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Agustín de Iturbide: el emperador que regresó del exilio para morir fusilado

El consumador de la Independencia volvió a México creyendo que aún podía servirle, pero la nueva república ya lo había declarado traidor.

El regreso

Cuando Agustín de Iturbide desembarcó en Soto la Marina, Tamaulipas, el 14 de julio de 1824, ya no era el general recibido entre aclamaciones por las calles de la Ciudad de México ni el emperador coronado bajo el nombre de Agustín I. Era un exiliado que regresaba a un país distinto del que había abandonado poco más de un año antes.

Había viajado desde Europa a bordo del bergantín Spring, convencido de que España y otras potencias podían intentar intervenir en México. Desde Londres había manifestado su intención de ofrecer sus conocimientos militares para defender la independencia. Sin embargo, mientras él planeaba el retorno, el Congreso mexicano había tomado una decisión que convertiría su llegada en una sentencia: el 28 de abril de 1824 lo declaró traidor y enemigo del Estado en caso de presentarse nuevamente en territorio nacional.

Iturbide desconocía el decreto. La noticia lo alcanzó cuando ya era demasiado tarde.

El hombre que había cambiado de bando

La trayectoria de Iturbide contenía desde antes todas las contradicciones que terminarían definiendo su memoria. Durante buena parte de la guerra de Independencia había combatido a los insurgentes desde las filas realistas. Persiguió a quienes buscaban romper con la Corona española y construyó su prestigio como militar al servicio del orden virreinal.

Pero en 1821 comprendió que la independencia se había vuelto inevitable. En lugar de prolongar una guerra que llevaba más de una década, propuso una alianza entre antiguos adversarios. El Plan de Iguala y el pacto con Vicente Guerrero permitieron reunir a fuerzas realistas e insurgentes bajo las garantías de religión, independencia y unión. Los Tratados de Córdoba y la entrada del Ejército Trigarante en la Ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, consolidaron el final del dominio español.

Iturbide no había iniciado la insurrección de 1810, pero logró conducirla hacia su desenlace político. Por ello fue celebrado como consumador de la Independencia, aunque nunca dejó de ser una figura incómoda: demasiado realista para algunos insurgentes, demasiado independentista para los españoles y, posteriormente, demasiado monárquico para la república.

De libertador a emperador

El nuevo país nació sin acuerdos claros sobre la forma de gobierno que debía adoptar. El Plan de Iguala había imaginado una monarquía constitucional encabezada por un príncipe europeo, pero la familia real española rechazó la propuesta. En mayo de 1822, ante la presión de sus partidarios y de algunos sectores del ejército, el Congreso proclamó a Iturbide emperador.

El reinado fue breve. La crisis económica, las disputas con los diputados, la disolución del Congreso y la rebelión encabezada por Antonio López de Santa Anna destruyeron rápidamente su autoridad. Sin respaldo suficiente, Agustín I abdicó el 19 de marzo de 1823 y partió al exilio con su familia. Primero vivió en Italia y después en Inglaterra, mientras México abandonaba el proyecto monárquico y comenzaba a organizarse como república federal.

Su caída no sólo significó el final del Primer Imperio. También convirtió al antiguo libertador en una amenaza potencial. Para los republicanos, su sola presencia podía provocar un levantamiento monárquico o reunir a militares todavía leales a su figura.

Una patria que ya no lo esperaba

Desde Europa, Iturbide recibió noticias sobre los planes españoles de reconquista. El temor no era completamente infundado: España se negaba a reconocer la independencia y todavía conservaba la fortaleza de San Juan de Ulúa, frente a Veracruz. El exemperador creyó que su experiencia podría resultar útil ante una intervención extranjera y comunicó su disposición a regresar para defender al país.

Pero México interpretaba cualquier posible retorno de otra manera. No veía únicamente a un antiguo general ofreciendo sus servicios, sino al hombre que había ocupado el trono y que podía intentar recuperarlo. El decreto de abril no exigía demostrar una conspiración concreta: su entrada al territorio bastaba para considerarlo enemigo del Estado.

Poco después de desembarcar, Iturbide fue reconocido y detenido por las fuerzas del general Felipe de la Garza. Lo trasladaron a Padilla, población donde se encontraba reunido el Congreso de Tamaulipas. Durante cinco días, su suerte dependió de autoridades locales enfrentadas a una orden federal que parecía no dejar espacio para la clemencia.

La sentencia de Padilla

El 19 de julio de 1824, la legislatura tamaulipeca resolvió aplicar el decreto emitido por el Congreso nacional. No hubo un proceso prolongado que permitiera discutir sus intenciones ni valorar si realmente regresaba para organizar una rebelión. La condición establecida por la ley ya se había cumplido: Iturbide había vuelto.

Alrededor de las seis de la tarde fue conducido ante el pelotón de fusilamiento. Tenía 40 años. Las versiones sobre sus últimos momentos aseguran que repartió entre los soldados las monedas de oro que llevaba y defendió hasta el final su lealtad a México. La tradición le atribuye una frase que resume la batalla posterior por su memoria: «Muero con honor, no como traidor».

Después aceptó que le vendaran los ojos y recibió las descargas en la cabeza y el pecho.

Habían pasado menos de tres años desde su entrada triunfal en la capital al frente del Ejército Trigarante.

El país que ejecutó a uno de sus fundadores

La muerte de Iturbide revela la fragilidad del México que surgió de la Independencia. En julio de 1824, la república aún no había promulgado su primera Constitución federal, que sería aprobada el 4 de octubre. Las instituciones estaban formándose al mismo tiempo que intentaban protegerse de conspiraciones, divisiones militares, proyectos monárquicos y amenazas extranjeras.

La ejecución puede entenderse como una medida para impedir el regreso del imperio, pero también como una muestra del miedo que rodeaba a la política nacional. Iturbide no fue fusilado por una acción cometida después de desembarcar, sino por aquello que su nombre todavía podía provocar. Su antiguo poder, su prestigio militar y la posibilidad de que reuniera seguidores bastaron para convertirlo en un peligro.

Su figura permanece dividida entre dos relatos aparentemente irreconciliables: el militar realista que combatió a los insurgentes y el estratega que logró unirlos; el consumador de la Independencia y el gobernante que disolvió el Congreso; el emperador derrocado y el exiliado que afirmó volver para defender a México.

Quizá por ello su final conserva tanta fuerza. La nación que ayudó a independizar no pudo decidir qué lugar concederle dentro de su historia y optó por eliminarlo de su presente. Agustín de Iturbide regresó creyendo que todavía podía ser útil a la patria. Cinco días después, esa misma patria lo colocó frente a un pelotón de fusilamiento.

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