La mañana de la fotografía
Elizabeth Eckford tenía quince años y había elegido con cuidado qué ponerse para ir a la escuela. En las fotografías del 4 de septiembre de 1957 aparece con un vestido blanco y negro, zapatos oscuros, lentes de sol y una carpeta apretada contra el pecho. Detrás de ella camina una muchacha blanca con el rostro contraído por un grito. Más atrás hay hombres y mujeres. Algunos parecen furiosos; otros simplemente miran. Lo que vuelve insoportable la escena es precisamente que Elizabeth no parece estar haciendo nada extraordinario; está intentando llegar a clase.
Había salido sola de casa aquella mañana porque su familia no tenía teléfono y no recibió el aviso de Daisy Bates, dirigente de la NAACP en Arkansas: los estudiantes debían reunirse antes de acercarse juntos a Central High School. Elizabeth tomó el autobús y llegó poco antes de las ocho. Frente al edificio encontró soldados de la Guardia Nacional de Arkansas. Intentó pasar por distintos puntos; cerraron filas. Entonces tuvo que caminar entre una multitud que la insultaba, la amenazaba y la perseguía hasta una parada de autobús.

La fotografía tomada por Will Counts conserva ese trayecto en una fracción de segundo. Décadas después todavía obliga a mirar dos veces: primero a Elizabeth; después, a quienes la rodean. Quizá allí resida parte de su fuerza. El odio rara vez llega a nosotros con la apariencia que imaginamos para él. En Little Rock llevaba vestidos de verano, camisas de manga corta, bolsos, peinados cuidadosamente arreglados. Parecía gente que aquella mañana también había salido de casa.
Elizabeth era solamente una parte de una historia mayor. En realidad, diez estudiantes afroamericanos llegaron a Central High aquel 4 de septiembre. Jane Lee Hill, cuya familia recibiría amenazas, no regresaría después; los otros nueve quedarían inscritos en la memoria estadounidense como los Little Rock Nine. Todos fueron rechazados ese día por orden del gobernador Orval Faubus.
La precisión importa porque los nombres colectivos tienen una facilidad inquietante para borrar a quienes contienen. Antes de convertirse en nueve figuras de un episodio histórico, eran adolescentes que esperaban comenzar un nuevo año escolar.
Nueve nombres
Minnijean Brown, Elizabeth Eckford, Ernest Green, Gloria Ray, Terrence Roberts, Jefferson Thomas, Thelma Mothershed, Carlotta Walls y Melba Pattillo. Decir los nombres cambia algo. “Little Rock Nine” suena ahora a monumento, a capítulo de libro de texto, a una expresión suficientemente conocida para no detenerse en ella. Los nombres devuelven edades, familias, temperamentos; devuelven también una decisión que, en 1957, todavía no tenía asegurado ningún final heroico.

Tres años antes, la Suprema Corte de Estados Unidos había resuelto en Brown v. Board of Education que la segregación racial en las escuelas públicas violaba la Constitución. La sentencia podía abolir jurídicamente el principio de escuelas separadas para blancos y negros; no podía hacer desaparecer las costumbres, jerarquías y resentimientos que lo habían sostenido. En buena parte del sur estadounidense, la integración encontró lo que se llamó massive resistance: una resistencia organizada a cumplir aquello que los tribunales habían ordenado.
Central High era uno de los lugares donde la distancia entre una decisión judicial y la vida cotidiana iba a hacerse visible. Los estudiantes sabían que entrar no equivaldría a tener una experiencia escolar corriente. Quienes participaran quedarían excluidos de muchas actividades extracurriculares; sus familias podían perder empleos; habría hostilidad. Algunos jóvenes que inicialmente habían considerado integrarse desistieron. Los que permanecieron no estaban aceptando simplemente una plaza en otra escuela: estaban aceptando convertirse en el lugar físico donde una ley sería puesta a prueba.
Esa diferencia suele desaparecer cuando conocemos el desenlace. Miramos hacia atrás y vemos pioneros porque sabemos que la historia terminó llamándolos así. Pero ellos tuvieron que decidir antes de saber qué haría Eisenhower, antes de que aparecieran soldados federales, antes de que sus nombres figuraran en museos. Una sentencia podía ordenar que la puerta se abriera. Alguien todavía tenía que presentarse frente a ella.
La puerta
Central High School había sido construida como una institución monumental: ladrillo, piedra, grandes entradas, una fachada cuya solemnidad comunicaba permanencia. En septiembre de 1957, esa arquitectura adquirió otro significado. La puerta de una preparatoria terminó separando dos interpretaciones del país.
Faubus había ordenado desplegar a la Guardia Nacional alegando la necesidad de evitar violencia. El efecto concreto fue impedir que los estudiantes afroamericanos entraran. Un tribunal federal había ordenado la integración; el gobernador de Arkansas utilizaba fuerzas estatales para bloquearla. De pronto, aquello que parecía una disputa escolar se convirtió en una pregunta constitucional: ¿qué significa una ley federal cuando un estado puede colocar soldados delante de quienes tienen derecho a ejercerla?

