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Leer y escribir México: la vida de Vicente Quirarte

Poeta, ensayista, narrador y estudioso de la literatura mexicana, hizo de los libros una forma de entender el país al que dedicó su obra.

Hay escritores que construyen una obra y otros que, además, pasan la vida leyendo las obras de los demás. Vicente Quirarte perteneció a los segundos. Su muerte a los 72 años deja más de cuatro décadas de poesía, ensayo, narrativa, teatro, investigación y docencia, pero también una manera particular de relacionarse con la literatura: como si escribir y leer fueran dos movimientos de una misma tarea, la de comprender el lugar y el tiempo que nos tocó habitar.

Quirarte escribió poemas y estudió archivos; contó historias y preparó ediciones críticas; caminó por la Ciudad de México al mismo tiempo que buscaba la ciudad que otros habían dejado escrita antes de él. Fue investigador, profesor, funcionario universitario y académico, pero esas categorías dicen poco si se las contempla por separado. Él mismo encontró una definición más precisa: se consideraba “un profesor que escribe y un creador que investiga”. En esa aparente contradicción cabe buena parte de su vida.

Leer un país

Leer un país no significa únicamente leer los libros que se han escrito en él. Significa aprender a reconocer las conversaciones que atraviesan generaciones, los acontecimientos históricos que sobreviven convertidos en relatos, las palabras que una época elige y las que deja de utilizar. También significa descubrir que una nación posee muchas versiones de sí misma y que la literatura conserva algunas de las que la historia oficial suele olvidar.

Vicente Quirarte hizo convivir durante décadas la creación literaria con la investigación, la docencia y el estudio de las letras mexicanas. Foto: Benjamín Chaires/Gaceta UNAM.

Quirarte hizo de esa lectura una profesión y una forma de creación. Especialista en hemerobibliografía de los siglos XIX y XX y en edición crítica de autores mexicanos, investigó a figuras como Gilberto Owen, Guillermo Prieto, Francisco Zarco, Carlos Pellicer, Rubén Bonifaz Nuño y José Emilio Pacheco. Su trabajo académico atravesó además la poesía mexicana, la relación entre historia y literatura, la literatura fantástica y los relatos de viaje escritos por mexicanos.

Pero nunca se trató solamente de conservar nombres dentro de un archivo. En Quirarte había una curiosidad por descubrir qué podían seguir diciendo esos escritores desde el presente. Leerlos era volver a ponerlos en circulación, permitir que una voz del siglo XIX encontrara un lector en el XXI. Tal vez por eso su obra crítica nunca estuvo completamente separada de su imaginación: el investigador buscaba pruebas; el escritor encontraba, detrás de ellas, vidas.

Su propia poesía ocupó el otro extremo de ese diálogo. Publicó más de veinte volúmenes y reunió parte fundamental de su producción en Razones del samurái. También cultivó la narrativa, el teatro y el ensayo, y obtuvo reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas, el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde. Leer México y escribir México terminaron siendo, en su caso, actividades difíciles de distinguir.

La ciudad también se lee

Entre todas las páginas que Quirarte aprendió a interpretar hubo una que nunca dejó de cambiar: la Ciudad de México. Nació allí en 1954 y convirtió la capital en uno de los grandes territorios de su obra. No la observó únicamente como escenario de novelas o poemas, sino como un organismo que podía ser leído en sus calles, edificios, transformaciones y habitantes. Buena parte de su investigación estuvo dedicada precisamente a estudiar la ciudad desde la mirada de sus escritores.

El Zócalo y la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México hacia las décadas de 1940 y 1950. La capital fue uno de los grandes territorios literarios e intelectuales de Vicente Quirarte. Imagen: Museo Archivo de la Fotografía/Gobierno CDMX.

De esa obsesión surgió Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México, 1850-1992, originalmente su tesis doctoral, y más tarde títulos como Amor de ciudad grandeEnseres para sobrevivir en la ciudad y México, ciudad que es un país. En sus investigaciones llegó incluso a estudiar cómo, durante el siglo XIX, la capital dejó de ser un simple decorado para convertirse en un personaje de la literatura mexicana.

Hay algo hermoso en imaginar una ciudad de esa manera. Cada generación cree caminar por calles nuevas, pero debajo de sus pasos permanecen otras ciudades: la de los tranvías, la de los terremotos, la de las viejas vecindades, la de los edificios desaparecidos, la de los escritores que describieron una esquina antes de que nosotros llegáramos a ella.

Quirarte caminaba atento a esas capas. Literatura UNAM lo describió como un observador de los detalles escondidos en construcciones, umbrales y esquinas, y recuperó una frase suya que acaso resume toda esa relación: “Leer la ciudad es defenderla. Vivirla es sostenerla.” La ciudad, entonces, también era un libro. Uno inmenso, desordenado, escrito por millones de personas y permanentemente corregido por el tiempo.

El escritor que investigaba

Quirarte llegó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con la convicción de convertirse en escritor. Allí descubrió algo que marcaría el resto de su trayectoria: una facultad de letras no enseña exactamente a escribir novelas o poemas; enseña también a investigar cómo y por qué han sido escritos los libros. En lugar de elegir entre ambos caminos, decidió conservarlos.

