JuanDi
JuanDi no es mi gato. Hace unos cuatro años comenzó a aparecer por la casa y, desde entonces, hemos construido una relación cuya naturaleza nunca ha terminado de quedar del todo clara. Es un gato atigrado al que llamé Juan de Dios —JuanDi— sin saber demasiado de dónde venía ni adónde se marchaba después de comer. No hubo una adopción, ni una decisión precisa, ni ese momento en que una persona lleva un animal a casa y entiende que a partir de entonces será responsable de su vida. JuanDi simplemente apareció. Después volvió. Y siguió volviendo.
Con el tiempo empecé a ocuparme de él en la medida en que me lo permite una criatura que conserva una vida fuera de mi alcance. Le doy de comer, procuro desparasitarlo, observo cómo camina y cómo luce cuando regresa, buscando heridas o alguna señal de que algo no está bien. Hay temporadas en las que parece considerar la casa una extensión natural de su territorio y otras en las que desaparece durante horas o días. No sé dónde duerme cuando no está aquí, qué jardines atraviesa ni cuántas personas conocen su cara. Tal vez tenga otras casas. Tal vez alguien más le haya dado otro nombre.

A veces pienso inevitablemente en El gato que venía del cielo, de Takashi Hiraide, y en esa intimidad extraña que puede construirse con un animal que llega por voluntad propia y cuya presencia nunca está completamente garantizada. Hay algo particular en querer a una criatura a la que no podemos exigirle que se quede. Su ausencia hace visible el afecto de una manera distinta. Cuando JuanDi tarda en regresar me preocupo; cuando finalmente lo veo aparecer siento una tranquilidad difícil de explicar para algo que, en teoría, no me pertenece. Basta verlo comer, echarse en algún lugar que conoce bien y abandonar por un rato esa vigilancia permanente que tienen los animales que pasan buena parte de su vida afuera. Saber que aquí puede bajar la guardia me produce una paz pequeña y profunda. Quizá JuanDi me ha obligado, sin proponérselo, a separar dos cosas que solemos mantener juntas: cuidar y poseer.
Los que viven entre nosotros
Casi todas las ciudades están llenas de animales como él. Los conocemos sin conocerlos realmente: el perro que duerme bajo el mismo automóvil, la gata que aparece detrás de una tienda cuando empieza a oscurecer, los gatos que viven alrededor de un mercado y parecen comprender sus horarios mejor que muchos de nosotros. Algunas personas les ponen nombres. Otras dejan un recipiente con agua. Alguien lleva comida; alguien consigue una caja durante los días fríos; otra persona paga una consulta veterinaria cuando uno de ellos deja de aparecer durante un tiempo y regresa enfermo. Poco a poco, alrededor de algunos animales se forma una especie de comunidad involuntaria en la que nadie puede decir exactamente «es mío», aunque varias personas se preocupen por lo que pueda ocurrirle.

Por eso la expresión animal sin hogar puede resultar engañosamente sencilla. Hay perros y gatos abandonados por quienes alguna vez fueron responsables de ellos, animales perdidos que nunca consiguieron regresar, generaciones enteras nacidas en la calle y también criaturas que habitan una geografía más difícil de clasificar: van de un patio a otro, conocen determinadas casas, reciben alimento de varias personas y establecen relaciones que no se parecen por completo ni a la vida doméstica ni a la absoluta intemperie.
El tercer sábado de agosto se conmemora el Día Internacional de los Animales sin Hogar, una iniciativa surgida en 1992 para llamar la atención sobre el abandono y promover medidas como la esterilización y la adopción. Sin embargo, detrás de esas palabras necesarias existe una pregunta más incómoda que cualquier campaña: qué ocurre con nuestra responsabilidad cuando desaparece la figura del dueño. Estamos acostumbrados a entender el cuidado de los animales a partir de una relación individual —alguien es responsable porque ese perro o ese gato le pertenece—, pero las calles están llenas de vidas para las que esa ecuación ya no funciona.
No tener dueño no significa no pertenecer a ningún lugar
Durante mucho tiempo nuestra relación con los animales domésticos ha estado organizada alrededor de la propiedad. Decimos mi perro, mi gato, y en esas dos palabras cabe también una promesa: alimentarlo, protegerlo, llevarlo al veterinario, darle un lugar donde dormir y acompañarlo durante su vida. La pertenencia, entendida así, no tiene necesariamente algo de cruel; muchas veces es precisamente la forma mediante la cual asumimos una responsabilidad que no podemos abandonar cuando deja de resultarnos cómoda.
El problema aparece cuando trasladamos esa lógica a los animales que no tienen a una persona específica detrás de ellos. Es fácil pasar de «no tiene dueño» a «no es de nadie» y, de ahí, a una conclusión mucho más peligrosa: entonces nadie tiene por qué ocuparse de él.