Durante semanas, la respuesta permaneció incierta. El 23 de septiembre, los nueve consiguieron entrar por una puerta lateral bajo protección policial mientras afuera se reunía una multitud de más de mil personas. La violencia aumentó y los estudiantes tuvieron que abandonar el edificio pocas horas después. Periodistas afroamericanos fueron golpeados en las inmediaciones. La escuela había dejado de ser únicamente el escenario del conflicto: era ya el conflicto mismo.
Al día siguiente, el presidente Dwight D. Eisenhower federalizó la Guardia Nacional de Arkansas y envió a Little Rock efectivos de la 101.ª División Aerotransportada. El 25 de septiembre, más de veinte soldados escoltaron a los Little Rock Nine a través de la entrada principal de Central High; cientos de paracaidistas vigilaban el perímetro y un helicóptero sobrevolaba la zona.
La escala de la escena resulta todavía difícil de asimilar: uno de los ejércitos más poderosos del mundo era necesario para que nueve adolescentes pudieran sentarse en un salón de clases. Pero la presencia de tropas también puede distorsionar nuestro recuerdo de lo que ocurrió después; nos ofrece una imagen satisfactoria: el gobierno federal interviene, los estudiantes cruzan la puerta, la Constitución prevalece. Parece un final… no lo era.
Dentro de Central High continuaron el acoso verbal y físico, los empujones, las agresiones y las amenazas. Jefferson Thomas fue golpeado hasta caer al suelo; Gloria Ray fue insultada y empujada; Elizabeth Eckford sufrió nuevos ataques. Minnijean Brown fue finalmente expulsada después de una serie de incidentes surgidos en un ambiente de hostigamiento persistente. Ocho de los nueve terminaron aquel curso en Central. Cruzar una puerta podía exigir soldados. Permanecer al otro lado requería algo para lo que no había escolta suficiente.
Después de cruzar
El 27 de mayo de 1958, Ernest Green recibió su diploma. Era el único alumno de último año entre los Little Rock Nine y se convirtió en el primer estudiante afroamericano que se graduaba en Central High School. Martin Luther King Jr. asistió a la ceremonia. Sería tentador terminar ahí, una graduación proporciona todo lo que una narración histórica parece pedir: perseverancia, reconocimiento, una fotografía final. Pero Little Rock ofrece una conclusión bastante menos cómoda.
Cuando los tribunales ordenaron continuar con la integración, Arkansas respondió cerrando las cuatro escuelas secundarias públicas de Little Rock para el ciclo siguiente. Durante el llamado Lost Year, miles de alumnos —blancos y negros— quedaron sin escuelas públicas antes de que estas reabrieran en agosto de 1959. La resistencia había llegado a una conclusión extraordinaria: si la educación pública no podía conservarse segregada, algunos preferían suspenderla para todos.

Las sociedades pueden modificar sus leyes antes que sus imaginarios, pueden reconocer un derecho y después construir nuevos obstáculos para impedir su ejercicio, pueden incluso abrir una puerta bajo orden judicial y seguir haciendo insoportable la vida de quien la cruza.
La fotografía de Elizabeth Eckford sigue ahí: una muchacha camina mientras una multitud la sigue. Sabemos ahora lo que ella todavía no podía saber aquella mañana: que vendrían tribunales, soldados federales, cámaras de televisión, discursos presidenciales; que aquellos estudiantes recibirían décadas después la Medalla de Oro del Congreso y que Central High terminaría convertida en sitio histórico nacional. Pero nada de eso aparece en su rostro, tal vez sea mejor así. Porque antes de convertirse en una imagen de la historia, Elizabeth estaba intentando llegar a la escuela. Y después de que finalmente los nueve lograron cruzar aquella puerta, tuvieron que hacer algo aún menos fotogénico y quizá más difícil: levantarse al día siguiente y volver.






























































