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Cuando el Oscar a mejor dirección aún era cosa de hombres

En 1977, Lina Wertmüller fue la primera mujer nominada a mejor dirección. Con su cine irreverente, político y muy singular para pedir permiso.

Una categoría sin mujeres

Cuando Lina Wertmüller llegó a los premios de la Academia en 1977, la categoría de mejor dirección tenía casi medio siglo de historia y ningún nombre femenino entre sus nominados. Desde la primera ceremonia de los Oscar, celebrada en 1929, dirigir había sido reconocido públicamente como uno de los grandes actos de autoría del cine, pero esa autoría había tenido, para Hollywood, rostro masculino.

Wertmüller apareció entre los cinco nominados por Pasqualino Settebellezze (Seven Beauties), junto a Ingmar Bergman, Sidney Lumet, Alan J. Pakula y John G. Avildsen, quien finalmente ganó por Rocky. Era la primera vez que una mujer ocupaba ese lugar. La película recibió además nominaciones a mejor guion original, mejor actor para Giancarlo Giannini y mejor película extranjera.

Lina Wertmüller en 1972, cinco años antes de convertirse en la primera mujer nominada al Oscar a mejor dirección. Para entonces, su cine ya comenzaba a desafiar las convenciones del cine italiano.

El dato terminó incorporándose a la historia del Oscar, pero visto a la distancia resulta aún más extraño que extraordinario: no porque Wertmüller hubiera llegado demasiado pronto, sino porque la Academia había tardado demasiado en imaginar que una mujer podía estar allí.

Y quizá lo más interesante sea la manera en que llegó. No con una película dócil, construida para demostrar respetabilidad o para adaptarse a las reglas de una industria que apenas empezaba a reconocerla, sino con una obra incómoda, grotesca y moralmente escurridiza.

Antes del Oscar, Fellini

Lina Wertmüller había entrado al cine por una de sus puertas más formidables. A comienzos de los años sesenta trabajó como asistente de Federico Fellini durante la realización de , una de las películas que terminarían definiendo el cine europeo moderno. Poco después, en 1963, dirigió su primer largometraje, I basilischi.

La proximidad con Fellini dejó inevitablemente comparaciones: el gusto por los personajes excesivos, los cuerpos, la teatralidad, el caos cuidadosamente coreografiado. Pero reducir a Wertmüller a aquella influencia sería perder precisamente lo que hizo singular su cine. Si Fellini convertía la memoria y el deseo en espectáculo, ella llevó la cámara hacia otro territorio: las fricciones entre clase, sexo, ideología y poder.

Lina Wertmüller durante el rodaje de I basilischi en 1963. Aquel mismo año trabajó junto a Federico Fellini en 8½ y comenzó a construir una mirada cinematográfica propia.

Durante los años setenta encontró además una de esas asociaciones entre director e intérprete capaces de definir una filmografía. Giancarlo Giannini protagonizó Mimì metallurgico ferito nell’onoreFilm d’amore e d’anarchiaTravolti da un insolito destino nell’azzurro mare d’agosto y, finalmente, Pasqualino Settebellezze. Mariangela Melato fue otra presencia esencial de ese universo.

Para entonces ya era evidente que Wertmüller no estaba interesada en hacer personajes ejemplares. Le interesaban, más bien, las contradicciones.

Un cine demasiado singular para pedir permiso

Hay películas que explican sus ideas y otras que las arrojan sobre la mesa para observar qué ocurre cuando empiezan a golpearse entre sí. Las de Wertmüller pertenecen a las segundas.

Comunistas y capitalistas, hombres y mujeres, obreros y burgueses, deseo y dominación aparecen continuamente enfrentados, pero rara vez existe un lugar moral completamente seguro desde el cual contemplarlos. Sus personajes pueden ser víctimas en una escena y verdugos en la siguiente. El poder cambia de manos; la humillación también.

Lina Wertmüller junto a Giancarlo Giannini y Mariangela Melato durante el rodaje de Swept Away. Su cine convirtió el deseo, la clase, el poder y la contradicción en materiales para una comedia tan feroz como incómoda.

Ella misma describió alguna vez su sensibilidad como una forma de “poesía grotesca”, una combinación de humor y drama, ironía y cinismo, comedia y tragedia. Esa mezcla explica por qué su obra podía resultar simultáneamente divertida y perturbadora, progresista para algunos espectadores y profundamente problemática para otros.

También explica por qué nunca fue sencillo convertir a Wertmüller en símbolo de una sola causa. Ser la primera mujer nominada al Oscar no hizo automáticamente de su cine un programa feminista. Algunas de sus películas —en especial por la representación de la violencia y las relaciones entre hombres y mujeres— provocaron fuertes críticas de autoras feministas de su tiempo. Seven Beauties, por ejemplo, fue celebrada por unos críticos y duramente cuestionada por otros.

