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Emily Brontë y Kate Bush: dos mujeres contra el viento

Nacidas un mismo 30 de julio, con 140 años de distancia, volvieron deseo, naturaleza y la extrañeza femenina en fuerzas imposibles de contener.

Una voz que golpea la ventana

El 30 de julio parece haber reservado un lugar para las mujeres que no aceptan permanecer dentro de los límites que les fueron asignados. Ese día de 1818 nació Emily Brontë, en Yorkshire. Exactamente 140 años después, en 1958, nació Kate Bush, en Kent. Una escribió una novela atravesada por el viento, el deseo y los muertos que se niegan a desaparecer; la otra convirtió aquella historia en una canción cuya voz parecía llegar desde un mundo situado entre la música, el teatro y el sueño. 

La relación entre ambas podría comenzar con una mano pequeña golpeando un cristal. En uno de los episodios más inquietantes de Cumbres borrascosas, el narrador Lockwood sueña —o cree ver— a una niña que intenta entrar por la ventana durante una noche de tormenta. Dice ser Catherine Linton y asegura que lleva veinte años perdida. Es una aparición, pero también una declaración: Catherine podrá haber muerto, pero su voz todavía exige ser escuchada.

Un lúgubre entorno. Casa de las hermanas Brontë en Haworth (Gran Bretaña). Al ser su padre el vicario del pueblo, el cementerio colindaba con su vivienda.

Más de un siglo después, Kate Bush decidió cantar desde el otro lado de esa misma ventana. En “Wuthering Heights” no relata la novela desde fuera ni resume la historia de Catherine y Heathcliff. Se convierte en Catherine. Habla desde la intemperie, llama al hombre que amó y pide que le permitan regresar. Emily Brontë había creado una voz capaz de sobrevivir a la muerte; Kate Bush la escuchó y le prestó su cuerpo.

Emily Brontë y la geografía de lo salvaje

Los páramos de Yorkshire no son simplemente el escenario de Cumbres borrascosas. Son una extensión de sus personajes: abiertos y asfixiantes, hermosos y hostiles, sometidos a un clima que puede cambiar sin aviso. En ellos, Catherine y Heathcliff encuentran una libertad que resulta imposible dentro de las casas, donde cada habitación parece imponer una jerarquía, una obligación o una identidad.

Top Withens, en los páramos cercanos a Haworth, tradicionalmente asociado con el paisaje que inspiró Cumbres borrascosas.

Emily conocía bien aquel territorio. Pasó la mayor parte de su vida en Haworth y convirtió sus caminatas, la vegetación, las aves y los cielos cambiantes de Yorkshire en elementos esenciales de su imaginación. Antes de escribir su única novela, ya había poblado sus poemas y el mundo ficticio de Gondal con montañas, tormentas, pasiones violentas, pérdidas y mujeres capaces de ejercer un poder que la sociedad victoriana difícilmente les concedía en la vida real. 

Por eso Catherine no puede reducirse a la heroína de una historia romántica. Su vínculo con Heathcliff no representa un amor sereno ni una promesa de felicidad doméstica. Es una forma radical de reconocimiento: la intuición de que ambos pertenecen a una misma materia. Cuando Catherine decide casarse con Edgar Linton para obtener posición y estabilidad, no solamente elige entre dos hombres; intenta dividir aquello que la sociedad considera aceptable de la parte de sí misma que permanece unida a los páramos.

La tragedia nace de esa separación. Catherine puede abandonar el paisaje, pero no puede expulsarlo de su cuerpo. Tampoco logra convertirse por completo en la mujer refinada que Thrushcross Grange espera recibir. En ella conviven la niña que corría libremente junto a Heathcliff y la esposa que intenta ocupar un lugar respetable. Esa fractura termina por destruirla, aunque ni siquiera la muerte consigue domesticarla.

Kate Bush escucha a Catherine

Kate Bush tenía diecinueve años cuando “Wuthering Heights” apareció como su primer sencillo, en 1978. La canción formó parte de The Kick Inside, su álbum debut, y alcanzó el primer lugar de las listas británicas, donde permaneció cuatro semanas. Su éxito resultaba especialmente improbable: una composición inspirada en una novela victoriana, interpretada desde la perspectiva de una mujer muerta, con una voz aguda y una estructura que se alejaba de las convenciones más previsibles del pop. 

Kate Bush en la versión exterior del videoclip de “Wuthering Heights”, publicado en 1978 como su sencillo debut.

Con los años surgió la idea de que Bush había escrito la canción sin leer el libro. Ella misma corrigió esa versión: sí leyó Cumbres borrascosas, aunque comenzó a componer antes de terminarla y después comprobó que había comprendido su atmósfera. Ese proceso parece apropiado para una canción que funciona menos como adaptación narrativa que como intuición emocional. Bush no necesitaba trasladar toda la arquitectura de la novela; le bastaba encontrar la frecuencia desde la cual Catherine podía volver a hablar. 

Su interpretación produce una extraña inversión. La voz, que en muchas historias de fantasmas sirve para advertir a los vivos, aquí expresa deseo. Catherine no regresa para revelar un crimen ni pedir justicia, sino porque sigue vinculada a Heathcliff. Su amor no ha encontrado descanso, porque nunca perteneció al orden donde los muertos permanecen quietos y los vivos continúan sin ellos.

