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Gatos negros: la belleza que convertimos en presagio

Día de Apreciación del Gato Negro, una reflexión: tras siglos de superstición hay animales que solo esperan que uno se detenga a conocerlos.

Era septiembre cuando llamé para preguntar cómo podía ayudar a Serena. La había visto en las publicaciones de una asociación: era una gata negra, adulta, de unos cuatro años, que no podía caminar con las patas traseras. Necesitaba una cirugía y una prótesis con la que intentar recuperar su movilidad. Pensé que quizá podría contribuir con algo para la operación. La respuesta me sorprendió: el dinero ya estaba reunido. Lo que no tenían era una casa.

No un hogar definitivo siquiera. Alguien que pudiera recibirla mientras se recuperaba, vigilarla después de la cirugía, ayudarla durante las semanas difíciles. Serena necesitaba cuidados especiales y eso ya reducía sus posibilidades. Pero había otra frase que se repetía: era negra. No preguntaban por ella. Mientras otros gatos parecían encontrar más fácilmente quién se detuviera frente a una fotografía —los blancos, los anaranjados, los bicolores, los bebés—, Serena seguía esperando. Negra, adulta y sin poder utilizar sus patas traseras, parecía haber llegado al mundo de las adopciones con demasiadas cosas en contra antes de que alguien pudiera averiguar quién era.

La asociación tenía además una preocupación particular porque se acercaba octubre. Me explicaron que en esas fechas eran especialmente cuidadosos con las personas interesadas en gatos negros: persistía el miedo de que alguien pudiera buscarlos para hacerles daño bajo alguna superstición asociada con Halloween o rituales. No hay evidencia sólida de que adoptar un gato negro en esas fechas implique, por sí mismo, un riesgo mayor que durante el resto del año, y algunas organizaciones de protección animal han advertido incluso que suspender sus adopciones puede terminar perjudicándolos. Pero que el temor continúe existiendo ya dice bastante sobre la resistencia de ciertas historias. Yo no sabía nada de eso cuando hice la pregunta más sencilla. ¿Y si yo la cuido?

Serena recuperándose de su cirugía de prótesis: 10 clavitos de titanio le devolvieron la movilidad de 10 gatos jóvenes y «terreneitors». Foto: archivo personal.

Todo lo que pusimos sobre un gato

Hay algo extraño en pensar que un animal pueda cargar durante siglos con una reputación que nunca tuvo manera de elegir. El gato no conoce el simbolismo de su pelaje. No sabe que un humano puede mirar el negro y pensar en elegancia, otro en mala suerte y otro más en una bruja atravesando la noche. Todo eso ocurre del otro lado de sus ojos.

La historia tampoco es tan sencilla como suele contarse. Antes de convertirse en compañero inevitable de brujas y noches de Halloween, el gato había ocupado lugares completamente diferentes en la imaginación humana. En el antiguo Egipto, Bastet podía representarse como una mujer con cabeza de gata y era una poderosa figura protectora asociada también con la fertilidad. Los gatos estaban ligados a su culto y en Bubastis, su principal centro religioso, se encontraron miles de momias felinas y numerosas estatuillas. Esto no significa, como a veces afirma la cultura popular, que los egipcios veneraran específicamente a los gatos negros: la relación sagrada era con el gato y con la divinidad felina, no con un color particular.

Siglos después, en Europa, el significado se oscureció. En 1233, el documento papal Vox in Rama, escrito en el contexto de una persecución contra una supuesta herejía en Alemania, describió entre sus acusaciones un ritual en el que aparecía un gato negro. El episodio se ha exagerado muchas veces hasta convertirlo en una supuesta orden de la Iglesia para exterminar gatos, algo que el documento no dice y para lo cual no existe evidencia de aquella pretendida campaña sistemática. Lo que sí permite observar es que el gato podía aparecer ya dentro de un imaginario donde la oscuridad, la herejía y lo demoníaco comenzaban a encontrarse. En los siglos posteriores, especialmente durante las persecuciones por brujería de la Europa moderna temprana, los llamados familiares —espíritus que supuestamente asistían a las brujas y podían adoptar formas animales— ocuparon un lugar importante en relatos y procesos. Los gatos estuvieron entre esos animales, aunque no fueron los únicos. Con el tiempo, la cultura hizo el resto: la bruja, la escoba y el gato negro terminaron formando una de las imágenes más reconocibles de Occidente.