Pero un animal puede no pertenecer a una persona y, aun así, pertenecer profundamente a un lugar. Un gato que vive en una colonia conoce los árboles que ofrecen sombra a determinada hora, las bardas por las que puede desplazarse sin tocar el suelo, las puertas donde encontrará alimento y las personas frente a las que puede permitirse acercarse. Construye una cartografía invisible de refugios y amenazas sobre la ciudad que nosotros también habitamos. Desde luego, eso no significa idealizar la calle: vivir afuera implica exposición a enfermedades, atropellamientos, hambre, temperaturas extremas, peleas y violencia humana. La libertad que imaginamos al ver a un gato atravesar tranquilamente una azotea suele tener un precio que no alcanzamos a observar.
JuanDi vive en esa zona ambigua. Cuando llega a casa, se mueve con la familiaridad de alguien que sabe exactamente dónde está. Reconoce los sonidos, espera comida en determinados lugares y algunas veces duerme con la despreocupación absoluta de un animal que se sabe momentáneamente seguro. Después vuelve a marcharse y recupera una existencia cuyo mapa desconozco. Podría pensar que mi obligación consiste en impedir que salga y transformar esa relación en una adopción convencional, pero incluso esa posibilidad abre otra pregunta: ¿cuánto de nuestra voluntad de proteger a otros seres consiste también en decidir por ellos la única forma aceptable de estar a salvo?
No siempre hay una respuesta sencilla. Precisamente por eso quizá sea útil pensar el hogar de una manera menos rígida. Para algunos animales será una casa y una familia; para otros, mientras esa posibilidad llega o quizá nunca llegue, puede ser una pequeña red de lugares donde alguien recuerda poner agua, otro consigue alimento y otra persona nota una ausencia.
La frontera entre cuidar y poseer
Hay algo profundamente humano en querer llamar nuestro a aquello que amamos. Lo hacemos con los lugares, con los objetos y también con los animales. «Mi gato» puede ser una expresión de ternura tanto como de propiedad, y muchas veces decirla significa haber aceptado una responsabilidad enorme. Pero existen animales que nos obligan a imaginar el afecto fuera de esa estructura.
En la novela de Hiraide, el gato entra y sale de una casa que nunca termina de ser suya, y precisamente esa posibilidad constante de marcharse transforma la relación. No es necesario convertir a JuanDi en una versión de aquel gato para reconocer la resonancia: en ambos casos, el vínculo nace de una presencia que no puede darse por segura. Uno aprende a disfrutar de la visita sin reclamarla completamente.

Algo semejante ocurre, de una manera mucho menos literaria, en miles de calles. Cuidar puede consistir en alimentar a un animal que quizá nunca entrará a nuestra casa; conseguir que una gata comunitaria sea esterilizada y devolverla después al territorio que conoce; pagar tratamiento veterinario para un perro al que varias personas del barrio han terminado protegiendo; construir un refugio sencillo para los meses más duros. Son cuidados imperfectos y, en muchas ocasiones, insuficientes, pero nacen de una intuición importante: una vida puede importarnos sin pertenecernos.
Tal vez ahí esté la diferencia esencial. La propiedad empieza preguntando de quién es un animal. El cuidado comienza en otro sitio: qué necesita, qué podemos hacer por él y qué parte de esa responsabilidad somos capaces de asumir. Son preguntas distintas, aunque durante mucho tiempo hayamos actuado como si fueran la misma.
Lo que una ciudad decide hacer con ellos
Sería reconfortante pensar que basta con multiplicar esos pequeños gestos individuales. No basta. El plato que alguien deja en una cochera puede resolver el hambre de una noche, pero no soluciona el abandono; una persona puede rescatar decenas de animales y terminar exhausta frente a una realidad producida por miles. Los refugios saturados y las redes de rescatistas existen, en parte, porque la compasión privada suele terminar ocupando los espacios que una sociedad no ha sabido resolver colectivamente.