En manos de Bush, lo gótico deja de ser únicamente oscuro. También puede ser luminoso, extravagante y profundamente físico. La canción conserva la niebla y la tormenta de Brontë, pero las atraviesa con piano, cambios melódicos y una interpretación que se mueve entre la súplica, la seducción y el delirio.

El cuerpo que interpreta al fantasma

La aportación decisiva de Kate Bush no fue solamente cantar a Catherine, sino imaginar cómo se movería. En los videos y presentaciones de “Wuthering Heights”, sus brazos dibujan círculos, empujan paredes invisibles y se extienden hacia una presencia que parece encontrarse siempre fuera de cuadro. El cabello, el vestido y los desplazamientos convierten el viento en algo visible.

Kate Bush convierte a Catherine Earnshaw en una aparición mediante el gesto, la danza y la mirada en el videoclip de “Wuthering Heights”. 

No se trata de una coreografía ornamental. Su cuerpo narra la imposibilidad de permanecer en un solo mundo. Bush avanza y retrocede, aparece como una mujer, una niña, un espíritu y una criatura del paisaje. La danza evita la representación literal del fantasma: no hay heridas, cadenas ni maquillaje espectral. Lo fantasmal surge de la forma en que su cuerpo parece obedecer a leyes distintas de las que gobiernan a quienes la observan.

Esa rareza fue también una afirmación de autonomía. Bush no intentó suavizar su voz, reducir sus gestos ni presentar a Catherine como una figura fácilmente reconocible. Comprendió que el exceso era parte del personaje y que lo extraño podía ocupar el centro de una canción popular. El público respondió: “Wuthering Heights” llegó al número uno en marzo de 1978 y convirtió a la joven cantante en una presencia imposible de confundir con cualquier otra. 

Correr colina arriba hacia el otro

“Running Up That Hill”, publicada en 1985, no está inspirada en Emily Brontë. Sin embargo, puede escucharse como una resonancia lejana del mismo conflicto: el deseo de atravesar la frontera que separa a dos personas.

Kate Bush explicó que la canción imagina a una pareja que pudiera intercambiar lugares para comprender cómo experimenta el mundo la otra persona. El pacto con Dios no busca obtener riqueza, juventud o inmortalidad, sino suspender momentáneamente la distancia entre dos cuerpos y dos formas de mirar. 

La coreografía de “Running Up That Hill” convierte el deseo de comprender al otro en acercamiento, resistencia y movimiento.

En Cumbres borrascosas, Catherine y Heathcliff creen encontrarse unidos por algo más profundo que las convenciones sociales, pero nunca logran habitar verdaderamente la experiencia del otro. Se aman como si fueran una misma persona y, al mismo tiempo, se hieren porque continúan siendo dos. Catherine no alcanza a comprender por completo la humillación, el abandono y la rabia que determinan las decisiones de Heathcliff; él convierte la pérdida de Catherine en una violencia que termina devorando a quienes los rodean.

“Running Up That Hill” imagina la posibilidad que la novela les niega: cambiar de lugar, aunque sea durante un instante. Correr colina arriba sería entonces intentar vencer no sólo la pendiente, sino la imposibilidad de acceder plenamente a la conciencia del ser amado. La canción no resuelve esa distancia; convierte el esfuerzo por cruzarla en su movimiento central.

No hay, por tanto, una línea directa entre ambas obras, sino una afinidad. Emily Brontë y Kate Bush entienden el amor como una fuerza que no garantiza armonía. Amar puede significar desear la disolución de las fronteras y descubrir, al mismo tiempo, que esas fronteras son precisamente lo que nos convierte en individuos.

Dos mujeres contra el viento

Emily Brontë murió en 1848, a los treinta años, después de publicar una sola novela y un pequeño conjunto de poemas junto con sus hermanas bajo nombres masculinos. La recepción inicial de Cumbres borrascosas estuvo marcada por el desconcierto ante su violencia y su aparente falta de corrección moral. Sin embargo, la novela sobrevivió a quienes intentaron volverla más dócil y terminó convertida en una de las obras más perturbadoras y leídas de la literatura inglesa. 

Emily Brontë en un retrato póstumo de 1873. Su única novela, Cumbres borrascosas, bastó para convertirla en una de las voces más indómitas de la literatura inglesa. 

Kate Bush encontró en ella no una reliquia, sino una voz todavía viva. Al cantar desde la perspectiva de Catherine, demostró que interpretar una obra también puede significar abrirle una salida hacia otro lenguaje. La literatura se convirtió en música; la narración, en coreografía; el páramo, en escenario; el fantasma, en una joven vestida de blanco que extendía las manos hacia la cámara.

Tal vez por eso resulta tan sugestivo que Emily Brontë y Kate Bush compartan la fecha de nacimiento. El dato parece una de esas coincidencias que la imaginación se resiste a considerar completamente accidentales. Ambas crearon mujeres que no cabían en las formas disponibles para ellas. Ambas comprendieron que el paisaje puede hablar a través del cuerpo y que una voz femenina no tiene que ser moderada para resultar poderosa.

Emily escribió a Catherine golpeando la ventana. Kate la abrió.
Y después siguió corriendo, colina arriba, hacia las cumbres borrascosas…

Ilustración por Owen Gent
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