Es difícil determinar en qué momento exacto una asociación cultural se convierte en prejuicio. Quizá ni siquiera ocurre de golpe. Se acumula. Una historia se repite, después se vuelve imagen, luego refrán, decoración, película, caricatura, advertencia de una abuela. Eventualmente ya nadie necesita recordar de dónde vino para saber que si un gato negro cruza cierto camino alguien hará una broma sobre la mala suerte. El gato continúa caminando, por supuesto. Nunca estuvo enterado.

El llamado Gato Gayer-Anderson, una figura egipcia de bronce en forma de Bastet. Mucho antes de convertirse en compañero de brujas y presagios, el gato ocupó otros lugares en la imaginación humana. Foto: Jon Bodsworth.

Cuando una superstición entra a un refugio

Todo esto podría ser apenas una curiosidad de la historia cultural si sus consecuencias terminaran al guardar las decoraciones de Halloween. Pero la pregunta acerca de si los gatos negros encuentran más dificultades para ser adoptados ha ocupado también a investigadores y refugios.

La evidencia requiere cuidado: no todos los estudios encuentran exactamente el mismo fenómeno y el destino de un gato en un refugio depende de muchas variables, entre ellas su edad, salud, sociabilidad y las condiciones de cada institución. Aun así, existen resultados difíciles de ignorar. Una investigación publicada en 2020 analizó a 7,983 gatos que habían ingresado a un refugio público urbano de Kentucky y encontró que, dentro de esa población, los gatos negros tuvieron la menor tasa de adopción y la mayor de eutanasia, mientras que los blancos presentaron los resultados más favorables. Los propios autores señalaron que el color explicaba sólo una parte del resultado y que su efecto general era limitado; precisamente por eso conviene hablar de un sesgo posible y contextual, no de una sentencia universal.

Un gato negro espera en un refugio. Después de siglos de supersticiones, el color del pelaje todavía puede intervenir en la primera impresión que determina qué animal miramos —y cuál dejamos pasar. Foto: Galawebdesign

Investigaciones posteriores continúan examinando lo que se ha llamado black cat bias: la posibilidad de que ciertas percepciones negativas influyan, consciente o inconscientemente, cuando una persona elige un animal. Los resultados no permiten afirmar que todo gato negro esperará más que cualquier otro gato en cualquier refugio, pero sí que la apariencia puede intervenir en una decisión que solemos imaginar completamente racional.

Y entonces pienso otra vez en Serena. Porque ella no llegaba a esa ecuación solamente con el pelaje negro. Era adulta. No caminaba con las patas traseras. Necesitaba cirugía, recuperación y atención. Si una fotografía podía ser suficiente para que alguien siguiera desplazando el dedo por una pantalla, Serena tenía pocas oportunidades de llegar a la parte en la que una fotografía deja de importar. Yo tuve la fortuna de llegar a esa parte.

Serena era Serena

Cuando llegó conmigo era desconfiada. No sé exactamente qué había ocurrido antes de que la encontraran ni qué experiencias había tenido con los seres humanos, y nunca quise inventarle un pasado para hacer más dramática su historia. Lo que sabía estaba frente a mí: observaba, medía las distancias, parecía necesitar tiempo. Se lo dimos. Y poco a poco apareció otra gata.

Serena comenzó a amasar. Muchísimo. Se volvió cariñosa de una manera que todavía me resulta difícil comparar con cualquier otro gato que haya conocido. También empezó a hablar. Los gatos que viven estrechamente con seres humanos utilizan muchas de sus vocalizaciones precisamente en la interacción con nosotros, y Serena llevó aquella capacidad casi hasta la conversación: contestaba, pedía, anunciaba su presencia, parecía tener siempre algún comentario que agregar. Con el tiempo se hizo juguetona, curiosa, absurda. A los siete años podía perseguir algo o entusiasmarse con un juego con la concentración de una gatita de uno. Su curiosidad y contemplación por el mundo, era tan increíble como maravillosa.

Hay una tentación muy humana de responder a un estereotipo con otro. Si durante siglos dijimos que los gatos negros eran siniestros, podríamos querer compensarlo asegurando ahora que son especialmente dulces, especialmente agradecidos, especialmente amorosos. Pero Serena tampoco necesita eso.

Serena aprendió a confiar y después pareció no cansarse nunca de demostrarlo: amasaba, conversaba, buscaba compañía y, aun a los siete años, seguía jugando con entusiasmo de cachorra. Foto: archivo personal.

