquel 21 de agosto de 1911 ocurrió algo decisivo. Un trabajador descolgó un pequeño retrato de una pared y, sin saberlo, puso en marcha una de las mayores campañas de publicidad que una obra de arte haya recibido jamás. Durante veintiocho meses la Mona Lisa no estuvo en el Louvre. El mundo aprendió a reconocerla mientras la buscaba.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

TAMBIÉN TE PODRÍA INTERESAR...

Arte & Cultura

A través de decenas de autorretratos, convirtió su imagen en una biografía sin idealización: juventud, ambición, pérdida, ruina y vejez quedaron en el rostro.

Arte & Cultura

En Klimt, el oro dejó de ser lujo para volverse atmósfera, deseo, memoria y símbolo. Un nuevo modo de mirar cuerpo & modernidad.

Arte & Cultura

De Miguel Ángel a Louise Bourgeois, el arte ha visto más que una figura familiar: una imagen de origen, ley, ternura, ausencia y memoria.

Arte & Cultura

Hace 547 años nació Lisa Gherardini, la mujer detrás de la Mona Lisa. Su rostro conquistó la historia; su vida sigue siendo un misterio.

Copyright © 2026 Brúxula News