Los animales sin hogar no aparecen espontáneamente en nuestras calles. Detrás hay camadas que nunca fueron esterilizadas, animales comprados o adoptados y después abandonados, falta de identificación, reproducción sin control y decisiones humanas tomadas mucho antes de que un perro terminara durmiendo bajo un puente o una gata tuviera a sus crías detrás de un edificio. Por eso la esterilización, la adopción responsable, la medicina veterinaria accesible, la identificación y los programas para atender poblaciones comunitarias no son asuntos secundarios ni simples expresiones de cariño hacia los animales. Son formas de asumir una responsabilidad que existe aunque resulte más cómodo no verla.
La manera en que una ciudad responde a esas vidas dice también algo acerca de la clase de comunidad que pretende ser. Una sociedad se define no solo por aquello que protege porque tiene propietario, valor económico o una persona capaz de reclamarlo, sino también por aquello que decide cuidar cuando nadie puede decir «esto es mío». Quizá por eso el abandono no empieza necesariamente en el momento en que alguien deja un animal junto a una carretera. Puede empezar mucho antes, en la idea de que lo que no nos pertenece tampoco nos concierne. Y, sin embargo, basta convivir durante un tiempo con uno de esos animales para descubrir que esa distancia es difícil de sostener.
Una vida que no nos pertenece
Hay días en que JuanDi tarda en volver y mi imaginación comienza a llenar los espacios que desconozco. Pienso en coches, peleas, enfermedades, en todas las cosas que pueden ocurrirle a un animal que circula por un mundo construido casi enteramente para nosotros. Después intento recordar que él ha sostenido durante años una existencia que no comprendo por completo, hecha de recorridos y lugares que probablemente conoce mejor de lo que yo podría conocerlos.
Entonces, alguna tarde, aparece otra vez. Lo veo acercarse y siento esa tranquilidad familiar. No porque haya regresado mi gato. JuanDi sigue sin serlo en el sentido convencional de la palabra. Me tranquiliza simplemente comprobar que una vida por la que siento afecto continúa ahí. Le pongo comida, observo que esté bien y, algunas veces, lo veo dormirse en uno de los lugares que ha elegido dentro de la casa. Durante esas horas no necesito saber dónde estuvo ni hacia dónde irá después. Me basta con que haya aprendido que existe aquí un sitio donde puede descansar.

No sé dónde duerme todas las noches, cuántas puertas reconoce ni si alguna persona unas calles más lejos utiliza un nombre distinto para llamarlo. Quizá haya construido, sin que ninguno de nosotros lo sepa, una constelación de pequeños refugios. Me gusta pensar que esta casa es uno de ellos.
Tal vez un hogar no sea siempre una propiedad ni un lugar del que nunca se sale. A veces puede ser simplemente una parte del mundo donde una criatura sabe que no necesita defenderse durante un rato.
Por eso quizá la pregunta del principio —¿de quién es un animal que no tiene a nadie?— contiene una equivocación. Seguimos buscando un propietario cuando lo verdaderamente importante podría estar en otra parte. No necesitamos que una vida sea nuestra para reconocer su vulnerabilidad, preocuparnos por su ausencia o alegrarnos cuando vuelve.
JuanDi no es mío. Pero cuando regresa, encuentra comida, cuidado y un lugar donde bajar la guardia. Quizá, algunas veces, pertenecer sea también eso.






























































