El 17 de septiembre de 1978, Anwar el-Sadat, Menachem Begin y Jimmy Carter aparecieron frente a la Casa Blanca después de trece días de negociaciones en Camp David. Las fotografías conservan una escena que la historia terminaría simplificando: tres hombres, documentos sobre una mesa, apretones de manos. Egipto e Israel, enemigos que habían combatido varias guerras desde 1948, habían encontrado una fórmula que pocos meses después conduciría a un tratado de paz.
Sobre la mesa había, en realidad, dos acuerdos. Uno trazaba el camino bilateral entre Egipto e Israel y abordaba el futuro del Sinaí. El otro tenía una ambición mucho mayor: establecer un marco para una paz en Medio Oriente y proponer un régimen de autonomía para los habitantes palestinos de Cisjordania y Gaza. Cuarenta y ocho años después, el primero pertenece a la historia diplomática de una paz alcanzada; el segundo resulta difícil de leer sin detenerse en los nombres que aparecen una y otra vez sobre el papel: Gaza, Cisjordania, asentamientos, refugiados, seguridad, autogobierno.
Volver a Camp David en 2026 exige cierta cautela. Aquellos documentos no explican por sí mismos las guerras, negociaciones fracasadas, levantamientos, acuerdos y decisiones que vinieron después. Tampoco existe una línea recta entre septiembre de 1978 y la devastación contemporánea de Gaza. Pero el archivo permite observar otra cosa: cuánto tiempo llevan algunas preguntas esperando una respuesta política estable.
Trece días en Maryland
Cuando Carter reunió a Sadat y Begin en la residencia presidencial de Camp David, las conversaciones entre Egipto e Israel se encontraban estancadas. Sadat había hecho algo extraordinario unos meses antes: viajar a Jerusalén y hablar ante el Parlamento israelí. La visita abrió una puerta, aunque las negociaciones posteriores tropezaron precisamente con aquello que excedía la relación entre ambos países.

Egipto defendía la retirada israelí de los territorios ocupados en 1967, mientras el gobierno de Begin rechazaba esa fórmula para Cisjordania y Gaza y proponía un periodo de autonomía palestina. Las diferencias llegaron a ser tan grandes que las reuniones trilaterales dejaron de funcionar; Carter y su secretario de Estado, Cyrus Vance, pasaron buena parte de la cumbre moviéndose entre las delegaciones. El futuro de los asentamientos israelíes y la aplicación de la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU estuvieron entre los puntos más difíciles.
El resultado separó, de hecho, dos problemas. Para Egipto e Israel se establecieron las bases de una retirada israelí del Sinaí y la normalización de relaciones. El tratado se firmó el 26 de marzo de 1979. Para Cisjordania y Gaza se diseñó algo distinto: un periodo transitorio de cinco años durante el cual una autoridad elegida por sus habitantes debía asumir funciones de autogobierno, mientras las fuerzas israelíes se replegarían hacia posiciones determinadas por necesidades de seguridad. Durante ese periodo deberían negociarse el estatuto definitivo de los territorios y otras cuestiones pendientes.
Leído ahora, el documento tiene la peculiaridad de una arquitectura cuyos planos sobrevivieron al edificio que debía levantarse.
Los ausentes
Un telegrama enviado desde el consulado estadounidense en Jerusalén el 1 de septiembre de 1978, cuatro días antes de comenzar la cumbre, llevaba un título casi demasiado preciso: “Camp David—The Missing Palestinians”.
Quien lo escribió señalaba la contradicción: una reunión que discutiría el futuro de los palestinos, especialmente de quienes vivían en Cisjordania y Gaza, comenzaría sin representantes palestinos reconocidos como tales. La Organización para la Liberación de Palestina no participó; Israel se negaba entonces a negociar con ella. Jordania tampoco estuvo en Camp David. Sadat terminó defendiendo posiciones sobre una cuestión en la que Egipto tenía intereses y antecedentes propios, pero sin un mandato palestino.
Los acuerdos intentaron resolver ese vacío hacia adelante. Preveían que representantes elegidos por los habitantes de Cisjordania y Gaza participaran posteriormente en negociaciones junto con Egipto, Israel y Jordania. La soberanía definitiva debía discutirse durante el periodo transitorio. Incluso después del tratado egipcio-israelí, una carta adicional de marzo de 1979 reiteró el objetivo de establecer una autoridad palestina de autogobierno y celebrar elecciones.
El problema apareció al intentar convertir aquellas frases en instituciones. Los palestinos no aceptaron incorporarse en los términos previstos y las conversaciones sobre autonomía fueron acumulando desacuerdos. Israel y Egipto mantenían posiciones distintas sobre el alcance del autogobierno; los asentamientos y Jerusalén Este añadían cuestiones que ninguna redacción había logrado cerrar. Los documentos estadounidenses de la época muestran que incluso entre los negociadores había interpretaciones diferentes sobre aquello que Camp David había comprometido: Begin insistía en que autonomía no significaba soberanía ni la creación de un Estado palestino.
El vocabulario resulta importante. Camp David hablaba de los “derechos legítimos del pueblo palestino” y de su participación en la determinación de su futuro, pero dejaba el resultado final sujeto a negociaciones posteriores. Allí cabía una esperanza diplomática; también cabía una enorme disputa sobre lo que esas palabras significaban.
Una paz y una pregunta pendiente
La parte egipcia siguió otra trayectoria. El tratado de 1979 formalizó la paz entre Egipto e Israel y convirtió el Sinaí en el centro de un acuerdo territorial concreto. El marco palestino dependía de negociaciones sucesivas, actores ausentes y definiciones aplazadas.

