Una multitud no comienza cuando muchas personas se reúnen. Comienza cuando la distancia entre ellas deja de importar. La voz propia se mezcla con otras, el miedo cambia de forma y aquello que una persona quizá no haría sola empieza a parecer posible en compañía. Basta una consigna repetida, un enemigo compartido o la sensación de que miles miran hacia el mismo lugar para que el individuo descubra el alivio —y también el peligro— de dejar de sentirse separado.
Elias Canetti dedicó buena parte de su vida a comprender ese instante. Nació el 25 de julio de 1905 en Ruse, Bulgaria, dentro de una familia sefardí; su lengua materna fue el ladino, aunque escribió su obra en alemán. Vivió entre Manchester, Viena, Zúrich, Frankfurt y Londres, atravesando una Europa marcada por guerras, nacionalismos, crisis económicas y manifestaciones políticas. En 1925 trazó un primer proyecto sobre la psicología de las masas; dos años después presenció el incendio del Palacio de Justicia de Viena durante una revuelta. Décadas más tarde, en 1960, publicó Masa y poder, el libro en el que reunió sus obsesiones sobre la multitud, la obediencia y la supervivencia.
La promesa de dejar de estar solos
La masa atrae porque ofrece una experiencia inmediata de pertenencia. Dentro de ella, las jerarquías parecen suspenderse: el desconocido deja de ser completamente extraño, la soledad pierde peso y cada cuerpo se siente parte de algo mayor. Lo que la vida cotidiana separa —clases, edades, profesiones, biografías— puede disolverse durante unos minutos bajo una misma emoción.
Pero esa igualdad momentánea tiene un precio. Cuanto más intenso se vuelve el “nosotros”, más fácil resulta construir un “ellos”. La multitud necesita crecer, afirmarse y reconocer aquello que no pertenece a ella. Puede organizarse para exigir justicia, proteger a quienes están aislados o enfrentar un poder; también puede convertir la cohesión en obediencia y la diferencia en amenaza. Canetti estudió masas reales e imaginarias, símbolos nacionales, mitos, religiones y comportamientos colectivos para mostrar que el deseo de unión no es necesariamente noble ni perverso: es una fuerza humana capaz de producir solidaridad y devastación.
La pregunta que atraviesa su obra podría formularse así: ¿qué estamos dispuestos a perder con tal de no sentirnos solos?
El poder habla mediante órdenes
Canetti no separó la multitud del poder. Le interesaba saber quién determina su dirección, quién nombra a su enemigo y cómo una orden se instala en el cuerpo hasta parecer natural. La Academia Sueca destacó que Masa y poder examina los problemas psicológicos del mandato y la obediencia, y que relaciona el ejercicio del poder con la amenaza de muerte y con la figura del superviviente: aquel que permanece en pie mientras otros han caído.
El poder, sin embargo, no necesita hablar siempre con una voz visible. A veces basta con que una multitud repita el mandato hasta que nadie recuerde quién lo pronunció primero. Una orden puede convertirse en consigna; la consigna, en costumbre; la costumbre, en una forma de violencia que ya no parece responsabilidad de nadie.
Ahí se encuentra uno de los aspectos más inquietantes de la masa: cada individuo puede convencerse de que su gesto es demasiado pequeño para importar. Un insulto más, una acusación compartida, una mentira repetida, una puerta cerrada, una orden obedecida. La multitud parece actuar como un cuerpo independiente, aunque en realidad está hecha de miles de renuncias personales al juicio.
Auto de fe: el hombre que quiso vivir sin los demás
Antes de publicar Masa y poder, Canetti había explorado el extremo contrario: no la disolución en los otros, sino el intento de vivir sin ellos. Su novela Auto de fe, publicada en alemán en 1935, sigue a Peter Kien, un sinólogo encerrado entre miles de libros y convencido de que el conocimiento puede protegerlo de la realidad. Su aislamiento intelectual no lo vuelve libre: lo deja indefenso ante un mundo que no comprende y termina por destruirlo. La Academia Sueca leyó la novela como el retrato de un hombre que se encierra en una especialización autosuficiente y sucumbe frente a una realidad brutal.
La novela funciona como el negativo de Masa y poder. Si la multitud amenaza con absorber al individuo, Kien representa al hombre que intenta conservarse intacto eliminando todo contacto humano. Ambos extremos desembocan en la pérdida de sí mismo. No existe solamente el peligro de desaparecer entre los demás; también podemos desaparecer tratando de no necesitarlos.
La plaza pública cabe ahora en una pantalla
Canetti no conoció los algoritmos, los hashtags ni las plataformas digitales. Decir que “predijo las redes sociales” sería convertir una obra compleja en una frase fácil. Pero las preguntas que formuló permiten observarlas con una claridad incómoda: la velocidad con que se forma un “nosotros”, el placer de repetir una consigna, la seguridad que produce condenar en grupo y la dificultad de conservar una duda cuando miles parecen haber decidido ya.
La multitud digital posee una particularidad: permite experimentar la potencia de la masa desde la soledad física. Una persona puede estar aislada frente a una pantalla y, al mismo tiempo, participar en una celebración, una indignación o un linchamiento colectivo. Antes era necesario ocupar una plaza para sentir el empuje de otros cuerpos. Ahora basta con mirar la misma pantalla y odiar al mismo tiempo.
Eso no significa que toda movilización en redes sea irracional. Las comunidades digitales también visibilizan injusticias, organizan ayuda y permiten que quienes antes hablaban en soledad encuentren escucha. El problema comienza cuando pertenecer exige renunciar a la complejidad; cuando la lealtad sustituye al pensamiento, la velocidad vuelve sospechosa cualquier pausa y la identidad del grupo depende de convertir al adversario en alguien que ya no merece ser escuchado.
La responsabilidad que desaparece entre miles
Una masa no llega desde fuera para apoderarse de nosotros. Se construye con cada persona que acepta descansar, por un momento, de la obligación de pensar por sí misma. Esa es quizá la advertencia más vigente de Canetti: el peligro no reside únicamente en los grandes líderes ni en los regímenes que administran multitudes, sino en el pequeño alivio que sentimos cuando otros deciden por nosotros qué amar, qué temer y a quién culpar.
Pertenecer no tendría que significar desaparecer. Una comunidad puede ampliar nuestra conciencia y hacernos responsables de vidas que antes no veíamos. Se vuelve peligrosa cuando exige uniformidad, cuando castiga la duda o cuando convierte la crueldad compartida en prueba de fidelidad.
En 1981, Canetti recibió el Nobel de Literatura por una obra marcada, según la Academia Sueca, por su amplitud de visión, riqueza de ideas y fuerza artística. Su legado no consiste en haber ofrecido una fórmula para escapar de las masas, sino en haber descrito su seducción: el deseo de fundirnos con algo más grande, de sentirnos protegidos y de entregar a otros el peso de nuestra responsabilidad.
No dejamos de ser nosotros porque una multitud nos arrebate la identidad. Entramos en ella porque, durante unos instantes, deseamos descansar de la obligación de tener una. Canetti comprendió que el verdadero peligro no comienza cuando miles de personas piensan igual, sino cuando cada una decide que ya no necesita pensar por sí misma.






























