Quizá ahí resida parte de su vigencia. Wertmüller no dejó una obra concebida para confirmar aquello que el espectador ya piensa. Dejó una obra dispuesta a incomodarlo.

Pasqualino Settebellezze: sobrevivir sin heroísmo

Pasqualino tampoco es el hombre que uno esperaría encontrar en el centro de una película sobre fascismo, guerra y campos de concentración.

Interpretado por Giannini, es un pequeño delincuente napolitano obsesionado con su honor y con proteger la reputación de sus siete hermanas. Mata a un proxeneta, termina en prisión, se enrola en el ejército, deserta y finalmente es capturado por los alemanes. Dentro de un campo de concentración intenta sobrevivir recurriendo a lo que conoce: la seducción, el cálculo, la adaptación.

Giancarlo Giannini en Pasqualino Settebellezze (1975). Wertmüller convirtió la supervivencia en una pregunta incómoda: qué queda de nuestros principios cuando seguir con vida exige renunciar a ellos.

No hay grandeza convencional en ese recorrido. La supervivencia aparece despojada de heroísmo y convertida en una pregunta mucho más desagradable: ¿qué queda de nuestros principios cuando conservar la vida exige traicionarlos?

Wertmüller podía hacer reír y, pocos minutos después, colocar al espectador frente a una situación casi insoportable. Ese desplazamiento constante entre lo ridículo y lo terrible es parte de la fuerza de Pasqualino Settebellezze. También ayuda a comprender la rareza de aquella nominación: la primera mujer reconocida por la Academia en la categoría de dirección no había llegado allí tratando de demostrar que podía hacer las mismas películas que los hombres. Había llegado haciendo una película inequívocamente suya.

La primera no significó que la puerta quedara abierta

Las historias de las primeras veces suelen contarse como si señalaran un comienzo inevitable. Alguien rompe una barrera y, a partir de entonces, suponemos que el camino queda abierto para quienes vienen detrás.

Greta Gerwig y Jane Campion durante el homenaje a Lina Wertmüller en 2019. Ser la primera no significó que la puerta quedara abierta: pasarían diecisiete años antes de que otra mujer, Campion, fuera nominada a mejor dirección.

La historia del Oscar demuestra algo menos reconfortante. Después de Wertmüller tuvieron que pasar 17 años para que otra mujer fuera nominada a mejor dirección: Jane Campion, por The Piano, en la ceremonia de 1994. Después vendrían Sofia Coppola, Kathryn Bigelow y otras cineastas, pero la excepción tardó décadas en convertirse siquiera en una presencia periódica.

La nominación de 1977 fue, entonces, dos cosas al mismo tiempo: una ruptura y la evidencia de cuánto faltaba por romper. Eso permite mirar el logro de Wertmüller sin convertirlo en una fábula complaciente sobre el progreso. Ella cruzó una puerta. La puerta no desapareció.

Lina después de Lina

Décadas más tarde, Hollywood regresó a aquella historia. En 2019, la Academia concedió a Wertmüller un Oscar honorífico por su trayectoria. Tenía 91 años. El reconocimiento llegaba más de cuatro décadas después de aquella nominación que había convertido su nombre en una referencia inevitable cada vez que se hablaba de mujeres detrás de la cámara.

Lina Wertmüller recibe el Oscar honorífico en 2019, más de cuatro décadas después de aquella nominación histórica. El reconocimiento llegó tarde para una cineasta que nunca pareció necesitar permiso para hacer las películas que quería.

Para entonces, sus enormes anteojos blancos eran casi inseparables de su imagen: una figura pequeña, reconocible de inmediato, que había atravesado buena parte de la historia moderna del cine italiano sin perder el gusto por la provocación.

Pero quizá la manera más justa de recordarla no sea únicamente como la primera mujer nominada al Oscar a mejor dirección. Los récords sirven para ordenar la historia; rara vez alcanzan para explicar una vida artística.

Antes de convertirse en una primera vez, Lina Wertmüller había sido una directora que hizo de la contradicción una forma cinematográfica. Se rió de las ideologías, del sexo, de las clases sociales, de los hombres, de las mujeres y de nuestra necesidad de creer que somos mejores de lo que somos. Entró a una categoría que durante décadas había parecido cosa de hombres sin suavizar su mirada para hacerlo.

El Oscar terminó reconociendo aquella singularidad. Por fortuna, ella nunca pareció necesitar su permiso.

Lina Wertmüller pasó por el cine con la misma libertad con la que aparece aquí: irreverente, luminosa, imposible de confundir. Hollywood terminó por reconocerla; para entonces, llevaba toda una vida demostrando que nunca había necesitado su permiso.
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