Vicente Quirarte durante una actividad de El Colegio Nacional. En su trayectoria, investigación y creación literaria fueron menos caminos separados que dos formas complementarias de leer el mundo. Imagen: El Colegio Nacional.

Encontró un modelo decisivo en Rubén Bonifaz Nuño, a quien recordaba como alguien capaz de reunir precisamente las dos actividades que terminarían definiéndolo: la investigación rigurosa y la creación literaria. Para Quirarte había una libertad particular en la escritura y una disciplina distinta en la academia, pero ninguna tenía por qué cancelar a la otra.

Esa doble vida explica la diversidad de su bibliografía. Podía estudiar a los Contemporáneos y después escribir poesía; investigar la intervención francesa y convertir la historia en materia literaria; analizar monstruos, vampiros y literatura fantástica con las herramientas de un académico sin renunciar al placer que esos mismos seres le habían provocado como lector desde niño. Incluso comparaba el acto de escribir con la arquitectura: escoger palabras era, para él, seleccionar y pulir los ladrillos de una construcción.

Quizá allí radique una de las lecciones más interesantes de su trayectoria. El conocimiento no tenía por qué terminar donde comenzaba la imaginación. Un archivo podía alimentar un poema; una calle podía convertirse en una investigación; una biografía podía comenzar como una pregunta íntima.

Eso ocurrió con La invencible, libro dedicado a su padre, el historiador Martín Quirarte. Empezó a escribirlo cuando alcanzó la misma edad a la que su padre había muerto. Lo describió como una necesidad de volver a hablar con él. La investigación y la memoria personal, otra vez, terminaban ocupando la misma página.

Conversar con quienes escribieron antes

Toda literatura está hecha de conversaciones entre personas que rara vez coinciden en el tiempo. Un escritor abre un libro escrito cincuenta o cien años antes y encuentra allí una pregunta que todavía le pertenece. Responde con otro texto. Décadas después, alguien más lo lee. Así se forman las tradiciones literarias: no como una sucesión inmóvil de nombres importantes, sino como una conversación que necesita nuevos lectores para continuar.

Quirarte dedicó una parte considerable de su vida a mantener abierta esa conversación. Su investigación recuperó escritores, revistas, periódicos y episodios culturales; su docencia llevó esas historias a nuevas generaciones; sus ensayos encontraron conexiones entre literatura, ciudad e historia. Al ingresar en 2003 a la Academia Mexicana de la Lengua para ocupar la Silla XXXI —la que había pertenecido a Carlos Pellicer— habló de la responsabilidad de quien descubre el poder de las palabras y decide internarse en ellas.

Vicente Quirarte, al centro, durante la presentación de Caleidoscopio José Emilio Pacheco en El Colegio Nacional, en 2025. Buena parte de su trabajo consistió en volver sobre quienes escribieron antes para hacerlos dialogar con nuevos lectores. Imagen: El Colegio Nacional.

No resulta extraño que alguien dedicado a estudiar a quienes escribieron antes terminara formando parte de instituciones construidas precisamente alrededor de la continuidad del conocimiento. Desde 2016 perteneció a El Colegio Nacional; fue miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y desarrolló buena parte de su vida profesional dentro de la UNAM. Pero una tradición no se conserva únicamente mediante instituciones. Sobrevive cada vez que alguien abre nuevamente un libro.

Una vida entre libros

La biografía institucional de Quirarte podría ocupar páginas: profesor e investigador, director general de Publicaciones de la UNAM, director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, director de la Biblioteca Nacional de México, integrante de la Academia Mexicana de la Lengua y miembro de El Colegio Nacional.

Vista de otra manera, sin embargo, esa larga enumeración cuenta una historia mucho más sencilla: pasó la vida rodeado de libros. Los escribió, los estudió, los editó, los enseñó, los conservó y habló de ellos frente a otros. Todavía en marzo de 2026 coordinaba en El Colegio Nacional un homenaje por el centenario de Jaime Sabines. A sus propios lectores les tocaba verlo hacer lo que había hecho durante décadas: volver a un poeta anterior para preguntarse por qué sus palabras seguían perteneciendo al presente.

Ahora el movimiento cambia de dirección. Vicente Quirarte pasa a ocupar el lugar de los escritores a quienes dedicó tantas horas de lectura. Sus libros quedan del otro lado de esa conversación que él conocía tan bien, esperando que alguien los abra para encontrar allí una ciudad que ya cambió, una frase que todavía reconoce o una pregunta sobre México que continúa sin respuesta.

Tal vez ésa sea una de las formas más discretas de permanencia que ofrece la literatura. Un escritor dedica su vida a leer a quienes estuvieron antes que él y, con el tiempo, termina dejando palabras para quienes llegarán después. Vicente Quirarte pasó la suya leyendo y escribiendo México. Ahora nos corresponde a nosotros volver a leerlo.

Retratos de Charles Baudelaire y Rubén Bonifaz Nuño; dos ballenas jorobadas, un animal que fascinó durante años a Vicente Quirarte. Foto: Óscar Mireles. Quirarte pasó buena parte de su vida entre libros: escribiéndolos, leyéndolos, estudiándolos y enseñando a otros a volver a ellos. Ahora serán sus libros los que nos devuelvan a él.
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