Ese contraste explica parte de la reputación ambivalente de Camp David. Puede recordarse como uno de los grandes éxitos de la diplomacia del siglo XX y, al mismo tiempo, examinarse por aquello que no consiguió resolver. Ambas cosas están en los documentos.
Años después surgirían otros procesos. Los Acuerdos de Oslo de 1993 y 1995 crearon la Autoridad Palestina y establecieron nuevos arreglos para Cisjordania y Gaza, pero volvieron a reservar para negociaciones posteriores cuestiones como Jerusalén, asentamientos, refugiados y fronteras. La lista de asuntos diferidos resulta familiar precisamente porque algunos ya rondaban las habitaciones de Camp David en 1978.
Esto tampoco convierte Camp David en una oportunidad única que, de haberse ejecutado de otra manera, hubiera garantizado otro presente. La historia posterior contiene demasiados actores, guerras, atentados, decisiones gubernamentales, levantamientos y cambios regionales para sostener una explicación tan limpia. El valor del documento está en otra parte: permite fechar algunas de las preguntas que siguen presentes.
Leerlo desde 2026
En septiembre de 2026, esas palabras se leen bajo circunstancias que quienes estaban en Maryland difícilmente habrían podido imaginar.
La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas describe la situación en Gaza como grave: continúan ataques que afectan zonas pobladas, desplazamientos y problemas de acceso a atención médica, agua y saneamiento. En su informe del 11 de septiembre, OCHA señaló que 91 % de los hogares evaluados en Gaza afrontaban inseguridad hídrica de moderada a alta. En Cisjordania, la misma agencia registró más de 1,600 ataques de colonos que causaron víctimas palestinas o daños a propiedades entre enero y agosto de 2026, además de demoliciones y restricciones de movimiento. Estas cifras proceden de OCHA y corresponden a sus sistemas de monitoreo; distintas partes del conflicto cuestionan aspectos de la información y las interpretaciones producidas por organismos internacionales.

Hay una distancia inmensa entre esos informes y el lenguaje administrativo de 1978. Aun así, algunos sustantivos permanecen: Cisjordania, Gaza, asentamientos, seguridad, representación palestina, territorio.
En Camp David, Carter, Sadat y Begin consiguieron colocar esos asuntos dentro de un documento que podía firmarse. El gesto tenía un límite visible desde el principio: quienes habitaban los territorios sobre los que se negociaba no estaban sentados en aquella mesa.
Por eso vale la pena regresar hoy al papel y no únicamente a la famosa fotografía de los tres líderes. Las firmas ocupan unas cuantas líneas; debajo de ellas quedó un itinerario de cinco años que nunca llegó al destino previsto. Egipto e Israel siguieron adelante con su tratado. Para Gaza y Cisjordania, el calendario que Camp David imaginó terminó convirtiéndose en archivo.
Casi medio siglo después, ese papel conserva algo incómodo: fechas para decisiones que debían tomarse entonces y palabras que todavía aparecen en los informes de esta semana.






























