El color del pelaje no es una prueba de personalidad. Existen estudios que han encontrado asociaciones entre determinados colores y ciertos rasgos atribuidos por sus tutores; una investigación realizada precisamente en México con 211 personas encontró diferencias en cómo los propietarios describían a gatos de distintos colores. Pero se trataba de percepciones de los humanos sobre sus animales, no de una fórmula que permita predecir el carácter de un individuo al observar su pelo. En ese mismo estudio, la interacción entre gato y persona se relacionó con la percepción de un animal más activo y amistoso. La literatura sobre comportamiento felino insiste además en el peso de la socialización, las experiencias positivas y negativas, el ambiente y la forma concreta en que cada gato y cada humano aprenden a relacionarse.

Esto último siempre me hace pensar en algo que ocurrió entre Serena y yo sin que ninguna de las dos tuviera que ponerle nombre. Los estudios sobre interacción humano-gato han observado una especie de reciprocidad: cuando una persona responde a las iniciativas sociales de su gato, el gato tiende también a responder con mayor frecuencia a las de esa persona. No se trata de que el cariño pueda explicarse con una ecuación, sino de recordar que una relación se construye. Hay gatos que necesitan aproximarse primero. Hay otros que necesitan descubrir que pueden retirarse sin ser perseguidos. Algunos requieren semanas o meses para entender que una mano no necesariamente significa peligro.

No sé si Serena se volvió amorosa conmigo o si, cuando finalmente se sintió segura, pudo mostrar que siempre lo había sido. Tal vez la diferencia importa menos de lo que creemos. Lo cierto es que aquella gata por la que nadie preguntaba terminó siendo la gata que más cariño me ha demostrado.

Dejar de convertirlos en símbolos

Tiempo después descubrí que Serena era también positiva a leucemia felina. Yo no lo sabía cuando acepté recibirla. Su historia acumulaba así otra vulnerabilidad, otra de esas palabras capaces de hacer que alguien retroceda antes de conocer al animal que existe detrás de un diagnóstico.

Pero cuando pienso en ella, curiosamente, no pienso primero en eso. Pienso en cómo amasaba, en su voz, en sus ojos verdes como esmeraldas, en la forma en que continuaba jugando cuando ya no era ninguna gatita bebé.

Quizá por eso hablar de gatos negros termina siendo menos una cuestión sobre gatos que sobre nuestra manera de mirar. Durante siglos los convertimos en recipientes donde poner nuestros temores: lo nocturno, lo desconocido, la brujería, el azar, la mala suerte. Después comenzamos a poner también sobre ellos nuestras preferencias estéticas, esa elección casi instantánea que hace que un rostro nos parezca más fotogénico o un color más deseable. Los animales terminan pagando por historias que nosotros mismos inventamos.

Un gato negro descansa al aire libre. Después de siglos convirtiéndolos en presagio, misterio y superstición, quizá apreciarlos empiece por permitirles algo mucho más sencillo: ser solamente gatos. Foto: EllenCherryCharles

Serena no sabía que era una gata negra. Sabía quién le daba de comer, dónde podía dormir (donde quisiera jeje), cuándo quería jugar, qué voz utilizar para pedirme algo. Sabía amasar una manta igual que mi cuerpo y sabía encontrarme. Sabía desconfiar y, después, supo confiar.

Tal vez la mejor manera de apreciar a un gato negro sea precisamente dejar de pedirle que represente algo. No verlo como mala suerte, pero tampoco exigirle que sea una criatura extraordinariamente amorosa para demostrar que la superstición estaba equivocada. Dejar que sea tímido, ruidoso, independiente, torpe, travieso, tranquilo o imposible. Dejar que tenga una personalidad antes que un simbolismo.

Y quizá recordar esto la próxima vez que aparezca uno entre las fotografías de una asociación o un refugio. Ese rostro oscuro que a veces se pierde contra el fondo de una imagen no está contando todavía su historia completa. Tal vez sea adulto. Tal vez lleve meses esperando. Tal vez nadie haya preguntado demasiado por él.

No hace falta adoptarlo por lástima. Basta con concederle lo mismo que concedemos a cualquier otro animal: la posibilidad de conocerlo antes de decidir quién creemos que es.

Yo pensé que recibiría temporalmente a una gata que necesitaba recuperarse de una operación. Mucho después entendí que Serena me había enseñado algo bastante más difícil: que algunas de las cosas más hermosas aparecen cuando dejamos de mirar lo que nos dijeron que debíamos ver y, por fin, miramos a quien tenemos delante.

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